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Última actualización: 20/11/2020

  • Las pandemias del capital
  • Frente a la Sagrada Familia del capital, defendamos nuestra vida a través del antagonismo social
  • Covid-19: homicidio del capital
  • Los títeres del capital

Las pandemias del capital

Es difícil escribir un texto como este ahora. En el contexto actual, en el que el coronavirus ha quebrado ―o amenaza con hacerlo pronto― las condiciones de vida de muchos de nosotros, lo único que deseas es salir a la calle y prenderle fuego a todo, con la mascarilla si hace falta. La cosa lo merece. Si la economía está por encima de nuestras vidas, tiene sentido retrasar la contención del virus hasta el último momento, hasta que la pandemia es ya inevitable. También tiene sentido que cuando ya no se puede parar el contagio y hay que perturbar ―lo mínimo imprescindible― la producción y distribución de mercancías, seamos nosotros a los que se despide, a los que se fuerza a trabajar, a los que se sigue confinando en cárceles y CIEs, a los que se les obliga a elegir entre la enfermedad y el contagio de los seres queridos o a morirse de hambre en la cuarentena. Todo esto con los vítores patrios y el llamamiento a la unidad nacional, con la disciplina social como el mantra de los verdugos, con los elogios al buen ciudadano que agacha la cabeza y calla. Lo único que deseas en momentos como este es reventarlo todo.

Y esa rabia es fundamental. Pero también lo es comprender bien por qué está sucediendo todo esto: comprenderlo bien para pelear mejor, para luchar contra la raíz misma del problema. Comprenderlo para cuando todo estalle y la rabia individual se convierta en potencia colectiva, para saber cómo utilizar esa rabia, para terminar realmente, sin cuentos, sin desvíos, con esta sociedad de miseria.

El virus no es sólo un virus

Desde sus comienzos, la relación del capitalismo con la naturaleza (humana y no humana) ha sido la historia de una catástrofe interminable. Ello está en la lógica de una sociedad que se organiza a través del intercambio mercantil. Está en la misma razón de ser de la mercancía, en la que poco importa su aspecto material, natural, sólo la posibilidad de obtener dinero por ella. En una sociedad mercantil, el conjunto de las especies del planeta están subordinadas al funcionamiento de esa máquina ciega y automática que es el capital: la naturaleza no humana no es más que un flujo de materias primas, un medio de producción de mercancías, y la naturaleza humana es la fuente de trabajo que explotar para sacar del dinero más dinero. Todo lo material, todo lo natural, todo lo vivo está al servicio de la producción de una relación social ―el valor, el dinero, el capital― que se ha autonomizado y necesita transgredir los límites de la vida permanentemente.

Pero el capitalismo es un sistema preñado de contradicciones. Cada vez que intenta superarlas, sólo aplaza e intensifica la crisis siguiente. La crisis social y sanitaria creada por la expansión del coronavirus concentra todas ellas y expresa la putrefacción de las relaciones sociales basadas en el valor, en la propiedad privada y en el Estado: su agotamiento histórico.

A medida que este sistema avanza, la competencia entre capitalistas impulsa el desarrollo tecnológico y científico y, con él, una producción cada vez más social. Cada vez lo que producimos depende menos de una persona y más de la sociedad. Depende menos de la producción local, arraigada a un territorio, para ser cada vez más mundial. También depende cada vez menos del esfuerzo individual e inmediato y más del conocimiento acumulado a lo largo de la historia y aplicado eficazmente a la producción. Todo esto lo hace, sin embargo, manteniendo sus propias categorías: aunque la producción es cada vez más social, el producto del trabajo sigue siendo propiedad privada. Y no simplemente: el producto del trabajo es mercancía, es decir, propiedad privada destinada al intercambio con otras mercancías. Dicho intercambio está posibilitado por el hecho de que ambos productos contienen la misma cantidad de trabajo abstracto, de valor. Esta lógica, que constituye las categorías básicas del capital, es puesta en cuestión por el propio desarrollo del capitalismo, que reduce la cantidad de trabajo vivo que requiere cada mercancía. Automatización de la producción, expulsión de trabajo, caída de las ganancias que pueden obtener los capitalistas de la explotación de ese trabajo: crisis del valor.

Esta profunda contradicción entre la producción social y la apropiación privada se concreta en toda una serie de contradicciones derivadas. Una de ellas, que hemos desarrollado más ampliamente en otros momentos, da cuenta del papel de la tierra en el agotamiento del valor como relación social. El desarrollo del capital tiende a crear una demanda cada vez más fuerte del uso del suelo, lo cual hace que su precio ―la renta de la tierra― tienda a aumentar históricamente. Esto es lógico: cuanto más se incrementa la productividad, más desciende la cantidad de valor por unidad de producto y, por tanto, más mercancías hay que producir para obtener las mismas ganancias que antes. Como cada vez hay menos trabajadores en la fábrica y más robots, mayor volumen de materias primas y recursos energéticos requiere la producción. La demanda sobre la tierra, por tanto, se intensifica: megaminería, deforestación, extracción intensiva de combustibles fósiles son las consecuencias lógicas de esta dinámica. Por otro lado, la concentración de capitales conduce a su vez a concentrar grandes masas de fuerza de trabajo en las ciudades, lo que empuja a que la vivienda en las ciudades suba de precio permanentemente. De ahí también las peores condiciones de vida en las metrópolis, el hacinamiento, la contaminación, el alquiler que se come una parte cada vez más grande del salario, la jornada laboral que se prolonga indefinidamente por el transporte.

La agricultura y la ganadería se encuentran de cara a estos dos grandes competidores por el suelo, el sector ligado al aprovechamiento de la renta urbana y el ligado a la extracción de materias primas y energía. Si las explotaciones agrícolas o ganaderas se encuentran en la periferia de la ciudad, quizá su parcela de tierra sea más rentable para la construcción de un edificio de viviendas, o de un polígono industrial al que conviene por logística la proximidad a la metrópoli. Si están más alejadas, pero su trozo de tierra contiene minerales útiles y demandados en la producción de mercancías o, peor aún, alguna reserva de hidrocarburos, tampoco podrán realizarse en ese terreno que el capital destina a fines más suculentos [1]. Si quieren mantenerse en el lugar y seguir pagando la renta, habrán de incrementar la productividad como hacen los capitalistas industriales. Tienen además el aliciente del aumento incesante de bocas urbanas que alimentar. La agroindustria es la consecuencia lógica de esta dinámica: sólo incrementando la productividad, utilizando maquinaria automatizada, produciendo en monocultivos, haciendo un uso cada vez mayor de químicos ―fertilizantes y pesticidas en la agricultura, productos farmacéuticos en la ganadería―, incluso modificando genéticamente plantas y animales, podrán producirse las ganancias suficientes en un contexto en el que la renta de la tierra aumenta sin cesar.

Todo esto es necesario para enmarcar la emergencia de pandemias. Como muy bien explican los compañeros de Chuang, el coronavirus no es un hecho natural ajeno a las relaciones capitalistas. Porque no se trata sólo de la globalización, es decir, de las posibilidades exponenciales de expansión de un virus. Es la propia forma de producir del capital la que fomenta la aparición de pandemias.

En primer lugar, para poder hacer más rentables la agricultura y la ganadería es necesario implantar formas de producción mucho más intensivas, mucho más agresivas para el metabolismo natural. Cuando se hacinan muchos miembros de una misma especie ―los cerdos, pongamos por caso, una de las posibles fuentes del COVID-19 y la fuente segura de la gripe A (H1N1) que apareció en 2009 en Estados Unidos― en granjas industriales, su modo de vida, su alimentación y la aplicación permanente de fármacos sobre sus cuerpos debilita su sistema inmunológico. No hay resiliencia en el pequeño ecosistema que constituye una población muy numerosa de la misma especie, comprometida inmunológicamente y hacinada en espacios reducidos. Más aún, este ecosistema es un campo de entrenamiento, un lugar predilecto para la selección natural de los virus más contagiosos y virulentos. Tanto más si dicha población tiene una alta tasa de mortalidad, como ocurre en los mataderos, puesto que la rapidez con que es capaz de transmitirse el virus determina su posibilidad de sobrevivir. Sólo es cuestión de tiempo que alguno de estos virus consiga transmitirse y persistir en un huésped de otra especie: un ser humano, por ejemplo.

