Espartaco

Pepe Gutiérrez Álvarez

Tal como evoca él mismo (Yo soy Espartaco, Ed. Capitán Swing), sí hay un Espartaco para la pantalla, ese fue el judío neoyorkino Issur Danielovitch Demsky, de nombre artístico Kirk Douglas (1916-2020) por supuesto con muchas ayudas, especialmente de Edward Lewis como productor, hombre clave de su propia productora. Dueño de su destino profesional como pocas estrellas de su tiempo, en 1954, apenas regresa de Italia de rodar Ulises a las órdenes de Mario Camerini, Kirk fue a garantizarse esa independencia con la creación de Byrna Productions, normalmente ligada a la United Artist que también tomó parte en Espartaco. Era entonces inequívocamente progresista, filocomunista para los más reaccionarios, incluso como “anarquista” según alguien que sabía de qué hablaba como nuestro Fernando Fernán-Gómez. Es cierto que Douglas se había implicado con Senderos de gloria, producida por él en 1957 y que tardó décadas en ser estrenada en Francia o España, y que no hubiera sido posible con otro protagonista. De sus preferencia habla el hecho de que su película favorita fuese Los valientes andan solos (1962), formidable alegato por el individualismo solidario y el decrecimiento basada en un guión de Dalton Trumbo que adaptó la novela del singular escritor libertario: Edward Abbey, y que sería la mejor de todas las de David Miller. Douglas también se implicó en títulos como Siete días de mayo, dirigida por John Frankenheimer en 1964, un alegato que señala la inquietante hipótesis de una tentativa de golpe de Estado por parte de militares fascistas en Estados Unidos (cabría pensar hasta qué punto sucedió algo así con el “pentagonismo”). Sin embargo, todo esto no lo convierte en un anarquista. Lo más verosímil es que Douglas simpatizara con el ideario libertario, pero eso no le llevó a perder nunca su sentido de la oportunidad comercial, ni a olvidarse de su rango como estrella. De su actitud soberbia nos ilustra el hecho de que considerase inaceptable encarnar a Mesala en Ben Hur, actitud que se manifestará como uno de los problemas del rodaje de Espartaco.

A las dos semanas de comenzar el rodaje, Douglas despidió a Anthony Mann al que la Universal había impuesto en su contra. Douglas le había hecho una propuesta a David Lean que no se consideró idóneo y también a Laurence Olivier, que tenía otra concepción del proyecto. Mann que había iniciado el rodaje en el Death Valley con las secuencias de las canteras y de la escuela de Capua, y al parecer de algunos tramas de la gran batalla rodadas en cooperación con el gran Yakima Canutt (las mejores escenas en opinión de muchos críticos), se marchó a los quince días. El “amo” de la situación pues era Kirk Douglas que lo quería controlar todo. No en vano, se sabía el puntal de un proyecto cuyo coste se había elevado hasta los 12 millones de dólares, una cifra descomunal en la época. La inversión se justificó con la adopción de un equipo formidable de profesionales entre los que se contaban varias víctimas de Joe McCarthy como el músico Alex North. Aparte del impresionante reparto de primeras figuras en el que se hizo un hueco para el papel de Tony Curtis con el que había ensamblado tan bien en Los vikingos.…

Se ha dicho y con razón, que Espartaco era una película en Technirama 70 mm., sobre la lucha de clases. Fue una idea para la que se citaron numerosos talentos y esto ya «llenaba» la pantalla. Las estrellas no solamente eran famosas, también eran talentos de primer orden, un “lujo” extensible a un “also starring” de probada eficacia, con esclavos que eran actores reconocidos del “neorrealismo” norteamericano”, contó con una magistral banda sonora de Alex North cuya partitura tendrá un reconocimiento añadido, los títulos de créditos (de hecho, un cortometraje) fueron un pieza maestra del inigualable Saúl Bass. Esta labor colectiva nunca sería cuestionada, comenzando por los tres Oscar (a la fotografía de Russell Metty, a la dirección artística de Eric Orbom, y a Peter Ustinov como secundario). Podría haberse llevado algunos más, por ejemplo, creo que Jean Simmons compuso una Varinia sublime, a pesar de que sustituyó en pleno rodaje a la desconocida Sabine Bethmann, escogida después de rondar sobre diversas estrellas. Es evidente que Jean fue la mejor opción.

Cuando se decidió que para una película épica como esta era fundamental una batalla final (cuando en la historia fueron varias menores), Kubrick hizo las maletas y se vino a rodarla a España donde utilizó a 8.500 soldados del ejército español para representar a los romanos y a los rebeldes. La batalla fue representada en diversos parajes de Alcalá de Henares, Colmenar Viejo, Navacerrada, Iriepal y Taracena. Kubrick declaró que los campesinos españoles ofrecían una impresión muy en consonancia con los de la época romana. Entre los extras, los más avisados pueden distinguir entre la multitud liberada a José Cerrudo y Lina Onesti, los inolvidables ancianos enamorados del mejor episodio de Del rosa al amarillo (1963), también la mejor película de Manuel Summers.

Otro detalle importante es que Espartaco llegó a los grandes cines de estreno después de que la gran producción de Cecil B. de Mille, Los diez mandamientos, Los diez mandamientos, dieron lugar a unas colas que se prolongaron durante más de dos años como sucedió en el Coliseum de Barcelona…Durante parte de ese tiempo, las grandes columnas de la sala estuvieron ocupadas por monedas de cerca de dos metros en la que aparecían los seis primeros actores, comenzando por Douglas y cerrando con Tony Curtis. Durante no poco tiempo, las expectativas se alimentaron por toda clase de informaciones pero sobre todo por el precedente de Los vikingos (Richard Fleischer, 1958), que había causado un considerable impacto. Se hablaba de otros dioses y de otros valores, lo que en caso de Espartaco resultó evidente en un punto de mira central: el de la liberación de los esclavos. En la película firmada por Kubrick, eran los propios esclavos los que se liberaban y no mediante la gracia divina tal como se manifestaba en la tradición beata representada por La túnica sagrada (Henry Koster, 1953) o en la versión del Éxodo del anticomunista de Mille. Es más algunos de sus responsables –el novelista y el guionista sobre todo- estaban tachados de “comunistas”.

No fue por casualidad que en el curso de las jornadas de mayo-junio del 68 en Francia, la juventud “contestataria” tradujera el grito final de la película gritando por las calles repletas de barricadas: “!Todos somos judíos alemanes¡”. Aunque esta vez el destinatario era un oscuro funcionario del PCF llamado George Marchais.

Fuentes:

https://agendacomunistavalencia.blogspot.com/2020/07/todos-somos-espartaco.html