Analizando «Wall Street y el ascenso de Hitler»

Tito Andino U.

Basado en el libro:
“Wall Street and the Rise of Hitler”
de Antony C. Sutton (y otros apuntes)

Este primer ensayo (vendrán otros) ha sido posible con la ayuda de los libros del destacado profesor, historiador y economista británico, Antony C. Sutton (1925 -2002), investigador de la Universidad de Stanford (Fundación Hoover) y profesor de economía en la UCLA (Universidad de California en los Ángeles). Sus estudios sobre la inversión occidental en la extinta URSS con capital y tecnología destapó la curiosidad de varios teóricos de la “conspiración”. Su trabajo “Western Technology and Soviet Economic Development” (Tecnología occidental y desarrollo económico soviético) consta de tres tomos, en el afirma que el 95% de la infraestructura industrial soviética fue montada con ayuda técnica occidental y que el financiamiento fue concedido por préstamos de los Estados Unidos y otros gobiernos de Europa.

Sus posteriores trabajos: “Wall Street and the Bolshevik Revolution” (Wall Street y la Revolución Bolchevique); “Wall Street and the Rise of Hitler” (Wall Street y el ascenso de Hitler); y, “Wall Street and FDR” (Wall Street y Franklin Delano Roosevelt), profundizan no solo en las altas finanzas de Wall Street para desarrollar tanto la economía soviética como el ascenso de los nazis y de Roosevelt, su intención -naturalmente- conquistar grandes beneficios económicos.

Uno de los trabajos más conocidos del profesor Sutton es su libro “America’s Secret Establishment: An Introduction to the Order of Skull & Bones” (Los secretos del Establishment Americano: Una Introducción a la Orden de los Skull & Bones). A raíz de su análisis sobre la Orden de los ‘Skull & Bones’ se le catalogó como conspiranoico.

La primera parte de «Wall Street and the Rise of Hitler» detalla la «construcción de los carteles alemanes a través de los Planes Dawes y Young en los años veinte. Estos carteles eran los mayores partidarios de Hitler y el nazismo, y fueron directamente responsables para llevar a los nazis al poder en 1933″. (American IG Farben, General Electric, Standard Oil of New Jersey, Ford y otras empresas americanas). La segunda parte documenta concienzudamente la forma de financiación.

El libro explora los orígenes del nazismo, la introducción precisa que no sólo los industriales alemanes financiaron el ascenso nazi, el «honor» también corresponde atribuirle a las altas finanzas de Wall Street. El autor tiene un gran mérito para el estudio económico del nazismo, se apoyó en los archivos de los Tribunales Militares de Nuremberg, «un área de investigación histórica totalmente inexplorada por el mundo académico», hasta ese entonces.

La obra analiza la capacidad de producción de empresas como IG Farben y otras que elaboraban desde explosivos hasta el gas ‘Zyklon B’, eso solamente fue posible gracias a los créditos concedidos por el “Plan Dawes” y la exportación de tecnología norteamericana. Así como otros temas referentes a las grandes empresas alemanas subsidiarias o relacionadas con las corporaciones estadounidenses en la producción de gasolina sintética.

El profesor Sutton fue pionero e inspiración para que futuras investigaciones profundicen el estudio sobre las grandes corporaciones norteamericanas que trabajaron codo a codo con sus subsidiarias alemanes en plena guerra mundial. Pierre de Villemarest, periodista francés expresó que «Sutton fue el único autor que escudriñó en los contratos gracias a los cuales los totalitarismos nazi y soviéticos han podido vivir y sobrevivir económicamente». Richard Pipes, ex analista de la CIA y profesor de Harvard enfatizaba en “Survival Is Not Enough: Soviet Realities and America’s Future” (1984) que «Sutton llegó a conclusiones incómodas para muchos empresarios y economistas. Por esta razón su obra tiende a ser desestimada como extremista o, más a menudo, simplemente ignorada».

