Cómo la CIA utilizó el movimiento estudiantil de EEUU para contrarrestar la influencia izquierdista

En su edición de marzo de 1967, Ramparts, una publicación periódica de la costa oeste de EEUU (California) que se opuso firmemente a la participación estadounidense en la guerra en Vietnam, reveló detalles de la estrecha relación entre la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y la Asociación Nacional de Estudiantes (NSA). Los lazos de la NSA con la CIA se formaron en los primeros años de ambas instituciones después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Guerra Fría estaba en marcha. Ramparts cerró en 1975

Según Ramparts, la CIA había estado proporcionando gran parte de los fondos para la NSA a través de varios “canales”, una práctica que se ha hecho extensible hasta hoy. Miembros de la NSA, muchos de ellos a sabiendas, habían servido a los intereses de la CIA al participar activamente en movimientos internacionales de jóvenes y estudiantes. Las actividades de la NSA fueron financiadas por la CIA, tanto para contrarrestar la influencia comunista como para proporcionar información sobre personas de otros países con quienes tuvieron contacto.

Las revelaciones sobre los lazos de la CIA con la NSA fueron lo más sensacional de una serie de reportajes en esa época que expusieron la participación de la Agencia en instituciones como el Congreso para la Libertad Cultural, la Comisión Internacional de Juristas, el sindicato AFL-CIO, Radio Free Europe y conocidas e importantes fundaciones filantrópicas (como la Carnegie o Rockefeller). Un libro de Karen Paget, Patriotic Betrayal, es el relato más detallado hasta el momento del uso que hizo la CIA de la Asociación Nacional de Estudiantes como vehículo para la recolección de inteligencia y la acción encubierta.

Tras el final de la II Guerra Mundial, Occidente declara formalmente la guerra fría al comunismo soviético y sus aliados socialistas europeos a través del famoso discurso de Winston Churchill en Fulton (EEUU), utilizando toda suerte de resortes injerencistas, ya fuese a través de la CIA, el Pentágono y la OTAN o mediante el chantaje de las relaciones comerciales (embargos). La Agencia Central de Inteligencia no sólo se embarcó en la lucha contra el comunismo del bloque soviético, y de otros países, sino también contra todo aquel país que desafiara la hegemonía militar y económica estadounidense, aunque se tratara de un país neutral, ya que como dijo el activista Steve Kangas, autor del Memorial de Atrocidades de la CIA, “nada más ha enfurecido a los directores de la CIA que una nación permaneciese fuera de la “guerra fría”

La CIA, con el apoyo de los servicios de inteligencia británicos, promovieron golpes de Estado en todo el mundo una vez finalizada la II Guerra Mundial (lo que hoy se llamaría técnicamente “revoluciones de color”, pero más agresivas y cruentas) para derrocar a gobiernos democráticamente elegidos. Ejemplos se pueden encontrar en todos los continentes: en Irán, con el golpe anglo-americano contra el primer ministro iraní Mohammed Mossadegh en 1953; en Sudamérica, la CIA cooperó con la multinacional norteamericana United Fruit Company para derrocar al gobierno democráticamente elegido del presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz, en 1954. En África, también la CIA cooperó con los ex gobernantes coloniales de la República del Congo, los carniceros belgas, en el derrocamiento del recién elegido primer ministro del país, Patrice Lumumba, en 1960.

Durante los años cincuenta y sesenta, en EEUU, la CIA paradójicamente fue la que más estuvo dispuesta a reclutar a “liberales” (terminología que en EEUU equivale a ser socialdemócrata) y miembros de la Nueva izquierda troskista en sus actividades. La razón era muy simple: se trataba de “desmagnetizar” el izquierdismo en EEUU para, en la atmósfera de guerra fría creada por Occidente, iniciar una lucha sin cuartel que había que ganar no sólo en el campo de batalla militar, sino también en el combate cuerpo a cuerpo intelectual e ideológico contra el comunismo.

Durante el período de los años 50-60 se produjeron en EEUU gran cantidad de delaciones por parte de muchos ciudadanos estadounidenses con puntos de vista políticos ultraconservadores y patrióticos (o patrioteros) ante la Oficina Federal de Investigaciones (el FBI), la contraparte de la CIA en el campo de la inteligencia nacional. Durante dicho período, el FBI dependió de una extensa red informadores para acumular vastos expedientes sobre asociaciones políticas y la vida personal de millones de estadounidenses. Hasta la respetada ACLU (American Civil Liberties Union) estaba infestada de “chivatos” del FBI dispuestos a delatar a sospechosos de comunismo en sus filas.

