Marx y Engels describiendo a los «conspiradores profesionales» del siglo XIX

Bitácora Marxista-Leninista

«La situación social de esta clase es la determina todo su carácter de principio a fin. La conspiración proletaria por sí misma les proporciona unos medios de subsistencia muy limitados e inseguros. En consecuencia, están continuamente obligados a echar mano de la «caja» de la conspiración. Algunos de ellos también entran en conflicto directo con la sociedad civil como tal y comparecen ante los tribunales de policía con un mayor o menor grado de dignidad. Sus precarios sustentos, que dependen en algunos casos más del azar que de las actividades que llevan a cabo, sus irregulares vidas cuyos únicos puertos de escala fijos son las tabernas de los comerciantes de vin –los lugares donde se reúnen los conspiradores –, sus inevitables encuentros con todo tipo de gente dudosa, los coloca en una categoría social que en París se conoce como la bohemia. Estos democráticos bohemios de origen proletario –también hay democráticos bohemios de origen burgués, unos democráticos holgazanes y pilares de los bares– son, por lo tanto, trabajadores que han renunciado a sus trabajos y que, como consecuencia, se han vuelto disolutos, o personajes que han surgido del lumprenproletariado y que traen consigo todos los hábitos disolutos de dicha clase en su nuevo modo de vida. En estas circunstancias, uno puede entender cómo unos pocos exconvictos son los que se encuentran implicados en, prácticamente, todos los juicio por conspiración.

Todo el estilo de vida de estos conspiradores profesionales tiene un carácter decididamente bohemio. Reclutando sargentos para la conspiración, van de de comercio de vino en comercio de vino, sintiendo el pulso de los trabajadores, buscando a sus hombres, engatusándolos para la conspiración y consiguiendo que sean o la hacienda pública o sus nuevos amigos los que paguen las facturas de los litros que inevitablemente se consumen en el proceso. De hecho, es realmente el comercio de vino el que les proporciona un techo sobre sus cabezas. Es con él con quien el que el conspirador pasa la mayor parte de su tiempo; es aquí donde tiene sus encuentros con sus colegas, con los miembros de su sección y con los posibles reclutas; es aquí, finalmente, donde tienen lugar las reuniones secretas de las secciones –grupos– y los líderes de sección. El conspirador, altamente sanguíneo en carácter, a pesar de todo, al igual que todos los parisianos proletarios, pronto se convierte en un absoluto juerguista en esta continua atmósfera de taberna. El siniestro conspirador, que en sesiones secretas hace gala de una autodisciplina espartana, de repente se derrite y se transforma en un regular de las tabernas a quien todo el mundo conoce y que de verdad entiende cómo disfrutar del vino y de las mujeres. Esta convivencia se hace aún más intensa por los constantes peligros a los que está expuesto el conspirador; en cualquier momento puede ser llamado a las barricadas, donde puede ser asesinado; en cada esquina la policía le pone trampas que podrían llevarlo a prisión o incluso a las galeras. Tales peligros constituyen la verdadera gracia de este oficio; cuanto mayor es la inseguridad, más se apresura el conspirador para disfrutar de los placeres del momento. Al mismo tiempo, la familiaridad con el peligro lo hace completamente indiferente a la vida y a la libertad. Está como en casa en prisión, y también en la tienda de vinos. Está listo para ser llamado a la acción cualquier día. La desesperada temeridad que se exhibe en cada insurrección en París es introducida precisamente por esos conspiradores profesionales veteranos, los «hommes de coups de main». Ellos son los que erigen y comandan las primeras barricadas, quienes organizan la resistencia, lideran el saqueo de las tiendas de armas y la incautación de armas y municiones de las casas, y en medio del levantamiento llevan a cabo esas atrevidas redadas que tan a menudo llevan al partido del gobierno a la confusión. En pocas palabras, ellos son los oficiales de la insurrección.

