¿Será posible analizar históricamente la resistencia soviética a la invasión hitleriana, sin el peso de los prejuicios ideológicos?

Máximo Relti

A 80 años de la invasión nazi de la Unión Soviética

Hoy es un hecho históricamente evidente que el peso de la Segunda Guerra Mundial recayó fundamentalmente sobre el pueblo soviético. Y la victoria sobre el nazismo, también. Hoy, en el 80 aniversario de la invasión de la Unión Soviética por los Ejércitos hitlerianos, convendría reflexionar sobre qué factores hicieron posible el triunfo arrollador de la URSS sobre Alemania. Según escribe en este artículo nuestro colaborador Máximo Relti, Hitler estaba convencido, sin embargo, de que Moscú caería a las cuatro o seis semanas después de producirse la invasión. ¿Qué factores políticos, sociales e ideológicos hicieron posible que la resistencia de la sociedad soviética terminara llevando al Ejército Rojo hasta el mismo búnker donde se encontraba führer en Berlín. ¿Será posible hoy, transcurridos 80 años, poder abordar este hecho histórico sin cargar con el peso de los prejuicios ideológicos?

El 22 de junio de 1941, hace 80 años, el gigante nazi, que tan sólo unos meses antes había aplastado en una fulminante «guerra relámpago» a buena parte de Europa y ocupado díez países, decidió enfrentarse a la Unión Soviética, con un despliegue de fuerzas realmente abrumadoras.

Partiendo de sus anteriores victorias bélicas, Hitler no tuvo reparos a la hora de permitirse anunciar que Moscú caería en tan sólo cuatro o seis semanas. Para el otoño, dijo el führer jactancioso, la máquina de guerra alemana se encontraría camino hacia la colonia británica de la India, y desde allí podría establecer conexión con sus aliados de Japón.

Tampoco los «expertos» militares y políticos británicos y estadounidenses tuvieron empacho a la hora de predecir que la conquista de la Unión Soviética por parte de Hitler sería una cuestión de entre «diez días y seis semanas«.

En realidad, lo que los «expertos» anglosajones estaban expresando no eran más que sus puros deseos clasistas de ver materializado el fracaso total e irreversible del hasta entonces exitoso experimento socialista que, por primera vez en la historia de la humanidad, se estaba produciendo en la URSS. Temían y odiaban la idea misma del socialismo soviético, que durante dos décadas les había impedido el asalto a una sexta parte del planeta.

Sin embargo, resulta necesario precisar que no todos en Occidente estuvieron de acuerdo con estos catastróficos augurios. Por ejemplo, Hewlett Johnson, pastor de la Iglesia protestante británica y Dean de la catedral de Canterbury, que había escrito un libro titulado «El poder soviético», convertido en un best-seller con una tirada de 2 millones de ejemplares, se atrevió a declarar con insólita audacia, tan sólo cinco días después de que se produjera la invasión alemana de la URSS, que:

«Contra el heroísmo del Ejército Rojo, contra el trabajo no menos heroico de 193 millones de pueblos soviéticos, este monstruo de Frankenstein de una máquina de guerra que Hitler ha creado se estrellará como sobre una roca».

Lo que el decano de Canterbury expresaba en su libro y en sus declaraciones públicas coincidía con las esperanzas de millones de personas que malvivían en países ya aplastados por la máquina de la ocupación militar alemana. Johnson se encontraba entre aquellos que supieron interpretar que la invasión nazi había colocado a la Unión Soviética a la cabeza de la lucha del mundo antifascista y anticolonial contra el fascismo.

La verdad es que el gobierno soviético, tal y como atestigua la documentación de aquellas fechas que hoy se puede conocer, era totalmente consciente de que, más tarde o más temprano, se iba a producir un ataque alemán en toda regla. Pero no era precisamente en junio de 1941 cuando Stalin y su Estado Mayor esperaban aquel ataque.

Es conveniente indicar que el elemento sorpresa, y la gigantesca envergadura y velocidad con la que los invasores atravesaron las fronteras de la Unión Soviética, tuvieron un altísimo costo para su pueblo. Pero, a diferencia de lo que sucedió en los países de la Europa occidental cuando fueron invadidos por los los nazis, en la Unión Soviética no se produjo el letal pánico desmovilizador que había tenido lugar en Dinamarca, Holanda, Bélgica Francia y otros países centroeuropeos. Lugares en los que Hitler pudo encontrar, además, a clases sociales dispuestas a prestarse a la colaboración con los invasores. La Unión Soviética, en contra de las previsiones del Alto mando del Ejército nazi, resultó ser un país extremadamente difícil de dividir y aún más de conquistar.

