Bertolt Brecht. “A los adaptados” y «Balada del consentimiento»

Balada del consentimiento a este mundo, por Bertolt Brecht | Jonathan Menkos Zeissig

 


 

La editorial Libros del Zorro Rojo lanzó en 2014, una versión de esta hermosa pieza de Bertolt Brecht

 

Por Estéban Zúñiga y la AAHS.

 

El primero es un poema escrito durante los primeros años de su obligado exilio en diversos países del Báltico, entre los años 1933-1941, obligado tras la presión del régimen nazi en Alemania.

Ante la toma por el poder de Adolf Hitler y del fascismo, el miedo se iría apoderando de la población alemana, lo que traería consigo que muy pronto aparecieran actitudes pusilánimes, temerosas, cobardes,… en un intento desesperado de pasar desaparecidos y de sobrevivir, aunque ello supusiera pagar un altísimo precio como la sumisión, la delación, la tortura.

El callar, el ocultarse, el desentenderse y el soportar se harían, según avanzaría el tiempo, más cotidianos, más frecuentes, más universales,…

“A LOS ADAPTADOS”

 

“Para no perder el pan,

en tiempos de creciente opresión,

muchos resuelven no decir más la verdad

sobre los crímenes del régimen

a favor de la explotación, pero

tampoco difundir las mentiras del régimen, o sea,

no denunciar nada, pero

tampoco aprobar nada.

 

El que obra así

parece sólo confirmar que está decidido,

incluso en los tiempos de creciente opresión,

a no perder la cara, pero en realidad

sólo está decidido

a no perder el pan.

 

Sí, es decisión suya

de no decir ninguna falsedad le sirve, en lo sucesivo,

para callar la verdad.

 

Esto, claro,

sólo se puede hacer durante poco tiempo.

Pero aún en ese tiempo,

mientras entran todavía en las oficinas y en las redacciones,

en los laboratorios y en las fábricas, como gente

de cuya boca nunca sale una falsedad,

empiezan ya a hacer daño.

 

Quien no pestañea

al ver un crimen sangriento, le concede

apariencia de naturalidad. Hace

de la horrible maldad algo tan corriente como la lluvia

y tan inevitable como la lluvia.

 

Así apoya con su silencio

a los criminales, pero pronto

notará que, para no perder el pan,

no sólo ha de callar la verdad, sino que debe

decir la mentira. No sin benevolencia

aceptan los opresores al que está dispuesto

a no perder el pan.

 

No aparece como un sobornado,

porque no le han dado nada, sino que

solamente no le han quitado nada.

 

Cuando el orador de las alabanzas,

levantándose de la mesa de los que mandan, abre la jeta

y se ven entre los dientes

los restos de la comida, su discurso

de alabanza se escucha con dudas.

 

Pero el discurso de alabanza del que ayer

todavía criticaba y no fue invitado al banquete triunfal,

vale más.

Él, a pesar de todo, es el amigo de los oprimidos.

 

Estos le conocen.

Lo que él dice, es,

y lo que él no dice, no es.

Y ahora dice

que no hay opresión.

 

Si es preciso, el asesino

envía al hermano del asesinado,

después de comprarle, a que declare

que una teja ha caído sobre su hermano.

 

Claro, la simple mentira,

al que no quiere perder el pan, tampoco

le sirve por mucho tiempo. Hay demasiados

de su especie.

 

Pronto se mete en la inexorable competición de todos

los que no quieren perder el pan,

ya no basta la voluntad de mentir.

Es necesario saberlo hacer y se exige la pasión.

 

El deseo de no perder el pan se mezcla

con el deseo de conceder un sentido, con especial arte,

a la estupidez más incoherente, y, sin embargo,

decir lo indecible.

 

De ahí que él tenga que acarrear

más alabanzas a los opresores que cualquier otro, pues

está bajo sospecha de haber

ofendido antes a la opresión.

 

Así los que conocen la verdad

se hacen los más desaforados embusteros.

