«Comunistas» subiéndose al carro de moda: el feminismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2020

Bitácora Marxista-Leninista

«Parafraseando a Fourier, Marx dijo:

«El grado de emancipación femenina determina naturalmente la emancipación general». (Karl Marx y Friedrich Engels; La sagrada familia, 1844)

Las posiciones políticas del Partido Comunista de España (marxista-leninista) de 1964-1985 sobre la mujer estuvieron inspiradas claramente en las nociones marxistas sobre el tema:

«En efecto, puede hoy afirmarse que la familia conyugal ha nacido de las contradicciones económicas que aparecen en el momento en que el trabajo se ha hecho más productivo, es decir, ésta ha nacido de la propiedad privada y se ha consolidado con ella, al mismo tiempo que se precisaban en toda la sociedad los antagonismos de clase. Por consiguiente los conflictos y las luchas que se desarrollan en el seno de la sociedad han de reflejarse, y de hecho se reflejan, en la oposición existente inicialmente entre los hombres y las mujeres en el seno del matrimonio conyugal. La noción de la inferioridad de la mujer se explica fundamentalmente por el hecho de que desde el momento en que los hombres obtienen su supremacía, han impuesto la idea de que las mujeres son de una naturaleza distinta, que poseen por naturaleza caracteres distintos y que sus capacidades son normalmente inferiores. A este respecto no podemos dejar de señalar el papel determinante que en la era cristiana ha jugado la «Santa Madre Iglesia», cuyos fundadores sostenían incluso la idea de que la mujer era un ser intermedio entre el hombre y el animal, un ser impuro e inferior en todos los órdenes.

Todas las clases opresoras tratan de justificar su opresión imponiendo la idea de que el ser oprimido es inferior. Así tenemos el caso de la política racista que trata de justificar la inferioridad de los pueblos de color, para mejor asegurarse su explotación y opresión. Otro tanto ocurre con la mujer utilizada hoy por el capitalismo como mano de obra barata y como reserva en la producción. Ahora bien, como la clase dominante, en este caso la burguesía capitalista e imperialista, es la clase que impone su ideología al conjunto de la sociedad, la noción de la inferioridad de la mujer también existe entre la clase obrera, e incluso entre no pocas mujeres.

Frente a la ideología reaccionaria burguesa, los marxista-leninistas oponemos nuestros principios de la igualdad total entre el hombre y la mujer y rechazamos de plano toda idea de discriminación hacia la mujer y de considerarla como un ser inferior. Afirmamos a este respecto:

1) Que la subordinación de la mujer no se basa en una inferioridad congénita, sino que es la consecuencia histórica de un hecho económico, es decir, del desarrollo de la productividad del trabajo y el acaparamiento por los hombres de las principales riquezas creadas por esta productividad acrecentada.

2) Que el desarrollo de la propiedad privada monopolizada por los hombres, ha hecho posible el reforzamiento hasta el extremo de la autoridad del marido en la familia y ha convertido a la mujer prácticamente en una esclava doméstica, totalmente sometida a los deseos y a la voluntad del marido.

3) Que dada la estructura familiar basada en la transmisión de la propiedad privada, no existe esperanza alguna bajo el régimen capitalista de que la mujer se libere totalmente, ya que los hombres de las clases dirigentes tienen sus intereses de clase ligados a esa estructura familiar.

4) Que la degradación de la familia actualmente, ha comenzado con el desarrollo de la gran industria que ha arrancado a la mujer de la servidumbre doméstica para imponerla otras nuevas.

5) Que la incorporación de la mujer a determinadas actividades y funciones reservadas hasta el presente a los hombres, anuncia su eventual independencia económica y ya en algunos países les ha permitido cierto grado de igualdad jurídica con los hombres.

6) Que el modo cómo las mujeres desempeñan las funciones sociales y profesionales demuestra que sus capacidades intelectuales, su poder de decisión y su espíritu de organización, no son en modo alguno inferiores a los hombres». (Elena Ódena; La mujer española y la lucha contra la dictadura franquista, 1967)

Por ello, en el IIº Congreso del PCE (m-l) de 1977 ante el auge de los movimientos feministas, se instaba a abordar la cuestión de género en base a la visión marxista del partido y no siguiendo la versión idealista de las organizaciones feministas:

«Actualmente las organizaciones femeninas y feministas de diversa naturaleza y tendencia pequeño burguesa están logrando organizar y movilizar a amplios sectores de la mujer y sólo si nosotros, el partido en primer lugar, el FRAP, la UPM, la OSO, la Convención Republicana, somos capaces de tomar seriamente en nuestras manos la defensa de los derechos y la lucha por la liberación de la mujer, lograremos incorporar al torrente revolucionario a una buena parte del más del 50 por 100 de nuestra población. De otro modo, esta mitad de nuestro pueblo se convertirá en una fuerza y una reserva de la reacción, o, en el mejor de los casos, de las corrientes pequeño burguesas. Pero se trata, además, de insistir en el partido en la necesidad de comprender que el problema de la mujer no incumbe exclusivamente a la mujer, ya que si no comprendemos esto no lograremos llevar nuestra voz y nuestra política a las amplias masas femeninas, aparte de que estaremos también reflejando las corrientes pequeño burguesas feministas tendentes a separar tajantemente la lucha de la mujer por su liberación de la lucha general de todo el pueblo». (Partido Comunista de España (marxista-leninista); Documentos del IIº Congreso del PCE (m-l), 1977)

No por casualidad se confrontaba abiertamente al feminismo. En el artículo «Importantes orientaciones de la IIº Conferencia Nacional del partido para nuestra lucha por los derechos de la mujer», se decía:

«Se trata de comprender correctamente, que la lucha por los derechos de la mujer y por su liberación de toda una serie de opresiones y discriminaciones de toda índole –morales, sociales, económicas, familiares, etc.– que pesan con particular brutalidad sobre ella, no es un asunto exclusivo de la mujer sino que incumbe tanto a la mujer como al hombre, si bien la mujer, como principal y directa interesada, ha de desempeñar el papel más directo e importante. (…) En segundo lugar está la cuestión de nuestra actitud de cara a los movimientos feministas pequeño burgueses y también, la de nuestros planteamientos en relación con toda una serie de reivindicaciones que atañen exclusivamente a la mujer y que no pueden dejarse de lado con la conocida posición de que «solo bajo el socialismo podrá resolverse verdadera, ente el problema de la mujer». (…) Actualmente las organizaciones femeninas y feministas de diversa naturaleza y tendencia pequeño burguesa están logrando movilizar a amplios sectores de la mujer, y solo si nosotros, el partido. (…) Somos capaces de tomar seriamente en nuestras manos la defensa de los derechos y la lucha de la mujer, lograremos incorporar al torrente revolucionario a más del cincuenta por ciento de nuestra población. De otro modo, esta media mitad de nuestro pueblo se convertirá en buena parte en una fuerza y en una reserva de la reacción o en el mejor de los casos de las corrientes pequeño burguesas». (Vanguardia Obrera; Nº149, 1976)

