Capitalismo tecnológico y trabajo infantil

Fermín Domínguez

Dos caras de la misma moneda

Las nuevas tecnologías han transformado nuestra percepción social acerca del capitalismo convirtiéndolo en «una promesa de probable futuro de justicia» de manos de la innovación. Una fantasía que se desvanece cuando chocamos con la cruda realidad.

La demanda interpuesta en Estados Unidos por 14 familias de las víctimas del derrumbe de una mina de cobalto que causó la muerte a varios niños en la República Democrática del Congo (RDC) contra las mega empresas Google, Apple, Tesla, Dell y Microsoft pone sobre el tapete el drama de la explotación infantil que se encuentra en la base misma del jactancioso éxito de estas empresa punteras del capitalismo mundial.

Según International Rights Advocates – iniciadora de la acción legal contra dichas corporaciones- estas firmas se abastecen mediante la compra del mineral a empresas locales de características artesanales que explotan el trabajo infantil pagando salarios de entre 2 y 3 dólares al día bajo condiciones de trabajo inhumanas.

En la acusación contra los gigantes tecnológicos -que no tiene precedentes- se subraya que las cinco empresas tenían pleno «conocimiento secreto» de que el cobalto utilizado en las baterías de teléfonos móviles y coches eléctricos era obtenido mediante «trabajo infantil forzado y en condiciones de peligro extremo».

De acuerdo con el testimonio de la misionera española en el Congo, Victoria Braquehais, a la web Sputnik News, los infantes trabajan en unas minas donde no pueden hacerlo los adultos dada la estrechez de los túneles de 70, 80 metros bajo tierra y lo hacen desnudos, drogados».

¿Cómo es posible- se preguntaran algunos- que puedan coexistir estas dos realidades aparentemente contradictorias del exceso de innovación y tecnología por un lado y la explotación infantil por la otra, sin ser resuelta todavía?

No se trata de «un aborto de la naturaleza capitalista». El trabajo infantil ha sido una constante en su devenir histórico que tiene en las niñas, niños y adolescentes una fuente de fuerza de trabajo dócil y de bajo costo.

La respuesta expeditiva es que bajo el capitalismo, el progreso tecnológico está igualmente lleno de contradicciones de manera que la tecnología, lejos de liberarnos como sugiere pertinazmente el relato publicitario, se utiliza para esclavizar desde los productores hasta los consumidores de las ingentes mercancías que se producen cada segundo. Son dos caras de la misma moneda, una unidad dialéctica inseparable: por un lado, desempleo masivo junto a quienes trabajan 50 o 60 horas a la semana en los centros del capitalismo mundial y el abyecto trabajo infantil de la periferia que hace que los ricos se hacen cada vez más ricos.

Según cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de 2016, en todo el planeta se registraron 152 millones de menores que trabajan de los cuales 73 millones lo hacían en labores peligrosas que abarcan múltiples actividades como pueden ser el tabaco, el algodón, la minería hasta la trata de personas, el narcotráfico y la prostitución.

Esta engañosa contradicción es un reflejo de las contradicciones del mismo capitalismo.

Pero, si se traduce de nuestra reflexión algún atisbo de aversión a los avances tecnológicos como se le suele estigmatizar a los marxistas, ese no es el caso. Los marxistas no estamos en contra de los avances tecnológicos, no somos luditas destructores de máquinas asustados por la «escasez de trabajo» que aplicación de la tecnología restaba a la cantidad fija de trabajo en la sociedad. Estamos totalmente a favor de la innovación y de la tecnología – de hecho, somos los partidarios más consecuentes y apasionados de las nuevas tecnologías, que son vitales para el desarrollo de las fuerzas productivas y de la sociedad en general.

Lo que deseamos, es poner el acento en que dentro del sistema capitalista todos los métodos para aumentar la productividad social del trabajo se efectúan a costa de los seres humanos sea cual sea su edad.

De manera que para poder pensar la persistencia del trabajo infantil en pleno siglo XXI es imprescindible recapacitar en las necesidades de valorización del capital que determinan las decisiones de los capitalistas. Es decir, que es el capital -dinero invertido en para producir más dinero- en base a sus necesidades de negocios el que va delineando los contornos fundamentales de cuándo o a qué edad, los niños y adolescentes se deben incorporar al mundo del trabajo, como escribe Juan Iñigo Carrera en su libro Trabajo Infantil y Capital .

Es por ello que todo intento de erradicar el trabajo infantil dentro de los marcos de la sociedad capitalistas está condenado al fracaso de antemano.

Fuentes:

http://canarias-semanal.org/art/26639/capitalismo-tecnologico-y-trabajo-infantil