 

Y todo eso sigue solamente

hasta que llega alguien que se les lleva

su anterior honradez, su decencia de otro tiempo, y además

pierde el pan.”

(Fuente: Bertolt Brecht. “POESÍAS”. Selección y traducción de José María Valverde, 1973. Páginas 111-112. Primera edición. 2017. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.)

Balada del consentimiento a este mundo.

La editorial Libros del Zorro Rojo lanzó en 2014 una versión de esta hermosa pieza de Bertolt Brecht (1898-1956), con ilustraciones de Henning Wagenbreth, dándole un toque visual excepcional. Brecht finalizó esta balada en 1932 antes de huir de la Alemania gobernada por el fascismo nazi y en ella asume la voz de una persona acomodada a lo que sucede en su entorno.

Dejo aquí el texto completo * esperando que sea útil para ayudarnos a reflexionar sobre lo que como sociedad estamos consintiendo sin rechistar. Consentir nos hace cómplices.

1

 

No soy injusto, pero tampoco soy valiente

 

Hoy me enseñaron el mundo tal cual es

 

Me lo mostraron con un dedo ensangrentado

 

y yo me apresuré a decir que sí, que por mí estaba bien.

 

 

2

 

El palo sobre mi cabeza, los ojos bien abiertos,

 

noche y día el mundo entero vi,

 

vi que los carniceros, como carniceros sirven,

 

y a la pregunta: ¿Te alegra lo que ves? Yo dije: sí.

 

 

3

 

Desde ese día dije que sí a todo:

 

mejor cobarde que hombre muerto, me oí decir.

 

Y sólo por no caer en esas manos,

 

consentí en todo lo que no se puede consentir.

 

 

4

 

Vi al estanciero revender cereales,

 

y al pueblo hambriento aplaudir con humildad.

 

Rodeado de intelectuales dije en voz alta:

 

es algo caro, pero de buena calidad.

 

 

5

 

Vi a los empleadores allí: a uno de cada cinco

 

lo emplean, e incluso pagarían.

 

A los que me piden que interceda les digo:

 

hablen con ellos. Yo no sé de economía.

 

 

6

 

Vi a los militares planeando sus saqueos;

 

vi que por cobardía los dejan andar sueltos.

 

Sospenchando lo peor, les cedí el paso

 

y grité: ¡Bravo! Para éstos, la técnica no tiene secretos.

 

 

7

 

Vi a los diputados que a sus hambrientos votantes

 

juran que ellos todo lo cambiarán.

 

No mienten, digo, son grandes oradores,

 

pasa que los supera la realidad.

 

 

8

 

Vi a los burócratas enmohecidos

 

mantener funcionando el superinodoro,

 

mal pagados, por presionar y patear entre quejidos.

 

Para ellos pido más sueldo y más decoro.

 

 

9

 

No quiero olvidar a los agentes del orden

 

bastión insobornable de la honestidad.

 

Les alcanzo la toalla llena de sangre

 

con tal de que me defiendan mi seguridad.

 

 

10

 

Veo a los jueces, patrones de las leyes,

 

encubrir evidencias con el mayor cinismo.

 

Salvar la propiedad, las amistades.

 

Si fuera juez, sin ofender, haría lo mismo.

 

 

11

 

Y digo: esos señores son incorruptibles.

 

No hay importe que los pueda tentar.

 

Cuidar las leyes y dictar sentencia. ¿No es

 

suficiente incorruptibilidad?

 

 

12

 

Allí a pocos metros, veo unos delincuentes

 

golpeando a un anciano, a una mujer y a un niño;

 

veo también que sus palos son de goma…

 

Y me doy cuenta que no son bandidos.

 

 

13

 

La policía que combate la pobreza,

 

para que la miseria detenga su invasión,

 

tiene trabajo a manos llenas. Mi última camisa

 

es para ellos que salvan del ladrón.

 

 

14

 

Así demuestro que no tengo agravios,

 

y espero que aprecien mi transparencia,

 

más aún si me identifico

 

con los que han sido calumniados por la prensa.

