Winston Churchill y sus obscenas relaciones con los fascismos europeos

«Al verdadero Churchill le chorrea la sangre por su cuerpo»

Las relaciones que el ex primer ministro británico Winston Churchill tuvo con los más destacados personajes del fascismo europeo, fueron persistentemente obviadas por la hagiografía que rodeó durante la post guerra mundial al personaje. En este artículo, su autor,el británico Richard Seymour, desde la la irresistible admiración que Churchill sintió tanto por Adolf Hitler, como por Benito Mussolini. Asimismo, saca a relucir como defendió siempre al régimen de Franco frente a la condena internacional antes y después de la guerra civil.

Durante las protestas que tuvieron lugar en Londres en el 2.000, durante la festividad del 1 de mayo, nada exasperó tanto a la clase dominante británica, a la prensa, a los políticos, y a la «opinión respetable» como la «profanación» de la estatua de Winston Churchill en Parliament Square.

Los manifestantes se atrevieron a pintar los contornos de la boca de Churchill con un aerosol color rojo sangre, y con otro verde brillante le pintaron una cresta al estilo Mohawk. Resulta difícil poder transmitir el valor simbólico y afectivo que este hombre posee para la clase dominante británica y, también, para una parte estimable de sus ciudadanos. Aquellos, en definitiva, cuya conciencia nacional está moldeada por el folclore tradicional de la Segunda Guerra Mundial que, exceptuando el triunfo en la Copa del Mundo de 1966, fue probablemente el último momento de «grandeza» de Inglaterra, conocen a Churchill como el hombre que hizo más que cualquier otro para derrotar al nazismo.

Al frente de un gobierno de coalición durante la Guerra, Churchill exhortó al país, al que concebía como una nación que había sido mal gobernada y peor traicionada, a atreverse y a ganar. Salvó al Estado británico y lo condujo a través de una de sus peores crisis.

En la década de los 80, cuando yo iba a la escuela en el norte de Irlanda, esa preciada joya esmeralda del Imperio, este hombre todavía despertaba sentimientos efusivos. Churchill es, además de un mito nacional, una pequeña industria artesanal de baratijas y rica fuente de una nostalgia un tanto ridícula , aunque pertinaz.

Hay libros que celebran su excelente ingenio, tazas adornadas con su rostro, trapos de cocina que citan al gran hombre y una interminable fila de historiadores oficiales que cuando se trata de vivir acerca de Churchill, sucumben ante su «gloria».

Esta curiosa industria churchiliana posee claras interdependencias estatales y tiene como objetivo ensalzar a nuestro «tesoro nacional» con «buenas actuaciones». Es muy probable que esta suerte de mercadillo termine generando un nuevo mini-boom churchiliano, en la medida en que ciertos sentimientos suscitados por el Brexit pretendan alimentar una especie de «retorno cultural del Imperio».

No obstante, tengo que reconocer que esta «industria cultural» no siempre resultó ser un mal lugar para conocer realmente a Churchill. Mientras yo estudiaba me apercibi nuevamente de que siento odio hacia Churchill y hacia todos los de su especie.

La verdad es que a Churchill, se le mire desde donde se le mire, le chorrea sangre por la boca. Es importante, no obstante, subrayar que el joven Churchill no fue un reaccionario declarado. Tal como sugiere Candice Millard en Hero of the Empire, que narra la historia de las hazañas de Churchill en las guerras bóers, había sido un político criado y formado por el Imperio británico.

Churchill llegó a la adultez con una aguda percepción de sus propias posibilidades de convertirse en una figura importante y como alguien que cultivaba una reputación en torno al coraje frente a la muerte. A tipos como él, el Imperio británico les había ofrecido la posibilidad de correr aventuras por medio mundo, gobernando a pueblos enteros sin prácticamente haberlos conocido antes.

En un imperio que recogía a alrededor de 450 millones de personas en un abrazo mortífero, empezaron a surgir revueltas e insurrecciones en el Sur de África, en Egipto y en Irlanda. Cuando Churchill ingresó en Ejército británico y, finalmente, se convirtió en un soldado con posibilidades reales de morir en combate, su entusiasmo por la guerra no flaqueó ni un solo momento.

Churchill tuvo éxito y demostró ser un hombre moldeado de acuerdo con los estándares imperiales. Ayudó a los españoles a reprimir a quienes luchaban por la libertad en Cuba y, luego de una breve carrera parlamentaria en Sudáfrica, luchó en la segunda guerra de los bóers. Esta experiencia lo preparó para aplicar soluciones similares a todos los problemas nacionales. La promoción de Churchill, cuatro años después, al cargo de ministro del Interior, se produjo en unos momentos de intensa agitación social en el Reino Unido.

En la hagiografía que rodea a Churchill se suele poner mucho énfasis en tratar de refutar la idea de que personalmente se había encargado de ordenar a las tropas atacar a los mineros, mientras se encontraban en huelga en Gales del Sur . Lo que, en realidad, sucedió fue que Churchill envió escuadrones de la policía desde Londres y mantuvo una tropa de reserva en Cardiff por si la policía no lograba cumplir su misión.

