El legado anti-militarista de Rosa Luxemburgo

Tita Barahona

Hoy como ayer, la guerra es un elemento crucial para la reproducción del sistema capitalista

El 15 de enero pasado cumplieron 101 años del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, ejecutados por militares de extrema derecha bajo los auspicios de sus antiguos camaradas del Partido Social-Demócrata de Alemania (SPD por sus siglas en alemán).

La vida de Rosa Luxemburgo (1870-1919), nacida en la Polonia rusa, estuvo por entero entregada a la revolución socialista y, desde su temprano ingreso en las organizaciones obreras, a los 17 años, hasta el momento de su muerte, llevó a cabo una enorme actividad al servicio del proletariado. Es una figura gigante de la historia del siglo XX y, particularmente, de la historia del socialismo.

Son muchos los hitos reseñables en su biografía y su obra. Entre ellos destacaremos su lucha denodada contra la guerra y el militarismo. El tiempo ha dado la razón a Rosa Luxemburgo y sus camaradas espartaquistas: la primera guerra mundial fue un desastre para el movimiento socialista y una desgracia para toda la población europea por la destrucción y muerte que provocó, a niveles desconocidos hasta entonces. Doce millones de personas se dejaron la vida en este conflicto. Hoy, cuando la guerra, con nuevas formas y variables, sigue siendo una forma de expansión y explotación capitalista, el discurso y la praxis anti-belicista de Rosa Luxemburgo es, con más motivo si cabe, toda una lección para quienes aspiramos a construir un mundo sin desigualdad y violencia.

Rosa Luxemburgo sabía que al capitalismo le es imprescindible el militarismo, porque éste juega una triple función dentro del sistema: a) Defender los intereses “nacionales” en latente o abierto conflicto con otras burguesías; b) como medio de inversión del capital acumulado (lo que hoy denominamos complejo militar-industrial); y c) Como instrumento de dominación o conservación del sistema capitalista, es decir: como fuerza represiva.

A modo de contextualización histórica, debemos señalar que, hacia 1894, el Imperio alemán del Káiser Guillermo II se había convertido en una potencia colonial, con territorios anexionados en África, Asia, Oceanía y la Polinesia. En esta década final del siglo XIX, el Partido Social-Demócrata de Alemania (SPD) era la más importante formación política de la izquierda marxista, pero con una lucha interna entre los revisionistas, encabezados por Eduard Bernstein y apegados a la estrategia parlamentaria; y los marxistas “ortodoxos”, cuyas principales figuras eran Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo, partidarios de la vía revolucionaria para alcanzar el socialismo. El libro de Rosa, Reforma o Revolución se dirigió precisamente contra las tesis reformistas de los bernstianos.

Entre 1900 y 1914, el SPD mantenía una línea teórica marxista, pero iban ganando terreno los revisionistas, formándose una tendencia minoritaria de “izquierda socialista” encabezada por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

En el Congreso de la Internacional Socialista, celebrado en París en 1900, Rosa Luxemburgo participó en varias comisiones y fue ponente del debate acerca del militarismo. Allí desarrolló su tesis de que los choques armados entre las potencias imperialistas devendrían en formidables coyunturas revolucionarias (diecisiete años más tarde, la Revolución rusa sería prueba irrefutable de su tesis).

En esos años iniciales del siglo XX, el capitalismo daba pasos muy rápidos en su desarrollo, especialmente en Estados Unidos y Alemania. Empezaban a dibujarse antagonismos entre las potencias capitalistas europeas (Gran Bretaña, Francia, Rusia, Alemania…), que habrían de resolverse por las armas. En este Congreso de la Internacional en París, Rosa consideraba necesario intensificar la acción de todos los partidos socialistas contra el militarismo y su proyección imperialista. Proponía que los socialistas presentes en los parlamentos votasen en contra de todos los presupuestos militares o navales y contra cualquier forma de gasto en aventuras coloniales. También recomendaba la intensificación de manifestaciones populares contra la guerra en los diversos países en los que hubiera movimiento obrero organizado. Su propuesta fue aprobada por unanimidad.