 

 

15

 

Para los periodistas: la sangre de sus víctimas

 

suele hacerles de tinta: “Los asesinos no lo hicieron”.

 

Yo ayudo a distribuir las hojas aún mojadas,

 

y afirmo: buen estilo, tienen que leerlo.

 

 

16

 

El poeta nos envía su Montaña Mágica para la lectura.

 

¡Lo que él (por dinero) allí dice, lo dice con razón!

 

¡Lo que él (gratuitamente) calla, podría ser la verdad!

 

Yo digo: no confundir ceguera con mala intención.

 

 

17

 

Un comerciante convenciendo a los que pasan:

 

“soy yo el que huele mal, no mi pescado.” Pienso:

 

ese no come su pescado podrido. A lo mejor tengo suerte

 

y me vende en el mercado. Por las dudas lo cuido.

 

 

18

 

La piel medio comida por las infecciones,

 

un viejo compra a una jovencita con plata robada.

 

Le doy la mano (con cuidado), con mis congratulaciones,

 

agradeciéndole que ayude a la muchacha.

 

 

19

 

A los médicos, que a los pacientes pobres

 

como pescado chico devuelven a las aguas,

 

no dejo por eso de pedirles turno, y sobre

 

sus camillas me tiendo y encomiendo el alma.

 

 

20

 

A los ingenieros creadores de las cintas sin fin

 

que al desgraciado obrero quita toda energía,

 

les canto loas por su técnico perfil,

 

el triunfo del espíritu me exalta de alegría.

 

 

21

 

Vi a los maestros, pobres represores,

 

formar niños a su imagen y semejanza.

 

Del Estado cobran sus remuneraciones.

 

No retarlos. Ni para morirse de hambre les alcanza.

 

 

22

 

Y veo chicos de catorce años,

 

del tamaño de seis y que hablan como ancianos.

 

Y digo: así nomás. Y a la muda pregunta:

 

¿Por qué? Contesto: No sé. ¿No es humano?

 

 

23

 

Los profesores, que con bellas palabras

 

justifican lo que su mandatario hace,

 

hablan de crisis financiera en vez de crímenes.

 

No son peores que lo que puede imaginarse.

 

 

24

 

A la ciencia que multiplica nuestro conocimiento,

 

que a su vez hace crecer nuestra miseria,

 

la ensalzan como a una religión, que en su momento

 

estimula nuestra ignorancia, que también se revela.

 

 

25

 

No quiero hablar de más. A los curas los siento mis amigos.

 

Las guerras y las matanzas no los cambian. En alto

 

sostienen la fe en el amor y la asistencia al vecino.

 

Nada de todo eso será echado en el olvido.

 

 

26

 

Vi a todo el mundo alabando a dios y al usurero.

 

Y escuché al hambre gritar: ¿dónde hay que pedir?

 

Y vi unos dedos gordos señalando hacia el cielo.

 

Y entonces dije: ¡vieron que hay algo allí!

 

 

27

 

Los gordos pelados, que hace ya un tiempo

 

bocetara George Grosz, están a punto

 

de degollar a la humanidad en un planeado intento.

 

Si es un plan ordenado, estoy con el asunto.

 

 

28

 

He visto a las víctimas y a los asesinos.

 

Sé distinguir entre coraje y compasión,

 

y frente a la valentía del asesino digo:

 

bien hecho, es una doble elección.

 

 

29

 

Veo venir las formaciones de matarifes,

 

quiero gritarles ¡Alto! Pero también veo que

 

estoy rodeado de un montón de guardias,

 

y grito lo que gritan todos: ¡HEIL!

 

 

30

 

Como detesto bajezas y necesidades

 

mi arte no tiene aprobación en este tiempo.

 

Porque a la mugre de vuestro mundo de maldades

 

le hace falta ―lo sé― mi consentimiento.

Fuentes:

https://amistadhispanosovietica.blogspot.com/2021/10/bertolt-brecht-los-adaptados-y-balada.html