Victoria y derrota de la resistencia francesa: o cómo la burguesía pro-nazi logró imponerse hasta nuestros días

Dr. Jacques R. Pauwels (*)

Una exhaustiva investigación que desmonta el revisionismo histórico de la derecha y desvela la continuidad de la lucha de clases en Francia

En su reciente libro «La Non-épuration en France de 1943 aux années 1950″ («La no purga de Francia desde 1943 hasta la década de 1950»), la historiadora Annie Lacroix-Riz desafía a la corriente de revisionismo histórico al que está siendo sometida la historia de la Resistencia francesa y del gobierno de Vichy, en el ámbito de una historiografía cada vez más dominada por el ala derechista del espectro político francés.

EL «REVISIONISMO» HISTÓRICO DE LA DERECHA: NEOLIBERALES BLANQUEANDO A LOS COLABORADORES DE HITLER

Esta «Re-visión» es extraordinariamente crítica con la Resistencia anti alemana y, a su vez, increíblemente indulgente con los colaboracionistas franceses y con el gobierno de Vichy. Se llega a afirmar, por ejemplo, que la Resistencia fue generalmente ineficaz, por lo que Francia debió su liberación exclusivamente a los esfuerzos de las tropas estadounidenses y de otros aliados occidentales -estos últimos secundados por las fuerzas de la «Francia libre» del general De Gaulle – que desembarcaron en Normandía en el mes de junio de 1944.

Se nos asegura, igualmente, que la Resistencia francesa [Img #69494]

PORTADA DEL LIBRO

quiso aprovechar la oportunidad que representaba la Liberación para cometer todo tipo de tropelías, incluidas entre ellas el asesinato y el afeitado público de las cabezas de «jóvenes inocentes» que tan sólo habían estado comprometidas en una suerte de «colaboración horizontal» con los ocupantes nazis. Es decir, que se habían limitado a mantener relaciones amorosas con los soldados hitlerianos, mientras que estos simultáneamente estaban ejerciendo una ocupación brutal sobre su propio país. Según esa misma versión, la «purga salvaje» -(épuration sauvage)- contra los colaboracionistas no fue más que una «ola de terror», orquestada por los comunistas, miembros reales o falsos de la Resistencia, con el objetivo deliberado de lograr no se sabe bien qué siniestros propósitos revolucionarios.

Excepto en los casos más flagrantes, en la historiografía dominante está ahora muy de moda presentar a los colaboracionistas franceses como «personas decentes», «respetables ciudadanos», «bien intencionados» y «honestos», víctimas inocentes de la coacción alemana, “subordinados impotentes” y, por tanto, personas sin culpa, que habían quedado indefensamente atrapados entre la Escila nazi y la Caribdis de la Resistencia.

Según esa misma versión, se admite que algunos colaboracionistas pronazis eran fanáticos y que, por supuesto, cometieron delitos. Pero en su mayoría son presentados como si se trataran de inocentes ciudadanos, algunos pertenecientes, además, a las clases populares francesas.

En esa misma línea interpretativa, el revisionismo histórico francés mantiene, además, que entre 1944 y 1945 el Gobierno provisional galo, encabezado por el general De Gaulle, había logrado finalmente restaurar «la ley y el orden». Y fue de esa forma como supuestamente Francia, después de años de duros problemas económicos y políticos, derrotas militares, ocupación alemana y la agitación de la Liberación, nació como un Estado respetuoso de la ley, un Estado gaullista de Derecho.

Aún así, -según relatan los nuevos revisionistas históricos- se produjo una inevitable purga de colaboracionistas reales o imaginarios, que se cobró muchas víctimas inocentes, especialmente entre los más altos niveles de la burocracia estatal, la «crème de la crème» de los negocios y la élite de la nación, en general.

DESMONTANDO UNA FALSIFICACIÓN HISTÓRICA: EL PAPEL DE LA BURGUESÍA FRANCESA EN LA GUERRA Y LA POSTGUERRA

La historiadora Lacroix-Riz logra desmontar en su libro todos los pilares sobre los que se sostiene esta interpretación «revisionista». Su nuevo trabajo de investigación, profusamente documentado, repleto de nombres de personalidades oscuras a la par que importantes, convierte la lectura de su libro en un auténtico desafío para aquellos que no estén familiarizados con la historia de Francia durante la Segunda Guerra Mundial.

