Los mitos de la 2ª guerra mundial: ¿fue el bombardeo de Pearl Harbor un ataque sorpresa?

«Roosevelt tenía que provocar a Japón para que cometiera un acto de guerra manifiesto contra Estados Unidos»

Con motivo del octogésimo aniversario del ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, un acontecimiento fundamental para el devenir de la Segunda Guerra Mundial, reproducimos un extracto del capítulo dedicado a este acontecimiento del libro de Jacques R. Pauwels, «Los grandes mitos de la historia moderna. Reflexiones sobre la democracia, la guerra y la revolución» (…).

El mito:

Estados Unidos se implicó activamente en la Segunda Guerra Mundial debido al ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Hacía tiempo que el presidente Franklin Delano Roosevelt (FDL) quería entrar en guerra contra la Alemania nazi, pero no podía hacerlo porque los aislacionistas dominaban el Congreso. Sin embargo, después del traicionero ataque por sorpresa japonés contra Pearl Harbor el Congreso reconsideró su postura y accedió a declarar la guerra a Japón, lo que significaba también la guerra contra el aliado alemán del País del Sol Naciente.

La realidad

Los dirigentes políticos y militares estadounidenses, incluido el presidente Roosevelt, no querían la guerra contra la Alemania nazi, pero sí contra Japón. El Tío Sam llevaba ya mucho tiempo preparándose para esa guerra, y anhelaba ganarla rápida y fácilmente. Después de este ataque el Congreso declaró la guerra a Japón, pero no a la Alemania nazi, que no tenía nada que ver con esa agresión. Fue Hitler quien de forma totalmente inesperada declaró la guerra a Estados Unidos, a pesar de que no tenía obligación de hacerlo según los términos de su alianza con Japón.

De este modo Estados Unidos también se encontró en guerra contra Alemania, algo que no había previsto y para lo que no se había elaborado plan alguno. Con todo, fue la propia guerra la que hizo que la economía estadounidense saliera de la crisis y experimentara un auge sin precedentes. Y de este modo, gracias a la guerra en Europa, Estados Unidos pudo salir de la pesadilla de la Gran Depresión. Japón estaba aún más necesitado de petróleo y de materias primas similares para alimentar sus fábricas, y también de mercados para sus productos acabados y para su capital de inversión.

Tokio llegó incluso a hacer la guerra a China y a crear un Estado cliente, Manchukuo, rico en materias primas, en la parte norte de ese gran pero débil país. Al igual que la clase alta de su país en general, los hombres de negocios estadounidenses estaban muy frustrados por la posibilidad de ser excluidos del lucrativo mercado del Lejano Oriente por los «japos», un «raza amarilla» supuestamente inferior a la que los estadounidenses en general ya habían empezado a despreciar en el siglo XIX lo mismo que a los «ojos de rendija», como llamaban despectivamente a las personas chinas como los estadounidenses habían tachado a los japoneses y a los chinos de personas inferiores desde el punto de vista racial que representaban un «peligro amarillo», durante la guerra les iba a resultar difícil explicar a sus soldados y civiles la diferencia entre sus aliados chinos y sus enemigos japoneses . Con el estallido de la guerra en Europa entró en juego un factor nuevo e importante. Es indudable que a los alemanes no les faltaban ganas, pero primero tenían que ganar la guerra en Europa e imponer a los perdedores un acuerdo similar al de Versalles.

Por lo que se refiere a los británicos, seguían muy ocupados con la guerra contra la Alemania nazi y tenían razones para temer por sus propias posesiones en el Lejano Oriente, como Hong Kong, Malasia y Singapur. Sin embargo, un candidato muy probable era Japón, una potencia con grandes ambiciones, especialmente en su parte del mundo, y con un enorme apetito de caucho y petróleo. Con todo, justo este panorama pareció empezar a cobrar forma cuando el gobierno colaboracionista de Francia en Vichy transfirió el control de Vietnam a Japón en 1940 y cuando en el verano del año siguiente Japón se hizo con toda la «Indochina francesa». Además, si el País del Sol Naciente se apoderaba de los yacimientos de petróleo de Indonesia, dejaría de depender de las importaciones de Estados Unidos de esta materia prima de vital importancia, lo que reduciría drásticamente los ingresos de los trust del petróleo estadounidenses que en 1939 manejaban entre el 75% y el 80% de las importaciones totales de «oro negro» por parte de Japón.