¿Y qué ha quedado de dichas posturas en el PCE (m-l) actual refundado en 2006? Nada. Cierto es que en sus artículos ataca a ramas del feminismo actual, pero igualmente tiene publicaciones donde dice lo contrario, e incluso alaba a otras corrientes. Lo que demuestra que existen en su interior han florecido las «cien flores y cien escuelas de pensamiento» al estilo maoísta. Hace poco, J.P. Galindo nos decía lo siguiente en su artículo «Marxismo y feminismo» en un tono muy parecido a la izquierda institucional:

«Será una autora francesa, Simone de Beauvoir, quien construya el buque insignia de esta etapa con su libro de 1949 «El Segundo Sexo» donde se analiza la creación artificial de la identidad femenina a través de la imposición de prejuicios sociales derivados directa o indirectamente del patriarcado familiar y moral. (…) Esta visión provocará un avance significativo en la conciencia femenina como ente colectivo y sujeto social propio «No se nace mujer, se llega a serlo» será la máxima expresión de este análisis y su objetivo es cuestionar la institución imprescindible para la reproducción de esa situación mental y social. (…) El cuestionamiento de la familia tradicional entroncará íntimamente con la revolución sexual. (…) Esa moral será también cuestionada por las filosofías Beat, Hippie, Existencialista o Estructuralista, provocando conjuntamente un cambio de paradigma global. (…) Expresado en lo que se conoce como Mayo del 68, como una explosión de contestación y rebeldía contra toda la construcción social previamente establecida. (…) El feminismo La Segunda Ola se da por finalizada sin alcanzar resultados tan abrumadores y evidentes como la Primera, pero con una continuidad discursiva que enlaza inmediatamente con la postmodernidad naciente a finales del siglo XX, donde la desaparición del bloque socialista da pie al cuestionamiento del feminismo marxista por no lograr un éxito total en la transformación social e impregna de cierto nihilismo esta nueva visión feminista, al presentar un replanteamiento de todos los aspectos sociales desde perspectivas originales hasta entonces, tales como la teoría queer o el ecofeminismo y cuestionando posicionamientos previamente dados por sentados, como el caso de la prostitución o la pornografía, desde ópticas liberales de autonomía individual del individuo sin prejuicios de género o sexo». (Octubre; Órgano de expresión del PCE (m-l); Nº114, 2018)

Como vemos, el texto es meramente descriptivo, pecando de aquella desviación que Zhdánov tanto criticó: el objetivismo burgués, es decir el describir las cosas de forma enciclopédica, sin criticismo alguno, dando indirectamente la razón a la interpretación burguesa tradicional del tema, pretendiendo que dando una supuesta explicación apartidista conviene y ayuda no solo al lector sino a la divulgación de la ciencia. Pero ocurre lo contrario. Cada vez que se hace esto se cae en el riesgo precisamente de que el sujeto iletrado caiga en una profunda confusión aceptando el discurso del escepticismo y relativismo burgués sobre que hay que contar la historia de «forma neutra», sin posicionarse, sin tomar partido en lo que se expone, solo describiéndolo, como se hace en este caso sobre la historia de las corrientes del feminismo y la cuestión de género en el pasaje inicial. Como se sabe, esto es contrario al rigor científico, porque la mera acumulación y anunciación de datos sin procesar –y aceptando encima un relato previo hegemónico–, sin llegar jamás a unas conclusiones propias argumentadas, solo puede formar dogmas, en esterilizar el conocimiento.

En algunos tramos de este vergonzoso artículo encontramos directamente loas que como decimos, bien lo podría haber firmado Irene Montero o Clara Serra, feministas de Podemos, que niegan el «feminismo liberal e individualista» mientras reivindican el «feminismo de izquierdas», pero no señores, es el actual PCE (m-l) quien hace estas declaraciones a favor de una corriente burguesa tan degenerada como el existencialismo de la pareja Sartre-Beauvoir, lo cual no merece muchos más comentarios, no por casualidad las tesis del existencialismo y sus obras era promovidas por los regímenes más retrógrados y los ideólogos más conocidos de la reacción. Véase nuestro documento: «El existencialismo, Jean-Paul Sartre, y su pluma al servicio de la cultura burguesa» de 2015.

En concreto Simone Beauvoir que en la actualidad aún es usada por ciertas feministas, tuvo entre sus obras párrafos tan «progresistas» y poco compatibles con la visión marxista como los siguientes.

a) Ni la biología ni el medio económico tiene influencia sobre la mujer, solo las ideas y la voluntad:

«No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino». (Simone de Beauvoir; El segundo sexo, 1949)

b) El embarazo es un drama y violencia contra la mujer:

«El embarazo es, sobre todo, un drama que se representa en el interior de la mujer; ella lo percibe a la vez como un enriquecimiento y una mutilación; el feto es una parte de su cuerpo y es también un parásito que la explota; ella lo posee y también es poseída por él; ese feto resume todo el porvenir, y, al llevarlo en su seno, la mujer se siente vasta como el mundo; pero esa misma riqueza la aniquila, tiene la impresión de no ser ya nada. Una existencia nueva va a manifestarse y a justificar su propia existencia, por lo cual se siente orgullosa; pero también se siente juguete de fuerzas oscuras, es zarandeada, violentada». (Simone de Beauvoir; El segundo sexo, 1949)

c) La mujer debería desligarse de todo concepto de familia y del concepto de instinto maternal, es más, no debería tener libertad para elegir tal cosa:

«En mi opinión, mientras la familia, el mito de la familia, el mito de la maternidad y el instinto maternal no sean destruidos, la mujer seguirá estando oprimida. (…) No, no creemos que ninguna mujer debería tener esa opción. Ninguna mujer debería estar autorizada a quedarse en casa a criar a sus hijos. La sociedad debería ser totalmente diferente. Las mujeres no deberían tener esa opción, precisamente porque si tienen esa opción, demasiadas mujeres la elegirían». (Diálogo entre Simone de Beauvoir y Betty Friedan; Saturday Review, 14 de junio de 1975)

d) La mujer es homosexual por naturaleza porque así se haya segura:

«La homosexualidad de la mujer es una tentativa, entre otras, para conciliar su autonomía con la pasividad de su carne. Y, si se invoca a la Naturaleza, puede decirse que toda mujer es naturalmente homosexual. La lesbiana se caracteriza, en efecto, por su rechazo del varón y su gusto por la carne femenina; pero toda adolescente teme la penetración, la dominación masculina, y experimenta cierta repulsión con respecto al cuerpo del hombre; en desquite, el cuerpo femenino es para ella, como para el hombre, un objeto de deseo». (Simone de Beauvoir; El segundo sexo, 1949)

e) Sobre la cuestión sexual. Reproducimos aquí la petición firmada entre otros por Beauvoir y Sartre, que clamaba en favor de la pedofilia:

«Tanto tiempo en prisión para investigar un simple asunto de «vicio», en el que los niños no han sido víctimas de ningún tipo de violencia, sino que, por el contrario, han testificado ante los magistrados que dieron su consentimiento, aunque la ley actual les niegue el derecho a consentir; tanto tiempo en prisión es algo que consideremos escandaloso de por sí. Hoy, el riesgo de ser condenado a largas penas de prisión por haber tenido relaciones sexuales con menores, tanto niños como niñas, o por haber fomentado y fotografiado sus juegos sexuales. Creemos que existe una incongruencia entre la designación de «delito», que sirve para legitimar semejante severidad, y los hechos en sí; y otra todavía mayor entre la ley anticuada y la realidad del día a día de una sociedad que tiende a conocer la sexualidad de los niños y adolescentes». (Le Monde, January 26, 1977)

¡Esta es la autora que para el PCE (m-l) actual su obra supuso un «avance significativo en la conciencia femenina»!