Otros autores que destacan por su investigación en la temática son, por mencionar algunos: Edwin Black en «IBM and the Holocaust: The Strategic Alliance between Nazi Germany and America’s Most Powerful Corporation (2001) (IBM y el Holocausto: La alianza estratégica entre la Alemania nazi y la corporación más poderosa de Estados Unidos); Walter Hofer y Herbert R. Reginbogin, en «Hitler, der Westen und die Schweiz 1936–1945» ( 2002) (Hitler, Occidente y Suiza 1936-1945); Reinhold Billstein, Karola Fings, Anita Kugler y Nicholas Levis, en «Working for the Enemy: Ford, General Motors, and Forced Labor during the Second World War» ( 2000) (Trabajando para el enemigo: Ford, General Motors y el trabajo forzado durante la Segunda Guerra Mundial); James y Suzanne Pool en «Who financed Hitler«. (Quién financió a Hitler) con el subtítulo «Cómo construyó Hitler la base de la que surgiría el III Reich… a través de sociedades interpuestas, sobornos y chantaje» (1981). También es interesante citar Research Findings About Ford-Werke Under the Nazi Regime (Dearborn, MI: Ford Motor Company, 2001) (Resultados de la investigación sobre Ford-Werke bajo el régimen nazi).

Un fotomontaje de la época, su autor John Heartfield, sketch para el cartel: «Fritz Thyssen juega con el títere Adolf Hitler», 1933 publicado en la revista alemana AIZ (Allgemeine Illustrierte Zeitung) de tendencia comunista. El texto dice: ¿Herramienta en la mano de dios?… Juguete en la mano de Thyssen!

De forma contundente, Sutton afirmaba, por citar un caso, que sin Wall Street nunca habrían visto luz empresas como IG Farben o personajes como Hitler. Casos tempranos, como del industrial Fritz Thyssen, ya aportaban dinero a Hitler y a los nazis desde 1923, hecho admitido en sus memorias “Yo financié a Hitler” (1941); y, no lo hizo porque le caía bien o porque era un «raro» político, su función como gran industrial era, imperativamente, acabar con el radicalismo del movimiento obrero que estuvo a punto de triunfar durante el periodo revolucionario tras la derrota en la Gran Guerra, el grupo de Hitler brindaba esa garantía.

No solo vale la pena, es necesario volver a destacar un fragmento del maestro Eduardo Galeano en su obra “Espejos: una historia casi universal”, titulado «Los amigos de Hitler», una corta y soberbia explicación que describe la fusión entre las transnacionales de los Estados Unidos y Alemania, bajo complicidad de la iglesia y la también sacrosanta banca suiza. Sin esa asociación internacional la toma del poder por parte del nazismo y el posterior sometimiento de Europa no hubiese sido plausible. Leamos brevemente a Eduardo Galeano:

“Los amigos de Adolf Hitler tienen mala memoria, pero la aventura nazi no hubiera sido posible sin la ayuda que de ellos recibió.

Como sus colegas Mussolini y Franco, Hitler contó con el temprano beneplácito de la Iglesia Católica.

Hugo Boss vistió su ejército.

Bertelsmann publicó las obras que instruyeron a sus oficiales.

Sus aviones volaban gracias al combustible de la Standard Oil (hoy Exxon y Chevron), sus soldados viajaban en camiones y jeeps marca Ford.

Henry Ford, autor de esos vehículos y del libro El judío internacional, fue su musa inspiradora. Hitler se lo agradeció condecorándolo.

También condecoró al presidente de la IBM, la empresa que hizo posible la identificación de los judíos.

La Rockefeller Foundation financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi.

Joe Kennedy, padre del presidente, era embajador de los Estados Unidos en Londres, pero más parecía embajador de Alemania. Y Prescott Bush, padre y abuelo de presidentes, fue colaborador de Fritz Thyssen, quien puso su fortuna al servicio de Hitler.

El Deutsche Bank financió la construcción del campo de concentración de Auschwitz.

El consorcio IGFarben, el gigante de la industria química alemana, que después pasó a llamarse Bayer, Basf o Hoechst, usaba como conejillos de Indias a los prisioneros de los campos, y además los usaba de mano de obra. Estos obreros esclavos producían de todo, incluyendo el gas que iba a matarlos.

Los prisioneros trabajaban también para otras empresas, como Krupp, Thyssen, Siemens, Varta, Bosch, Daimler Benz, Volkswagen y BMW, que eran la base económica de los delirios nazis.

Los bancos suizos ganaron dinerales comprando a Hitler el oro de sus víctimas: sus alhajas y sus dientes. El oro entraba en Suiza con asombrosa facilidad, mientras la frontera estaba cerrada a cal y canto para los fugitivos de carne y hueso.

Coca-Cola inventó la Fanta para el mercado alemán en plena guerra. En ese período, también Unilever, Westinghouse y General Electric multiplicaron allí sus inversiones y sus ganancias. Cuando la guerra terminó, la empresa ITT recibió una millonaria indemnización porque los bombardeos aliados habían dañado sus fábricas en Alemania”.