Aunque en la década de 1930 la élite estadounidense se oponía mayoritariamente a la guerra contra la Alemania nazi, cada vez era más favorable a la posibilidad de un conflicto contra Japón. Este historiador también menciona al Secretario de la Guerra, Henry L. En vista de todo esto podemos entender por qué los planes de guerra contra Japón estaban preparados desde hacía tiempo . Con esta guerra en mente se habían fabricado los portaaviones y los bombarderos estratégicos ya en la década de 1920. Estas armas proporcionaron al Tío Sam un brazo militar lo suficientemente largo como para llegar al otro lado del Pacífico, donde Filipinas, estratégicamente situadas cerca tanto de Japón como de China, Indochina e Indonesia, podían servir de base de operaciones muy útil Se creía que Japón, con sus «ciudades hechas de madera y de papel», estaba totalmente indefenso ante los poderosos bombarderos estadounidenses .

Los dirigentes políticos, militares y económicos de Estados Unidos querían la guerra contra Japón y el presidente FDR, cuya riqueza familiar se había construido, al menos en parte, gracias el comercio del opio con China, se mostró bastante dispuesto a proporcionar esa guerra . Hart, comandante de la flota asiática de Estados Unidos con base en Manila, informó a Roosevelt de que «se cree que es sensata la idea de una guerra con Japón». En verano de 1941 FDR también autorizó el plan JB 355, una operación de «falsa bandera» para bombardear Japón con aviones aparentemente pertenecientes a China, que estaba oficialmente en guerra con Japón. Pero el plan nunca se llevó a cabo, posiblemente porque los excelentes cazas Zero japoneses habrían derribado fácilmente los bombarderos de medio alcance, los Lockheed Hudson, y en ese caso se podría descubrir que la «operación negra» era una agresión estadounidense, de facto un acto de guerra estadounidense .

Con todo, Washington no se podía permitir que se le viera iniciar una guerra contra Japón. Al presuntamente aislacionista Congreso y a una opinión pública estadounidense con pocas ganas de guerra solo se les podía «vender» una guerra defensiva. Además, un ataque estadounidense a Japón también habría exigido a la Alemania nazi acudir en ayuda de Japón según los términos de su alianza, mientras que un ataque japonés a Estados Unidos no. Según los términos del Tratado Tripartito firmado por Japón, Alemania e Italia en Berlín el 27 de septiembre de 1940, los tres países se comprometían a ayudarse mutuamente cuando una de las tres potencias firmantes fuera atacada por otro país, pero no cuando uno de ellos atacara a otro país.

Se pudo apreciar la reticencia de Berlín a implicarse en una guerra contra Estados Unidos en su moderación ante una serie de incidentes en los que se vieron involucrados barcos estadounidenses y submarinos alemanes en el Atlántico en el otoño de 1941. A veces se afirma erróneamente que estos incidentes, denominados de forma exagerada «guerra naval no declarada», reflejan el deseo de FDR de entrar en guerra contra la Alemania nazi. Puede que Roosevelt hubiera sobrestimado la aversión a la guerra de la opinión pública estadounidense. La mayoría de los estadounidenses no quería una guerra contra Alemania, pero un conflicto con Japón era harina de otro costal.

Según Sherry, las encuestas de opinión demostraron que la mayoría de los estadounidenses compartía los prejuicios racistas de la élite contra los «japos», despreciaba a los países del Lejano Oriente y afrontaba la posibilidad de una guerra contra semejante enemigo «con entusiasmo, casi con displicencia». Por lo tanto, el tipo de guerra que se esperaba era una nueva edición de la «espléndida guerrita» de 1898 contra España, es decir, una guerra contra un solo enemigo que se suponía era relativamente débil, pero también una guerra que se pudiera presentar como de naturaleza defensiva. Por consiguiente, había que provocar a Japón para que cometiera un acto de agresión. Al discutir en una reunión del gobierno acerca de «si el pueblo nos apoyaría en caso de que atacáramos a Japón», Roosevelt «insinuó que Estados Unidos podría atacar primero, quizá después de que un incidente ofreciera un pretexto para hacerlo» .