En sus libros anteriores, como «Le choix de la défaite» y “De Munich à Vichy”, Lacroix-Riz explicaba cómo, en la primavera de 1940, la élite política, militar y económica francesa había entregado el país a los nazis con el certero propósito de poder estar en condiciones de instalar un régimen fascista en Francia. La elite política y económica gala esperaba que un sistema de gobierno autoritario fuera más sensible a sus necesidades e intereses que los gobiernos anteriores a la guerra, a los que consideraban demasiado «indulgentes» con la clase trabajadora. Especialmente, los gobiernos del Frente Popular durante los años de 1936-1937.

En investigaciones posteriores de Lacroix-Rizque «Les élites françaises, 1940-1944»-, la historiadora descubre cómo esa misma élite había prosperado económicamente bajo los auspicios del Régimen de Vichy, encabezado por el mariscal Pétain, colaborando con entusiasmo con los ocupantes alemanes y combatiendo con uñas y dientes a una Resistencia armada, cuyos miembros eran, en su mayoría, procedentes de la clase trabajadora y estaban adscritos ideológicamente a las filas comunistas, que tenía como objetivo político que en Francia se produjeran cambios radicales y revolucionarios después de que concluyera la guerra.

LO QUE LACROIX-RITZ DEMUESTRA EN SU LIBRO.

Annie Lacroix-Riz, como resultado de su exhaustivo y riguroso trabajo de investigación, llega a la conclusión de que Liberación no sólo no logró depurar a fondo la presencia de colaboracionistas pro nazis de puestos claves de la estructura del Estado francés, sino que por el contrario, la élite estatal y empresarial francesa consiguió evitar la expiación de su colaboración con el enemigo alemán, y una gran parte de la estructura que sirvió de apoyo al gobierno de Vichy entre 1940 y 1944 ha permanecido intacta desde la postguerra hasta nuestros días.

Las investigaciones de Lacroix-Rix demuestran, igualmente, igualmente que aunque llegaron a producirse ejecuciones sumarias de colaboracionistas de los alemanes, éstas tuvieron lugar en el contexto de un encarnizado combate que había estallado ya antes del desembarco en Normandía y de la liberación de París. En relación con la hipótesis de una supuesta “ineficiencia militar» de la Resistencia, la realidad histórica demuestra, contrariamente, que las fuerzas de la resistencia lograron interrumpir los preparativos del enemigo alemán para resistir los desembarcos aliados que iban a tener lugar Normandía, causando al Ejército alemán considerables bajas, tal y como las mismas autoridades nazis reconocieron en sus Diarios, Memorias, partes militares, estadísticas de bajas, etc.

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JOVENES MIEMBROS DE LA RESISTENCIA FRANCESA CONTRA LOS NAZIS

Lacroix-Rix precisa, por otra parte, que la mayoría de las atrocidades que tuvieron lugar en ese violento contexto bélico no corrieron a cargo de los partisanos combatientes, sino de los propios nazis y de sus colaboradores de “la Milicia» petenista al servicio del gobierno de Vichy. Eso fue lo que ocurrió, por ejemplo, con el asesinato de rehenes y la infame «masacre de Oradour-sur-Glane».

Los guerrilleros de la Resistencia, por otra parte, no tenían como objetivo a víctimas inocentes, sino a los soldados alemanes y a sus colaboradores particularmente odiosos, a menudo hombres cuyo castigo -incluida su ejecución- era repetidamente demandada a través de las transmisiones de la Radio «Free French in England» del general De Gaulle.

En relación con las mujeres cuyas cabezas fueron rapadas, muchas de ellas, -si no la mayoría-, habían sido responsables de actividades más atroces que la mera “colaboración horizontal” a la que aluden los actuales revisionistas históricos. Una buena parte de ellas se servían de sus estrechas relaciónes con los ocupantes alemanes para delatar a los miembros de la Resistencia, recibiendo favores a cambio de los servicios prestados.