Junto a este tipo de ideas de Simone de Beauvoir, habría otras autoras que plantearían teorías igualmente demenciales. Shulamith Firestone pensaba que la maternidad era la principal forma de opresión que sufría la mujer. Tomando prestado un símil marxista, proponía que la mujer –por el mero hecho de serlo y sin entrar a tomar en cuenta su posición de clase– era un ser oprimido que debía tomar el poder, debía rebelarse, tomar los medios de reproducción y establecer su dictadura, para así llegar a la reproducción artificial de la especie:

«El núcleo de la explotación de las mujeres radica precisamente en su función de gestación y educación de los hijos. (…) Del mismo modo que para asegurar la eliminación de las clases económicas se necesita una revuelta de la clase inferior –el proletariado– y mediante una dictadura temporal la confiscación de los medios de producción, de igual modo, para asegurar la eliminación de las clases sexuales se necesita una revuelta de la clase inferior –mujeres– y la confiscación del control de la reproducción; es indispensable no sólo la plena restitución a las mujeres de la propiedad sobre sus cuerpos, sino también la confiscación –temporal– por parte de ellas del control de la fertilidad humana. (…) El objetivo final de la revolución feminista no debe limitarse a la eliminación de los privilegios masculinos, sino que debe alcanzar a la distinción misma de sexo; las diferencias genitales entre los seres humanos deberían pasar a ser culturalmente neutras. (…) La reproducción de la especie a través de uno de los sexos en beneficio de ambos sería sustituida por la reproducción artificial. (…) La división del trabajo desaparecería mediante la eliminación total del mismo cybernation. Se destruiría así la tiranía de la familia biológica». (Shulamith Firestone; La dialéctica del sexo, 1970)

Kate Millet, también haría apología de la pedofilia, sosteniendo que la familia y los adultos, ejercían una coacción inadmisible hacia los niños:

«Mark Blasius (MB): ¿Cómo concebirías una sociedad sexualmente libre? ¿Piensas que debería imponerse algún tipo de limitación en una revolución sexual y qué papel representaría el sexo intergeneracional en una revolución sexual?

Kate Millet (KM): Una revolución sexual comienza con la emancipación de la mujer, que es la principal víctima del patriarcado, y también con el fin de la opresión sobre los homosexuales. Parte de la estructura de la familia patriarcal comprende el control de la vida sexual de los niños, y más allá, el control total de los niños. Los niños no tienen prácticamente derechos garantizados por la ley en nuestra sociedad y además, no tienen dinero, lo cual, en una economía de dinero, es una de las principales fuentes de su opresión. Verdaderamente, uno de los derechos esenciales de los niños es el de expresarse a si mismos sexualmente, probablemente entre ellos en un principios pero también con adultos. De manera que la libertad sexual de los niños es una parte importante de una revolución sexual. ¿Cómo lo llevamos a cabo? El problema es que existe una situación de explotación entre los adultos y los niños de la misma forma que existe entre los hombres y las mujeres, las relaciones intergeneracionales tienen lugar en una situación de desigualdad. Los niños están en una posición muy precaria cuando mantienen relaciones con adultos no sólo en un sentido concretamente material sino también emocional ya que su personalidad no está reconocida en nuestra sociedad.

MB: ¿Piensas que puede existir una relación erótico-amorosa tierna entre un niño y un hombre?

KM: Por supuesto, o entre una niña y una mujer mayor. Los hombres y las mujeres se han amado durante milenios, como lo han hecho personas de razas diferentes. Lo que me preocupa es el desigual contexto en el que esas relaciones deben existir. Por supuesto, esas relaciones pueden no ser de explotación y teniendo en cuenta las circunstancias son probablemente heroicas y muy maravillosas». (Mark Blasius; Una entrevista con Kate Millett, 1980)

Simone Beauvoir, sería una de las feministas que crearía la noción de que el marxismo era insuficiente para abordar los problemas de la mujer en la sociedad, mezclaba tanto las experiencias socialistas como revisionistas para concluir que el marxismo había sido un fracaso:

«Jean Louis Servan Schreiber: En Francia fue un éxito muy rápido.

Simone Beauvoir: Tuvo un éxito muy rápido, pero no sabría decirle las cifras. Ahora que se ha publicado en bolsillo creo que ha llegado a mucho más público. Pero ha tenido una acogida muy mala. Las críticas que más me han decepcionado son las de los hombres que creía igualitarios. Hay comunistas que han escupido en el libro, diciendo que a las obreras les da igual lo que escribo. Esto es completamente falso. El libro va destinado más a las mujeres obreras que a las burguesas.

Jean Louis Servan Schreiber: ¿Por qué los comunistas son reticentes a sus ideas?

Simone Beauvoir: Ahora lo son menos. En realidad toda la relación del comunismo con la mujer es difícil, ya que consideraban que el problema de ésta es secundario, que la contradicción de los sexos es secundaria, frente a la de clases, que es primaria. En conjunto, los problemas de las mujeres están completamente subordinados a los de clase.

Jean Louis Servan Schreiber: Entonces, ¿la idea es que si hay una revolución, la situación de la mujer cambiará automáticamente?

Simone Beauvoir: Sí. Y tengo que decir que en 1949, cuando escribí este libro, dudaba poco de eso. Creía que había que militar por la revolución, soy completamente de izquierdas y busco el derrocamiento del sistema, la caída del capitalismo. Pensaba que sólo hacía falta eso para que la situación de la mujer fuese igual que la del hombre. Después me di cuenta de que me equivocaba. Ni en la URSS, ni en Checoslovaquia, ni en ningún país socialista, ni en los partidos comunistas, ni en los sindicatos, ni siquiera en los movimientos de vanguardia, el destino de la mujer es el mismo que el del hombre. Esto es lo que me convenció para convertirme en feminista y de manera bastante militante. He comprendido que existe una lucha puramente feminista y que ésta pelea contra los valores patriarcales, que no debemos confundir con los capitalistas. Para mí, las dos luchas han de ir juntas. Parece imposible que el destino de la mujer cambie profundamente si el destino de la sociedad no cambia profundamente en cuanto a la lucha de clases. Pero también parece ilusorio pensar que la lucha de clases sirva por completo, tiene que existir una lucha específicamente para la mujer». (Entrevista de Jean Louis Servan Schreiber a Simone Beauvoir, 6 de abril de 1975)

Kate Millet en un tono similar, atacaría a la URSS de Stalin comparándolo con la Alemania de Hitler durante su texto. Para ello se basa, como no, en los escritos de Trotsky:

«Trotsky. (…) Critica con vehemencia el vacío ideológico, el fracaso soviético y la regresión estalinista en «La revolución traicionada», pero tales juicios, emitidos en 1936, no constituyen sino una percepción tardía de lo que debía haberse hecho. Por consiguiente, resulta correcta la tesis –defendida por Reich– de que la sexualidad pasó en cierto modo inadvertida por los grandes pensadores sociales. (…) La Unión Soviética se había enfrentado con el arduo problema de reemplazar la mentalidad patriarcal por una nueva estructura psíquica, gracias a una educación revolucionaria. En este campo, su fracaso fue rotundo. Tras una fase de experimentación, fue imponiendo su propia ideología moralizadora y represiva, construyendo una nueva estructura basada en el autoritarismo e implantando sus normas e ideales masculinos mediante el ensalzamiento continuo de las hazañas militares y el heroísmo de los revolucionarios». (Kate Millet; Política sexual, 1970)

Esta es la conclusión a la que llegan de toda la experiencia soviética de los años de Stalin: un rotundo fracaso y un viraje regresivo.

¡Más bien haría el PCE (m-l) en analizar estas cuestiones que en estar loando a los iconos del feminismo pequeño burgués de los 70!

Un colaborador del antiguo PCE (m-l) de 1964-1985 comentaba sobre el feminismo de nuestros días que ahora el nuevo PCE (m-l) parece saludar:

«El feminismo efectivamente es una corriente de moda. Estuve en la manifestación del 8 de marzo, y está genial que la gente salga y proteste, pero ves a los participantes, chavales y también a gente mayor, con consignas ridículas y absurdas. A uno le pregunte: «Justicia feminista… ¿y eso que es?» Y me soltó sin sonrojo. «Pues eso, justicia feminista». Me fui cabizbajo a buscar el significado y todavía no lo he encontrado, estoy preocupado alguien sabe algo (Risas) Así van, y así pretenden que se postren ante ellos y su falta de lógica. Ahora hasta el PSOE de Sánchez tiene como ruta el feminismo, ni hablar del Podemos de Iglesias o Más País el nuevo chiringuito de Errejón, todos cuando se dignan en hablar algo de república le añaden los condimentos de feminista y verde, en vez de hablar de una república con carácter de clase. Que cada uno saque sus conclusiones. Me han pasado recientemente algunos de los iconos pop de feministas que hay por ahí como la tal Irantzu Varela… lo primero que pienso es que hay que tomarlas en serio, pero lo triste es que tienen sus seguidoras, y éstas no las puedes convencer con nada, es como si entras a un psiquiátrico e intentan crear conciencia y coherencia. Por desgracia es nuestra sociedad produce estos psiquiátricos, y no puede ser de otro modo en el capitalismo. Yo me atengo en la cuestión de género a A. Kolontái y a alguna que otra muy honrada, incluso las sufragistas, pues su base era razonable para la época, pero nada más. En cambio, este feminismo es parte de los modismos, de los tantos que hay y surgen. Te dicen que el feminismo es el sinónimo de la igualad, que estupidez más grande, ¿y las clases sociales? Para ellas es lo mismo la sirvienta del hogar que dobla el lomo –a la cual le pagan una miseria por horas, no le pagan el transporte– que la funcionaria que cobra 1.500 euros o similar, con unas prebendas, por favor… Como consecuencia no pueden tener ni sufrir una represión igual. Una tiene más fácil «escape» en todo lo que se encuentre a su paso y otra está más sujeta por su situación socio-económica para no salir de ese embrollo. La gente cuando habla de los problemas, parece que solo ve el tentáculo del pulpo, pero no a su cabeza. Porque si fuese a la cabeza vería que el fascismo es un pulpo tiene todo ese tipo de connotaciones aberrantes». (Comentarios y reflexiones de José Luis López Omedes a Bitácora (M-L), 2019)

El feminismo lo ha inundado todo, hasta el punto que en la cultura vemos aparecer grupos de música feministas de distintos géneros musicales como ya comentamos en otros documentos. La irrupción de nuevas tribus urbanas y géneros musicales ha sido absorbida por el feminismo, o mejor dicho se ha creado una simbiosis:

«Cuando no se puede ejercer la represión como años atrás, aunque de vez en cuando lo hacen o directamente se cree que es mejor utilizar otros medios, ofertan condiciones más alienantes de control y han creado esta forma de tribus, fácilmente controlables porque sus actos son consumistas y rara vez piensan, hemos llegado a un punto en que la incultura es un valor. Estos impresentables ignoran que no existe mayor radicalidad que en la cultura, ¿por qué se creerán que existen ellos sino como producto del sistema? (Risas) En la juventud hay una predominancia por lo lumpen. En el caso de muchas bandas de música «feministas» también he visto que caen en esto. Algunas son un bodrio, artísticamente hablando, pero encima copian a la perfección al machista que las agrede en su vocabulario y gestos. En cuanto la parafernalia de sus adornos y maquillajes son los que dictaminan el mercado al que dicen odiar… y si encima añades que algunas de estas feministas se denominan también como «comunistas» … menos mal que los clásicos no las pueden ver, se preguntarían ¿en qué nos hemos equivocado? (Risas) Son lumpen, la consecuencia del sistema, o, mejor dicho: de cuando el sistema hace las cosas muy bien como para engañarlos con movimientos «anticontestatarios» y «antisistema» tan poco lesivos para el sistema como los movimientos de los 60 que todos tenemos en mente». (Comentarios y reflexiones de José Luis López Omedes a Bitácora (M-L), 2019)

Pese a todo, ahora está de moda eso de presentar un «feminismo marxista», como dicen muchos tinglados revisionistas en España:

«Es el momento de que el feminismo recupere la tradición de lucha que hace décadas perdió, alejándose de posiciones interclasistas, integrándolo en la lucha de clases e intrínsecamente ligado a la emancipación del proletariado». (Reconstrucción Comunista; 8 de marzo: por un feminismo de clase y combativo, 2013)

Algo que han venido haciendo con su eslogan revisionista «¡Por un feminismo de clase!». Un eslogan que a su vez es copiado del brézhnevista PCPE que proclama «¡Por un feminismo de clase y combativo»!

«Por todo ello, y entendiendo el feminismo de clase como una parte orgánica integrante del resto de movimiento obrero». (Partido Comunista de los Pueblos de España; Qué diferencia al feminismo de clase del feminismo burgués, 13 de noviembre de 2013)

De nuevo una vez más nos encontramos con la falsedad histórica del llamado «feminismo marxista», diciendo que «los comunistas necesitan el feminismo» como si los comunistas no tuviesen una postura propia en la cuestión de género o directamente manipulando la historia diciendo que «los comunistas siempre han sido feministas» cuando salta a la vista histórica que los comunistas siempre han estado en contra de las explicaciones idealistas del feminismo sobre la cuestión de género.

Y la tesis absurda y antimarxista de que siempre ha habido un «feminismo proletario» y un «feminismo burgués», lo cierto es que terminológicamente hablando, y haciendo honor a la propia historia, el feminismo siempre ha sido un movimiento eminentemente burgués por mucho que los revisionistas nos quieran rescribir la historia para ganar votos y simpatías entre los círculos feministas:

«¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer.