Ahora digamos que este ser humano es un proletario y vive, como los cerdos de nuestro ejemplo, hacinado en una vivienda poco salubre con el resto de su familia, va al trabajo hacinado en un vagón de tren o en un autobús donde cuesta respirar cuando llega la hora punta y tiene un sistema inmunológico debilitado por el cansancio, la mala calidad de la comida, la contaminación del aire y del agua. El ascenso permanente del precio de la vivienda y el transporte, los trabajos cada vez más precarios, la mala alimentación, en definitiva, la ley de la miseria creciente del capital hacen también muy poco resiliente a nuestra especie.

También la búsqueda de una mayor rentabilidad y competitividad de la agricultura en el mercado mundial tiene sus efectos en la proliferación de epidemias. Tenemos un buen ejemplo en la epidemia del Ébola que se extendió por toda el África occidental en 2014-2016, a la que precedió la implantación de monocultivos para el aceite de palma: un tipo de plantación por la que los murciélagos ―la fuente de la cepa que produjo el brote― se sienten muy atraídos. La deforestación de la selva, en virtud no sólo de la explotación agroindustrial sino también de la tala maderera y de la megaminería, fuerza a muchas especies animales ―y a algunas poblaciones humanas― a internarse aún más en la selva o mantenerse en sus proximidades, exponiéndose a portadores del virus como murciélagos (Ébola), mosquitos (Zika) y otros huéspedes reservorio ―es decir, portadores de patógenos― que se adaptan a las nuevas condiciones establecidas por la agroindustria. Además, la deforestación reduce la biodiversidad que hace de la selva una barrera para las cadenas de transmisión de patógenos.

Aunque la fuente más probable del coronavirus se sitúa en la caza y venta de animales salvajes, vendidos en el mercado de Hunan en la ciudad de Wuhan, esto no está desconectado del proceso descrito más arriba. A medida que la ganadería y la agricultura industrial se extienden, empujan a los cazadores de alimentos salvajes a penetrar cada vez más en la selva en busca de su mercancía, lo que aumenta las posibilidades de contagio con nuevos patógenos y por tanto de su propagación en las grandes ciudades.

El rey desnudo

El coronavirus ha desnudado al rey: las contradicciones del capital son vistas y sufridas en toda su brutalidad. Y el capitalismo es incapaz de gestionar la catástrofe que se deriva de estas contradicciones, porque sólo puede escaparse de ellas resolviéndolas momentáneamente para que estallen con mayor virulencia más tarde.

Para identificar esta dinámica, esencial a la historia del capitalismo, podemos fijar la mirada en la tecnología. La aplicación del conocimiento tecnocientífico a la producción es quizá uno de los rasgos que más han caracterizado este sistema. La tecnología es usada para aumentar la productividad con el fin de extraer una ganancia por encima de la media, de tal manera que la empresa que produce más mercancías que sus competidores con el mismo tiempo de trabajo puede elegir entre reducir un poco el precio de las mismas para ganar espacio de mercado o mantenerlo y ganar algo más de dinero. Sin embargo, en cuanto sus competidores aplican mejoras semejantes y todos tienen el mismo nivel de productividad, los capitalistas se encuentran con que en lugar de obtener plusganancias, tienen todavía menos ganancias que antes, porque tienen más mercancías que colocar en el mercado ―lo que en condiciones de competencia baja su precio― y menos trabajadores que explotar en proporción. Es decir, lo que se había presentado en un primer momento como una solución, la aplicación de la tecnología para aumentar la productividad, se convierte rápidamente en el problema. Este movimiento lógico es permanente y estructural en el capitalismo.

El desarrollo de la medicina y de la farmacología sigue ese mismo movimiento. El capitalismo no puede evitar, desde sus más puros comienzos, enfermar a su población. Sólo puede intentar desarrollar el conocimiento médico y farmacológico para comprender y controlar las patologías que él mismo favorece. Sin embargo, en la medida en que las condiciones que nos hacen enfermar no desaparecen, sino que incluso aumentan con la crisis cada vez más pronunciada de este sistema, el papel de la medicina se invierte y puede funcionar como un carburante para la enfermedad. El uso de antibióticos no sólo en la especie humana, sino también en la ganadería, fomenta la resistencia de las bacterias y anima la aparición de cepas cada vez más difíciles de combatir. Ocurre de manera semejante con las vacunas para los virus. Por un lado, suelen llegar tarde y mal en la emergencia de una epidemia, dado que la propia lógica mercantil, las patentes, los secretos industriales y la negociación de las empresas farmacéuticas con el Estado retrasan su pronta aplicación en la población infectada. Por otro lado, la selección natural hará que los virus tengan que estar cada vez más preparados para superar estas barreras, favoreciendo la aparición de nuevas cepas para las que no se conocen todavía vacunas. El problema, por tanto, no está en el desarrollo del conocimiento médico y farmacológico, sino en que mientras se sigan manteniendo unas relaciones sociales que producen permanentemente la enfermedad y facilitan su rápida expansión, este conocimiento sólo animará la aparición de cepas cada vez más contagiosas y virulentas.

De la misma forma que el desarrollo tecnológico y médico encubre una fuerte contradicción con las relaciones sociales capitalistas, así ocurre también con la contradicción entre el plano nacional e internacional del propio capital.

El capitalismo nace ya con un cierto carácter mundial. Durante la Baja Edad Media se fueron desarrollando redes de comercio a larga distancia que, sumadas al nuevo impulso de la conquista del continente americano, permitieron la acumulación de una enorme masa de capital mercantil y usurario. Ésta serviría de trampolín a las nuevas relaciones que estaban emergiendo con la proletarización del campesinado y la imposición del trabajo asalariado en Europa. La peste negra que asoló el continente europeo en el siglo XIV fue precisamente fruto de esta mundialización del comercio, produciéndose a partir de comerciantes italianos provenientes de China. Lógicamente, el sistema inmunológico de las diferentes poblaciones en aquella época estaba menos preparado para sufrir enfermedades de otras regiones, y la intensificación de los lazos a nivel mundial iba a facilitar una expansión de epidemias tan grande como amplias fueran las redes comerciales. Son un buen ejemplo de ello las epidemias que llevarían los colonos y que acabarían con la mayoría de la población indígena en grandes zonas de América.

Sin embargo, estas redes de comercio mundiales sirvieron, de manera paradójica y contradictoria, para animar la formación de burguesías nacionales. Dicha formación fue pareja al esfuerzo de varios siglos por homogeneizar un solo mercado nacional, una sola lengua nacional, un solo Estado, y con ellos dos siglos en los que se sucedería una guerra tras otra sin cesar, hasta el punto de que no hubo apenas unos años de paz en Europa durante los siglos XVI y XVII. El carácter mundial del capital es inseparable de la emergencia histórica de la nación y, con ella, del imperialismo entre las naciones.

