La reestructuración de las fuerzas productivas aprovechando la pandemia

Juan Manuel Olarieta

Este año hemos vivido el mayor experimento de cambio de comportamiento global en la historia de la humanidad”, dice el diario económico Expansión (1). La burguesía lo tiene muy claro: la pandemia ha sido pura ingeniería social, pero la intoxicación mediática ha logrado que el mundo mire hacia otro lado.

En septiembre el gobierno del PSOE y Podemos reguló el teletrabajo o “trabajo a distancia”, como lo llama el real decreto-ley 28/20. Como es algo que tiene que ver con internet y la informática, parece posmoderno o, como diría uno de esos “marxistas” de pacotilla, “un desarrollo de las fuerzas productivas”. Los más despistados hablan de la “cuarta revolución industrial”.

Los fondos que la Unión Europea habilitó -también en setiembre- con el pretexto de la pandemia, no son a fondo perdido, sino que tienen destinos muy concretos, entre ellos el teletrabajo, el incremento de la precariedad laboral y la reducción de las pensiones (2).

El teletrabajo es un retorno a los orígenes del capitalismo del siglo XIX, a la producción doméstica, que se está generalizando, sobre todo en el trabajo de oficina, administrativo, en lo que llaman “sector terciario”, publicidad, comunicación, servicios y otros parecidos.

El capitalismo convierte el hogar en un centro de producción, un microtaller donde acaba trabajando toda una familia las 24 horas del día, como en los viejos gremios.

En los siglos XVII y XVIII la producción se llevaba a cabo en la casa, sobre todo en el textil. Este “régimen de producción”, como lo llamaba Marx, fue predominante en su época y complementaba la actividad agrícola.

El trabajo a domicilio también fue característico de las mujeres, que compraban máquinas para coser en sus propias viviendas hasta hace bien poco tiempo. Ahora el ordenador ha sustituido a las viejas máquinas de coser “Singer”. Ahora la crisis vuelve a poner el trabajo a domicilio en el primer plano con el fin de destruir el modelo industrial clásico, el régimen de relaciones laborales y, en definitiva, todas y cada una de las conquistas de la clase obrera.

Como en la época de los talleres del capitalismo primitivo, el patrón vigila a distancia, beneficiándose de los nuevos mecanismos informáticos. Los asalariados quedan reducidos a trabajar aislados unos de otros, cada uno encerrado en su nicho doméstico.

Los toques de queda han introducido esta nueva forma de producción de una manera brutal. En Francia más de 8 millones de trabajadores, es decir, el 30 por ciento de la población activa, ya tiene su puesto de trabajo en casa, pegado a la pantalla del ordenador.

No es más que un primer paso. El siguiente es el modelo de plataforma, al estilo de los trabajadores de reparto, es decir, el autónomo, la ruptura de la relación laboral y la constelación de “miniempresarios” que, además de trabajar, cumplen la función de extender el modelo.

Dentro de poco la intoxicación comenzará a presentar el teletrabajo como sinónimo de “libertad”, de horarios flexibles, de ahorro de tiempo de desplazamiento, ropa, gastos de guardería, etc.

El teletrabajo reduce los gastos de capital constantes (edificio, oficinas, salas, internet, ordenadores, dispositivos de comunicación, equipos de reprografía, papelería, servicios de secretaría, servicios de conserjería, etc.) y la reducción de los gastos de servicios para los trabajadores (transporte, vales de comida, seguros en el trabajo, etc.).

También retorna el trabajo a destajo, los salarios por unidad de servicio y los contratos de duración determinada o, en definitiva, la consagración de la precariedad como canon laboral.

El trabajo alcanza su máxima flexibilidad. No hay jornada, no hay horarios, no hay descansos, ni se pagan las horas extras o, mejor dicho, todo son horas extras. Se reduce el capital variable y aumenta la plusvalía.

El patrono no tiene cargas sociales, no hay seguro de desempleo, no hay pensiones, no hay vacaciones… Todo el día y toda la vida es tiempo de trabajo a explotar.

Aunque el trabajador parece autónomo, sigue bajo el control de la empresa que, mediante tecnologías de rastreo, pueden vigilar, incluyendo la obligación de compartir la pantalla, el registro de las páginas visitadas y las pulsaciones de cada tecla por minuto, e incluso la activación de las cámaras web a lo largo del día. Es un control total. El empresario vigila al trabajador, vigila su vivienda y cada una de las actividades que en ella desarrolla en compañís de sus familia, sus amigos o sus vecinos.

La burguesía lo ha entendido a la primera. Hay sectores, como la banca, en los que el teletrabajo se viene imponiendo desde hace tiempo. Una parte del comercio al por menor se lleva a cabo a través de plataformas digitales y lo mismo se ha comenzado a hacer ya con la atención sanitaria, para desmantelar los centros de atención primaria.

El teletrabajo lleva la deslocalización de las unidades productivas al paroxismo. Ha creado un mercado laboral internacional, donde los salarios se unificarán “por abajo”, en función de las remuneraciones que cobran los países del Tercer Mundo, que harán la competencia los de las metrópolis.

(1) https://www.expansion.com/blogs/quemada/2020/11/06/el-covid-dejara-10-cambios-que-te.html
(2) https://www.elboletin.com/espana-no-empezara-a-recibir-las-cantidades-del-fondo-de-recuperacion-hasta-el-verano/

Más información:
– Teletrabajo: al servicio de la acumulación, la explotación y la exclusión

Fuentes:

La reestructuración de las fuerzas productivas aprovechando la pandemia