Las feministas burguesas demandan la igualdad de derechos siempre y en cualquier lugar. Las mujeres trabajadoras responden: demandamos derechos para todos los ciudadanos, hombres y mujeres, pero nosotras no sólo somos mujeres y trabajadoras, también somos madres. Y como madres, como mujeres que tendremos hijos en el futuro, demandamos un cuidado especial del gobierno, protección especial del Estado y de la sociedad.

Las feministas burguesas están luchando para conseguir derechos políticos: también aquí nuestros caminos se separan: para las mujeres burguesas, los derechos políticos son simplemente un medio para conseguir sus objetivos más cómodamente y más seguramente en este mundo basado en la explotación de los trabajadores. Para las mujeres obreras, los derechos políticos son un paso en el camino empedrado y difícil que lleva al deseado reino del trabajo.

Los caminos seguidos por las mujeres trabajadoras y las sufragistas burguesas se han separado hace tiempo. Hay una gran diferencia entre sus objetivos. Hay también una gran contradicción entre los intereses de una mujer obrera y las damas propietarias, entre la sirvienta y su señora». (Aleksandra Kolontái; El Día de la Mujer, 1913)

Clara Zetkin diría sobre esto mismo:

«El comunismo, el gran emancipador del sexo femenino, no puede ser solamente el resultado de la lucha común de las mujeres de todas las clases por la reforma del sistema burgués en la dirección indicada por las reivindicaciones feministas, no puede ser solamente el resultado de una lucha contra la posición social privilegiada del sexo masculino. El comunismo sólo y únicamente puede ser realizado mediante la lucha común de las mujeres y hombres del proletariado explotado contra los privilegios, el poder de los hombres y mujeres de las clases poseedoras y explotadoras». (Clara Zetkin; Directrices para el movimiento comunista femenino, 1920)

Salvo que seas un idealista y manipulador histórico no le puedes pedir al feminismo que se abstraiga de su visión de clase burguesa y que luche por el socialismo:

«En sus demandas de igualdad política nuestras feministas son como sus hermanas extranjeras, los amplios horizontes abiertos por el aprendizaje socialdemócrata permanecen ajenos e incomprensibles para ellas. Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase (…) A pesar de lo aparentemente radical de las demandas de las feministas, uno no debe perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por aquella transformación fundamental de la estructura económica y social contemporánea de la sociedad sin la cual la liberación de las mujeres no puede completarse». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

Es más, incluso las figuras feministas que han tenido alguna simpatía por el proletariado, sino adoptan el marxismo, acaban naufragando en propuestas «parche», reformistas, irreales para los problemas verdaderos de los trabajadores:

«Las feministas declaran estar del lado de la reforma social, y algunas de ellas incluso dicen estar a favor del socialismo –en un futuro lejano, por supuesto– pero no tienen la intención de luchar entre las filas de la clase obrera para conseguir estos objetivos. Las mejores de ellas creen, con ingenua sinceridad, que una vez que los asientos de los diputados estén a su alcance serán capaces de curar las llagas sociales que se han formado, en su opinión, debido a que los hombres, con su egoísmo inherente, han sido los dueños de la situación. A pesar de las buenas intenciones de grupos individuales de feministas hacia el proletariado, siempre que se ha planteado la cuestión de la lucha de clases han dejado el campo de batalla con temor. Reconocen que no quieren interferir en causas ajenas, y prefieren retirarse a su liberalismo burgués que les es tan cómodamente familiar». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

Pero claro, si eres un oportunista político, por supuesto que puedes proclamar que hasta los movimientos feministas luchan en pro del socialismo, ¿no existe gente que proclama que hasta el Papa lo hace? ¿Dónde está el límite? Pues depende de la graduación de las lentes revisionistas que uses.

Como decía Kolontái, una de las mayores luchadoras de los derechos de la mujer: el feminismo poco ha hecho históricamente por los derechos de la mujer –o mejor dicho de los derechos de las mujeres trabajadoras–, y esto tiene su razón económica histórica:

«Las mujeres de la burguesía se encontraron, desde el primer momento, con una dura resistencia por parte de los hombres. Se libró una batalla tenaz entre los hombres profesionales, apegados a sus «pequeños y cómodos puestos de trabajo», y las mujeres que eran novatas en el asunto de ganarse su pan diario. Esta lucha dio lugar al «feminismo»: el intento de las mujeres burguesas de permanecer unidas y medir su fuerza común contra el enemigo, contra los hombres. Cuando estas mujeres entraron en el mundo laboral se referían a sí mismas con orgullo como la «vanguardia del movimiento de las mujeres». Se olvidaron de que en este asunto de la conquista de la independencia económica, como en otros ámbitos, fueron recorriendo los pasos de sus hermanas menores y recogiendo los frutos de los esfuerzos de sus manos llenas de ampollas.

Entonces, ¿es realmente posible hablar de las feministas como las pioneras en el camino hacia el trabajo de las mujeres, cuando en cada país cientos de miles de mujeres proletarias habían inundado las fábricas y los talleres, apoderándose de una rama de la industria tras otra, antes de que el movimiento de las mujeres burguesas ni siquiera hubiera nacido? Sólo gracias al reconocimiento del trabajo de las mujeres trabajadoras en el mercado mundial las mujeres burguesas han podido ocupar la posición independiente en la sociedad de la que las feministas se enorgullecen tanto.

Nos resulta difícil señalar un solo hecho en la historia de la lucha de las mujeres proletarias por mejorar sus condiciones materiales en el que el movimiento feminista, en general, haya contribuido significativamente. Cualquiera que sea lo que las mujeres proletarias hayan conseguido para mejorar sus niveles de vida es el resultado de los esfuerzos de la clase trabajadora en general, y de ellas mismas en particular. La historia de la lucha de las mujeres trabajadoras por mejorar sus condiciones laborales y por una vida más digna es la historia de la lucha del proletariado por su liberación». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

El marxismo por tanto siempre ha estado en contra del feminismo por sus consignas sexistas y enfocadas a la autosatisfacción de un núcleo reducido de la población –las burguesas–:

«Las feministas buscan la igualdad en el marco de la sociedad de clases existente, de ninguna manera atacan la base de esta sociedad. Luchan por privilegios para ellas mismas, sin poner en entredicho las prerrogativas y privilegios existentes. No acusamos a las representantes del movimiento de mujeres burgués de no entender el asunto, su visión de las cosas mana inevitablemente de su posición de clase. (…) Las feministas ven a los hombres como el principal enemigo, por los hombres que se han apropiado injustamente de todos los derechos y privilegios para sí mismos, dejando a las mujeres solamente cadenas y obligaciones. Para ellas, la victoria se gana cuando un privilegio que antes disfrutaba exclusivamente el sexo masculino se concede al «sexo débil». Las mujeres trabajadoras tienen una postura diferente. Ellas no ven a los hombres como el enemigo y el opresor, por el contrario, piensan en los hombres como sus compañeros, que comparten con ellas la monotonía de la rutina diaria y luchan con ellas por un futuro mejor. La mujer y su compañero masculino son esclavizados por las mismas condiciones sociales, las mismas odiadas cadenas del capitalismo oprimen su voluntad y les privan de los placeres y encantos de la vida. (…) Observad cómo la literatura feminista es rica en búsquedas de nuevos estilos de unión del hombre y la mujer y de audaces esfuerzos encaminados a la «igualdad moral» entre los sexos. ¿No es cierto que, mientras en el terreno de la liberación económica las burguesas se sitúan en la cola del ejército de millones de proletarias que allanan la senda a la «mujer nueva», en la lucha por resolver el problema de la familia los reconocimientos son para las feministas?». (Aleksandra Kolontái; Los fundamentos sociales de la cuestión femenina, 1907)