Este doble plano en permanente contradicción, el estrechamiento de los lazos a nivel mundial con el arraigo nacional del capitalismo, se expresa con toda su fuerza en la situación actual con el coronavirus. Por un lado, la globalización permite que patógenos de diversos orígenes puedan migrar desde los reservorios salvajes más aislados a los centros de población de todo el mundo. Así, por ejemplo, el virus del Zika se detectó en 1947 en la selva ugandesa, de donde recibe su nombre, pero no fue hasta que no se desarrolló el mercado mundial de la agricultura y Uganda pasó a ser uno de sus eslabones que el Zika pudo llegar al norte de Brasil en 2015, ayudado sin lugar a dudas por la producción en monocultivo de soja, algodón y maíz en la región. Un virus, por cierto, que el cambio climático ―otra consecuencia de las relaciones sociales capitalistas― está ayudando a extender: el mosquito portador del Zika y del dengue ―el mosquito tigre en sus dos variantes, el Aedes aegypti y el Aedes albopictus― ha llegado ya a zonas como España debido al calentamiento global. Además, la internacionalización de las relaciones capitalistas es exponencial. Desde la epidemia del otro coronavirus, el SARS-CoV, entre 2002 y 2003 en China y el sudeste asiático, la cantidad de vuelos provenientes de estas regiones a todo el mundo se ha multiplicado por diez.

Así pues, el capitalismo promueve la aparición de nuevos patógenos que su carácter internacional extiende con rapidez. Y sin embargo es incapaz de gestionarlos. En la pugna imperialista entre las principales potencias no cabe la coordinación internacional que requieren unas relaciones sociales cada vez más globales y, menos aún, la coordinación que está requiriendo ya esta pandemia. El carácter inherentemente nacional del capital, por muy mundializado que se quiera, implica que los intereses nacionales en el contexto de la lucha imperialista prevalecen frente a todo tipo de consideración internacional para el control del virus. Si China, Italia o España retrasaron hasta el último momento la toma de medidas, como más tarde lo hicieron Francia, Alemania o Estados Unidos, es precisamente porque las medidas necesarias para contener la pandemia consistían en la cuarentena de los infectados y, llegada cierta tasa de contagio, en la paralización parcial de la producción y distribución de mercancías. En un contexto en el que se iba larvando ya desde hacía dos años la crisis económica que estalla ahora, en plena guerra comercial entre China y Estados Unidos y en el curso de una recesión industrial, este parón no se podía permitir. La decisión lógica de los funcionarios del capital fue entonces la de sacrificar la salud y unas cuantas vidas entre el capital variable ―seres humanos, proletarios― para aguantar un poco más el tirón y mantener la competitividad en el mercado mundial. Que se haya revelado no sólo ineficaz sino incluso contraproducente no exime de lógica a esta decisión: a una burguesía nacional, sensible sólo a las subidas y bajadas de su propio PIB, no puede tampoco pedírsele una filantropía internacional. Eso hay que dejárselo a los discursos de la ONU.

Y es que la gran contradicción que ha señalado el coronavirus es esa: la del PIB, la de la riqueza basada en capital ficticio, la de una recesión constantemente postergada a base de inyecciones de liquidez sin ningún fundamento material en el presente.

El coronavirus ha desnudado al rey, y ha mostrado que en realidad nunca salimos de la crisis de 2008. El mínimo crecimiento, el posterior estancamiento y la recensión industrial de los últimos diez años no han sido más que la respuesta apenas sensible de un cuerpo en coma, un cuerpo que sólo ha sobrevivido gracias a la emisión permanente de capital ficticio. Como explicábamos antes, el capitalismo se basa en la explotación del trabajo abstracto, sin el cual no puede obtener ganancias, y sin embargo por su propia dinámica se ve empujado a expulsar trabajo de la producción de manera exponencial. Esta fortísima contradicción, esta contradicción estructural que alcanza sus categorías más fundamentales, no puede ser superada sino agravándola para más tarde mediante el crédito, es decir, el recurso a la expectativa de ganancias futuras para seguir alimentando la máquina en el presente. Las empresas de la «economía real» no tienen otra forma de sobrevivir que huir permanentemente hacia adelante, obtener créditos y mantener altas las acciones en bolsa.

El conoravirus no es la crisis. Simplemente es el detonante de una contradicción estructural que venía expresándose desde hace décadas. La solución que los bancos centrales de las grandes potencias dieron para la crisis de 2008 fue seguir huyendo y utilizar los únicos instrumentos que tiene la burguesía actualmente para afrontar la putrefacción de sus propias relaciones de producción: masivas inyecciones de liquidez, es decir, crédito barato a base de la emisión de capital ficticio. Este instrumento, como es natural, apenas sirvió para mantener la burbuja, puesto que ante la ausencia de una rentabilidad real las empresas utilizaban esa liquidez para recomprar sus propias acciones y seguir endeudándose. Así, hoy en día la deuda en relación al PIB mundial ha aumentado casi un tercio desde 2008. El coronavirus simplemente ha sido el soplo que ha tirado la casa de naipes.

Al contrario de lo que proclama la socialdemocracia, según la cual nos encontraríamos en esta situación porque el neoliberalismo ha dejado vía libre a la avaricia de los especuladores de Wall Street, la emisión de capital ficticio ―es decir, de créditos que se basan en unas ganancias futuras que no llegarán nunca a producirse― es el necesario órgano de respiración artificial de este sistema basado en el trabajo. Un sistema que, sin embargo, por el desarrollo de una altísima productividad, cada vez tiene menos necesidad de trabajo para producir riqueza. Como explicábamos anteriormente, el capitalismo desarrolla una producción social que choca directamente con la propiedad privada en que se basa el intercambio mercantil. Nunca hemos sido tan especie como ahora. Nunca hemos estado tan vinculados mundialmente. Nunca la humanidad se ha reconocido tanto, se ha necesitado tanto a nivel mundial, independientemente de lenguas, culturas y barreras nacionales. Y sin embargo el capitalismo, que ha construido el carácter mundial de nuestras relaciones humanas, sólo puede afrontarlo afirmando la nación y la mercancía y negando nuestra humanidad, sólo puede afrontar la constitución de nuestra comunidad humana mediante su lógica de destrucción: la extinción de la especie.

Hobbes y nosotros

Una semana antes de que se escribiera este texto, en España decretaron el estado de alarma, la cuarentena y el aislamiento de todos nosotros, salvo si es para vender nuestra fuerza de trabajo. Medidas semejantes se tomaron en China e Italia, y se han tomado ya a estas alturas en Francia. Solos, en nuestra casa, a una distancia de un metro de cada persona que encontramos en la calle, la realidad misma de la sociedad capitalista se hace presente: sólo podemos relacionarnos con los otros como mercancías, no como personas. Quizá la imagen que mejor expresa esto son las fotografías y los vídeos que han circulado por las redes sociales con el comienzo del aislamiento: miles de personas hacinadas en vagones de tren y de metro de camino al trabajo, mientras los parques y las vías públicas están vedadas a toda persona que no pueda presentar una buena excusa a las patrullas policiales. Somos fuerza de trabajo, no personas. El Estado lo tiene muy claro.

En este contexto, hemos visto aparecer una falsa dicotomía basada en los dos polos de la sociedad capitalista: el Estado y el individuo. En primer lugar fue el individuo, la molécula social del capital: las primeras voces que se hicieron oír ante la alerta del contagio fueron las del sálvese quien pueda, las de muéranse los viejos y allá cada uno, las de las culpas de unos a otros por toser, por huir, por trabajar, por no hacerlo. La reacción primera fue la ideología espontánea de esta sociedad: no se puede pedir a una sociedad que se construye sobre individuos aislados que no actúe como tal. Frente a esto y al caos social que estaba produciéndose, hubo un alivio general ante la aparición del Estado. Estado de alarma, militarización de las calles, control de las vías de comunicación y transporte salvo para lo que es fundamental: la circulación de mercancías, incluida en especial la mercancía fuerza de trabajo. Ante la incapacidad de organizarnos colectivamente frente a la catástrofe, el Estado se revela como la herramienta de administración social.

