Libia en el noveno aniversario del asesinato de Gadafi

Clara López González

La maravillosa democracia que iba a traer el derrocamiento del líder libio no termina de llegar

Libia es el trágico ejemplo de cómo la intervención externa -en este caso de la OTAN- puede convertir un país estable y próspero, rico en reservas de petróleo, en un Estado fallido en guerra civil permanente.

En recientes palabras de Sadip al-Kabir, gobernador del Banco Central de Libia, “Los problemas de seguridad, la discordia política, los bloqueos petroleros, la corrupción y la deuda externa que ya alcanza el 270% de su PIB, todo contribuye a torpedear la vida económica de Libia”. Y añade: “los ingresos del petróleo se han desplomado de los 53.000 millones de dólares de 2012 a cerca de cero este año”.

Esto es en síntesis -y desde el punto de vista macroeconómico- a lo que ha llegado Libia desde que el 20 de octubre de 2011 fuese derrocado su régimen anterior por EE.UU y la OTAN.

Las nuevas fuerzas que la OTAN puso en el gobierno, aunque heredaron enormes reservas financieras y el potencial dejado por Gadafi, se volvieron dependientes de las varias milicias que los alzaron al poder. Junto a ello, estos “hermanos en armas” pronto se convirtieron en implacables enemigos. El país cayó en un abismo de confrontación civil y, desde el verano de 2014, ha estado dividido en dos campos políticos y militares, con un centro de poder en Trípoli y el otro en Tobruk.

Debido a esta inestabilidad, el desarrollo libio está en punto muerto y el PIB cuesta abjo. En comparación con épocas pasadas, ha retrocedido en muchos aspectos.

El sector petrolero es rehén de los conflictos internos, ya que es la fuente de financiación para diversos grupos que actúan en oposición a los intereses nacionales. Sin embargo, hay una creciente economía sumergida que se nutre del fraude monetario, el contrabando de productos, los inmigrantes ilegales, etc.

Desde 2015, la ONU ha intentado reconciliar a los bandos opuestos en Libia. Pero esto parece que está sirviendo más para que los delegados de estos bandos hagan turismo mundial, que para buscar soluciones reales. Las conferencias y reuniones mantenidas, a veces bajo los auspicios de la ONU otras veces bajo los de potencias mayores, Estados vecinos o la Unión Africana, han tenido lugar en no menos de doce ciudades de tres continentes.

Todos estos esfuerzos mediadores no han dado ningún resultado decisivo. No hay nueva Constitución, ni elecciones para un nuevo parlamento o presidenciales. Lo único que han respetado los bandos contendientes es la resolución de alto el fuego que tomaron el 21 de agosto pasado.

Hay, por el momento, tres vías de negociación que se dan simultáneamente. En la ciudad marroquí de Bouznika, bajo los auspicios de la Misión de la ONU de Apoyo a Libia, se alcanzó un “acuerdo mutuo sobre la transparencia de los estándares y mecanismos” que se aplicarán a la hora de nombrar personas para posiciones claves en el gobierno y otros niveles de la administración.

En la ciudad suiza de Montreal se acordó que mientras no se llegue a la resolución de la crisis interna, Sirte sería la sede de los cuerpos ejecutivo y legislativo. En la ciudad egipcia de Hurghada, los representantes libios hablaron de prolongar el estado de paz y reestructurar las fuerzas armadas.

Pero todo el mundo sabe que hay una gran distancia entre las decisiones que se anuncian y la voluntad de hacerlas realidad. En círculos cercanos a los cuerpos gubernamentales y las autoridades militares de Trípoli y Tobruk arrecian las críticas a los acuerdos tomados a través de las vías referidas.

Al mismo tiempo, no puede decirse que no haya base para acuerdos o compromisos. Primeramente, el equilibrio de poder en Libia no permite a ninguno de los bandos vencer por la vía militar. Segundo, ninguno de ellos es económicamente autosuficiente.

Por último -y no menos importante- el pueblo libio se está hartando de la inestabilidad política y las penurias económicas y sociales que padece, como lo expresaron en agosto pasado en sendas manifestaciones en las ciudades de Trípoli y Benghazi, las dos mayores del país. Sobre este malestar social los medios corporativos guardan silencio.

Desde la caída de Gadafi, Libia es el vivo ejemplo de cómo un país que era estable y rico en reservas de petróleo puede llegar a desangrarse no sólo por la intervención exterior, sino también por las disputas internas de facciones que fueron puestas ahí por esas mismas fuerzas exteriores.

Fuentes:

https://canarias-semanal.org/art/28987/libia-en-el-noveno-aniversario-del-asesinato-de-gadafi-video