Siglo XXI Editores (España Madrid, 2008)

Lo que comunmente denominamos fascismo no surge de las bases populares ni marginadas, tampoco de la clásica pequeña burguesía, surge del monopólico poder económico e industrial ante el adveniemiento de corrientes sociales que perturban al sistema capitalista.


El Imperio hitleriano no es una aparición espontánea, no estaba opuesto a las potencias occidentales que le impusieron el Tratado de Versalles, porque todos eran conscientes que Alemania no podría pagar las obligaciones contraídas, pero el kit del asunto no era «cobrar deudas» sino manejar su economía; por tanto, basta de buscar el quinto pie al gato, el nazismo, dentro del Imperio Alemán de posguerra, fue una creación del sinarquismo, un moderno ensayo internacional de la industria y la banca para manejar un estado (ya lo venía haciendo en otros lugares desde la Revolución Francesa).

El «Socialismo Corporativo» es una temática que aborda el profesor Sutton, es decir, el sometimiento de la sociedad civil al control totalitario del Estado (algunos le denominan fascismo), que, a su vez, depende de la gran banca y la industria (al sinarquismo, hoy suele denominársele Complejo Militar – Industrial). Otros notables estudios concluyen con similares análisis. En sus libros, ha podido -sin mencionar nunca el término sinarquismo- descifrar el misterio, el punto real del problema:

«Cualquier cosa que usted llama sistema colectivistasocialismo soviético, socialismo del Nuevo Trato, socialismo corporativo, o nacional socialismo – es el ciudadano medio, el tipo en la calle quien finalmente pierde de vista a los muchachos que ejecutan la operación en la cima».

Anthony Sutton se pronunció siempre como partidario del libre comercio ante esquemas como el corporativismo y los grandes lobbies.

«Cada sistema, en su propia manera, es un sistema de pillaje, un dispositivo orgánico para hacer vivir a todos (o intentando vivir) a costa de todos los demás, mientras los líderes elitistas, los gobernantes y los políticos, revenden la crema desde la cima. El papel de esta élite americana de poder en el ascenso de Hitler también debe verse junto con un aspecto poco conocido del hitlerismo que se explora sólo ahora: los orígenes místicos del nazismo, y sus relaciones con la Sociedad de Thule y con otros grupos misteriosos… extrañan un elemento igualmente tan importante como los orígenes financieros del Nacional Socialismo».

Si, en muchos sentidos, el nazismo dependió de las decisiones místicas de sus líderes, había que esperar que el Dr. Goebbles consulte el horóscopo, que Himmler conjure al Rey Heinrich (el Cazador), que Hitler «levite», que el exéntrico Hess se ponga en contacto con el más allá, etc.; mientras Hjlmar Schacht vivía con los nervios destrozados coordinando los temas banales de la economía.

El nazismo puede ser explicado como fenómeno social, cultural, político, económico, etc., incluso se puede atribuir su origen al Tratado de Versalles, a la depresión, a la inflación, al auge del comunismo y a otras muchas cosas, todos esos factores y muchos más tienen importancia, se interrelacionan. No obstante, el elemento crucial para entender el nazismo es la medida en que, deliberadamente, activó el impulso religioso del pueblo alemán.

«Fue la dimensión religiosa del nazismo la que inspiró el dinamismo, el fanatismo histérico, la energía y la ferocidad demoníacas. Cabría argüir que el Tercer Reich fue el primer estado de la historia de Occidente, desde la antigua Roma, que se basó fundamentalmente, no en principios políticos, económicos o sociales, sino en principios religiosos, en principios ‘mágicos’. Y más que un político, más incluso que un demagogo, el que se proclamaba su líder era un hechicero».

Volvamos al tema central. Suele ser inexplicable para muchos que Wall Street haya apoyado la caída del zar ruso y la ascensión de Hitler, así como un difícil rompecabezas de armar entre Wall Street y personajes tan dispares como Lenin y Hitler, a quienes financió y finalmente convirtió en feroces adversarios, originando la segunda guerra mundial. De este tipo de circunstancias se valen, con relativo exito, los «revisionistas» y apologistas de la gran conspiración mundial judío-masónico-comunista.