Y no deja de ser eso. Una sociedad atomizada necesita de un Estado que la organice. Pero esto lo hace reproduciendo las causas de nuestra propia atomización: las de la ganancia frente a la vida, las del capital frente a las necesidades de la especie. Los modelos del Imperial College de Londres predicen 250.000 muertes en Reino Unido y hasta 1,2 millones en Estados Unidos. Las predicciones a nivel mundial, contando con el contagio en los países menos desarrollados y con una infraestructura médica mucho más precaria, llegarán previsiblemente a varios millones de personas. La epidemia del coronavirus, sin embargo, podría haberse detenido mucho antes. Los Estados que han sido foco de la pandemia han actuado como tenían que hacerlo: poniendo por encima las ganancias empresariales durante al menos unas semanas más, frente al coste de millones de vidas. En otro tipo de sociedad, en una sociedad regida por las necesidades de la especie, las medidas de cuarentena tomadas a su debido tiempo podrían haber sido puntuales, localizadas y rápidamente superadas. Pero no es así en una sociedad como esta.

El coronavirus está expresando en toda su brutalidad las contradicciones de un sistema moribundo. De todas las que hemos intentado describir aquí, esta es la más esencial: la del capital frente a la vida. Si el capitalismo se está pudriendo por su incapacidad de enfrentar sus propias contradicciones, sólo nosotros como clase, como comunidad internacional, como especie, podemos acabar con él. No es una cuestión cultural, de conciencia, sino una pura necesidad material que nos empuja colectivamente a luchar por la vida, por nuestra vida en común, contra el capital.

Y el momento para hacerlo, si bien sólo es el inicio, ya ha empezado. Muchos estamos ya en cuarentena, pero no estamos aislados, ni solos. Nos estamos preparando. Como los compañeros que se han levantado en Italia y en China, como los que llevan ya un tiempo de pie en Irán, Chile o Hong Kong, nosotros vamos hacia la vida. El capitalismo se está muriendo, pero sólo como clase internacional, como especie, como comunidad humana, podremos enterrarlo. La epidemia del coronavirus ha derribado la casa de naipes, ha desnudado al rey, pero sólo nosotros podemos reducirlo a cenizas.

19 de marzo de 2020

[1] La sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables no resuelve el problema, todo lo contrario: las renovables requieren superficies mucho más grandes para producir niveles inferiores de energía.

Fuente: http://barbaria.net/2020/03/20/las-pandemias-del-capital/

Frente a la Sagrada Familia del capital, defendamos nuestra vida a través del antagonismo social

En este artículo pretendemos afrontar las cuestiones que se desprenden del actual estado de alarma que ha decretado el gobierno de Pedro Sánchez en España, junto a las medidas que ha anunciado el martes 17 de marzo. Vivimos en tiempos de profunda crisis social, una crisis sanitaria que, al mismo tiempo, se combina con una crisis económica, de cambio climático, psicológica, política, etc. En realidad estamos ante la crisis de un mundo que esta empezando a colapsar, que está agotando su tiempo histórico: es el mundo del capital. Es la crisis del capital.

¿Unidad nacional? ¿En defensa de quién?

Se nos dice que la enfermedad y el contagio no conoce de clases, de ideologías, de razas, que ataca a todos por igual y que tenemos que reaccionar juntos, con unión, con disciplina social, como españoles, porque somos miembros de una gran nación. Todos los partidos políticos están unidos. Más allá de las diferencias de matices por necesidades de márketing político, sindicatos, empresarios y bancos defienden las medidas del gobierno. Todos a una, porque estamos en el mismo barco, nuestra patria, contra un enemigo común, el coronavirus. No nos vencerá, nos dicen. Al final de estos meses todo volverá a la presunta normalidad de antes, a la normalidad del capital. Pedro Sánchez repite con obsesión, cada poco tiempo, que esto es solo una crisis coyuntural.

La burguesía está asustada.

Tiene miedo.

Y tiene razones para ello.

Además actúan de modo dividido según los lugares. Hay gobiernos que de modo tardío tomaron decisiones centralizadas, como el capital chino, y otros como Italia o España que tardaron todavía más en reaccionar e imponer el aislamiento parcial de las poblaciones. Están reaccionando con retraso a la difusión de la enfermedad porque lo que les preocupa de verdad, como explicaremos más tarde, es la salud de la economía del capital. En Francia las medidas son mucho más recientes. Ni siquiera pararon las elecciones municipales del domingo 15 de marzo, y en el Reino Unido y Estados Unidos parece que apuestan por una solución malthusiana, o sea, que muera quien tenga que morir (aunque probablemente tengan que dar marcha atrás). Mientras tanto el virus se extiende por todo el mundo, llega a América Latina y a África. El virus se propaga a la velocidad de la circulación de las mercancías y de los capitales.

Todos hemos podido ver las contradicciones en que entra el estado de alarma del gobierno PSOE-Podemos. Se nos dice que lo que les preocupa es la salud de la gente y, sin embargo, millones de personas salen a trabajar cotidianamente. Y es que las necesidades del capital son las que marcan las necesidades de la sociedad en la que vivimos. La utilidad de las cosas viene marcada por su precio, por la rentabilidad económica que genera para las empresas. No hay ninguna utilidad humana en fabricar coches, pero sí una utilidad social que es la que rige en primera instancia, la del capital. Si no se fabrican coches, disminuye el beneficio de estas empresas y se ven obligadas a cerrar. Con eso aumenta el paro y la dificultad de los proletarios obligados a reproducir su fuerza de trabajo y su vida.

¿Qué queremos resaltar con esto? Que vivimos en un mundo dominado por el capital y por el valor. Y esto entra completamente en la forma en que se está afrontando la crisis en curso. Cuando decimos que el capital es la raíz de la crisis no estamos diciendo algo superficial. Lo que afirmamos es que la máquina impersonal que es el valor es la que fomenta con su lógica omnívora el nacimiento de cada vez más virus, por cómo tiende a colonizar cada vez más rincones del planeta y por cómo desarrolla la industria cárnica intensiva. Al mismo tiempo, enfrenta la expansión de estas epidemias desde su lógica, por lo que trata de mantener en lo posible el esqueleto de la producción y reproducción de las actividades económicas.

¿Cuál sería una forma adecuada de preservarnos frente a este tipo de virus? Tratar de reducir drásticamente la producción social, acabar con estas megalópolis sin límite que son hoy las ciudades, un control de los consumos que satisfaga las necesidades humanas básicas, el fin de la escuela como instrumento de adoctrinamiento y disciplina social, el fin del sometimiento de las personas hacia las máquinas, la abolición de las empresas, etc. Estamos enumerando algunas de las medidas que establece el Programa revolucionario inmediato que desarrolló Bordiga en la reunión de Forlí de 1952, medidas a aplicar durante el proceso revolucionario para la transición hacia el comunismo integral. Son las que necesitaríamos aplicar como humanidad para afrontar no solo la crisis del coronavirus, sino más en general la catástrofe cada vez más brutal a la que nos empuja el agotamiento de la sociedad capitalista. Se trata en última instancia de medidas que detengan la movilidad social, es decir, la movilidad de los capitales y de las mercancías. Hace falta un plan en defensa de la especie: este plan, este programa en defensa de la especie, así como el movimiento real que tiende a imponerlo aboliendo el estado de cosas presente, es lo que llamamos comunismo.

El capital es incapaz de ello porque su sustancia social, aquello que le da vida, es el trabajo abstracto, el trabajo asalariado. Esta es otra lección que podemos desprender con seguridad de esta experiencia. Sin trabajo asalariado el funcionamiento de las empresas quiebran, las actividades económicas colapsan, la sociedad se descompone. El capital no es sino valor hinchado de valor, es decir, dinero que se transforma en más dinero por medio de la explotación del trabajo abstracto, que es la sustancia social que iguala a todas las mercancías entre sí. Esta conclusión es también muy importante porque nos ayuda a sacar una nueva conclusión: es imperativa la abolición del trabajo asalariado, la de una sociedad que gira en torna a actividades que, desde un punto de vista humano, carecen de sentido, pero que son necesarias para dar vida a este zombie global e impersonal que es a día de hoy el capital.