Otra autora marxista proclamaría en semejante tono crítico:

«En la praxis, la realización de las reivindicaciones feministas conduce esencialmente a una modificación del sistema capitalista en favor de las mujeres y las adolescentes de las clases poseedoras, mientras la abrumadora mayoría de proletarias, de las mujeres del pueblo trabajador, se ven tan expuestas como antes, en su calidad de oprimidas y explotadas, a que se manipule su personalidad y a que se menosprecien sus derechos y de sus intereses». (Clara Zetkin; Directrices para el movimiento comunista femenino, 1920)

¿Cuál es la postura del marxismo frente a la cuestión de género? ¿Y versus el movimiento feminista?:

«No cabe duda de que existe una cuestión femenina. Pero para nosotros, que somos agraciados de contarnos entre la clase obrera, bien por nacer entre sus filas o por trabajar para su causa, está claro que el asunto pertenece a la cuestión general del movimiento obrero. Podemos comprender y simpatizar –e incluso ayudar cuando fuese necesario– con el movimiento de las mujeres de clase media-alta en pos de los derechos más básicos para la mujer, pues estos derechos beneficiarán asimismo a la mujer trabajadora. Lo he dicho claramente: ayudar cuando fuese necesario. ¿No nos enseña el «Manifiesto Comunista» que es nuestro deber apoyar cualquier movimiento progresista que beneficie de uno u otro modo a la causa del proletariado, pese a que este movimiento no sea el nuestro? Si cada una de las demandas de estas mujeres se cumpliese hoy, nosotras las mujeres trabajadoras seguiríamos donde estamos hoy día: trabajando largas horas por unos salarios ignominiosos bajo condiciones deplorables. Seguiríamos hundidas en la única decisión entre la prostitución y la hambruna. Si se cumpliesen hoy todas esas demandas [de las feministas] sería aún más claro que nunca que las mujeres trabajadoras encontrarían en las mejores de estas mujeres [feministas] a su peor enemigo; que tendrían que luchar contra éstas tan arduamente como sus hermanos de clase contra los capitalistas. (…) Para nosotros ya no se trata de una «cuestión femenina» tomada desde el punto de vista burgués, así como no existe una «cuestión masculina». Allí donde las mujeres burguesas demandan derechos que nos son de ayuda también a las mujeres proletarias, lucharemos junto a ellas, del mismo modo que los hombres proletarios no rechazaron el derecho a voto porque proviniese de la clase burguesa. Nosotras no rechazaremos ninguna ventaja, pese a que se haya conseguido por y para las mujeres burguesas y, queriendo o no, nos haya beneficiado también a nosotras. Aceptamos estas ventajas como armas, armas que nos capacitan para luchar mejor de la mano de los hombres de nuestra clase. No somos mujeres en lucha contra los hombres, sino el proletariado en lucha contra sus explotadores». (Eleanor Marx; Sindicatos de mujeres en Inglaterra, 1892)

Esto algunos oportunistas lo interpretan con el ser simpáticos y condescendientes con las teorías y prácticas del feminismo, acabar absorbidos totalmente por ellas como ocurre con organizaciones como Podemos y algunos grandes y pequeños partidos revisionistas.

Todos los clásicos del marxismo ya nos advirtieron sobre el llamado feminismo y algunas de sus corrientes que se aventuran a hablar de todo menos del origen real de esa desigualdad manifiesta entre el hombre y la mujer en la sociedad dividida en clases sociales:

«Hace más de un siglo, Marx y Engels, los grandes maestros y líderes del proletariado mundial, definieron científicamente las causas reales de la desigualdad entre el hombre y la mujer. Demostraron que la esclavización de la mujer por el hombre no procedía de factores fisiológicos o físicos, sino de la naturaleza del orden explotador, del establecimiento de la propiedad privada sobre los medios de producción. Desde entonces, la lucha de las mujeres progresistas por la liberación y la emancipación comenzó a dar sus primeros pasos seguros y a asumir proporciones mayores, hasta crecer y fortalecerse lo suficiente como para transformarse en una inquietante preocupación de las sociedades con clases antagónicas. Engels ha indicado de manera genial que el nacimiento de la propiedad privada y la institucionalización de la herencia constituyen las premisas económicas fundamentales de la monogamia en la que la mujer está completamente sometida al hombre. Los teóricos burgueses y revisionistas silencian deliberadamente la causa real de los antagonismos entre el hombre y la mujer, esto es, la propiedad privada, y avivan las llamas de la lucha entre sexos. Reducir la lucha de la mujer por su emancipación a los límites de la lucha exclusivamente dentro de la familia significa divorciarla de la gran causa del proletariado, que busca abolir la propiedad privada capitalista, la fuente de todos los males y de todo tipo de desigualdad». (Partido del Trabajo de Albania; La mujer albanesa una gran fuerza de nuestra revolución, 1978)

La obra ya clásica de Friedrich Engels «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado» de 1884 podemos definirla como una obra magna que analiza la evolución del ser humano y sus relaciones sociales incluyendo la relación entre el hombre y la mujer, es un estudio que desmonta todas las teorías de los ideólogos del orden patriarcal pero también de los grupos feministas de la actualidad que pretenden teorizar sobre la supremacía del género femenino. Los marxistas del siglo XIX y XX ya nos advirtieron que muchos y muchas nos querrían arrastrar a una lucha entre sexos, desviándonos del motor de la historia: la lucha de clases. Por ello es tan necesario refutar a estos movimientos unilateralistas que se desvían en teorías absurdas, muchas de ellas influenciadas por la cultura dominante, y fabricadas precisamente para distraer la atención de los problemas reales, su origen y solución. Se concluye, por tanto, sobre los llamados feminismos que:

«Partiendo de esta realidad, se hace evidente que la lucha planteada por los movimiento feministas en general, y en particular los radicalizados, son el resultado de un planteamiento equivocado de las causas de la eterna discriminación de la mujer como sujeto social, y al hacerlo, obvian los elemento coyunturales que han originado y perpetuado esa realidad, pues parten de la idea de que los miembro del sexo opuesto son el enemigo y de hecho el sujeto a batir, y que la exclusión y falta de derechos del gremio se debe exclusivamente a la implicación directa de los hombres en general y que va en su ser tal «naturaleza represora», o al menos eso es lo que se desprende de sus acciones, documentos, eslóganes, etc». (Equipo de Bitácora (M-L); Feminismos, sus errores de planteamiento y otras especies, 2011)