No hubo, pues, «épuration salvaje” antes o durante la Liberación. Y la supuesta «súperpurga” que siguió a la Liberación terminó siendo una auténtica farsa. La elite del Estado francés, así como la Patronal, habían sido los grandes beneficiarios del colaboracionismo con los invasores alemanes. Y, desde luego, tenían buenas razones para temer la llegada al poder de sus enemigos de clase que militaban en la Resistencia. Pero después de la Liberación no fueron los «radicales» de la Resistencia los que asumieron el poder político en Francia, sino la misma elite que se había prestado a colaborar con los nazis. Su preciado orden socioeconómico capitalista permaneció intacto, pese a la aplicación de algunas leves reformas. La elite retuvo la mayor parte no sólo del Poder, sino también de los privilegios. La burguesía colaboracionista francesa logró la impunidad por su colaboración con los ocupantes alemanes, gracias a los ejércitos libertadores estadounidenses y al propio general Charles de Gaulle.

EL PAPEL DE GAULLE Y DEL EJÉRCITO ESTADOUNIDENSE

De Gaulle era un patriota genuino, pero también un hombre con concepciones extremadamente conservadoras, muy devoto del orden social y económico que existía en Francia. En cuanto a los estadounidenses, destinados a suceder a los alemanes como amos de Europa, o al menos de su mitad occidental, estaban decididos a hacer triunfar la «libre empresa» en todo el continente, y a convertir la parte del mismo que dominaban en una suerte de clon de la política y la economía del Tío Sam.

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LOS NORTEAMERICANOS EXHIBEN AL GENERAL DE GAULLE POR EL PARIS OCUPADO

Ese propósito implicaba imponer que las transformaciones políticas y socioeconómicas en Francia no pasaran de ser cambios de pura cosmética, independientemente de las aspiraciones de quienes habían estado resistiendo a los nazis y a la voluntad del mismo pueblo francés. También facilitaron el perdón, la protección y el apoyo a aquellos colaboracionistas que tuvieran “pedigrí anticomunista», que era un «blasón» que había distinguido siempre a la burguesía gala.

De hecho, las autoridades estadounidenses no tenían nada en contra del Régimen de Vichy. Inicialmente esperaban que pudiera sobrevivir a la expulsión de los alemanes de Francia, ya fuera bajo la figura del mismo Pétain o de alguna otra personalidad de Vichy, como Weygand o Darlan. Después de todo, el Régimen de Vichy había funcionado esencialmente como la superestructura política del sistema socioeconómico capitalista francés. Un sistema, por otra parte, que Washington pretendió siempre salvar de las garras de sus enemigos izquierdistas de la Resistencia francesa. Había sucedido, además, que después de que se produjeran los reveses alemanes en el frente oriental, y particularmente después de la batalla de Stalingrado, muchos colaboracionistas de Vichy cambiaron rápidamente sus expectativas de futuro, y mentalmente sustituyeron al «tutor» alemán por otro estadounidense.

Tras una liberación protagonizada por las tropas norteamericanas, los Estados Unidos esperaban que los pecados de los colaboracionistas franceses, e incluso sus propios crímenes, fueran perdonados y olvidados, mientras que las aspiraciones revolucionarias o simplemente progresistas de la Resistencia deberían convertirse en una mera quimera.

Los líderes de Washington no tenían ninguna simpatía por el general De Gaulle. De igual forma que pensaban los partidarios de Vichy, los norteamericanos creían que el general podía facilitarles a los comunistas la oportunidad que supuestamente estos estaban persiguiendo. Si De Gaulle llegaba a alcanzar el gobierno francés, -pensaban- podría allanar involutariamente el camino a una toma del poder por parte de los peligrosos «bolcheviques». Estaban convencidos de que podría suceder algo similar a lo que había pasado con Kerensky, que había precedido a Lenin durante la Revolución Rusa de 1917.

No obstante, gradualmente se fueron dando cuenta, como ya lo había hecho Winston Churchill antes que ellos, que sería imposible imponer al pueblo francés una personalidad que estuviera asociada al gobierno de Vichy, y que un poder ejecutivo dirigido por el general De Gaulle era la única alternativa a una Resistencia con popularidad ante los franceses y, por si fuera poco, dominada por los comunistas. Necesitaban, pues, a un general de prestigio que lograra neutralizar a los comunistas en el momento en el que la guerra concluyera.

El propio general De Gaulle se encargó de tranquilizar a Washington, prometiendo que respetaría el «statu quo» socioeconómico de Francia. Para garantizar la verosimilitud de su compromiso con el establishment estadounidense hizo que un gran número de colaboracionistas de Vichy, que ya entonces disfrutaban de los favores de los norteamericanos, se integraran en su Movimiento político de la «Francia Libre”, llegando, incluso, a otorgarles posiciones de liderazgo. De Gaulle se transformó, pues, en «un líder de derecha” que resultaba aceptable tanto para la burguesía francesa como para la estadounidense.