A partir de lo dicho podemos tener claro que el virus no es un “cisne negro”, como defienden los estrategas del capital y sus economistas. Es decir, no es un elemento extraño que atenta contra un sistema que gozara de buena salud. Es un virus fomentado por la propia dinámica del capital (como otros que han venido y otros que vendrán) y que se mueve a la velocidad de la circulación de capitales. Esto es muy importante para entender la oposición y el antagonismo firme que tenemos que tener frente a todos los discursos ideológicos que nos venden desde todos los gobiernos, cuando nos dicen que estamos todos en el mismo barco.

Nunca ha sido así y nunca será así. Vivimos en una sociedad atravesada por antagonismos sociales brutales, donde los intereses del capital y su maximización de beneficios se enfrentan con aquellos que vendemos nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir, y que nos encontramos suspendidos en el aire si alguien no “compra” nuestra fuerza de trabajo, siempre reducidos a instrumentos del engranaje capitalista, de su máquina impersonal, cosificados en nuestras necesidades humanas. Entonces, sí, estamos hablando del antagonismo entre proletariado y capital. Es desde este antagonismo desde el que tenemos que defender nuestras necesidades humanas.

No se cansan de decir que se trata de una guerra y que hay que estar unidos. Es la misma estrategia que se utiliza en todas las guerras imperialistas. Es la estrategia de convertirnos al proletariado en carne de cañón para la defensa de sus intereses, de los intereses del capital. En esta crisis se puede ver perfectamente lo que decía Marx: los gobiernos no son sino «el consejo de administración del capital general». Es la función la que determina el órgano y, en este caso, su función es permitir la respiración no de la personas, sino del capital y sus movimientos, movimientos que están dando muestras de una peligrosa parálisis. De ahí que estén asustados.

Como decíamos, su estrategia es convertirnos en carne de cañón, como hicieron con nuestros hermanos proletarios en otras guerras, en nombre de la unidad nacional, de una lucha por un bien mayor (el del capital) y de promesas de victoria frente al presunto enemigo (en este caso el coronavirus).

En nombre de esta Sagrada Familia, de esta unidad nacional, cientos de miles de trabajadores y trabajadoras están trabajando en call centers, en fábricas, en oficinas o supermercados, hacinados en el transporte público, atrapados en autopistas, o en filas de mesas y sillas, sin apenas espacio, desde donde siguen obligados a someterse y ejercer la productividad debida al capital. Y es que ya sabemos que esta sociedad ofrece dos alternativas: o enfermar o ser echados a la calle y volver a estar suspendidos en el aire.

Y qué decir de los CIEs, donde miles de proletarios de otros países se encuentran hacinados por el delito de querer mejorar su vida, o de los presos en las cárceles, que viven un confinamiento de sus vidas (y no durante unas semanas), hacinados a la espera de que se propague el contagio.

O sea que la unidad proclamada no es sino las esposas que nos unen a unos intereses que no son los nuestros y a un barco (el capital) que empieza a hundirse.

Por eso son tan importantes las luchas que han estallado en fábricas como Mercedes de Vitoria, de Iveco o Renault en Valladolid o los motines como en el CIE de Aluche en Madrid, y que suceden a otras luchas que ya habían estallado en otras fábricas italianas. No somos carne de cañón para el capital. Este presupuesto, la defensa de nuestras necesidades humanas, es una premisa fundamental para el futuro. Y es que el futuro que tenemos por delante es el de una catástrofe de dimensiones cada vez más bestiales, provocada por el agotamiento histórico del capitalismo como sistema global y total de dominio.

Algo muy diferente de lo que nos prometen los gobernantes de la izquierda del capital. En uno de sus discursos de estos últimos días, Pedro Sánchez repite mil veces que es solo una crisis coyuntural, es solo una crisis coyuntural, es una crisis coyuntural… Como si repetir ayudase en algo. En realidad esta pandemia global se une a la crisis más general del valor en la sociedad del capital (la expulsión de trabajo vivo por los procesos de automatización y la caída general de la tasa de ganancia), a las revueltas sociales en curso y que han protagonizado el 2019 y a las transformaciones climáticas en marcha. Todo ello tiene un vector común, el capital y sus movimientos un antagonista natural, las revueltas proletarias en curso; y una solución a la que se puede dirigir el curso histórico actual, el comunismo como un plan de vida para la especie, una distribución adecuada que satisfaga las necesidades humanas por fuera de las lógicas homicidas del capital. Vivimos tiempos interesantes, tiempos históricos, de crisis y de catástrofe, de revueltas y pandemias. La revolución se convierte en este horizonte en una necesidad, un instrumento necesario que vincule la defensa inmediata de nuestras necesidades con el objetivo histórico de una comunidad humana que satisfaga el conjunto de sus necesidades, negadas por el capital.

¿Seguridad o nihilismo?

Este tipo de virus, tan contagiosos, se combaten con aislamiento. Ya hemos explicado que este aislamiento va en contra de la esencia del capital, de su movimiento perpetuo e infinito de producción y circulación incesante de mercancías. El Estado pretende realizar esa paralización parcial de la movilidad a través de sus instrumentos: el ejército, la policía, las multas, los castigos y las amenazas. En estos días de estado de alarma vivimos uno de los sueños del capital, el sueño de sus orígenes, que en realidad representa el de su ocaso: la guerra de todos contra todos en el estado de naturaleza, que nos obliga a someternos a un soberano por el vacimiento social y el miedo común, un Leviatán securitario. El aislamiento social, la atomización de moléculas encerradas en hogares separados unos de otros, ese vaciamiento social es colmado por el Estado, que quiere convertirse en el corazón y los vasos sanguíneos que unifican la comunidad. Una comunidad ficticia, sin vida propia más allá de la que le pretende conferir el Estado con sus mecanismos de seguridad y de orden, de disciplina social y de represión.

Nosotros no estamos defendiendo frente al Estado y su orden, frente a su estado de alarma, un nihilismo individualista donde cada cual hace lo que le viene en gana independientemente del bien común de la comunidad. Este nihilismo no es sino la otra cara de la moneda de la comunidad ficticia que es el Estado: átomos individuales y que se mueven en todas las direcciones sin un sentido común, como pollos sin cabeza, y el Estado como el único modo de construir un orden social en el que converjan esos átomos. Por eso es una falsa dicotomía, en el capital, la que opone orden y libertad, como la que opone democracia y totalitarismo, España a China.

La democracia es el ser social del capital. En un mundo en que los seres humanos somos mercancías, en el que tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo individual, competimos unos contra otros para obtener la mayor rentabilidad de nuestra mercancía particular frente a otras mercancías. Nuestro ser en común como proletarios, como clase, como posible partido que nace de la defensa de nuestras necesidades inmediatas e históricas, se desdibuja en la atomización de la competencia capitalista que además nos reduce a ser sujetos jurídicos, ciudadanos, aislados unos de otros, que votan una vez cada cierto tiempo, una vez más, aislados. Este es el ser social del capital, que hace del Estado la única posibilidad de un ser en común ficticio que al mismo tiempo que nos aisla como seres humanos, nos comunica de modo incesante y constante como mercancías. Este es nuevamente el gran problema que tiene el capital, en su agotamiento interno, en crisis como ésta. Nos aisla como personas y seres humanos pero nos comunica en cuanto mercancías. El movimiento del capital es el de las personas subordinadas a los movimientos de las cosas y de las máquinas. Aislados unos de otros solo nos comunicamos a través de ellas, de las cosas, en su forma de mercancía. Esto es a lo que Marx se refería cuando hablaba del fetichismo de la mercancía y del capital.