Tampoco seré yo quien niegue que muchos (bastantes) mozos de la banca internacional son judíos, por supuesto que sí, es verdad. En los Estados Unidos los banqueros judíos representan política y económicamente un lobby de influencia directo en el poder, innegable. Pero, a estas alturas del siglo XXI seguir creyendo en el embuste conspiranoico nacido de la propaganda nazi sobre la gran conspiración “judeo-masónico-comunista” es algo que debe producir risa más que preocupación, a pesar del tiempo transcurrido y las evidencias, sigue siendo muy popular en Hispanoamérica.

Los neonazis son «buenos nacionalistas” y como tales siguen lamentándose que las crisis hayan provenido fuera de Alemania (que no es su país). Una especie de laguna mental opera en sus reducidos cerebros y no comprenden que gran parte de la financiación del movimiento nazi provenía del extranjero, sus mandos percibían remuneraciones en moneda extranjera.

«Los únicos apellidos que hoy asociamos a los nazis son Goebbels, Goering, Himmler, Keitel, Rommel, Hess… Pero no son todos; ni siquiera son los más importantes. Esos eran los que cobraban, pero ¿quién puso el dinero para pagarles a ellos?

Los nazis que en 1939 desataron la Segunda Guerra Mundial tienen apellidos alemanes tanto como estadounidenses. Eran financieros como Du Pont, Morgan, Rockefeller, Lamont y otros. A ellos se les podían añadir los nombres de los industriales, como Henri Ford, condecorado por Hitler, así como los suizos, que cumplieron un papel propio tanto como intermediario.

Por eso nadie investiga el viaje de Hitler a Zurich en 1923 y el dinero que allí le entregaron (posiblemente Henry Deterding, el patrón de la petrolera Shell) para dar el Golpe de Estado de aquel año. Tampoco pregunta nadie por la entrevista entre Hitler y el financiero británico Norman Montagu un año antes de llegar a la Cancillería. A nadie le suena el nombre de Wilhelm Gustloff, un banquero suizo que, a la vez, era dirigente de primera hora del aparato nazi en el exterior. Tampoco suena el nombre de Max Warburg, director de IG Farben, cuyo hermano era el director del Banco de Reserva Federal de Nueva York, Paul Warburg». (Juan Manuel Olarieta.- Fascismo e imperialismo: el mito de la ‘autarquía’ del III Reich)

 

Parte del material recopilado por el profesor Sutton, de forma metódica es utilizado abusiva y desinformativamente por pseudo historiadores que publicitan la ideológica nazi, el cometido es tergiversar y modificar, con fines propagandísticos, el basto cúmulo de información que nos legó. Curiosamente, el «revisionismo» neo nazi «olvidó» la existencia del libro “Wall Street y el Ascenso de Hitler”, no es, ni por broma, citado por el fanatismo neonazi que nos bombardea, únicamente, con las publicaciones sobre la financiación a los soviets.

En este breve reportaje no estudiaremos el modus operandi de Wall Street, ni analizaremos el ‘gran viraje de Hitler» hacia el camino de la guerra, al mismo tiempo que permitía que las subsidiarias alemanas de las grandes
corporaciones estadounidenses siguieran produciendo materiales para su lucha por el «espacio vital» (vendrán dos artículos más).

Ponemos a consideración del lector, en la sección Libros en PDF (barra lateral derecha del blog) la obra completa del investigador británico en su versión castellana.

La justicia Aliada de posguerra

En la introducción de «Wall Street y la Ascención de Hitler«, subtitulado «Facetas inexploradas del nazismo« se describe la obra de Stewart Martin, «Todos Hombres Honorables» (1950), Martin fue Jefe de la Sección Guerra Económica del Departamento de Justicia y estudió la estructura industrial nazi.

«Martin afirma que hombres de negocios americanos y británicos consiguieron ser nombrados en posiciones clave en esta investigación de posguerra para desviar, ahogar y embozar la investigación de los industriales nazis y así mantener oculto su propio compromiso».

Tras la posguerra era común encontrar gente «respetable» que defendían a los hombres de negocios alemanes bajo un manto de inocencia y ninguna complicidad con el régimen nazi. Según Martin eso tenía un propósito, «un esfuerzo convenido para proteger a hombres de negocios nazis» que necesariamente sirve para

«proteger los elementos colaboradores del negocio americano y británico…Los hombres de negocios alemanes podrían descubrir muchos hechos incómodos: a cambio para protección, ellos dijeron muy poco. No es indudablemente coincidente que los industriales de Hitler en el juicio de Nuremberg recibieron menos de una palmada en la muñeca».

