Quién, cómo y por qué implosionó la Unión Soviética

Carlos Martínez, del periódico británico «Morning Star»

A 30 años de la implosión del primer Estado socialista del mundo. Una guía rápida para aquellos que todavía ignoren o hayan olvidado las causas de aquel acontecimiento.

Traducción del inglés de la Redacción de Canarias Semanal

El 24 de agosto de 1991 se cumplieron 30 años desde la fecha en la que el presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, disolvió el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), renunciando a su cargo de Secretario General.

En realidad, este fue el «primer paso administrativo» que terminaría conduciendo a la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Un día después, la bandera soviética fue reemplazada en las torres del Kremlin por la bandera rusa. A partir de ese momento, no quedó ya nada significativo del Estado soviético.

Boris Yeltsin se puso rápidamente en movimiento para facilitar la firma de un decreto con la expresa ilegalización del PCUS, transfiriendo sus propiedades al Parlamento ruso, del que él mismo fuera presidente.

Antes de que transcurriera un año, la Unión Soviética, – el primer Estado socialista del mundo y durante siete décadas la fuerza líder de la comunidad de países socialistas -, fue borrada del mapa.

Para los historiadores burgueses, el colapso soviético fue el resultado natural e inevitable de un experimento equivocado. El argumento que a partir de entonces esgrimió la burguesia y sus medios de comunicación fue que el sistema capitalista era superior al socialista. Desde el punto de vista de los ideólogos capitalistas, el desmantelamiento del socialismo soviético no sólo era necesario, sino también deseable.

Sin embargo, desde el punto de vista de los trabajadores soviéticos y, de hecho, del de los trabajadores de todo el planeta, el desmantelamiento del socialismo soviético resultó caótico para la defensa de sus propios intereses como clase social.

Una disolución contra la voluntad popular

Durante el período soviético, los pueblos de los territorios que constituían la URSS experimentaron una mejora sin precedentes en sus niveles de vida. Las relaciones de propiedad feudal fueron íntegramente liquidadas, y la Unión Soviética emergió como la segunda economía más desarrollada del mundo.

El nazifacismo europeo fue derrotado en gran medida gracias a los esfuerzos, sacrificios, heroísmo y brillantez creativa del pueblo soviético.

Allí se construyó el primer «Estado de Bienestar» del mundo. Y de hecho, además, sus conquistas sirvieron de detonante y referencia para que los asalariados europeos se movilizaran reivindicando el establecimiento de avances sociales hasta entonces impensables en la Gran Bretaña y otros paises del mundo capitalista.

Nadie que estuviera dispuesto y fuera capaz de trabajar se quedó sin trabajo en la antigua URSS. La educación y la atención de la salud se convirtieron en integrales y gratuitas. Las viviendas eran, en efecto, frecuentemente estrechas, pero contrariamente a lo que sucedía en el resto del mundo, eran universales y baratas.

La URSS lideró en el mundo la lucha por el desmantelamiento de los sistemas de opresión basados en la raza, el origen étnico y el sexo. Con la ayuda del pueblo soviético, los movimientos de liberación de todo el planeta pudieron liberarse de las ataduras impuestas por el colonialismo y el imperialismo.

No obstante, es indiscutiblemente cierto que, a finales de la década de 1980, la Unión Soviética experimentó serias dificultades, incluidas entre ellas la desaceleración económica, el descontento nacionalista, un grave deterioro ideológico, y una larga y onerosa guerra en Afganistán, así como una amenazante variedad de técnicas de guerra híbrida, implementadas por los Estados Unidos.

Pero, pese a ello, todos estos fenómenos adversos no habían logrado desencadenar un movimiento de masas que tuviera el propósito de derrocar al socialismo. El movimiento disidente fue totalmente marginal. Sin embargo, la apatía política se fue extendiendo y ganando terreno en el seno de la sociedad soviética.

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No obstante, en el conjunto mayoritario de la sociedad de la URSS continuó existiendo la persistente comprensión de los extraordinarios logros obtenidos en el país bajo la bandera de las reformas y las transformaciones socialistas.

Ello pudo constatarse en los abrumadores resultados del referéndum celebrado en 1991. Para hacer frente a la eclosión nacionalista-separatista que se produjo en la Federación, el Gobierno soviético decidió a finales de 1990 celebrar un referéndum sobre la preservación de la URSS. De hecho, este fue el único referéndum celebrado a lo largo de la historia soviética.

El 17 de marzo de 1991, el pueblo soviético de toda la Unión acudió a las urnas para dar una respuesta afirmativa o negativa a la pregunta:

«¿Considera necesario preservar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como una federación renovada de repúblicas soberanas iguales, que garantizará plenamente los derechos y libertades de todas las nacionalidades?»

Y aunque la votación fue boicoteada por los gobiernos de de Lituania, Letonia, Estonia, Armenia, Moldova y Georgia, en el conjunto del país la participación fue del 80%, con un total de 147 millones de votos emitidos. El resultado fue una abrumadora mayoría a favor del mantenimiento de la URSS: 78%.

Así, apenas unos meses antes de que la dirigencia política tuviera decidido liquidar la existencia de la URSS, las masas soviéticas habian expresado clarísimamente su voluntad de que la unidad se mantuviera. Estos resultados no hicieron sino poner de relieve el carácter profundamente antidemocrático que tuvo la operación que terminó con la disolución del Estado soviético, en contra de la voluntad expresada por la inmensa mayoria de ciudadanía de ese país a través de las urnas.

Un golpe de Estado, no un levantamiento

Los trabajadores y campesinos no constituyeron la base de clase para que se produjera el desmantelamiento del socialismo soviético. Los sectores que presionaban por el restablecimiento del capitalismo fueron, de hecho, una élite de Partido-Estado: funcionarios de nivel medio y gerentes de empresas que aprovechando sus extensas conexiones y las nuevas «libertades económicas» establecidas bajo la «perestroika», empezaron a controlar los activos económicos que hasta entonces habían sido de propiedad social.