El coronavirus ha puesto sobre la mesa un debate acerca de las formas políticas de los Estados para afrontar esta crisis, reivindicando, en algunos casos, la gestión de Estados más centralizados como China. Para nosotros son secundarios todos estos debates que diferencian de modo sustancial entre regímenes dictatoriales y democráticos, desde la formalidad política, entre China y los parlamentos occidentales. Todos los regímenes modernos son igualmente democráticos y totalitarios. Vivimos en un totalitarismo democrático que expresa a la perfección el ser social del capital, en su esencia individualista (como átomos aislados) y en la tendencia totalitaria a que la mercancía y el Estado invadan toda nuestra vida. Y eso es universal. Es una lección que el capitalismo y sus democracias aprendieron de los fascismos tras 1945, vencidos militarmente pero victoriosos en algunas de sus lecciones con que pretendían insuflar vida al capital en crisis.

Como dicen los compañeros de Chuang vivimos en medio de una huelga general invertida. A diferencia de una huelga general vivimos aislados, por decisión del estado de alarma, pero todos nos estamos haciendo muchas preguntas, preguntas importantes. Estamos viviendo un momento catártico. ¿Por qué estamos encerrados? ¿Será durante mucho tiempo? ¿Cómo será nuestro futuro? ¿Morirán mis seres queridos? ¿Por qué me mandan a trabajar? ¿Qué será de mí al irme al paro? ¿En qué mundo vivimos? ¿Será algo coyuntural? Podemos contestar a alguna de estas preguntas con contundencia, sobre todo a la última: no, no se trata de una crisis coyuntural. El mundo del capital, lentamente pero de modo irreversible, se derrumba, entra en un colapso que no es el que habían vendido los ecologistas y decrecentistas. El capitalismo no desaparece en su colapso, ni se descomplejiza, sino que en su plena catástrofe nos amenaza con la extinción si no somos capaces de acabar con él y organizar un plan de vida para la especie. Todas las posibilidades están dadas en este sentido. No es una utopía. Y al mismo tiempo, estamos lejos, en las conciencias, de ese objetivo histórico, de un horizonte de posibilidad alternativo al capitalismo. Somos materialistas y no ilustrados, sabemos que es de las luchas de clases, que se han desarrollado en el último período y en las que vendrán seguro en el futuro, de donde nacerá esa necesidad histórica y la posibilidad de invertir la praxis del capital. Su praxis es homicida, homicida de los vivos y de los muertos.

Capital ficticio y planes burgueses

La crisis del coronavirus acelera y se vincula a la crisis más general del capital. Es muy importante entender esto de cara a las políticas fiscales y monetarias que están implementando los diferentes gobiernos europeos para frenar la actual parálisis económica.

La crisis provocada por el conoravirus invade el cuerpo de un paciente, el capital, que no goza precisamente de buena salud, un enfermo crónico que ha ido empeorando su salud en la última década. El origen de la enfermedad es una metástasis irreversible. El destino es seguro y cierto: la muerte del capital por su agotamiento histórico, por el agotamiento del valor y de su sustancia social, el trabajo. Los tratamientos paliativos empleados, la multiplicación del capital ficticio, alargan la vida del enfermo pero estallan en los momentos de crisis, como se pudo ver en la crisis del 2008 o en la actualidad en los movimientos de las bolsas mundiales. Y que no nos llamen exagerados, más bien lo contrario: somos simples anatomistas de la necrológica del capital. Es la OMS y muchos biólogos quienes nos dicen, por ejemplo, que este virus no es el último ni el más virulento que vendrá a amenazar nuestras vidas en el próximo tiempo histórico.

En este difícil contexto, las medidas aprobadas por los gobiernos no son sino paliativos que pretenden comprar algo de tiempo al futuro, un tiempo sin embargo cada vez más corto. Todo ello mientras se repite obsesivamente que esto es solo una crisis coyuntural, una crisis coyuntural, una crisis coyuntural… Como repite machaconamente Pedro Sánchez. Y bien sabemos que no es así, sino que nos encontramos ante una crisis de oferta (como dirían de manera pedante los economistas burgueses), es decir, una crisis debida a la dificultad de valorización del capital a la que se le añade el parón económico de estas semanas, que acelera y amplifica dicha crisis de oferta. Una crisis de la que no se va a salir con una simple inyección de liquidez, a través de los bancos centrales o de políticas de gasto fiscal, porque el problema son los beneficios que no están generando las empresas estas semanas por la parálisis de buena parte del tejido productivo. Obviamente no estamos afirmando el derrumbe inmediato del capital. Al capitalismo, en su ocaso, le queda aún mucho fuelle. Lo que afirmamos es que estamos entrando en una nueva época, la del agotamiento del capital como relación social, una época marcada cada vez más por las revueltas de nuestra clase y la crisis del capital.

Volviendo a las medidas del gobierno de Pedro Sánchez, en realidad no son tan ambiciosas como han presentado. 200.000 mil millones de euros, de los cuales 117.000 públicos y 83.000 privados. De los recursos públicos, en realidad, no se trata de dinero que invierte directamente el Estado, sino que éste se presentará como un mero avalista en caso de que no se cobren los créditos de las empresas privadas, con lo que se pretende evitar su bancarrota. Y ese es el secreto del plan. En buena medida, se pretende movilizar el crédito para financiar este tiempo de parálisis de la actividad económica privada. Al proletariado se le promete una moratoria del pago de las hipotecas y de los recibos para los sectores más vulnerables (en cualquier caso habrá que seguir pagándolos) y, sobre todo, se facilita de un modo masivo el despido de los trabajadores a través del uso de los ERTEs, aunque las empresas tengan ingentes beneficios. En eso ha quedado el reformismo de Podemos, en dedicarse a jalear como una conquista obrera que millones de trabajadores vayan al paro (con el beneplácito, como no podía ser menos, de sindicatos, patronal y bancos) y que vean reducidos de modo sensible sus ingresos.

Y de eso estamos hablando. De un ataque a las condiciones de vida del proletariado. De eso habla Pedro Sánchez cuando reafirma la importancia de la disciplina social. Ese será el contenido de este plan y de todos los «planes extra sociales» que nos prometen, hablando de un quimérico Plan Marshall o de una reconstrucción europea como la de la postguerra. El tiempo no es reversible, el futuro del capitalismo tiende a la catástrofe. Cuando hayamos superado el virus, como nos prometen, nada volverá a ser como antes. O mejor dicho, seguirá siéndolo, continuará la misma catástrofe capitalista pero de modo creciente y más en crisis. Las estrategias actuales de securización serán aprovechadas por la burguesía, y es que saben que el futuro inmediato en todo el mundo será de revueltas sociales y urbanas por doquier, como ya anticipa el 2019. Muchos de los despidos serán permanentes. La precariedad de los trabajos se profundizará. Los recortes sociales tratarán de financiar los incrementos de la deuda pública y privada.

El futuro nos depara una polarización social cada vez más aguda. Se dibujan dos bloques sociales antagónicos que representan dos modos de producción y de vida opuestos: capitalismo y comunismo. A los comunistas nos corresponde defender teórica y prácticamente la perspectiva comunista de abolición de la mercancía y el valor, de los Estados y de las clases, posibilidad que anida con fuerza en la crisis irreversible del capital. La polarización social creciente creará el terreno fértil del que podrá nacer la posibilidad de ese plan para la especie que satisfaga nuestras necesidades humanas y no las de la valorización del capital.

Fuente: http://barbaria.net/2020/03/20/frente-a-la-sagrada-familia-del-capital-defendamos-nuestra-vida-a-traves-del-antagonismo-social/

Covid-19: homicidio del capital

Aquí para difundir por redes sociales

Personas confinadas, hospitales y UCIs que no dan abasto, residencias convertidas en morgues; fábricas de cerveza o de motores de avión abiertas, obras nuevas en calles vacías, jardineros en los parques, transportes públicos llenos de trabajadores; militares que vigilan, guardias civiles que detienen y ponen multas, policías que hacen redadas a inmigrantes en las plazas…

Estos días asistimos a una aceleración de nuestros tiempos históricos. El coronavirus no inventa nada, es una pandemia causada por la lógica del capital, y que a su vez acelera la crisis sistémica del capitalismo. Nos parece importante hacer un pequeño balance de la catástrofe que estamos viviendo.