Fue justamente en este contexto en el que De Gaulle fue trasladado a París en el preciso momento en el que se estaba produciendo la liberación de la ciudad, a fines de agosto de 1944. El propósito de esa operación teatral fue evitar que la Resistencia, dominada por los comunistas, intentara establecer un gobierno provisional en la capital francesa. Los estadounidenses hicieron los arreglos necesarios para que De Gaulle pudiera pavonearse a lo largo de los Campos Elíseos, presentándose como el salvador que la Francia patriótica había estado esperando durante cuatro largos años.

Y el 23 de octubre de 1944, bajo los auspicios del propio general De Gaulle, Francia reemplazó al Régimen de Vichy por una nueva superestructura política democrática, bautizada como la «Cuarta República».

Con ello, la clase trabajadora, que tanto había sufrido bajo el Régimen de Vichy, recibió como compensación un paquete de beneficios, en el que se incluían salarios más altos, vacaciones pagadas, seguro médico y de desempleo, generosos planes de pensiones y otros servicios sociales… En resumen, una suerte de modesto «Estado de bienestar».

Todas estas medidas contaron con el amplio respaldo de los plebeyos asalariados, pero no fueron bien acogidas por los patricios de la élite, especialmente por parte de la gran patronal. No obstante, la burguesía francesa pudo comprobar durante aquellos días que esas modestísimas reformas habían servido para apaciguar a la clase trabajadora, quitando viento a las velas revolucionarias de los comunistas de la Resistencia, pese al enorme prestigio que estos tenían entonces entre la población por el importantísimo papel que habían desempeñado en la lucha contra la ocupación alemana, y también por su estrecha relación con la Unión Soviética, un país al que por entonces los franceses consideraban con razón como el auténtico artífice de la derrota de la Alemania nazi.

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FUSILAMIENTO DE UN MIEMBRO DE LA RESISTENCIA

Las mujeres y los hombres de la Resistencia fueron oficialmente elevados a la categoría de héroes, con monumentos erigidos y calles nominadas en su honor. Por el contrario, los colaboracionistas fueron oficialmente “depurados” y sus representantes más infames fueron castigados. Algunos de ellos, como el siniestro ministro de Petain, Pierre Laval, fue condenado a muerte y ejecutado. Los bienes y propiedades de algunos de los colaboracionistas más notorios también se vieron afectados, como los del fabricante de automóviles Renault, cuyas propiedades fueron nacionalizadas.

Pese a todo ello, De Gaulle llenó su Gobierno provisional de antiguos «vichyitas reciclados«. El general se aseguró de que solo los «peces gordos» más destacados de Vichy fueran castigados o purgados. La mayoría de los Bancos y Corporaciones que habían colaborado con los alemanes salieron indemnes de aquella turbulenta situación, gracias a sus conexiones con los estadounidenses. Ese fue el caso, por ejemplo, de la subsidiaria francesa de los automóviles Ford.

Con frecuencia se conmutaron las penas de muerte, y conocidos funcionarios de la ocupación nazi, como Klaus Barbie y sus siniestros colaboradores, que habían sido protagonistas de crímenes horribles contra la población francesa, fueron subrepticiamente trasladados fuera del país hacia destinos tropicales en América del Sur -y también del Norte -, siendo de esa forma paradójicamente compensados por el celo anticomunista que habían mostrado en sus batallas contra la Resistencia francesa.

Asimismo, numerosos colaboracionistas se libraron de la acción de la Justicia a través de mágicas falsificaciones de «certificados de Resistencia», o aduciendo repentinas enfermedades que hacían que sus juicios fueran indefinidamente postergados, para terminar siendo finalmente «olvidados».

Los funcionarios municipales, culpables de haber trabajado con y para los nazis, escaparon de las represalias locales al ser trasladados a otras ciudades, en las que sus biografías de complicidad con el enemigo eran totalmente desconocidas. Por otra parte, la mayoría de aquellos que fueron declarados culpables recibieron solo castigos sorprendentemente leves.

Todo ello fue posible gracias al hecho de que el gobierno de De Gaulle y de su Ministerio de Justicia estaban repletos de antiguos vichystas. Eran, según la historiadora Annie Lacroix, «un club de apasionados oponentes a la depuración» (club d’anti-épurateurs passionnés).

