La guerra de los seis días: el mito de un David israelí contra un Goliat árabe

Miko Peled

El engaño de la “amenaza existencial”

Miko Peled, hijo de un general israelí que participó en la llamada Guerra de los Seis Días, desvela las verdaderas intenciones de lo que se presentó al mundo como el heroico triunfo de Israel sobre sus agresivos vecinos árabes.

El 2 de junio de 1967 fue un día tenso en los cuarteles generales del ejército de Israel en Tel Aviv. Los generales de las Fuerzas de Defensa Israelíes (en adelante FDI) llevaban semanas presionando al gobierno para emprender una guerra y el ambiente estaba cargado. El Primer Ministro de Israel Levi Eshkol, que era también ministro de defensa, acudió a reunirse con los generales al centro de la comandancia de las FDI. Estaban presentes todos los generales que componían el alto mando. La reunión llegó a ser conocida como el momento decisivo de la confrontación. Años más tarde, algunos incluso acusaron al ejército de un intento de golpe de Estado.

Un fraude

Uno de los mayores engaños de los militares israelíes es sostener que la Guerra de los Seis Días fue iniciada por Israel en respuesta a una amenaza existencial. La realidad, sin embargo, es que, en 1967, el ejército israelí tenía enfrente a un gobierno electo al que no le incitaba tanto la idea de una guerra. Por tanto, como se ve claramente en las actas de los encuentros entre los generales de las FDI durante aquellos días -actas que están disponibles en los archivos de las FDI-, viendo que el gobierno vacilaba, los militares decidieron propagar el miedo y lo hicieron de forma muy efectiva al asegurar que el Estado judío se hallaba frente a una amenaza existencial y que el ejército debía decidirse a actuar.

El engaño dio su fruto y en los tres días siguientes, Eshkol se vio forzado a ceder. Renunció a su cargo como ministro de defensa y se lo traspasó al Jefe retirado del Estado Mayor, General Moshe Dayan. Los generales de las FDI lograban con ello la guerra que tanto deseaban. Atacaron Egipto reduciendo su ejército a cenizas y tomando toda la Península del Sinaí. De ahí resultó que las FDI pudieran hacerse con el mayor arsenal militar ruso fabricado fuera de la Unión Soviética. Israel haría buen uso del conocimiento que extrajo de ese botín.

También hicieron prisioneros a miles de soldados egipcios que estaban estacionados en el Desierto del Sinaí, a los que el ataque pilló por sorpresa. Según los testimonios de los oficiales israelíes, al menos dos mil prisioneros de guerra egipcios fueron ejecutados allí mismo y enterrados en las dunas.

Pero esto no satisfizo a los generales. Decidieron aprovechar al máximo la oportunidad que se les ofreció. Sin discusión alguna, y mucho menos con la aprobación del gobierno electo, el ejército procedió a tomar la Franja de Gaza, Cisjordania y algo que los generales llevaban muchos años mascullando, los fértiles Altos del Golán, con lo que triplicaron el tamaño del Estado de Israel. Se completaba así la conquista de Palestina y se desplazaba la frontera oriental hasta el río Jordán.

El ejército se movió como un bulldozer, destruyendo ciudades y villas en los Altos del Golán y Cisjordania. A consecuencia de ello, un sinnúmero de sirios y cientos de miles de palestinos se convirtieron en refugiados.

El mito de la amenaza

Como los propios generales declararon durante las reuniones previas a la guerra, todo el asunto consistía en aprovechar la ocasión para emprender la guerra que sabían iban a ganar, y no en parar ninguna amenaza existencial. De hecho, en sus debates, la palabra “oportunidad” se menciona en varias ocasiones y la palabra “amenaza” no aparece en absoluto.

Uno de los generales que asistieron a la reunión del 2 de junio fue mi padre, el General Matti Peled. Según cuentan algunos de sus camaradas presentes allí, y que yo he verificado en las actas de esas reuniones, se levantó y le dijo al Primer Ministro Eshkol que el ejército egipcio estaba mal preparado y por tanto Israel debía aprovechar la ocasión para destruirlo. Declaró que el ejército egipcio, que en esos momentos se recuperaba de una guerra en el Yemen, iba a necesitar al menos de año y medio a dos años para volver a estar listo para el combate. Los otros generales asintieron. Mi padre, entonces, prosiguió diciendo que el mando de las FDIexige saber por qué este ejército que nunca ha perdido una guerra” está siendo refrenado. No dijeron palabra sobre amenaza alguna.

Buena parte de las actas de las reuniones de los generales están incluidas en mi libro “The General’s Son” (El Hijo del General), pero está claro que Israel emprendió la guerra no porque le preocupara su seguridad, sino por el deseo de demostrar su poder y usarlo para ampliar su territorio. Cualquier observador atento se dará cuenta de que el propio desenlace de la guerra demostró que no pudo haber una amenaza militar a Israel. Sin embargo, la gente se conmovió tanto por la historia del pequeño David defendiéndoe del ataque del maligno Goliat, que cayeron en el engaño.

La intervención divina

Hay una historia que escuché del rabino Moishe Beck, un reverenciado ultra-ortodoxo que vivió en Jerusaleń y se trasladó a Nueva York. Le pregunté por qué decidió emigrar después de la Guerra de los Seis Días. Me contó que se hallaba en un refugio antiaéreo en el vecindario de Me’a Sha’arim en Jerusalén y no lejos de allí sonaba el estallido de bombas. La gente oía los aviones del ejército israelí volando sobre sus cabezas y empezaron a referirse a los éxitos de las FDI como una intervención divina. Para él era algo aborrecible que la gente viera a las fuerzas militares del Estado sionista, que él consideraba criminales, como una intervención divina. Tan pronto pudo, tomó a su familia y con muy pocos medios abandonó Jerusalén. No quiso que sus hijos crecieran en un ambiente en el que se idolatraba al ejército de Israel o a cualquier otro ejército para el caso.

