Pensamiento crítico. El lenguaje y la propiedad privada

Gonzalo Abella

Los opresores siempre manipulan el lenguaje. Del que obra bien dicen que “es un caballero”, y al desleal se le llama “villano” (o sea: perteneciente al mundo de los pobres, de las villas).

Algo similar ocurre con la palabra “propiedad” Una “propiedad” es algo inseparable de quien la posee. Por eso estudiamos las “propiedades del agua”, estudiamos las “propiedades de la Luz” o de la vitamina “C”. Pero ¿cuáles son las propiedades inseparables del ser humano? Parece claro que deberían ser: vivir en colectivo, poseer pensamiento abstracto, transformar los instintos en sentimientos, transformar y proteger su entorno en forma planificada. Pero ¿el usufructo de la propiedad material es parte de su naturaleza? ¿O la propiedad misma es un robo, como alguien dijo?
Aquí vuelve a jugar la manipulación idiomática del Derecho burgués, que proclama la protección de la propiedad de cada Hombre en forma igual ante la Ley, tenga un latifundio, tenga acciones de una Trasnacional o tenga sólo una choza miserable.

En las comunidades originarias, se reconocían como propiedad colectiva el territorio, la lengua, la memoria ancestral y sus espíritus protectores. La propiedad colectiva coexistía con la propiedad familiar. El “nosotros” era más importante que el “yo”, y por eso había dos formas de decir “nosotros”. En guaraní, por ejemplo, si un interlocutor dice “ñandé” está hablando de un ”nosotros” que incluye al oyente, pero si dice “oré” está hablando de un “nosotros” que lo excluye, que es sólo un ”nosotros” de él y los suyos..

Cuando el trabajo humano creó excedentes, fue útil la propiedad de otros seres humanos, como antes de bueyes y arados. Y surgió el Estado para consolidar militarmente la explotación y justificarla como voluntad de los dioses o como una “propiedad” inevitable del Progreso. Cuando la primera fase del Capitalismo necesitó la Trata Negrera, no faltó un Lutero que hablara de la “predestinación establecida por Dios”, o un Hegel que explicara que la esclavitud está causada por una característica del esclavizado: su falta de amor a la libertad.

En el Feudalismo Occidental, la propiedad era sobre la tierra y sobre la comunidad aldeana que vivía en ella. El Señor oprimía a sus vasallos, pero éstos eran propietarios de sus arados y sus bueyes. En el Capitalismo industrial, en cambio, las herramientas y la maquinaria son propiedad del empleador, y por lo tanto el proletario no puede vender su trabajo, sino su fuerza de trabajo. El valor de su fuerza de trabajo es menor que el valor producido en su jornada productiva, y esa es la condición para su empleo.

El primer Socialismo, que era un sueño utópico, habló de un igualitarismo absoluto desde el comienzo, lo cual afectaría no sólo la Gran Propiedad Privada sobre los Medios de Producción sino también la propiedad personal, incluyendo casas y otros bienes fruto del trabajo.

El Socialismo Científico es diferente: planteó un cambio social radical en dos etapas (que pueden ser tres, si primero hay que liberarse de la opresión extranjera). La primera, que suprime el Derecho burgués abstracto, socializa los Grandes Medios de Producción, o sea, anula la explotación de unos seres humanos por otros. La consigna es “a cada cual según su trabajo”. Esto no resuelve de inmediato todas las desigualdades: de hecho, los salarios son diferentes aunque ningún gobernante pude ganar más que un obrero calificado y (negando la legalidad burguesa) todos pueden ser destituidos de inmediato por decisión soberana de sus electores.

Las formas de propiedad de los Grandes Medios de Producción pueden ser estatales o cooperativos, pero siempre subordinados al interés general, a la planificación estatal y al control popular. Y sin una formación cultural y política masiva, si se baja la guardia, todo puede corromperse.

El colosal impulso del Socialismo (si logra romper bloqueos y sabotajes, si logra enterrar al Imperialismo y proteger así el Ambiente) permitirá finalmente a la Humanidad llegar a una nueva fase de abundancia y elevado espíritu solidario, donde la consigna sea: “a cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad”. Será una propiedad inseparable de cada ser humano su solidaridad, tal como lo fue en la infancia de la Humanidad, cuando el “tuyo” y el “mío” hacía referencia sólo a efectos personales, y la propiedad del “Nosotros” ( la “oré” propiedad de mi comunidad y la “ñandé” patrimonio de todos los seres humanos) era, como será nuevamente, lo esencial.

Fuentes:

Pensamiento crítico. El lenguaje y la propiedad privada