Aunque la burguesía francesa se vio obligada a tener que volver a soportar, como antes de 1940, los inconvenientes de un sistema parlamentario democrático, en el que se permitió a los plebeyos aportar unas pocas cosas, logró mantener, en cambio, un férreo control sobre los centros no electos del Estado francés de la posguerra, como el Ejército, el Poder Judicial y los Altos cargos de la burocracia y la Policía, instancias todas ellas que, por cierto, siempre habían logrado monopolizar.

Los generales de Vichy, por ejemplo, en su mayoría notorios enemigos de la Resistencia que rápidamente se reconvirtieron en entusiastas conversos gaullistas, retuvieron para sí el control sobre las Fuerzas Armadas. Un gran número de oficiales del Ejército francés, que habían sido diligentes servidores del dictador colaboracionista Pétain o de las autoridades de ocupación alemanas, permanecieron en sus cargos, conservando igualmente sus prestigiosas carreras militares, sus dignidades, sus honores y beneficiándose de las promociones futuras.

Annie Lacroix-Riz concluye su exhaustivo trabajo de investigación, enfatizando que el supuestamente «Estado respetuoso de la ley» del general De Gaulle “saboteó deliberadamente la purga de los funcionarios colaboracionistas de alto rango, permitiendo de hecho la supervivencia hegemónica del régimen de Vichy sobre el sistema judicial francés».

En 1944-1945, la burguesía francesa no sólo fue cómplice del enemigo alemán, sino que además contó con la enorme suerte de que el peligro revolucionario que para el orden burgués representaba la Resistencia francesa pudiera ser neutralizado a través de la introducción de un sistema de Seguridad Social, que hoy algunos denominan como propios de una modesta «sociedad del bienestar«.

El amago de conflicto de clases que se produjo durante el transcurso de la ocupación alemana de Francia entre los patricios y los plebeyos franceses, reflejado en la dicotomía colaboración-resistencia, no concluyó realmente con el final de la Segunda Guerra Mundial, sino que, simplemente, se produjo una tregua. Y esa tregua fue protagonizada fundamentalmente por el general De Gaulle, pues su personalidad, que era lo suficientemente conservadora para tranquilizar a la burguesía francesa y a sus nuevos «tutores» estadounidenses, suscitó igualmente las simpatías de la Resistencia y del electorado que simpatizaba con ella, por el «patriotismo puro» del general.

LA LUCHA DE CLASES SE VUELVE A RECRUDECER EN FRANCIA.

Sin embargo, con el colapso de la Unión Soviética y la desaparición de la «amenaza comunista», la burguesía francesa, como la del resto de Europa occidental, creyó que había llegado el momento de acabar con el sistema de servicios sociales, que sólo había sido aceptado por esta clase social a regañadientes. La tarea de desmantelar el «Estado de bienestar» francés, que fue emprendida bajo los auspicios de presidentes pro estadounidenses como Sarkozy y ahora Macron, se ha visto facilitada por la adopción por parte de la Unión Europea del neoliberalismo, una ideología que aboga por un retorno al “laissez faire» a la americana, sin que se contemplen contra él ningún tipo de restricciones.

De esa forma, en Francia se está observando actualmente un reinicio de la «lucha de clases» que ya había enfrentado al colaboracionismo proVichy contra la Resistencia durante la II Guerra Mundial.

Ha sido en ese contexto en el que han reaparecido también en la historiografía francesa una suerte de «revisionismo crítico» en contra de la Resistencia francesa y, no por casualidad, enormemente indulgente con el viejo colaboracionismo e, incluso, con el mismo fascismo.

El libro de Annie Lacroix-Riz proporciona un imprescindible antídoto en contra de este tipo de falsificaciones históricas. Esperemos que otros historiadores sigan su ejemplo y se decidan a investigar hasta qué punto los fascistas y los colaboracionistas de Italia y Bélgica llegaron a ser, igualmente, rehabilitados y reincorporados a las estructuras económicas y políticas del poder.

(*) El Dr. Jacques Pauwels es un reconocido historiador y politólogo. Es investigador asociado del Centro de Investigación sobre Globalización.

Fuentes:

https://canarias-semanal.org/art/31631/victoria-y-derrota-de-la-resistencia-francesa-o-como-la-burguesia-pro-nazi-logro-imponerse-hasta-nuestros-dias