La lucha de Joe Biden por la “democracia”‎

Thierry Meyssan

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció que está convocando, ‎para el 9 y el 10 de diciembre de 2021, una cumbre virtual en defensa de la «Democracia». Esa reunión abordaría ‎‎3 temas principales: «la defensa contra el autoritarismo, la lucha contra la corrupción y la ‎promoción del respeto de los derechos humanos». Durante ese encuentro, los dirigentes ‎participantes se comprometerían «a mejorar la vida de su propia población y a responder a los ‎mayores problemas que confronta el mundo». Posteriormente, en 2022, habría una segunda cumbre donde los dirigentes presentarían los progresos realizados en relación con los compromisos ‎contraídos. ‎

Biden ya había anunciado esas reuniones durante su campaña electoral. En aquel momento decía ‎que se trataba de contrarrestar a Rusia y a China. Eso quiere decir que su verdadero objetivo es ‎definir un criterio que diferencie entre sí los dos bloques actualmente en formación… ‎como antes, cuando se argumentaba sobre la existencia de un mundo capitalista y la de un ‎mundo comunista. ‎

La democracia como régimen político

Si bien en el siglo XIX se vio a Estados Unidos como un nuevo modelo democrático (ver el libro ‎‎De la démocratie en Amérique, del político francés Alexis de Tocqueville), los Estados Unidos ‎de América de nuestra época no son más que una oligarquía: el poder político está en manos ‎de un grupúsculo de hipermultimillonarios que lo ejercen fuera de las instituciones públicas ‎establecidas mientras que los políticos se ven reducidos al papel de simples comparsas. ‎

En la práctica, Estados Unidos no ha reconocido nunca la soberanía popular, lo cual implica que ‎nunca reconoció la democracia. ‎

A pesar de la existencia de un sistema electoral que se instauró con el paso del tiempo, ‎la Constitución estadounidense se basa –al contrario de lo que preconiza la democracia– en ‎la soberanía de los gobernadores de los diferentes Estados. Por ejemplo, durante la elección presidencial ‎estadounidense del año 2000, el mundo asistió a la disputa entre los dos candidatos a ‎la presidencia –George W. Bush y Al Gore– alrededor del conteo de los votos en el Estado de ‎la Florida. Y la Corte Suprema –o sea, la máxima instancia del poder judicial estadounidense– ‎dirimió el pleito decidiendo que, constitucionalmente, no le interesaba el resultado del conteo ‎de votos en la Florida sino únicamente la opinión del gobernador de aquel Estado… un tal ‎Jeb Bush… hermano del candidato George W. Bush. Así que George W. Bush fue declarado ‎vencedor de la elección… aunque el nuevo conteo de los votos reales emitidos por los electores ‎en la Florida confirmaba que Al Gore había ganado la elección en ese Estado. ‎

La democracia como régimen político se ve cuestionada hoy por la ideología woke proclamada ‎por el presidente Biden. La equidad entre los diferentes grupos étnicos –que fue el caballo de ‎batalla de Biden en la elección presidencial– se opone a la igualdad entre todos los ciudadanos ‎‎1. Las instituciones democráticas estadounidenses se ven cuestionadas en ‎la práctica por los conteos de votos realizados en secreto, lo cual hizo resurgir la hipótesis, ‎justificada, de la existencia de un fraude electoral masivo. Finalmente, el hecho que una multitud ‎de estadounidenses tratara de tomar el Capitolio demuestra que en Estados Unidos ‎las instituciones democráticas han perdido su aureola de cosa sagrada. ‎

Todos los regímenes políticos son perecederos

En el siglo XVIII, las monarquías occidentales estaban exhaustas, habían perdido la legitimidad que ‎antes se les reconocía. Por supuesto, aquellas monarquías seguían afirmando que tenían a ‎su favor lo que llamaban el «derecho divino», pero sus súbditos ya no creían en tal cosa. ‎Aparecieron entonces regímenes que basaban su legitimidad en la «soberanía popular»: ‎las democracias. Las monarquías que lograron sobrevivir se adaptaron, sin renunciar al ‎‎«derecho divino» pero combinándolo con el nuevo principio de la «soberanía popular». ‎

