El Núremberg del imperio será la historia

Raúl Antonio Capote

Un gobierno que contempla, casi sin inmutarse, la muerte de más de 250 000 de sus ciudadanos por la COVID-19, no tiene moral para juzgar a otros ni para erigirse como defensor de los derechos humanos

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la lucha por los derechos humanos pasó a ocupar un lugar privilegiado en el discurso hegemónico del capitalismo mundial.

Estados Unidos se erigió como supremo fiscal de los derechos humanos, y las banderas y las reivindicaciones que siempre pertenecieron al movimiento socialista internacional fueron usurpadas como armas contra él.

El filósofo francés Michel Foucault advertía que existía el riesgo de «reintroducir una doctrina dominante bajo el pretexto de presentar una teoría o política de los derechos humanos». El doble rasero establecido por EE. UU. a la hora de juzgar esos derechos, lo exponen gestores privados que tratan de hacer avanzar los intereses de una clase global cada vez más reducida. Así, el país mayor violador de los derechos humanos se convirtió en acusador de todo el que se opone a sus intereses.

Las bombas atómicas lanzadas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, los millones de civiles vietnamitas asesinados por el napalm y el agente naranja, la martirizada Faluya, en Irak, cercada, quemada con fósforo blanco…, colman el espacio de horror sin fin que ha dejado el imperio en la memoria de la humanidad.

LOS VIRUS USADOS COMO ARMAS PARA MATAR

Desde 1956, los militares estadounidenses realizan experimentos con enfermedades transmitidas por mosquitos. Fort Detrick, el centro de investigación biológica y de desarrollo de armas químicas estadounidense, mantuvo durante años un amplio inventario de artrópodos como vectores utilizables en la guerra biológica, entre ellos colonias de mosquitos infectados con dengue, fiebre amarilla y malaria.

El científico estadounidense doctor Charles Henry Calisher, quien realizó investigaciones en Cuba acerca de la inmunidad de la población cubana a las distintas cepas del virus del dengue en el año 1975, se conoce que mantuvo vínculos con científicos de Fort Detrick.

Los resultados de las investigaciones de Calisher en Cuba fueron utilizados por la CIA para introducir la enfermedad en la Isla; primero, en 1977 con el virus 1, y luego en 1981, con el virus 2, reportándose más de 344 203 enfermos, con 10 312 casos graves y muy graves, y 158 fallecidos, la mayoría niños.

Es larga y profunda la experiencia del ejército de EE. UU. en la guerra biológica, con casos tan deplorables como la manipulación del vibrion cholerae para afectar la salud y la vida del ser humano. El cólera ha sido probado como arma en diversos escenarios.

El Caribe y el continente africano han sufrido fuertemente las consecuencias.

En 2001 fue descifrado completamente el código genético de la peste bubónica y la viruela. Ahora, mediante métodos de ingeniería genética, puede modificarse el genoma de los microorganismos causantes de estas enfermedades, lo que ha sido utilizado para la fabricación de armas biológicas.

EXPERIMENTOS CON SERES HUMANOS

Recientemente se conoció que decenas de miles de personas en EE. UU. y en el Reino Unido participaron, sin saberlo, en pruebas de armas químicas, bacteriológicas y drogas. Más de 20 000 ciudadanos fueron víctimas de ensayos con gas mostaza, fosgeno, gas sarín y otros agen-tes, como ántrax, yersinia pestis, mezcalina, ácido lisérgico, en el complejo laboratorio ultra-secreto de Porton Down.

Hasta 750 pruebas a campo abierto desarrollaron los científicos de Porton Down entre 1946 y 1976, muchas de ellas en Nigeria, Bahamas o Malasia. Cinco de esos ensayos se hicieron en el mar, usando ántrax o la bacteria de la peste bubónica.

Entre 1946 y 1948, en un programa patrocinado y ejecutado por el Gobierno de EE. UU. en Guatemala, médicos estadounidenses infectaron, mediante inoculación directa y sin consen-timiento, a ciudadanos guatemaltecos –entre ellos reos, pacientes siquiátricos, prostitutas y niños–, con enfermedades venéreas como la sífilis y la gonorrea. Entre 1957 y 1964, el doctor Donald E. Cameron, contratado por la CIA para realizar experimentos de control mental, sometió a sus pacientes a una terapia que sobrepasó entre 30 y 40 veces las normas establecidas.

Cameron inducía a sus pacientes a estados de coma durante meses, y reproducía cintas con declaraciones simples o ruidos repetitivos una y otra vez. Las víctimas olvidaron cómo hablar, y hasta sufrieron amnesia grave.

Para investigar los posibles efectos, las Fuerzas Armadas de EE. UU. y la CIA realizaron una serie de ensayos de ataques químicos y biológicos contra varias ciudades estadounidenses en los años de la década de los 50 del siglo pasado. Entre los «estudios» estuvo la dispersión del virus de tos ferina en la bahía de Tampa, lo que trajo como consecuencia el estallido de una epidemia que dejó 12 muertos.

En el marco de un programa secreto para estudiar el efecto de elementos radioactivos, du-rante la ejecución de la primera fase del programa nuclear estadounidense, el Gobierno inyectó a sus cobayos humanos sustancias altamente tóxicas como plutonio y uranio.

Suman miles los ejemplos del irrespeto al principal derecho humano, el de la vida, pues la filosofía del descarte capitalista es contraria a cualquier compromiso con la salud, el bienestar y la propia existencia del hombre.

Los gobiernos de un país como EE. UU., que son capaces de cometer tamaños horrores, que contempla, casi sin inmutarse, la muerte de más de 250 000 de sus ciudadanos por la COVID-19, no tienen moral para juzgar a otros ni para erigirse como paradigmas de la defensa de los derechos humanos.

Fuentes:

El Núremberg del imperio será la historia