Apenas hace falta subrayar que esos conspiradores no se limitan sólo a la organización general del proletariado revolucionario. Precisamente, tienen el deber de anticipar el proceso del desarrollo revolucionario, llevarlo artificialmente a un punto de crisis, lanzar una revolución en el calor del momento, sin las condiciones para una revolución. Para ellos, la única condición para la revolución es una preparación adecuada su conspiración. Son los alquimistas de la revolución y se caracterizan por exactamente los mismos pensamiento caótico y obsesiones miopes de los alquimistas de antaño. Se abalanzan sobre inventos que supuestamente llevan a cabo milagros revolucionarios: bombas incendiarias, artefactos destructivos de efectos mágicos, revueltas que se espera sean todavía más milagrosas y sorprendentes en sus efectos por tener una base menos racional. Ocupados con tales maquinaciones, no tienen más propósito que el más inmediato de derrocar al gobierno existente y tienen el más absoluto desprecio por la ilustración más teórica del proletariado sobre sus intereses de clase. De ahí su irritación más plebeya que proletaria por los «habits noirs», personas con un mayor o menor grado de educación que representan esa parte del movimiento, de quienes, sin embargo, nunca se pueden independizar completamente, ya que son los representantes oficiales del partido. Los «habits noir» también les sirven ocasionalmente como fuente de su dinero. No hace falta decir que los conspiradores están obligados a seguir, lo quieran o no, el desarrollo del partido revolucionaria.

La principal característica del estilo de vida de los conspiradores es su batalla con la policía, con quienes tienen precisamente la misma relación que los ladrones y las prostitutas. La policía tolera las conspiraciones, y no sólo como un mal necesario: los toleran como centros que pueden mantener fácilmente bajo observación y donde se reúnen los elementos más violentos de la sociedad, como las forjas de la revuelta, que en Francia se ha convertido en una herramienta del gobierno casi tan necesaria como la propia policía, y finalmente como lugar de reclutamiento de sus propios soplones políticos. Al igual que los caza-granujas más serviciales, los Vidocqs y sus compinches son tomados de la clase de los grandes y pequeños bribones, ladrones, estafadores e insolventes fraudulentos, y a menudo vuelven a su viejo oficio, precisamente de la misma forma que los policías políticos más humildes son reclutados entre los conspiradores profesionales. Los conspiradores están constantemente en contacto con la policía, entran en conflicto con ellos todo el tiempo; persiguen a los comerciantes de vino, de la misma forma que los soplones los persiguen a ellos. El espionaje es una de sus principales ocupaciones. No es de extrañar, por lo tanto, que el pequeño paso que hay entre convertirse en un conspirador por oficio o un policía espía a sueldo se de tan a menudo, facilitado como lo está por la pobreza y la prisión, por amenazas y promesas. De ahí la red de sospechas ilimitadas en el seno de las conspiraciones, que ciegan completamente a sus miembros y les hacen ver soplones en su mejor gente y su gente más confiable en los verdaderos soplones. El hecho de que estos espías reclutados entre los conspiradores en su mayoría se permiten involucrarse con la policía con la sincera creencia de que podrán burlarlos, de que tendrán éxito jugando un doble papel por un tiempo, hasta que sucumben cada vez más a las consecuencias de su primer paso, y que la policía a menudo es burlada por ellos, es obvio. Está aun por ver si que tal conspirador sucumba a las trampas de la policía depende enteramente de la coincidencia de las circunstancias y más bien de una diferencia cuantitativa más que de una diferencia cualitativa en la fuerza de carácter». (Karl Marx y Friedrich Engels; Los Conspiradores, por A. Chenu; ex-capitan de los guardias del ciudadano Caussidière. Las sociedades secretas; la prefectura de policía bajo Caussidière; Los cuerpos francos. El nacimiento de la República en febrero de 1848 por Lucien de la Hodde, 1850)

Fuentes:

Marx y Engels describiendo a los «conspiradores profesionales» del siglo XIX