En 1905, Rosa entraba a formar parte de la redacción de Worwäerts, el órgano oficial de la Socialdemocracia alemana, mientras en el Imperio ruso se producía una verdadera oleada de huelgas revolucionarias, en las que ella participó durante algunos meses. De esa experiencia surgió su libro La huelga en masa el Partido y los sindicatos, documento importantísimo para conocer su teoría sobre la huelga general (llamada de masas en Alemania).

Durante estos sucesos revolucionarios de 1905-06, Rosa Luxemburgo realizó una actividad clandestina en Varsovia, donde los socialdemócratas polacos actuaban en estrecha relación con el movimiento obrero ruso. Rosa siempre concibió la emancipación del proletariado polaco como parte de la emancipación del proletariado oprimido por los zares. Su agitación duró unos tres meses, pues fue detenida e internada en la prisión de Pawiak, desde donde, discretamente, hacía salir los artículos que escribía.

En 1907 Rosa Luxemburgo tuvo una participación notable en el Congreso de la Internacional de Stuttgart, pues en el debate sobre la guerra presentó, junto con Lenin y Martov, la conocida enmienda revolucionaria a las conclusiones del Congreso sobre la eventualidad de un conflicto armado entre las potencias. Desde este congreso, y hasta 1914, el problema del militarismo y la actitud que deberían adoptar los socialistas ante la guerra fue el tema principal de discusión en las reuniones de la II Internacional. La enmienda propuesta y aprobada decía:

Si existe la amenaza de que la guerra estalle, es obligación de la clase trabajadora de los países y los Estados, y obligación de sus representantes parlamentarios, con la ayuda de la Oficina de la Internacional como poder activo y coordinador, hacer toda clase de esfuerzos para evitar la guerra por todos los medios que le parezcan más apropiados (…) En el caso de que, a pesar de esto, estalle la guerra, es su obligación intervenir a fin de ponerle término en seguida, y con toda su fuerza aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para agitar a los estratos más profundos del pueblo y precipitar la caída de la dominación capitalista”.

En 1910, en el Congreso de la Internacional de Copenhague, aunque el tema de las cooperativas obreras de consumo se había previsto como el más importante, acabó imponiéndose el de la guerra. Se trataba ahora de perfilar y concretar la forma de realizar la resolución antimilitarista del Congreso anterior. Mas si entonces fue difícil llegar a una resolución unánime, ahora sería imposible establecer el acuerdo sobre las medidas concretas para ejecutarlo. Las resoluciones fueron teóricamente fuertes pero efectivamente débiles, pues sólo se agregó que los diputados socialistas deberían negarse a votar los créditos de guerra y pedir una limitación al 50 por cien de los gastos militares, así como una enérgica reducción en lo tocante a los armamentos navales (instrumento de guerra por antonomasia de la primera época colonialista).

Entre 1910 y 1914, Rosa Luxemburgo actuó dentro del SPD en su ala izquierda, donde las figuras más caracterizadas eran, además de Rosa y Karl Liebknecht, Clara Zetkin, Georg Ledebour, Leo Jogiches -compañero íntimo de Rosa- y Frank Mehring. Este grupo estaba en franca minoría y en disconformidad con el partido; porque aquella fabulosa maquinaria humana en que se había convertido el SPD sólo se orientaba prácticamente a organizar elecciones y obtener el mayor número de actas en los municipios y en el Parlamento (en 1912, la socialdemocracia llevó al Reichtag 110 diputados).