En verano de 1941 Washington empezó a trabajar sobre cómo provocar a Japón para que iniciara una guerra. Esa oportunidad nunca se iba a presentar , pero debieron de haber sido los ecos de estos preparativos los que convencieron a los estadounidenses de que Japón estaba dispuesto a unirse a Alemania en la guerra contra la Unión Soviética . Para conseguir el tipo de guerra «defensiva» que no provocara la intervención alemana y se tuviera la seguridad de que era aprobada por los aislacionistas del Congreso, Roosevelt tenía que «provocar a Japón para que cometiera un acto de guerra manifiesto contra Estados Unidos», como ha señalado Robert B. Y Roosevelt y sus asesores debieron de darse cuenta de que la opinión pública estadounidense se podía haber opuesto a la guerra contra Alemania, pero no contra Japón. Además, si Japón iniciaba las hostilidades, el Reich no estaba obligado a acudir en su ayuda.

Por consiguiente, los aislacionistas del Congreso, que eran no intervencionistas respecto a Alemania, pero no respecto a Japón, no tuvieron que temer que un conflicto con Japón significara también una guerra contra Alemania. Como el presidente Roosevelt había decidido que «se debe ver a Japón dar el primer paso», hizo de «provocar a Japón para que cometiera un acto de guerra manifiesto la principal política que guió sus actos hacia Japón a lo largo de 1941», como escribe Stinnett , El presidente debió de hablarlo con Churchill. El 17 de agosto de 1941 este informó a su gobierno que FDR le había dicho que «emprendería la guerra,pero no la declararía» y que «se iba a hacer todo lo posible para forzar un incidente». Churchill concluyó que esperaba que la actitud de Roosevelt respecto a Japón fuera «cada vez más provocativa» .

Entre las estratagemas utilizadas estaba el desplegar barcos de guerra cerca de las aguas territoriales japonesas, e incluso dentro, al parecer con la esperanza de provocar un incidente que pudiera servir de casus belli. Igual de provocador fue el traslado a Filipinas a finales del verano de 1941 de un escuadrón de bombarderos B-17, que podía atacar Japón desde ahí. El Secretario de la Guerra Stimson escribió eufórico a FDR acerca de esos bombarderos que «de pronto nos encontramos con que se nos ha conferido la posibilidad de gran poder« y claramente quería decir poder respecto a Japón. » En un intento de contribuir a que este tipo de confianza y optimismo se filtrara a la opinión pública estadounidense y de prepararla para la guerra, en octubre de 1941 la revista Fortune publicó un artículo sobre el bombardero B-17. »

En Manila, donde estaban estacionados ahora los B-17, muy amenazadoramente desde el punto de vista japonés, George Marshall, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, celebró una rueda de prensa el 15 de noviembre de 1941 en la que informó sin rodeos a un grupo de destacados periodistas estadounidenses que «preparamos una guerra contra Japón». Añadió que las bombas incendiarias lanzadas por los B-17 iba a borrar de la faz de la tierra «las ciudades de papel» de Japón y a matar de paso a miles de civiles, lo que bastaría para hacer que los supuestamente cobardes «japos» izaran la bandera blanca . No obstante, posiblemente fue más eficaz todavía la implacable presión económica que se ejerció sobre Japón, un país que necesitaba desesperadamente materias primas y, por tanto, es posible que considerara que esos métodos eran particularmente provocativos. Esta estrategia equivalía a una despiadada forma de guerra económica que, una vez más, reflejaba desprecio por Japón, al que se consideraba «un tigre de papel que se iba a desmoronar en respuesta a una fuerte presión estadounidense».

Así, el gobierno Roosevelt congeló todos los activos japoneses en Estados Unidos y en colaboración con los ingleses y los holandeses impuso unas severas sanciones económicas a Japón, incluido un embargo a las exportaciones tanto de chatarra y otros metales vitales para la industria del acero de Japón como de productos petroleros, lo que en realidad sirvió para aumentar las ganas de Japón de controlar la rica en petróleo colonia holandesa de Indonesia . El objetivo de las constantes provocaciones estadounidenses a Japón era conseguir que sus dirigentes fueran a la guerra, ya que la única otra alternativa viable era «renunciar al estatus de gran potencia y relegarlo a una dependencia estratégica permanente de un Washington hostil». No es de extrañar que decidieran que era «mejor luchar que capitular» puesto que les perecía que «la guerra era a todas luces preferible a la humillación y el hambre» . El embajador estadounidense en Tokio advirtió reiteradamente de ello e insistió en que las sanciones podrían «obligar a Japón a arriesgarse a un «hara-kiri nacional»» , pero fue ignorado porque en Washington se deseaba la guerra.