Aquello de que «el feminismo no va contra el hombre» es una frase cierta entre algunos de sus seguidores honestos que aunque seducidos por muchos de sus dogmas, no llegan hasta tal grado de engaño. Pero esto no se aplica a algunas corrientes del feminismo más famosaos que focalizan su «feminismo» en un odio contra el hombre, al cual de forma idealista consideran como un ser naturalmente «perverso» y «violento», «incapaz de reprimir esos impulsos»:

«La agresividad, la tensión sexual y la relación jerárquica son determinantes genéticos del machismo que se encuentra en todos los hombres». (Germaine Greer, Los hombres y la violencia sexual; citado en: Raquel Osborne, Debates en torno al feminismo cultural, El País, 24 de mayo de 1987)

Este tipo de teorías tienen la misma base científica que decir que la mujer es «débil» e «incapaz de realizar labores que supongan tener una gran inteligencia». Teorías, todas ellas reaccionarias que utilizaron y utilizan tanto los ultraconservadores como las feministas para azuzar al bando «enemigo».

Un ejemplo sería el feminismo de Kate Millet, que llegó a declarar:

«P. ¿Qué significa para ti el amor?

R. Significa gran parte de mi vida. Conozco el amor heterosexual y el homosexual, y como lesbiana he conocido la persecución, la maledicencia y el maltrato. El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban. Tal vez no se trate de que el amor en sí sea malo, sino de la manera en que se empleó para engatusar a la mujer y hacerla dependiente, en todos los sentidos. Entre seres libres es otra cosa.

P. ¿Es preferible el amor homosexual para las mujeres?

R. Yo creo que para mí, como para otras muchas mujeres como yo en el movimiento, que amamos mujeres, fue algo tan natural como inevitable. La camaradería que fuimos forjando nos llevó a cruzar la barrera sexual simplemente. (…) Vivimos una época en que no sólo el patriarcado, sino la heterosexualidad, están en vías de desaparición, por lo menos como los hemos conocido hasta ahora, que son verdaderas monstruosidades». (El País; Kate Millet: «El amor ha sido el opio de las mujeres», 21 de mayo de 1984)

Aquí, a diferencia de Engels que hizo un estudio pormenorizado del rol y la evolución del amor en las relaciones sociales humanas, ella de forma totalmente subjetiva y demostrando un desconocimiento absoluto concluye que no ha habido relaciones sanas entre hombres y mujeres en miles de años de existencia, que simplemente ha sido el «opio de las mujeres». Decreta sin más que la heterosexualidad va hacia su extinción. Anima a las mujeres a ser homosexuales porque, siempre según ella, la camaraderia que se forja en la militancia feminista –bajo el dogma de que las organizaciones feministas solo admiten a mujeres– hace que se entiendan mejor y compartan experiencias que con los hombres es imposible tener.

Otro ejemplo sería el feminismo kurdo de Abdullah Öcalan. Véase nuestro capítulo: «El movimiento nacionalista kurdo, sus desviaciones anarco-feministas, sus vínculos con los imperialismo y el silencio cómplice de los oportunistas» de 2018.

En España se puede ver como de forma sutil o abierta, distintos políticos e ideólogos del feminismo hegemónico abrazan ese relato: políticas como Irene Montero, Carmen Calvo, Clara Serra, Manuela Carmena; ideólogas como Leticia Dolera, Irantzu Valera; medios de comunicación como el Diario.es, El Público, El País; sindicatos como UGT, CCOO, etc.

August Bebel, uno de los mayores expertos de su época en la cuestión de género, ya desmontó varias de las ideas feministas que hoy resuenan como el llamado «techo de cristal» y la «sororidad» entre mujeres de cualquier clase:

«Lo más notable de estas aspiraciones es que no transcienden el marco del orden social actual. No se plantea la cuestión de si se ha realizado en general algo esencial y radical para la situación de las mujeres. Apoyarse en el orden social burgués, es decir, capitalista, se considera la igualdad de derechos burgués entre el hombre y la mujer como solución definitiva de la cuestión. Uno no es consciente o se engaña en el sentido de que, por lo que se refiere a la libre admisión de la mujer a las profesiones industriales y comerciales, este objetivo se ha alcanzado realmente, y por parte de las clases dominantes recibe el más vigoroso impulso en su propio interés. Pero en las circunstancias dadas, la admisión de las mujeres a todas las actividades industriales ha de tener el efecto de que se acentúe cada vez más la lucha competitiva de las fuerzas del trabajo, y el resultado final es: disminución de los ingresos para la fuerza de trabajo femenina y masculina. (…) Es evidente que esta no puede ser la solución correcta. (…) A la gran mayoría de las mujeres les es indiferente que unos cuantos miles de sus compañeras pertenecientes a las capas mejor situadas de la sociedad lleguen a la enseñanza superior, a la práctica de la medicina o a una carrera científica o administrativa cualquiera. Ello no altera en nada la situación general del sexo. (…) El mundo femenino está especialmente interesado en combatir hombro con hombro con el mundo masculino proletario por todas las normas e instituciones que protegen a la mujer de la degeneración física y moral y le garantizan sus facultades de madre y educadora de los hijos. La proletaria tiene también en común con sus compañeros masculinos de clase y destino la lucha por la transformación radical de la sociedad, a fin de establecer una situación que facilite la completa independencia económica y espiritual de los dos sexos mediante las correspondientes instituciones sociales. Así que no solo se trata de realizar la igualdad de derechos de la mujer con el hombre en el terreno del orden social existente, lo cual constituye el objetivo del movimiento femenino burgués, sino, más aún, de eliminar todas las barreras que hacen que el hombre dependa del hombre, y, por tanto, también un sexo del otro. Esta solución de la cuestión femenina va vinculada a la solución de la cuestión social (…) Todos los socialistas debieran estar de acuerdo con las ideas fundamentales expuestas aquí. Pero no podemos decir lo mismo respecto a la manera en que pensamos realizar los objetivos finales, es decir, cómo deben de ser las medidas e instituciones individuales que fundamentan la pretendida independencia e igualdad de derechos». (August Bebel; La mujer y el socialismo, 1879)

Engels ya ilustró la postura que deberían tomar los marxistas sobre la cuestión salarial en el capitalismo:

«Salarios iguales por un trabajo igual, para ambos sexos, es algo que hasta que quede abolido en general [el trabajo asalariado, se entiende] demandan todos los socialistas, hasta donde sé. Que la mujer trabajadora necesita de una protección especial contra la explotación capitalista debido a sus funciones fisiológicas especiales me parece algo obvio. Las mujeres inglesas que lucharon por el derecho formal de sus congéneres de ser tan explotadas por los capitalistas como los hombres están interesadas, en la mayoría de los casos, directa o indirectamente, en la explotación capitalista de ambos sexos. Admito que me encuentro más interesado en la salud de las generaciones futuras que en la igualdad formal absoluta entre los sexos durante los últimos años del modo capitalista de producción. Estoy convencido de que la igualdad real entre las mujeres y los hombres puede hacerse realidad únicamente cuando la explotación capitalista de ambos haya sido abolida y el trabajo doméstico privado se haya transformado en una industria pública». (Friedrich Engels; Carta a Guillaume-Schack, 5 de julio de 1885)

Efectivamente, los que hoy no se preocupan tanto de «la salud de las generaciones futuras que en la igualdad formal absoluta entre los sexos durante los últimos años del modo capitalista de producción», demuestran de que lado están. Como curiosidad, anotar que cuando Engels habla del trabajo doméstico privado, se refiere al sistema de trabajo en los hogares. Producir en familia para una empresa capitalista, usando tus limitados medios de producción para cumplir con una cuota de producto determinada. En «El Capital», Marx describe estas prácticas como situaciones donde se daban las condiciones de vida más ruines y miserable.