Es por ello que, ante el planteamiento de cada huelga, Rosa Luxemburgo y los suyos chocaban con las cautelas de los dirigentes socialdemócratas mayoritarios, siempre temerosos de un retroceso electoral, y de la mayor parte de los dirigentes sindicales, más temerosos aún de lesionar su aparato o de ver reducido el número de sus cuantiosos cotizantes, si adoptaban una postura radical. Toda esa prudencia culminaría en hacer de la Socialdemocracia un agente contrarrevolucionario en 1919, y es una gran lección sobre la que los socialistas de todos los tiempos no pueden por menos de meditar.

Todavía en 1912, cuando ya los antagonismos entre las potencias europeas hacían presagiar el choque bélico, la Internacional celebró su último Congreso, antes de la guerra, en Basilea. No tenía otro punto del orden del día que el problema de la inminencia de la guerra, y fue concebido como una colosal manifestación pacifista del socialismo internacional. Se entonó el canto de la fraternidad universal, el deseo de no llegar jamás a una lucha fratricida entre las clases trabajadoras del continente. Pero sería el canto del cisne de la II Internacional.

En 1913, cuando diversos incidentes entre las potencias hacían sonar tambores de guerra, Rosa Luxemburgo levantaba enérgicamente su voz en un memorable mitin celebrado en Frankfurt del Main, pidiendo a los soldados que se negasen a combatir. Fue procesada por ello y condenada al año siguiente a doce meses de prisión, si bien se dejó suspendida la pena en atención a sus precarias condiciones de salud.

¿Qué solución cabía si los obreros se dejaban alistar y acudían a combatir contra los trabajadores de otros países? ¿Habrían de restarles apoyo sus camaradas desde la retaguardia? Evidentemente, si se incurre en el mito patriotero de defender el sistema establecido so pretexto de defender la nación amenazada, ya no queda salida coherente. Por ello Rosa propondrá en las vísperas inmediatas de la guerra paralizar los preparativos bélicos de los gobiernos mediante la huelga general: antes la insurrección y el paro en masa que ir a la guerra imperialista.

Pero la mayoría de los dirigentes de la Internacional no estaban por esa oposición definitiva y absoluta al empeño bélico. Esto ocurría también en la mayoría de la Socialdemocracia alemana. Al llegar la gran crisis de 1914, los Partidos de la Internacional en su mayoría, empezando por el SPD, traicionaron los acuerdos alcanzados en las Conferencias de la Internacional. Decidieron cooperar con el Estado burgués votando a favor de los créditos de guerra. Sabemos por fuentes contemporáneas que, cuando le llegaron a Rosa estas noticias, cayó en una profunda depresión. Esto habría sido el fin de su vida política; pero no fue así: la política era para ella una exigencia racional, que se imponía como imperativo moral en su existencia, ocupando todo el tiempo y el esfuerzo posibles.

Cuando ya se habían prohibido las manifestaciones obreras e incluso los mítines en locales cerrados, Rosa Luxemburgo y Liebknecht consiguieron poner en la calle al proletariado berlinés en demanda de la paz. Pero operaron con eficacia los resortes policíacos del Estado y se impuso el militarismo del Kaiser y de la clase que representaba. La guerra estalló el 4 de agosto de 1914. Sin embargo, el grupo de izquierda prosiguió su agitación, cada vez más perseguido por la policía.

En mayo de 1915, Rosa Luxemburgo y Frank Mherning ponían en circulación la revista “La Internacional”, órgano de expresión del grupo, que pronto fue suprimida, pero les dio nombre, ya que desde entonces se les empezó a llamar Grupo Internacional. Celebró su primera reunión el 1 de enero de 1916, asistiendo delegados de las diversas regiones alemanas. Acordaron publicar un periódico clandestino con el titulo “Spartakus, y el grupo pasó a tomar esta denominación: Liga Espartaco. No cesaron en su propaganda clandestina contra la guerra, hasta que Rosa fue detenida el 10 de julio de 1916. No volvería a pisar la calle hasta la derrota del ejército alemán tres años después.