En el siglo XX, al producirse la crisis económica de 1929, la prensa occidental afirmó que ‎el capitalismo había muerto y que había que inventar un nuevo sistema político. Así aparecieron ‎primeramente el comunismo y después el fascismo –Benito Mussolini había sido el representante ‎de Lenin en Italia antes de concebir el fascismo. En Estados Unidos, el presidente Franklin ‎Roosevelt reformó profundamente el capitalismo, el fascismo terminó derrotado en Europa, ‎el comunismo se derrumbó con la URSS y sobrevivió eso que aún llamamos «democracia». ‎

En el siglo XXI, sobre todo a partir de la epidemia de Covid-19, estamos viendo la brutal aparición ‎de una quincena de grupos informáticos particularmente grandes alrededor de las compañías ‎identificadas como GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft). El poderío de ‎esos grupos ya es superior al de la mayoría de los Estados nacionales, tanto que ‎no vacilan en censurar las ideas y personas que les desagradan, incluyendo las informaciones de ‎los Estados sobre tratamientos médicos para el Covid-19 y hasta los mensajes del presidente ‎en funciones de Estados Unidos. Ningún político se atreve hoy a hacer esperar a Bill Gates ‎‎(el fundador de Microsoft) o a Jeff Bezos (el dueño de Amazon) si estos últimos lo llaman por ‎teléfono, mientras que ellos pueden darse el lujo de posponer o rechazar una llamada del ‎presidente de Estados Unidos. Estos personajes imponen al mundo su propia agenda –el ‎transhumanismo–, tendiente a convertirnos en animales informatizados mientras que los ‎dirigentes de las grandes compañías tecnológicas pasan a ser considerados seres “superiores” que parten a la ‎conquista del espacio.‎

En tales condiciones, se hace imposible el ejercicio de la democracia. Los electores occidentales ‎asisten cada vez menos a las urnas porque así lo han entendido. En Francia, sólo un tercio de ‎los electores inscritos participaron en las últimas elecciones. Las instituciones todavía son ‎democráticas pero la democracia es una práctica y los franceses se han separado de ella. ‎

Esta situación es totalmente nueva. Es cierto que la desaparición de la clase media comenzó con ‎la disolución de la Unión Soviética y que la transformación del Mercado Común Europeo en una ‎entidad supranacional data de esa misma época, pero nada permitía prever entonces lo que hoy ‎está sucediendo. ‎

Según la fórmula de Abraham Lincoln, la democracia es «el gobierno del Pueblo, por el Pueblo y ‎para el Pueblo». Pero no existe absolutamente ningún país donde el pueblo se gobierne a ‎sí mismo. Aunque algunos, como Islandia y Suiza, se resisten a seguir la tendencia general, ‎el hecho es que el ideal democrático se ha hecho imposible ante el poder de las GAFAM. Y ‎sin democracia –o sea, sin participación del pueblo en la vida política– lo más importante es ‎garantizar que las decisiones tomadas vayan en el sentido del interés general, lo que llamamos ‎‎“República”. ‎

Esta situación va evolucionando con el paso de los meses y es de temer que se produzcan ‎cambios terribles para nuestras libertades y nuestros medios de vida. En todo caso, los cambios ‎más recientes ya son inaceptables. ‎

Si nos aferramos a nuestros regímenes antiguamente democráticos es porque no sabemos ‎con qué reemplazarlos. Pero, cuando rechazamos lo que ya es evidente, estamos agravando ‎nuestro problema. Además, al igual que antes, cuando prolongamos la vida de las monarquías más allá de ‎la época del llamado «derecho divino», ahora estamos prolongando la vida de nuestras ‎democracias más allá del fracaso de la «soberanía popular». Sin embargo, no son situaciones ‎idénticas: ya nadie cree en el poder del «derecho divino»… pero todos hemos experimentado la ‎validez del principio de la soberanía popular. Hoy no se trata de hacer una revolución contra las ‎GAFAM sino de hacerles la guerra para obligarlas hay devolver el Poder que nos robaron. Ya ‎no se trata de imaginar un nuevo tipo de régimen político sino de definir reglas que harían que la ‎democracia volviese a ser posible. ‎

Henri de Navarre, quien reinó sobre Francia como Henri IV (de 1589 ‎a 1610), intervino en la guerra civil que se desarrollaba en ese país. Logró que los católicos y ‎los protestantes vivieran juntos y no se presentaba a sí mismo como un monarca por ‎‎“derecho divino” sino como un hombre dedicado a servir el interés general. Siguiendo ‎los consejos del jurista Jean Bodin, Henri IV fue el primer soberano francés en declararse ‎‎“republicano”.