Recordemos que el delegado alemán en el Banco de Pagos Internacionales era el presidente del Reichsbank y financiero de Hitler, Dr. Hjalmar Horace Greeley Schacht. Schacht, junto a Ernst «Putzi» Hanfstaengl eran la conexión Wall Street – Alemania nazi.

La existencia de un grupo complaciente con los nazis está demostrado, se hallaban enquistados en el sector financiero-industrial. Grandes hombres de negocios alemanes, de la Europa occidental y de los Estados Unidos de América lucraron inmensamente gracias a su alianza con los jerarcas nazis desde antes que estos asuman el mando y hasta los últimos días de Hitler.

No solo amasaron fortunas en los mercados sino que especularon con el complaciente capitalismo fascista -corporativismo- impuesto por Hitler y sus “sabios” de la economía.

Hace algunos meses en este blog publicamos un excelente artículo sobre Las elites nacionalsocialistas y los asesinos de despacho , allí se detallan las hazañas de ciertos personajes de la industria alemana y la macabra forma en que las autoridades de control aliado perdonaron a decenas de criminales arropados en un blindaje de impunidad: «industriales«. La mayoría pasaron cortas vacaciones en un hotel con rejas, luego fueron liberados y llamados a reconstruir Alemania, las víctimas alemanas y europeas fueron rápidamente olvidadas.

El muy conocido Fritz Thyssen, fue uno de los tantos ejemplos de la benevolente justicia Aliada (Occidental), bajo el pretexto de haber «roto relaciones» con Hitler antes del estallido de la guerra, no obstante sus industrias siguieron produciendo y trabajando para el régimen; el pobre Thyssen la pasó mal un tiempo, primero los nazis lo encarcelaron, tras ser liberado en 1945 por los estadounidenses, tuvo que contemplar estupefacto como se ordenaba la liquidación de su complejo industrial, acto que no duró mucho tiempo, la Justicia Aliada lo perdonó y volvió a lo que sabía, la industria del acero, junto a otra familia caída en desgracia, los Krupp. Casos similares se cuentan por decenas.

John J. McCoy, abogado, político y banquero, Subsecretario de Guerra de los EEUU durante el conflicto mundial, además, segundo presidente del Banco Mundial – marzo 1947 a junio 1949-. Nombrado Primer Alto Comisionado de Estados Unidos para Alemania, en septiembre de 1949, función que ostentó hasta agosto de 1952, lapso suficiente para ser conocido como el «Virrey de la naciente Alemania Occidental».

McCoy es el hombre que conmutó las sentencias de los criminales nazis que pertenecían a la banca e industria alemana. Contrario a lo que dicen algunas fuentes, McCloy consultó a Washington si estaba facultado para revisar las sentencias condenatorias de los diferentes procesos de los Tribunales Militares para juzgar a los criminales de guerra alemanes (Konrad Adenauer, el nuevo canciller alemán lo apoyaba). Muy pronto recibió el visto bueno, entonces creó una figura jurídica denominada ‘Comité de Clemencia sobre los Criminales de Guerra Nazis’.

Desde enero de 1951 McCoy se encargó personalmente en dejar sin efecto las sentencias contra industriales y banqueros nazis encarcelados y condenados, hasta conmutó algunas sentencias de muerte (el espectro de esta revisión no solo concernió a los baqueros e industriales, se amplió a los médicos de los campos de exterminio, a varios notorios criminales de las SS y militares de la Wehrmacht).

Un excelente reportaje de «El Confidencial», relata como

«en junio de 1950, en una sala de la prisión de Landsberg, Alemania, ocho presos con su uniforme de rayas rojas se reunieron alrededor de una mesa para planificar el incremento de producción de la cuenca del Rhur​. Envueltos entre el humo de los puros americanos y bien provistos de los mejores vinos y de manjares traídos del exterior como fruta fresca, lujos inconcebibles entre rejas, trazaron tranquilamente las directrices a seguir, tal y como habían realizado tan sólo cinco años antes a las órdenes de Adolf Hitler. Presididos por Alfred Krupp se trataba, sencillamente, del consejo de dirección en pleno de la corporación Krupp, la misma que había servido al Tercer Reich y colaborado en la consecución de la Solución Final, el motivo por el que estaban confinados en Landsberg. Todos habían sido hallados culpables durante los Juicios de Nuremberg y condenados a 12 años de cárcel».