Rosa Luxemburgo salía de la cárcel el 9 de noviembre de 1918. Inmediatamente se incorporó a la riada revolucionaria que ya anegaba Alemania. Desde agosto, el ejército estaba en crisis, y con el otoño se iban desplomando los frentes y se extendía la desmoralización total en las trincheras germánicas. El Káiser Guillermo II había salido el 29 de octubre de Berlín para refugiarse en el Cuartel General, pues la capital se había transformado en un hervidero de manifestaciones obreras incontrolables. El mismo día en que Rosa salía de la cárcel, el socialdemócrata Scheidemann proclamaba la República desde un balcón del Parlamento.

En ese momento culminante, en que la burguesía se encontraba atemorizada, a la expectativa, desprovista de su instrumento militar defensivo, la Socialdemocracia entendió que su misión se limitaba a desmontar la monarquía imperial, sustituyéndola por una república democrática que garantizase en la letra de su Constitución las libertades formales. Con ese programa, al que se agregaron algunas reformas sociales, Federico Ebert ocupaba la presidencia de la República, formaba un gabinete socialdemócrata moderado y pedía al pueblo que abandonase la calle, reintegrándose a sus casas y ocupaciones.

Pero los socialistas de izquierda, agrupados en la Liga Espartaco, no eran de la misma opinión e incitaron a las masas a la revolución proletaria. Rosa Luxemburgo fue uno de sus portavoces a través de “Bandera Roja”, periódico que salió desde el 18 de noviembre. En la proclama redactada por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Franz Mehring y Clara Zetkin, afirmaban:Ha pasado la hora de los manifiestos vacíos, de las resoluciones platónicas y las palabras tonantes. Para la Internacional ha sonado la hora de la acción”.

En diciembre hubo choques armados entre los seguidores del gobierno de Ebert y los espartaquistas. El gobierno confió la represión de los insurrectos al socialdemócrata moderado Noske y reorganizaba una fuerza militar en la que permitió la integración de los oficiales del antiguo ejército monárquico.

El primero de enero de 1919, la Liga Espartaco se definía como Partido Comunista Alemán e invitaba al proletariado revolucionario a unirse a la nueva organización. El gobierno, por su parte, seguía en su línea de convocar elecciones generales para unas Constituyentes. El proceso culminaría con el establecimiento de la república parlamentaria -Constitución de Weimar- que desembocaría ulteriormente en la dictadura hitleriana ¿Fue acaso viable la democracia liberal en aquella encrucijada de la historia?

Gobierno socialdemócrata y espartaquistas lucharon encarnizadamente en las calles de Berlín, a veces edificio por edificio, durante los primeros días del año. Al fin se impuso el gobierno. El día 13 había sido sofocada la insurrección espartaquista. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo fueron detenidos juntos por los militares. Se les condujo a un hotel, ocupado por oficiales del antiguo ejército, y allí fueron interrogados. Liebknecht salió primero escoltado por un capitán y varios soldados. Al pisar la acera, el centinela le asestó un formidable golpe en la cabeza con la culata del fusil. Le metieron en un automóvil, que salió disparado hacia Tiergarten. En el camino, le ordenaron que bajara y le acribillaron a tiros.

Rosa Luxemburgo corrió suerte pareja. Después de maltratarla hasta privarla del conocimiento, la metieron en un automóvil y allí le pegaron un tiro. El teniente Kurt Vogel ordenó que arrojaran su cadáver al Spree, en las proximidades del Puente Cornelio. Para que no flotase, le ataron un cuerpo pesado. Por esta circunstancia, no fueron hallados los restos de la revolucionaria hasta pasadas varias semanas. Las muertes de Rosa y Karl provocaron una auténtica conmoción en el movimiento socialista y comunista a nivel mundial.

Desde entonces, todos los años, en Berlín, se recuerda a Rosa la Rosa Roja, como se la conocía- y a Karl. Sirvan estas líneas como otro tributo más a su memoria imborrable.

Fuentes:

http://canarias-semanal.org/art/26676/el-legado-anti-militarista-de-rosa-luxemburgo