El COINTELPRO (Counter Intelligence Program) del FBI ejemplifica el tipo de agenda desestabilizadora que se utilizó en EEUU para infiltrarse en organizaciones izquierdistas. Dicho programa, que la Oficina estableció en secreto en 1956, se hizo para promover las disputas y la división en grupos cuyas actividades la Oficina deseaba neutralizar. Ello dependía en parte de su capacidad para recopilar datos personales llevados a cabo por informantes dentro de esas organizaciones.

Para ello, se trabajó una atmósfera de Guerra Fría en la cual el FBI y sus aliados en el Congreso, más los medios de comunicación a su servicio (que eran prácticamente todos), retrataron a los “subversivos domésticos” como aliados de los enemigos extranjeros y, por ello, constituían la mayor amenaza para los Estados Unidos. De ahí que, probablemente, toda esta maquinaria de propaganda jugase un papel importante a la hora de persuadir a tantos estadounidenses para que actuaran como informadores.

Y qué mejor conducto para actuar como informantes que pertenecer a una organización representativa estudiantil de ámbito nacional como la NSA, el foco principal de la “rebelión social” americana. Muchos de esos estudiantes, involucrados en actividades de espionaje para la CIA, luego alcanzaron puestos prominentes en la vida pública norteamericana. Uno de los que estuvo bajo sospecha fue Allard Lowenstein, presidente de la NSA en 1950-1951 y destacado activista contra los derechos civiles y la guerra de Vietnam, aunque en el libro de Paget antes mencionado se le descarga de toda responsabilidad.

Otro de los señalados es Robert Kiley, vicepresidente de la NSA de 1957 a 1958. Kiley, como líder estudiantil, cooperó estrechamente con la CIA y, posteriormente, trabajó directamente para la Agencia, desempeñando un papel de liderazgo en la identificación de africanos que podrían colaborar con ella, convirtiéndose más adelante en ayudante del Director de la CIA, Richard Helms.

Otra histórica activista estudiantil colaboradora de la CIA fue la renombrada feminista Gloria Steinem. Operando a través de una organización del frente de la CIA, establecida en cooperación con ex miembros de la estudiantil NSA, Steinem reclutó a jóvenes estadounidenses para participar en los entonces populares Festivales Mundiales de la Juventud y los Estudiantes, que se celebraban casi siempre en países socialistas y eran de marcado componente anti-imperialista e izquierdista.

Steinem fue al Festival Mundial de la Juventud celebrado en Viena en 1959 y dos años más tarde aterrizó en Helsinki. Aparentemente, hizo bien su trabajo eligiendo participantes estadounidenses como espías que fueron muy efectivos para neutralizar a los estudiantes comunistas. Steinem, a diferencia de muchos otros colaboradores de la CIA, fue sincera: “En la CIA, finalmente encontré un grupo de personas que entendieron lo importante que era representar la diversidad de las ideas de nuestro gobierno en los festivales comunistas. Si tuviera la opción, lo volvería a hacer”. La CIA entendió pronto que el feminismo podría servir a iguales objetivos que el minar las organizaciones estudiantiles izquierdistas a través de delatores.

Otro ilustre agente estudiantil de la CIA fue Paul Sigmund, luego profesor de Ciencia Política en la Universidad de Princeton. A finales de la década de 1950, Sigmund colaboró con la CIA durante varios años. Su papel incluyó la redacción de un plan para un seminario de verano de seis semanas conducido por un grupo frontal a través del cual la Agencia podría evaluar a otros estudiantes que podrían enrolarse en sus actividades. Sigmund publicó años más tarde, en 1974, un extenso artículo atribuyendo el golpe de estado de septiembre de 1973, en Chile, a las “fechorías de Allende”

Entre otros líderes de la estudiantil NSA que trabajaron para la CIA y que posteriormente fueron prominentes profesores universitarios u ocuparon cargos de relevancia institucional se encuentran James P. Grant, director ejecutivo de UNICEF durante muchos años y ampliamente admirado, quien murió en 1995; James Scott, profesor de ciencias políticas y antropología en la Universidad de Yale, muy respetado por sus escritos sobre el sudeste asiático; Crawford Young, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Wisconsin y conocido erudito de estudios africanos; Luigi Einaudi, un diplomático estadounidense que se desempeñó como secretario general interino de la Organización de los Estados Americanos y Duncan Kennedy, profesor de derecho en Harvard