Mientras la mayoría de ramas del feminismo defiende la organización separada entre hombres y mujeres, el marxismo ya condenaba esa absurdo división por sexos como una forma de desviación de la lucha de clases:

«La nueva Unión de Mujeres Cigarreras, que mencioné en mi anterior misiva, se fundó hace tres años. Sus miembros no pertenecen a la Unión masculina de esta profesión, aunque ambas trabajan codo con codo. Para alguien que contemple la situación desde fuera parece deleznable que ambas Uniones no se hayan fusionado pese al trabajo conjunto». (Eleanor Marx; Un nuevo sindicato de mujeres, 1892)

Algunas figuras famosas del feminismo destacaron por luchar por causas progresistas, pero lo importante es valorar a las figuras en su justa medida, cosa que nunca hacen los revisionistas o las feministas –que en muchas ocasiones son lo mismo–, olvidándose de las contradicciones de sus figuras, tapando los aspectos negativos, hasta conservadores y contrarrevolucionarios de sus mitos.

Tenemos a Angela Davis que coqueteó siempre con los movimientos revisionistas y después con las figuras abiertamente neoliberales, pero todavía sigue siendo reivindicada por las feministas y revisionistas como una figura altamente ejemplar. Luego tenemos el caso ya de feministas de la talla de Campoamor que directamente era simpatizante del alzamiento fascista de 1936 y que toda su vida estuvo militando en organizaciones derechistas y antiobreras. Por no remontarnos a figuras del siglo XIX como es el caso del Concepción Arenal, icono del «catolicismo social», reivindicada acríticamente y de forma indiscriminada tanto por feministas como por como por organizaciones derechistas como Partido Popular y Ciudadanos.

Sea como sea, cuando toda figura no es analizada de forma objetiva, cuando simplemente es reivindicada de forma acrítica, para ensalzarla de forma artificial, ocurre lo mismo que cuando se niega subjetivamente todo mérito de una figura sin entender en su contexto, se cae en la caricatura.

Por tanto no, el feminismo no es sinónimo de marxismo, es un movimiento de origen burgués y con muchas ramificaciones de movimientos aburguesados o pequeño burguesas como se ve en la actualidad. Una corriente contra la cual grandes luchadoras del marxismo siempre quisieron marcar distancia por razones obvias:

«Así como sobre la cuestión bélica, el Congreso puntualizó la diferencia existente entre la típica liga pacifista burguesa, que clama al cielo «¡Paz, paz!» donde no existe tal paz, y el partido de la paz económica, el partido socialista, que quiere acabar con las causas mismas de la guerra. Del mismo modo ocurre en tanto a la cuestión de la mujer, ante la que el Congreso diferenció entre el partido de las «defensoras de los derechos de la mujer», que no reconocían ninguna lucha de clases sino que hablaban de una lucha de sexos, perteneciendo este partido al elenco de partidos de la clase poseedora en tanto que anhelan derechos que constituirían una injusticia contra sus hermanas de clase obrera, y el partido que realmente es el partido de las mujeres; el partido socialista, que cuenta con un conocimiento fundamentado de las causas económicas de la actual situación desventajosa de la mujer trabajadora y que las llama a una lucha común junto a los hombres de su clase contra su enemigo común: los hombres y mujeres de la clase capitalista». (Eleanor Marx; ¿Cómo debemos organizarnos?, 1892)

Esto no es solo común al feminismo o al movimiento pacifista, es común a toda corriente con un monotema, con una visión unilateral, que se piensa más versado que una doctrina holística como el marxismo:

«Algunos de los ecologistas niegan y atacan abiertamente al marxismo bajo la acusación de que «el pensamiento marxista es un modelo productivista que no tienen en cuenta la cuestión medioambiental», a veces incluso ponen de ejemplo manifiesto a los regímenes históricos o presentes capitalistas del revisionismo –lo que demuestra hasta qué puntos ha hecho mella el triunfo del revisionismo en el ideario colectivo–. Pero quién proclama todos estos ataques hacia el marxismo son los mismos «movimientos unilateralistas» como el feminismo, el animalismo, el tercermundismo y otras corrientes alejadas de la lucha de clases, que mienten por desconocimiento o a conciencia alegando que «el marxismo no ha profundizado en la cuestión de la mujer», que «no entiende la idiosincrasia de los animales» o que no se ha preocupado de conocer «las causas del atraso de los países subdesarrollados y ponerles solución». Afirmaciones del todo ridículas ya que el marxismo es la única corriente que ha dado una respuesta científica a las causas de estos problemas y propuesto soluciones a las mismas. (…) Solamente el marxismo tiene en su seno una doctrina científica que puede dar solución a todos estos temas como son la cuestión nacional, la cuestión de género, la cuestión ecológica o la cuestión antifascista. Por ello el marxista considera estúpido insistir a bombo y platillo que él o su partido es «ecologista» o «antifascista», pues su doctrina cubre y da respuesta a todas las contradicciones nacidas de las relaciones de producción capitalistas, y lo hace de una forma mucho más clara y seria que los elementos que «solo» se centran en un tema en específico. El marxista como tal, no satura sus mensajes de eslóganes ecologistas para «cumplir con la causa», sino que da una explicación materialista de las causas del fenómeno y propone soluciones reales, lucha por aplicarlas, y tiene conciencia que el principal obstáculo para hacerlas cumplir son las clases explotadoras y parasitarias, a las cuales sabe que debe eliminar o de otra manera no será posible aplicarlas». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Es claro que estas gentes que proclaman la unicidad de feminismo y marxismo:

«Olvidan que feminismo y marxismo son irreconciliables, aunque intenten apellidar al feminismo con los eufemismos de «clase» que quieran. Los intentos de apellidar al ecologismo, al nacionalismo, o al feminismo de «marxista», no es sino un intento de intentar pasar la mercancía revisionista». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2017)

Pero claro es, que para los oportunistas siempre les es más fácil seguir los mitos de moda para intentar pescar en río revuelto». (Equipo de Bitácora (M-L); Ensayo sobre el auge y caída del Partido Comunista de España (marxista-leninista), 2019)

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Fuentes:

https://diario-octubre.com/2020/02/28/comunistas-subiendose-al-carro-de-moda-el-feminismo-equipo-de-bitacora-m-l-2020/