Churchill nunca tuvo la menor duda de que su puesto estaba del lado de los patrones, y se preparó intensamente para desplegar toda la fuerza del Estado británico a favor de ellos. Ésa fue la razón por la que la Marina Real británica lo designó al alto rango de Primer lord del Almirantazgo

Churchill, como el tory liberal que decía ser, debería de haberse inquietado por el fulgurante ascenso del fascismo en Europa. Sin embargo el estaba convencido de que Mussolini sería un buen gobernante para Italia y que el fascismo era un útil bastión contra el comunismo. «Con el fascismo como tal, no tenía la más leve discrepancia», escribe el historiador Paul Addison. Por la misma razón «En febrero de 1933 elogió a Mussolini como el más grande legislador entre los que entonces habían».

Otros biógrafos suyos han destacado como Churchill le había agradecido a Mussolini por haberle «rendido un servicio al mundo» en su guerra contra el comunismo, los sindicatos y la izquierda». Más adelante, el propio Churchill volvió a escribir sobre sus relaciones «íntimas y cordiales» con Mussolini, expresando que «en el conflicto existente entre el fascismo y el bolchevismo, no me quedan dudas acerca de dónde están mis simpatías y mis convicciones».

En 1935, Churchill expresó también su «admiración» por Hitler, exaltando «el coraje, la perseverancia y la fuerza vital que le permitieron superar todos los obstáculos que bloqueaban su camino». El historiador Paul Addison escribió que , a pesar de que Churchill no estaba de acuerdo con la persecución nazi de los judíos, eran «las ambiciones externas de los nazis, no sus políticas internas, lo que más le preocupaba».

La invasión italiana de Etiopia no perturbó a Churchill en lo más mínimo. En cuanto al Tercer Reich, debe decirse que muchas de sus concepciones estratégicas y territoriales se inspiraban en el Imperio británico. Hitler quería adoptar los motivos del imperio y aplicárselos a Europa. Era probable que esto llevara a una guerra de aniquilación contra elUn, y es difícil creer que Churchill o cualquier miembro de la clase dominante británica hubiera tenido algún tipo de reparo.

En otras palabras, el fascismo solo se convirtió en un problema cuando Churchill reconoció en él una amenaza al Imperio británico y al orden europeo de los «Estados nación» en el que se encontraba integrado. Solo entonces, el fascismo se transformó para él en algo peor que el comunismo.

 

Churchill se convirtió en un destacado defensor del rearme y en un enemigo de la mayoría de los sectores políticos y militares dominantes de Gran Bretaña, que querían posicionarse del lado de Hitler en la guerra contra Rusia. Sin embargo, siguió pensando que quizá se pudiera aislar a los nazis, forjando una suerte de unidad con los fascismos de Italia y de España.

Por eso siguió elogiando a Mussolini y le negó cualquier apoyo a la España republicana. Durante la guerra civil española, que en muchos sentidos fue un preludio de la II Guerra Mundial, consideraba que la República era, en realidad, un «frente comunista» y que los fascistas a los Hitler respaldaba constituían un «movimiento antirrojo» justificado. Está claro que Churchill no podría haber objetado a Franco cuando bombardeó con gases venenosos a sus enemigos, devolviéndo a España los métodos de represión que previamente habia perfeccionado en Marruecos, dado que se trataba de técnicas que él mismo había considerado hacía tiempo como «humanas y dignas». Finalmente, la agresión bélica hitleriana forzó a la clase dominante británica a abandonar sus posiciones de colaboración con el Tercer Reich

Por supuesto, tal y como se ha escrito en muchas ocasiones, la Segunda Guerra Mundial no fue solo una guerra. Hubo luchas populares contra el fascismo en Grecia, en España, en Yugoslavia, en Polonia y en Francia, y fueron los milicianos de China, Vietnam, India e Indonesia los que opusieron resistencia al imperialismo japonés. Incluso en Gran Bretaña hubo movimientos que alcanzaron niveles considerables de radicalización después de 1940 y que intentaron transformar la campaña bélica en una guerra antifascista popular.

Sin embargo, para Churchill se trataba solo de una guerra imperialista y la desarrolló sin perder esa orientación. Churchill declaró que Gran Bretaña no sería capaz de derrotar al Tercer Reich con un ejército continental masivo, sino que «debía destrozar al régimen nazi a través del ataque devastador y del extermino que eran capaces de generar sus enormes bombarderos».

Despues de la guerra, cuando los Aliados estaban discutiendo si utilizar la dependencia que Franco tenía del petróleo para convencerlo de que moderara un poco su gobierno, Churchill disintió furiosamente de esa propuesta, argumentando que esto era «poco menos que sembrar una revolución en España».

No carece de sentido, pues, que el Estado británico rinda idolatría a Churchill. La historia de este hombre es su propia historia. Pero, ¿quién, conociendo esta historia, podria sumarse al sin fin de alabanzas que sobre él se hacen?

(*) Richard Seymour es un escritor y conferenciant norirlandés, activista Es autor de libros como The Meaning of David Cameron (2010), Unhitched (2013), Against Austerity (2014), Corbyn: The Strange Rebirth of Radical Politics (2016) y The Twittering Machine (2019).

Fuentes:

https://canarias-semanal.org/art/30529/winston-churchill-y-sus-obcenas-relaciones-con-los-fascismos-europeos