Otras organizaciones, como la Liga de Estudiantes para la Democracia Industrial, una pequeña organización con una inclinación socialdemócrata que tenía varias secciones en varios campus universitarios, era “ferozmente anticomunista”, aunque se opuso a las prohibiciones universitarias de permitir oradores comunistas en los campus. Con todo, la NSA fue el principal frente de la CIA en las universidades americanas, utilizando la tapadera de la llamada Fundación para Asuntos de Jóvenes y Estudiantes, la principal fuente de financiación para la NSA

Cuando en los años 60 Estados Unidos empezó a experimentar un profundo cambio político y un gran número de jóvenes empezaron a cuestionar el apoyo de sus padres a la Guerra Fría del Pentágono, el alcance del movimiento contestatario en EEUU fue tal que las operaciones puestas en juego para descarrilar y desviar a este zeitgeist emergente fueron inmensas. La complejidad de la operación desarrollada por la CIA ni siquiera se pudo igualar con ninguna otra operación interna (incluida el 11-s).

Para ello, el establishment utilizó piezas de propaganda de guerra como activo contra la izquierda en los años 60. Tal fue el caso de la “progresista” ACLU (Unión Americana de Libertades Civiles), organización que supuestamente velaba por los derechos y libertades individuales de los estadounidenses. La ACLU hoy es un gran negocio redondo que genera más de 150 millones de dólares al año en beneficios y ha tenido y tiene fuertes donantes (aunque no los especifica en su web) como el Open Society Institute de George Soros y las Fundaciones Ford, Rockefeller, Carnegie, Field, Tides, Gill, Arcus, Horizons, y otras.

La ACLU fue fundada por Roger Baldwin, Crystal Eastman y Felix Frankfurter, de los que vale la pena hacer una breve reseña. Frankfuter fue asistente personal del fiscal de distrito de Nueva York, Henry Stimson, quien creó el Black Eagle Fund para distribuir millones de dólares procedentes de botines robados en la II Guerra Mundial depositados en cuentas encubiertas, los cuáles fueron utilizados posteriormente para organizar falsas banderas, manipular elecciones y organizar golpes de Estado favorables a Wall Street en todo el mundo. Frankfurter luego fue juez del Tribunal Supremo de EEUU.

Crystal Eastman era hermana de Max Eastman, quien dirigía el principal órgano de propaganda comunista de EEUU The Masses y que ayudó a John Reed a apoderarse del movimiento socialista en EEUU. Más tarde Eastman se convirtió en partidaria de la “caza de brujas anticomunista” del senador Joseph Mccarthy. Roger Baldwin empezó como un devoto comunista pero diez años más tarde, desde la fundación de la ACLU, dirigió la purga de todo “comunista viviente” en EEUU cuando los ejecutivos de la ACLU se reunían en secreto con el FBI para filtrar los nombres de los sospechosos de ser “rojos”.

Un investigador de Chicago, Sherman Skolnick, descubrió que la CIA utilizaba una variedad de resortes para financiar a la izquierda estadounidense. En particular, acusó a Rennie Davis, Tom Hayden, Lee Weiner y Jerry Rubin, líderes del movimiento juvenil estudiantil, de aceptar fondos de fuentes de la CIA, específicamente a través de una compleja red de entidades pantalla de la CIA como la Fundación Carnegie, la Organización de Salud Estudiantil, el Instituto de Estudios de Política, JM Kaplan Fund, Aaron E. Norman Fund, New World Foundation y Roger Baldwin Foundation

A Sherman le tomaron por un “conspirador” o “teórico de la conspiración” en unos años (los 60) donde este término era poco usual y había poco espacio para la disidencia debido al monopolio que ejercían la totalidad de medios de desinformación masiva de EEUU. Al final los estudiantes denunciados por Sherman engrosaron las filas de lo más granado del “establishment” americano: Rennie Davis acabó como capitalista de riesgo; Tom Hayden terminó como Senador y miembro del Instituto de Estudios de Política de Harvard, mientras que Lee Weiner pasó de pertenecer a la sionista Liga Antifamación, infestada de agentes del Mossad, a convertirse en vicepresidente de AmeriCares (una multinacional-ONG financiada por gobiernos y poderosos donantes privados que vive de hacer negocio con la pobreza en el mundo como, por otra parte, cientos de ONGs de EEUU).

 

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Fuentes:

Karen Paget, Patriotic Betrayal

https://prospect.org/article/when-student-movement-was-cia-front

https://nonprofitquarterly.org/50-million-soros-grant-to-fund-aclu-for-reduction-of-incarceration/

Berlín Confidencial