Lo que preocupa a todos los gobiernos es la salud de la economía nacional y no la de las personas. Por eso al inicio todos banalizaron el virus, decían que en abril todo el mundo se habría olvidado de él, insistían en seguir con la vida normal: la de la producción y circulación mercantil, la de los trabajos y los consumos, la de manifestaciones como el 8M o la de eventos futbolísticos. Todo va bien en el reino de la mercancía, nos decía Ada Colau cuando insistía en celebrar el Mobile World Congress.

Los gobiernos solo toman medidas cuando se encuentran desbordados, desde Pedro Sánchez a Conte, de Xi Jinping a Boris Johnson e incluso Donald Trump. Lo que les mueve no es la salud de las personas sino la preocupación de que la expansión del virus quiebre la producción y circulación de las mercancías. Lo que les preocupa es que arrastre su mundo, el mundo del capital, a un colapso inmediato por la muerte de millones de personas. Por eso el gobierno de España no detiene algunos sectores de la producción hasta que se contabilizan más de 6.000 muertos oficiales (El País, nada sospechoso de anticapitalismo, reconoce que los muertos reales son muy superiores). Y, por supuesto, habrá que devolver la jornada laboral a las empresas hasta la última gota de nuestra sangre.

Gobierne quien gobierne, todos actúan del mismo modo, con las mismas preocupaciones y objetivos: defensa de la economía nacional, presencia policial y militar en las calles para frenar las previsibles revueltas sociales, despidos colectivos, créditos a las empresas y otras medidas en las que todas las facciones políticas coinciden. Reina el estado de alarma, los móviles son geolozalizados para controlar nuestros movimientos, los policías en la calle ponen más de 180.000 multas y hay casi 1.600 detenidos en el Estado español. Todo esto bajo el gobierno democrático del PSOE y Podemos y no de los presuntos fascistas de Vox. No hay mal absoluto dentro del capitalismo: el mal absoluto es el capitalismo. Todos los partidos no son sino gestores de la catástrofe capitalista: no hay mal menor por el que votar.

Es importante entender estas lecciones de cara al futuro. No solo ante la catástrofe humana que estamos sufriendo, mucho más mortífera en Nou Barris que en Sarria, en Vallecas que en La Moraleja, sino a la que está por venir. No estamos todos en el mismo barco. Ensalzan al personal sanitario al mismo tiempo que lo tratan como carne de cañón para que se infecte sin medios de protección. Salvan la economía nacional y el funcionamiento de las empresas a costa de un endeudamiento masivo por parte del Estado. Endeudamiento que se verá acompañado de una caída brutal del PIB en los próximos meses y que habrá que pagar en forma de subidas de impuestos, intereses de la deuda, recortes masivos de salarios y despidos. El futuro inmediato es el de una agudización de la crisis del capitalismo, el de la aceleración de una catástrofe que vendrá de la mano de revueltas y rebeliones masivas como las de 2019. Como las que se intuyen en los trabajadores que se niegan a continuar su producción de muerte en las fábricas italianas, españolas, brasileñas o norteamericanas.

Vivimos tiempos históricos y en tiempos históricos es importante tomar determinaciones históricas. El futuro ya está escrito, y será el de una lucha a vida o muerte, un conflicto de clase, un combate de especie, entre la humanidad y el capital. Preparémonos con claridad y determinación.

29 de marzo de 2020
barbaria.net

Fuente: http://barbaria.net/2020/03/29/covid-19-homicidio-del-capital/

Los títeres del capital

Hay de todo y para todos los gustos. En uno de los extremos están las versiones más espectaculares, en las que Trump habría introducido el coronavirus en China con ánimo de ganar la guerra comercial. O China lo habría hecho para extenderlo a otros países, recuperarse de la crisis sanitaria la primera y dominar el mundo. O habrían sido directamente los gobiernos en sus propios países, preocupados por la cuestión de las pensiones, que habrían aplicado la típica solución maltusiana de quitarse la mayor parte de viejos de encima. El otro de los extremos, más sutil y también mucho más extendido en determinados medios, afirma que la gravedad del coronavirus, si no un invento mediático, al menos sí que está siendo conscientemente exagerada por la burguesía para aumentar su control represivo sobre nosotros. A fin de cuentas, la gripe común mata a más gente. ¿No es sospechoso que los gobiernos estén decretando estados de excepción, llevando al ejército a las calles, aumentando las patrullas policiales y poniendo multas altísimas ante una enfermedad que no llega al número de muertos anuales de la gripe común? Sea como sea, aquí hay algo raro.

Es lógico que en el capitalismo surjan discursos y formas de pensar como estos. Se trata de ideologías que emanan espontáneamente de las relaciones sociales organizadas en torno a la mercancía. Todas ellas se basan, en última instancia, en la idea de que todos nosotros seríamos títeres al albur de las decisiones de un grupo todopoderoso de personas que, conscientemente, dirigen nuestras vidas para su propio interés. Esta idea de fondo, que parecería sólo atribuible a las teorías de la conspiración, en verdad está muy extendida: es la que funda la propia democracia.

Los dos cuerpos del rey

Es una cosa particular la manera en la que nos relacionamos en una sociedad organizada por la mercancía. Inédita en la historia, de hecho. La primera y la última forma de organizar la vida social que nada tiene que ver con las necesidades humanas. Por supuesto, antes del capitalismo había sociedades de clase, pero incluso en ellas la explotación estaba organizada con el fin de satisfacer las necesidades ―en sentido amplio― de la clase dominante. En el capitalismo la burguesía sólo lo es en la medida en que sea una buena funcionaria del capital. Ningún burgués puede seguir siéndolo si no obtiene ganancias no para su consumo, que es un efecto colateral, sino para invertirlas de nuevo como capital: dinero para obtener dinero para obtener dinero. Valor hinchado de valor, en perpetuo movimiento. Cuando hablamos del fetichismo de la mercancía, damos cuenta de una relación impersonal en la que no importa quién la ejerza ―un burgués, un antiguo proletario venido a más, una cooperativa, un Estado―, porque lo importante es que la producción de mercancías persista en una rueda automática que no puede dejar de girar. La pandemia actual está mostrándonos lo que pasa cuando esa rueda amenaza con pararse.

Pero esta dinámica impersonal provoca una curiosa inversión. La relación social básica del capitalismo es esta: dos personas que sólo se reconocen entre sí en la medida en que son portadoras de cosas. Si esa cosa es capital, dinero dispuesto a invertirse en la explotación del trabajo, entonces su poseedor será un capitalista. Si es un trozo de tierra o sus derivados ―un bloque de viviendas, por ejemplo―, su poseedor será un rentista. Si es dinero destinado a la compra de mercancías para el consumo, su poseedor será un respetable consumidor. Si esa cosa es un cuerpo, unas manos, una inteligencia, una actividad en definitiva dispuesta a su venta, se estará en posesión de la mercancía fuerza de trabajo y su poseedor será un proletario. La posición social del poseedor de la mercancía cambia en la medida en que cambie esa misma mercancía. El ser humano viene definido por lo que posee, en la medida en que esto que posee esté destinado al intercambio. Las mercancías crean las relaciones sociales en el capitalismo.

Y sin embargo, la impresión que tiene el poseedor de la mercancía es bien distinta. Desde su plano individual e inmediato, es él quien decide. Propietario absoluto, sujeto consciente y libre, puede vender o no vender, invertir, consumir o echar al mar, si le apetece, la mercancía que tiene entre las manos. Es el fundamento mismo de la propiedad privada: el derecho de uso y abuso sobre aquello que se posee. Y esto le convierte en el soberano todopoderoso de su mercancía. La palabra no está escogida al azar: la soberanía, concepto fundante de la democracia y de la nación, encuentra su base en esta relación material entre productores privados de mercancías. El idealismo, el voluntarismo y la separación radical entre naturaleza y cultura, también. En la relación capitalista, el individuo es el rey. O al menos tiene la impresión de serlo.