 

La Democracia como arma política

Inmediatamente después de la disolución de la URSS, el entonces presidente de Estados Unidos, ‎Bill Clinton, se planteó la misma pregunta que el actual presidente Joe Biden: ¿Cómo establecer ‎una diferencia entre el bloque occidental y los demás? Bill Clinton concibió entonces una ‎‎«Estrategia para una Democracia Global» (Global Democracy Strategy) y creó en la ‎Casa Blanca un grupo secreto que se encargaría de instaurar tal estrategia. ‎

Aunque no se sabe quiénes eran los miembros de ese grupo, hemos logrado identificar su ‎evolución bajo el mandato de George W. Bush. Durante la administración de Bush hijo, el grupo ‎estuvo bajo la dirección de Liz Cheney –la hija del vicepresidente Dick Cheney– y de Elliot Abrams ‎‎–organizador de la intentona golpista contra el presidente venezolano Hugo Chávez a finales del ‎mandato de George W. Bush2. Desde el Consejo de Seguridad ‎Nacional estadounidense, ese grupo secreto supervisó varios golpes de Estado, como el ‎derrocamiento en Honduras del presidente constitucional Manuel Zelaya. Este grupo no recurrió ‎a los métodos militares de la CIA, ni a los seudorevolucionarios de la National Endowment for ‎Democracy (NED), sino que inventó los golpes de Estado “parlamentarios”… y de inmediato ‎se produjo en Latinoamérica una “epidemia” de derrocamientos de gobiernos por los ‎parlamentos. ‎

Lo anterior demuestra que la democracia sigue siendo actualmente una visión y no una realidad. ‎Hoy sigue siendo posible pisotear la Constitución y derrocar un gobierno de forma ‎‎“democrática”… a condición de poner a un parlamentario en lugar del jefe de Estado o ‎de gobierno derrocado. ‎

Nosotros no dudamos que aquel grupo encargado de la «Estrategia para la Democracia Global» ‎siga existiendo hoy y que es muy posible que vuelva a dar que hablar próximamente. ‎

Ya en este momento esa Estrategia está retomando el proyecto de crear una «Alianza de ‎democracias», proyecto que tuvo como promotor al ensayista Francis Fukuyama y que la administración Bush quiso utilizar para suplantar la ONU. Siendo secretario general de la OTAN, ‎Anders Fogh Rasmussen, llegó a crear en 2017 una «Fundación para la Alianza de las ‎Democracias» (Alliance of Democracies Foundation).‎

Nuestro futuro político

Las sociedades occidentales tendrían que comenzar por reconocer que Rusia y China no son ‎peores que los regímenes que existen en Occidente sino que enfrentan los mismos problemas ‎con una cultura diferente. En realidad, necesitamos la ayuda de esas dos naciones, tanto ‎como ellas necesitan la nuestra. ‎

Juntos o por separado, lo cierto es que no encontraremos la solución en un futuro inmediato. ‎Tenemos que comenzar a luchar aunque no sepamos aún qué forma tendrá nuestra victoria. ‎Sin embargo, ya conocemos sus bases, así que debemos precisar el principio sobre el cual ‎queremos basarnos –nosotros o nuestros hijos– para construir nuevas democracias. Ese principio es la República. ‎

Resumen
Los Estados de hoy se ven desbordados por el enorme poder de nuevas compañías gigantes: las ‎GAFAM. Por consiguiente, los gobiernos –todos los gobiernos– ya no logran responder a lo que ‎esperamos de ellos. Es erróneo hablar de «crisis de la democracia» cuando en realidad ‎se trata de una crisis de todos los regímenes políticos. ‎
‎- Los esfuerzos del presidente estadounidense Joe Biden en defensa de la democracia están ‎condenados al fracaso porque ya no corresponden a los problemas del mundo contemporáneo. ‎Lo más que podrá hacer es servirse de esa bandera falsa para seguir promoviendo el imperialismo ‎estadounidense. ‎
‎- Podemos rechazar el poder ilegítimo de las GAFAM y defendernos mediante la promoción no de ‎un régimen político sino de un criterio para la adopción de decisiones: la República.

1«Joe Biden reinventa el racismo», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 11 ‎de mayo de 2021.

2«Implicación de las redes secretas de la CIA para derribar a Chávez», por ‎Thierry Meyssan, Red Voltaire, 18 de mayo de 2002.

Fuentes:

https://www.voltairenet.org/article213741.html