EPÍLOGO

 

Hemos repasado antes un tema escambroso, la «economía nazi», se ha explicado la famosa fórmula aplicada -la de verdad- en la era hitleriana, es decir, la economía de compulsión (zwangswirtschaft) en El «Trono de Oro» y otros mitos de la economía nazi

En el mercado, perdón… en internet, el lector puede encontrar cientos de «artículos» relacionados con los nazis y sus «virtudes» económicas. Tenemos aquellas páginas neonazis que aplican el clásico «copio y pego», se rasgan las vestiduras para «demostrar», citando a Salvador Borrego y otros «revisionistas» (aunque no demuestran nada), como la Alemania nazi sobrevivió largos años mediante el «trueque»; hay otros que afirman que si… vale, que hubo aportes de industriales pero insignificantes; otros de plano, declaran «bajo juramento» que su amado führer jamás se ensució sus santas manos con dinero proveniente de la «banca internacional» («judía» por descontado). En fin, cada neonazi defiende a su amo a su manera.

De nada sirve todo aquello. No seamos tan duros con estos pelafustanes, un poco de justicia histórica (que ellos jamás nos brindarán). Al no estar capacitados ni moral ni intelectualmente, les daremos una pequeña lección.

El trueque, no en el sentido que los neonazis tratan de vendernos gato por liebre, es una figura jurídica que opera universalmente, no es invento hitleriano, como tampoco lo fueron las transacciones, sobre todo de petróleo que hicieron los nazis, no hay nada de originalidad en ello. Los neonazis hablan de «trueque» que jurídicamente es muy diferente a lo que hacían los nazis.

Desde mucho antes de 1930 los gobiernos alemanes, ante la dura crisis mundial, aplicaron el comercio de compensación ante la escasez de divisas. Al menos -en teoría- el sistema consistía en intercambiar mercancías equivalentes, pero no podía operar siempre con temas tan variables como el petróleo, para el cual debían suscribir contratos de permuta. Se impulsó el comercio bilateral (en especial con el sureste de Europa) y Latinoamérica; por ejemplo, en 1932 ya se planteó a «México la propuesta de venderles materias primas (petróleo, café, arroz, plata) a cambio de maquinaria, tal como la URSS, Brasil y Venezuela lo hacían ya con Alemania. En la proposición se señalaron las virtudes del acuerdo para México, a la sazón sin capital para realizar varios proyectos de industrialización e importación de camiones de motores diesel, plantas hidroeléctricas» (este proyecto, al igual que otros, no llegó a cristalizarse). No obstante el interés alemán por el comercio de compensación con México continuó a lo largo de 1932 para intercambiar productos naturales mexicanos por manufacturas alemanas. Otro ejemplo fue aquel en que la casa Gebrüder Levysohn presentó una oferta para vender a México diez camiones de carga modernos, usados, por un valor de 325.000 francos suizos, a cambio, la casa pedía bencina o animales.

Como vemos, nada es inventiva nazi. Hitler continuó esas políticas económicas; característico en él, se apoderó de los programas de otros. Desde 1933, asumió el control del comercio exterior e introdujo algunas variantes al sistema de compensación y liquidación (clearing), «consistente en sustituir la compraventa con divisas por un trueque institucionalizado, supervisado por el gobierno y realizado a través de las cuentas especiales para extranjeros en pagos en el interior, valuadas en marcos de compensación o ASKI (siglas, en alemán, de las cuentas especiales extranjeras para pagos en el interior)».

Gracias a este comercio, Alemania adquirió mercancías sin sacar divisas de su territorio, extendiendo su influencia, pero sigue siendo muy relativo ese papel en Latinoamérica, el destino de las permutas era muy variable.


En 1934 Hitler reguló el comercio y los pagos a través del sistema de compensación y la subvención de las exportaciones. Alemania buscaba en América Latina controlar los negocios del área y la obtención inmediata de víveres y materias primas por medio de permutas (entre 1933 y 1939 Alemania firmó convenios con varios países latinoamericanos). Pero, en general el programa fue insignificante ante los niveles del comercio mundiallos nazis a toda costa solo pretendían conservar sus divisas -.

Para concluir esta primera entrega, a su disposición el siguiente e ilustrativo video, una entrevista al Dr. Antony Sutton.

Video:

Wall Street, Nazis y La Revolución Bolchevique

Entrevista con subtítulos en castellano

Ir a la segunda parte.

Profits über Alles! Corporaciones Americanas y Hitler

Fuentes:

http://www.detectivesdeguerra.com/2019/04/wall-street-y-el-ascenso-de-hitler.html