LAS CLAVES QUE EXPLICAN LA RESISTENCIA SOVIÉTICA FRENTE A LA INVASIÓN ALEMANA

Durante los cinco meses siguientes a la fecha de la invasión, el Ejército Rojo procedió a retirarse, cediendo a los alemanes centenares de kilómetros de su territorio. Con esta desconcertante retirada militar, el ejército soviético puso a los invasores ante la inevitable tesitura de tener que pagar muy caro cada centímetro que conquistaban. Esta táctica fue denominada por los soviéticos como la «defensa activa», que se caracterizó por una estrecha y fructífera cooperación entre el Ejército Rojo y el pueblo soviético, y cuya argamasa fundamental la constituyó la actividad política del Partido Comunista en ambas áreas.

Según informaba el periódico «Daily Worker», portavoz del PC estadounidense, el 23 de junio de 1941, apenas unas pocas horas después de que las tropas nazis cruzaran la frontera soviética desde Polonia, los trabajadores soviéticos ya habían organizado asambleas masivas en Moscú, en las que se trataban líneas organizativas y se aprobaban resoluciones en la que expresaban su decidida voluntad de «enviar a Hitler a los infiernos». La guerra, pues, no iba a ser sólo una batalla entre ejércitos, sino una suerte de organizado binomio entre el pueblo y el Ejército.

RÁPIDA REORGANIZACIÓN DE LA ESTRUCTURA PRODUCTIVA DEL PAÍS

Industrias enteras fueron trasladadas cientos de kilómetros hacia el Este, junto con materias primas, máquinas, herramientas y alimentos. Todo aquello que no pudiera ser movido, como las presas de energía, infraestructuras industriales, etc., tuvo que ser implacablemente destruido, para impedir que los alemanas pudieran hacer uso de estos recursos. Se aplicó la táctica de «tierra quemada» con todo aquello que a lo largo de dos décadas había construido laboriosamente el pueblo soviético.

Después, trenes, camiones y vehículos de todo tipo desplazaron tropas, material de guerra y municiones hacia el Oeste hasta llegar al mismo frente de combate, para regresar despues a los enclaves del Este, cargados de equipo y de personas.

Una ingente fuerza de trabajo se trasladó igualmente hacia el Este, para levantar allí nuevas industrias y posibilitar, simultáneamente, el cultivo de alimentos.

Previendo ya lo que iba a ser el holocausto nazi, se desplegaron todas los esfuerzos para intentar evacuar a los judíos civiles soviéticos, de manera que pudieran permanecer lejos del alcance de sus potenciales asesinos nazis.

En el mes de agosto, sólo un par de meses después de que se produjera la invasión alemana, fue el propio Franklin Delano Roosevelt, presidente de los Estados Unidos, quien se interrogaba asombrado acerca de cómo había sido posible aquella «magnífica» defensa soviética. «¿Cómo ha sido posible posible la envergadura de esta gigantesca operación defensiva?», se preguntaba públicamente el primer mandatario norteamericano.

Deseando tener certezas sobre lo que estaba sucediendo en la Unión Soviética y conocer, en directo, hasta donde podía llegar la capacidad de resistencia del pueblo soviético, Roosevelt envió a la URSS en otoño de 1941 a uno de sus más estrechos asesores, Harry Hopkins, como emisario personal suyo para obtener un informe veraz que le permitiera hacer sus propios cálculos acerca de la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. Muchos funcionarios y militares avisaron a Hopkins de la inoportunidad de la realizacion de ese viaje, ya que Moscú era una fruta madura que podía caer en manos alemanas en cualquier instante. Harry Hopkins, desoyendo esos consejos, se atrevió a viajar a la capital de la URSS. A su regresó no pudo ocultar su encandilaba admiración por la organización, determinación y unidad del conjunto del pueblo soviético frente al invasor nazi.

Incluso Douglas McArthur, el ultraderechista y furibundo anticomunista general estadounidense, tuvo que admitir muy a su pesar, que nunca había leído o presenciado algo semejante:

“una resistencia tan efectiva al golpe más duro de un enemigo hasta ahora invicto, seguido de un contraataque aplastante… La escala y la grandeza del esfuerzo lo marcan como el mayor logro militar de toda la historia «.