Muchos años después, mientras yo departía con amigos ultra-ortodoxos en Nueva York, me preguntaron si era verdad que la victoria de 1967 fue tan impredecible que incluso la gente secular lo sintió como una intervención divina. No hubo nada de divino en el ataque de Israel y el robo de las tierras árabes. Ni en 1967 ni en ninguna otra fecha. El ejército de Israel estaba bien preparado, bien armado y bien entrenado y los generales sabían que la victoria era inevitable.

La escritura en el muro

Israel, de hecho, había intentado ocupar Cisjordania y los Altos de Golán mucho antes de 1967 y la guerra se presentaba como la perfecta ocasión. En las memorias del segundo Primer Ministro de Israel, Moshe Sharet, este describe una reunión que tuvo lugar en Jerusalén en 1953 con presencia de dignatarios de todo el mundo, incluido el Primer Ministro de Israel, David Ben-Gurion.

Una de las ponencias de ese encuentro la hizo mi padre, que entonces era un joven y prometedor oficial de las FDI. Dio la charla en inglés, que hablaba bien, y, entre otras cosas, declaró en términos nada vacilantes que las FDI estaban preparadas para el momento en que se diera la orden de “forzar la ampliación de la frontera oriental de Israel a su lugar natural, el río Jordán”. En otras palabras, tomar Cisjordania y completar la conquista de la Palestina histórica.

Hoy sabemos que, ya en 1964, Israel tanía planes para ocupar e imponer su propio dominio militar en Cisjordania. También es bien sabido que Israel emprendió escaramuzas con el ejército sirio durante toda la mitad de la década de 1960, con la esperanza de que Siria declarara la guerra.

El USS Liberty

En la mañana del 8 de junio de 1967, en medio de la guerra, el navío USS Liberty estaba a 17 millas de la costa de Gaza, en aguas internacionales. Como barco de la inteligencia, no tenía equipamiento de combate y sólo contaba con cuatro ametralladoras para defenderse de posibles e indeseables abordajes. Ese día, unos aviones de reconocimiento de la Fuerza Aérea Israelí estuvieron durante varias horas volando sobre el Liberty, en lo que parecía un intento de identificarlo. La tripulación no se sintió amenazada -bien al contrario, Israel era un aliado de EE.UU.

Entonces a las 14:00 horas y sin ningún aviso, los aviones israelíes atacaron el USS Liberty. Lo hicieron con artillería pesada e incluso napalm, una combinación de gel y petróleo tóxico e inflamable que se pega a la piel y causa graves quemaduras.

El ataque acabó con 34 marines estadounidenses muertos y 174 heridos, muchos de gravedad. Cuando se estaba evacuando a estos heridos, un oficial de la Oficina de Inteligencia Naval dio instrucciones a los hombres para que no hablaran a la prensa sobre la tragedia.

En las tres semanas siguientes al ataque, la Marina de EE.UU sacó un informe de 700 páginas exonerando a los israelíes. En él se dice que el ataque había sido accidental y que los israelíes se habían retirado tan pronto se dieron cuenta del error. El Secretario de Defensa, Robert McNamara, sugirió que se olvidara todo el asunto. “Estos errores ocurren”, concluyó McNamara. El deseo de EE.UU de ver las armas soviéticas que Israel poseía tuvo alguna relación con la facilidad con que el Pentágono barrió el tema bajo la alfombra.

En 2003, casi cuarenta años después de los hechos, se estableció la Comisión Moorer, presidida por el Almirante retirado Thomas H. Moorer, de la Marina de EE.UU, para investigar el ataque. La comisión estaba formada por el ex-presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, un ex-ayudante de la Comandancia de los Cuerpos de Marines, almirantes retirados, y un ex-embarjador. Algunas de sus conclusiones fueron las siguientes:

– Que los torpedos de Israel ametrallaron los equipos contra-incendios, camilleros y botes salvavidas del Liberty, que se habían arrojado al agua para rescatar a los heridos más gaves.

– Que temiendo un conflicto con Israel, la Casa Blanca deliberadamente evitó que la Marina de EE.UU acudiera en defensa del USS Liberty, llamando al auxilio de la Sexta Flota de rescate militar mientras el barco estaba bajo ataque […] nunca antes en la historia naval de EE.UU se ha cancelado una misión de rescate cuando un barco ha sido atacado.

– Que la los miembros superviventes de la tripulación fueron amenazados con “prisión militar o peor” si contaban la verdad.

– Que debido a la continua presión del lobby pro-israelí en EE.UU, este es el único incidente naval grave que nunca ha sido investigado al detalle por el Congreso.

En cinco días se acabó. La guerra terminó como se esperaba, con una contundente victoria israelí. Las FDI destruyeron los ejércitos de los países árabes de su entorno. El coste en vidas fue de 18.000 soldados árabes y 700 israelíes.

En una mirada restrospectiva, se podría muy bien dejar de llamar guerra a lo que sucedió en junio de 1967, sino más bien asalto israelí a sus países vecinos. El nombre de Guerra de los Seis Días no fue mera coincidencia. Israel lo tomó de las Escrituras judías, más específicamente del libro de oraciones, donde se hace referencia tras otra a la creación divina en Seis Días.

(*) Miko Peled es autor de los libros The General’s Son. Journey of an Israeli in Palestine y Injustice, the Story of the Holy Land Foundation Five.

(Traducción de Eva Lagunero para Canarias-Semanal.org)

Fuentes:

http://canarias-semanal.org/art/27816/la-guerra-de-los-seis-dias-el-mito-de-un-david-israeli-contra-un-goliat-arabe