Y, efectivamente, cuando recibieron la «Nota de diez puntos» fue cuando las «serpientes de cascabel» de Tokio decidieron que ya bastaba y se prepararon para «morder», esto es, para optar por la guerra en vez de por la sumisión . Todavía no era el caso, aunque el 26 de noviembre de 1941 se ordenó a una flota japonesa navegar hacia Hawai para atacar la impresionante colección de barcos de guerra que FDR había decidido estacionar ahí en 1940 . Al día siguiente a FDR le resultó fácil convencer al Congreso de que declarara la guerra a Japón y, como era de esperar, el pueblo estadounidense, conmocionado por lo que parecía ser un ataque a traición, que él no podía saber que lo había provocado su propio gobierno, se unió tras la bandera de barras y estrellas. Sherry, los estadounidenses consideraron que el ataque japonés era una traición , tanto más cuanto que ellos mismos habían soñado previamente con «lanzar bombas sobre Japón, quizá en un ataque sorpresa» .

Estados Unidos estaba preparado para emprender la guerra contra Japón y las posibilidades de una victoria relativamente fácil no se vieron mermadas por las pérdidas sufridas en Pearl Harbour que, aunque eran aparentemente graves, estaban lejos de ser catastróficas. Los barcos hundidos eran viejos, «en su mayoría viejas reliquias de la Primera Guerra Mundial» y no eran en absoluto indispensables en la guerra contra Japón. Con todo, el plan no funcionó exactamente como se había previsto porque unos días después de Pearl Harbor, el 11 de diciembre, Hitler declaró inesperadamente la guerra a Estados Unidos por las razones que hemos aclarado en el capítulo anterior. Es cierto que las relaciones de Estados Unidos con Alemania habían empeorado desde hacía algún tiempo debido a la ayuda prestada Gran Bretaña a través del Programa de Préstamo y Arriendo, que fue aumentando hasta la «guerra naval no declarada» del otoño de 1941.

Sin embargo, con su guerra contra Gran Bretaña lejos de estar acabada y su cruzada contra la Unión Soviética que no iba tal como estaba previsto, Hitler no deseaba enfrentarse a un enemigo nuevo y poderoso. A la inversa, aunque había muchas razones humanitarias de peso para emprender una cruzada contra el verdaderamente malvado «Tercer Reich», la élite política, militar y económica estadounidense no quería declarar la guerra a Alemania. Las principales corporaciones estadounidenses estaban haciendo unos negocios fabulosos con la Alemania nazi, por ejemplo, suministrándole el petróleo que tanto necesitaban sus panzers y stukas, y beneficiándose también de la guerra que Hitler había provocado ya que vendían equipamiento de guerra a Gran Bretaña dentro del Programa de Préstamo y Arriendo. No se deseaba una guerra contra Alemania y las fuerzas armadas estadounidenses habían preparado planes minuciosos para una guerra tanto contra Japón como contra Gran Bretaña e incluso contra México, pero no contra la Alemania nazi .

Así que la declaración de guerra de Alemania fue una sorpresa muy desagradable para la Casa Blanca. Ambrose ha puesto de relieve que Estados Unidos no «entró» en guerra sino que fue «arrastrado» a ella «a pesar de los actos del presidente estadounidense más que debido a ellos» . Tiene razón en el sentido de que, en efecto, el Tío Sam fue «arrastrado» a la guerra en Europa en contra de su voluntad. Y ahora tenían que luchar una guerra mucho más grande de lo esperado, es decir, una guerra para la que no se habían elaborado planes, una guerra en dos frentes, una guerra tanto europea como asiática, una verdadera guerra mundial en vez de otra rápida y fácil «espléndida guerrita».

El ataque japonés contra Pearl Harbor fue provocado porque se quería un conflicto armado contra Japón, aunque se necesitaba que pareciera una guerra defensiva. La idea de que fue por «sorpresa» es un mito, aunque la declaración alemana de guerra que siguió al ataque en Hawai fue, sin lugar a dudas, una desagradable sorpresa.

Fuentes:

https://canarias-semanal.org/art/31744/los-mitos-de-la-2a-guerra-mundial-fue-el-bombardeo-de-pearl-harbor-un-ataque-sorpresa