EL PROPIO HITLER PRONTO ADMITIÓ QUE AQUELLO NO IBA A SER UN SIMPLE «PASEO MILITAR»

La verdad es que, una vez superada las primeras fases iniciales del estupor y la sorpresa de los soviéticos, la poderosa máquina de guerra nazi comenzó a apercibirse de que en aquella operación militar nada iba a ser similar a la que la Wehrmacht habia desarrollado en contra el Ejército francés o el belga, dirigidos ambos por tibios mandos militares derechistas, sino que la nueva coyuntura militar los situaba frente a un peligroso rompeolas no sólo dispuesto a resistir sus embates, sino tambien con predisposición a acabar con el último de los invasores.

La documentación que hoy es pública, y que recoge las conversaciones sostenidas por Adolf Hitler con sus allegados por aquellas fechas, (1) muestra que el líder alemán, sin perder su inveterado optimismo triunfal, se apercibia igualmente que su invasión no iba a ser una suerte de paseo militar presidido por el «pachín-pachín» wagneriano de las orquestas militares germanas.

¿Qué hizo posible que lo que hasta entonces había sido una eficaz, científica y disciplinada maquinaria militar se estrellara estrepitosamente en contra de un pueblo al que sus ideólogos habían calificado con el despectivo término de subhombres?

Desde los mismos albores de la Revolución de Octubre de 1917, los trabajadores y campesinos soviéticos habían estado tratando de crear, con esfuerzos indecibles, una nueva sociedad. E independientemente de cuál sea nuestra adscripción ideológica, es un hecho documentalmente constatable que en el instante en el que se produce la invasión alemana, el pueblo soviético ya había logrado materializar no pocas de sus conquistas sociales y económicas que la barbarie de la guerra se encargó de destruir.

En 1940, la gran industria era 11 veces mayor que la que había en 1913. La Unión Soviética era el primer país del mundo en la producción de trigo. Asimismo, producía dos tercios de la cebada, la avena, el centeno, la remolacha azucarera y el lino y un cuarto del azúcar mundial. Era el primero en la producción total en el mundo de tractores y locomotoras. Era, además, el segundo productor mundial de petróleo. En el año 1938, producía tanto mineral de hierro como Estados Unidos. Se habían construido casi 400 nuevas ciudades y pueblos como centros de la industria socialista.

El presupuesto de 1940, de 173 mil millones de rublos, incluyó 57 mil millones para financiar la economía nacional, 56 mil millones para la defensa y, al mismo tiempo, la impresionante cantidad de 41 mil millones de rublos para servicios sociales y culturales. La población soviética había pasado del puesto 19 en la alfabetización mundial a ocupar el primer lugar en el planeta de ciudadanos alfabetizados .

El esfuerzo y los sacrificios del pueblo soviético habían sido titánico, pero también sus resultados fueron gigantescos. Sobre todo tratándose de un país que partía prácticamente de cero, apenas industrializado, con estructuras sociales y políticas semifeudales que habían pervivido hasta 1918.

Es históricamente indiscutible, por encima de todo tipo tergiversaciones, provenientes de una u otra fuente ideológica, que fue el Partido bolchevique la organización política que logró convertir a la Unión Soviética en una sociedad en la que, con todas sus virtudes y defectos, los medios de producción fueron convertidos de propiedad pública. O sea, en propiedad de todo el pueblo. Sólo realidades constatables como las hemos referenciado permiten comprender las razones por las que el pueblo soviético en su conjunto, no sólo se aprestó a defender ferozmente el ambiguo concepto «de la patria» en peligro, sino que 25 millones de sus ciudadanos sacrificaron sus vidas defendiendo la «patria socialista». O dicho de otra forma, el orden social que ellos mismos habían construido y que con toda legitimidad les pertenecía.

Sólo desde esta perspectiva es posible explicar la magnitud de la resistencia del pueblo soviético frente la invasión extranjera, de la que no existe ningún precedente histórico de semejante envergadura.

Referencias y bibliografia:

(1) «Conversaciones privadas con Hitler», Primera edicion 1953. Edición digital.

El autor de este artículo ha utilizado como libros de consulta:

-«El mito de la guerra buena. Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, de Jacques R. Pauwels. Editorial Hiru.

-«La otra historia de Los Estados Unidos», de Howard Zinn. Editorial Hiru.

-«Memorias y reflexiones» del mariscal soviético G.K. Zhúkov: Editorial Zig-Zag

– Artículo de la activista estadounidense Betty Smith, «Enviar a Hitler a los infiernos», sobre la invasión alemana de la Unión Soviética vista desde los EE.UU.

Fuentes:

https://canarias-semanal.org/art/30847/sera-posible-analizar-historicamente-la-resistencia-sovietica-a-la-invasion-hitleriana-sin-el-peso-de-los-prejuicios-ideologicos