La disolución de la Unión Soviética ofreció esos sectores -junto con los principales agentes de la economía sumergida– la promesa de un entorno comercial completamente desregulado en el que podrían convertir su riqueza relativa en riquezas de magnitud inimaginable, a expensas del 99% restante de la población. Los años posteriores demostraron que efectivamente, así sucedería.

Justo cuando esta élite cuasicapitalista estaba surgiendo, Gorbachov trabajó denodadamente para crear un nuevo contexto político para que ese espectro social pudiera «prosperar» sin la existencia de control estatal alguno.

Paralelamente, los marxistas fueron sistematicamente tildados de «conservadores» por los medios del poder estatal y de estar adscritos «a línea dura». Una vez creadas las condiciones adecuadas, estos fueron marginados en todos los niveles de gobierno.

Los medios de comunicación existentes, controlados en buena parte por esta misma élite ascendente, se encargaron de crear de forma simultánea una atmósfera política en la que cualquier tipo de crítica a la perestroika fuera duramente tachada de ser «estalinista».

En 1989, el Soviet Supremo fue reemplazado como el máximo órgano de autoridad estatal por el Congreso de los Diputados del Pueblo, reduciendo significativamente el papel formal del PCUS en el gobierno, procediendo paralelamente a eliminar las cuotas que en esos órganos le correspondían a la representación de la clase trabajadora.

Gorbachov movilizó a las estructuras estatales que lo apoyaban para asegurarse una mayoría «pro-reforma» que pudiera orientar los cambios drásticamente antisocialistas que se preparaban, como las de clausurar las agencias centrales de planificación, la liberalización de los precios, el establecimiento de un comercio basado en el mercado entre las repúblicas y la imposición de que las empresas estatales sobrevivieran o fenecieran en el área salvaje del libre mercado abierto y competitivo capitalista.

La liberalización de los precios condujo inevitablemente a la especulación y la inflación, lo que a su vez agravó la aguda escasez de artículos de consumo cotidianos, en particular el de los alimentos.

A mediados de 1991, con un PCUS atrapado en la anarquía y con una economía en crisis, la consolidación de la oposición anticomunista organizada creció como la espuma.

El 20 de julio, Yeltsin emitió un decreto por el que se prohibía a la sección rusa del Partido Comunista operar en las oficinas gubernamentales y lugares de trabajo de los territorios de la República Rusa.

Al constatar que el país estaba siendo inexorablemente arrastrado hacia el precipicio -y constatando que Gorbachov carecía de la voluntad o de la capacidad de salvarlo—, un grupo de altos funcionarios soviéticos se organizaron para tomar el control del país y establecer un estado de emergencia, con vistas a pausar las reformas, impedir la disolución de la URSS e iniciar un debate nacional sobre el futuro de la Federación.

Estos funcionarios se organizaron bajo el nombre de Comité Estatal sobre el Estado de Emergencia (SCSE). Sin embargo, los líderes del SCSE adolecieron de falta firmeza y exceso de pusilanimidad, siendo incapaces de proceder tal y como había sido planeado, al asalto al Parlamento ruso, en donde Yeltsin se había atrincherado con su «Cuartel General».

Se trató, en definitiva, de una operación que brilló por su asombrosa inoperancia. Como más tarde ha puntualizado el actual secretario general de los comunistas de la Federación Rusa:

«Si hubieran actuado comn más decisión, nuestro país hubiera podido preservar su unidad».

Yeltsin aprovechó la situación para tomar todo el poder en Rusia y hacer que el PCUS fuera ilegalizado. Como escriben los historiadores estadounidenses Roger Keeran y Thomas Kenny, en su libro «Socialismo traicionado», «ese fue el verdadero golpe».

Un retroceso histórico

Gorbachov dimitió como presidente el 25 de diciembre de 1991. Sin precedentes legales ni marco constitucional, Yeltsin simplemente transfirió los cuerpos estatales soviéticos y las propiedades a Rusia. Y el 31 de diciembre, la Unión Soviética dejó formalmente de existir.

En el curso de los cuatro años siguientes, la esperanza de vida de Rusia disminuyó de 65 a 57 años, un hecho sin precedentes en tiempos de paz.

La impresionante infraestructura sanitaria creada durante los años de la Revolución, colapsó. Y los pueblos de la antigua Unión Soviética se vieron sometidos a epidemias de enfermedades que se nutrían de la pobreza, un fenómeno desconocido durante muchas décadas.

El PIB ruso tardó unos 15 años en recuperarse a los niveles de 1990, período durante el cual el PIB de China se había multiplicado por más de tres.

La tragedia de la implosión de la Unión Soviética repercutió en todo el mundo. Como señalara el líder cubano Fidel Castro:

«La destrucción del socialismo en la URSS infligió un daño terrible a todos los pueblos del mundo, haciendo posible las condiciones de superexplotación que sufre actualmente el Tercer Mundo en particular».

El colapso soviético y del socialismo europeo podrían ser descritas como la peor derrota sufrida por la clase obrera internacional a lo largo de toda su historia, habiéndose convertido durante décadas en un salvavidas para el imperialismo.

Han transcurrido 30 años desde entonces. Si estas tres décadas han dejado algo más claro que nunca, es que el sistema capitalista ha mostrado ser absolutamente incapaz de resolver los dilemas de vida o muerte que tiene hoy planteados la humanidad entera.

Fuentes:

https://canarias-semanal.org/art/31300/quien-como-y-por-que-la-union-sovietica-fue-dinamitada