Entonces, el capitalismo tiene dos cuerpos. Uno inmortal, impersonal, el de la perpetua producción y reproducción de capital, y otro mortal, pasajero, evanescente: el de los individuos que lo encarnan. El capitalismo siempre es impersonal, aunque esté personalizado. Sus individuos pueden tener la impresión de que lo dirigen ―y es lógico que así sea, la propia relación material que establecen entre sí les induce a pensarlo―, pero sólo lo harán en la medida en que sirvan para alimentar la máquina impersonal del capital. En ello consiste la curiosa inversión que producen las relaciones mercantiles: al mismo tiempo que están dirigidos por una lógica inconsciente, automática, una lógica que sólo pueden obedecer la comprendan o no, los individuos se piensan el sujeto de la historia.

Los títeres

Cuando se nos dice que la burguesía se estaría organizando para promover el pánico con el coronavirus, crear un estado de opinión policíaco dispuesto a aceptar cualquier violación de libertades civiles y poder así aumentar su poder sobre la sociedad, se hace una concesión a esta ideología democrática y se convierte a la burguesía en algo que no es.

En primer lugar, la burguesía no es un cuerpo unitario. Antes bien, la lógica de competencia capitalista no le permite actuar como un solo cuerpo más que en momentos precisos, cuando se ve obligada a ello por la organización en clase del proletariado. Sólo en momentos como esos la burguesía deja de competir entre sí por un mayor trozo del pastel y se enfrenta en bloque a nosotros. Tenemos muchos ejemplos históricos de ello: desde algunos más antiguos, como cuando Prusia detuvo los combates contra la burguesía francesa para que ésta pudiera aplastar la Comuna de París, hasta otros más modernos, como la tregua entre Bush padre y Saddam Hussein durante la Primera Guerra del Golfo para que Saddam pudiera redirigir, momentáneamente, sus bombarderos contra las deserciones masivas, revueltas y consejos obreros en el norte y sur de Irak. El resto del tiempo, la burguesía vive fragmentada y en una pugna permanente, un caos social que sólo puede ser organizado medianamente en el juego de facciones, siempre cambiante, al interior del Estado.

Por otro lado, el principal objetivo de la burguesía como clase dominante no es el control social. Eso es una consecuencia inevitable de su verdadero objetivo: el crecimiento del PIB, por simplificar, que naturalmente conlleva la gestión de una sociedad dividida en clases y la eventual represión del proletariado cuando le da por protestar contra su explotación. El Estado no es un monstruo autoritario que esté al quite de la primera ocasión en que pueda aumentar su poder sobre nosotros. Esa es la visión burguesa y democrática del Estado: de ahí el despliegue de toda una serie de mecanismos de control democrático para que no se exceda en sus funciones, antigua memoria de un Estado absolutista que todavía no estaba plenamente regido por la lógica impersonal del capital. Habida cuenta de la brutal disminución del PIB que se prevé con la crisis sanitaria del coronavirus, podemos suponer que el Estado no está muy contento de tener que desplegar sus fuerzas represivas para garantizar la cuarentena. Nos atrevemos a suponer, de hecho, que la clase dominante era mucho más feliz cuando la gente cumplía libremente con su papel en la circulación de mercancías: el de trabajadores y consumidores, como dios manda.

Y es que el Estado y sus políticos no son más que títeres. Pero no títeres de la burguesía, como muchas veces se dice. Esta idea sólo cambia una gran mano que sujeta los hilos por otra. No: unos y otros no son más que títeres con un papel diferente, pero títeres a fin de cuentas en el teatro del capital. Si no interpretan bien este papel, tendrán que hacer mutis por el foro. Las teorías de la conspiración, a cada cual más original, tienen la misma base que la del juego democrático: la idea de que los individuos determinan la historia, y de que un grupo de individuos debidamente posicionado ―sea el club Bilderberg o el Gabinete de los Estados Unidos― puede hacer uso de su libre arbitrio para dirigir nuestras vidas como le apetezca. De ahí también las infinitas discusiones, largas hasta el bostezo, sobre quién es el mal menor en las siguientes elecciones: por si alguien no había terminado de darse cuenta con la crisis actual, no importa si el partido en el poder es de izquierdas o de derechas. Intentarán hacer alguna medida diferente para justificar la diferencia de siglas, pero en el fondo, en lo fundamental, harán exactamente lo mismo porque la función determina el órgano, y su función está clara: la gestión de la catástrofe capitalista, cada vez más fuerte, cada vez más brutal.

Porque el coronavirus es expresión de eso. No es la crisis, porque la crisis es la del capital y sus categorías estructurales, como hemos explicado en otras ocasiones. Pero tampoco es una gripe común. En los días en que se escribe esto, en Madrid está muriendo cinco veces más gente que en los mismos días del año pasado. En todo el país los hospitales están atestados. Ante la escasez de aparatos respiratorios, se está dejando morir a los enfermos a partir de una determinada edad. Las morgues y los cementerios no dan ya más de sí. No es una gripe común. La crisis sanitaria, económica y social que ha despertado el coronavirus es, de manera más profunda y real, la expresión de unas relaciones sociales que se están pudriendo por dentro y que morirán matando, si no acabamos antes con ellas. Nos hemos hartado de decirlo hasta la saciedad: la disyuntiva real, la única posible, es la revolución comunista o la extinción de la especie. La pandemia por desgracia es una demostración inmejorable.

¿Impotencia?

Ningún individuo, ni siquiera un grupo de ellos, es sujeto de la historia. El individuo no es más que una partícula en el flujo de dos fuerzas sociales contradictorias. Son esas fuerzas las que se mueven y los individuos, lo sepamos o no, nos movemos canalizados por una u otra. Como dos corrientes de agua, o mejor, como dos placas tectónicas: su fricción creciente desemboca, antes o después, en un terremoto.

No es maniqueísmo. Un solo individuo puede moverse en una y después en otra, y convivir en esa contradicción hasta que la polarización social parte las aguas y te encuentras en uno de los lados de la barricada, como suele decirse. Una de esas fuerzas afirma la conservación del orden existente. Es el partido del orden, que describía un compañero. La otra se despliega como un movimiento real que pone en cuestión el estado de cosas presente: es el comunismo, que nada tiene de ideología o de una propuesta deseable para el futuro, sino que es la emergencia de unas relaciones sociales que ya se están desarrollando y que pugnan por imponerse contra la putrefacción del capital.

En estas semanas hemos visto expresarse ambas fuerzas sociales. Por un lado, la unidad nacional y la disciplina social: los aplausos cotidianos desde los balcones al personal sanitario, esos grandes héroes nacionales que, como todos los héroes nacionales, están siendo utilizados como carne de cañón en el juego de peones del capital. También se encuentran aquí el espionaje desde las ventanas, las denuncias a la policía de quien sale más de dos veces a la calle, los abucheos a las personas que van acompañadas, independientemente del motivo. Eso está, aunque tampoco podamos exagerarlo. Visto en perspectiva histórica, mucho más fuerte fue la presión en las potencias occidentales por alistarse en la Primera Guerra Mundial o muchísimo más por luchar contra el fascismo y a favor de la democracia capitalista durante la Segunda Guerra. No estamos en una situación contrarrevolucionaria, como la de la posguerra, en la que la defensa del capital fue asumida por una amplia parte del proletariado.

Por otro lado, vemos surgir expresiones de apoyo mutuo y solidaridad con el desconocido. Los bloques de viviendas, los barrios, incluso las pequeñas ciudades se organizan para hacer la compra, hablar y apoyar emocionalmente a las personas que lo necesitan en las duras condiciones de la cuarentena. Todos lo hemos notado: hay como una necesidad de hablar permanente, de ayudarnos, de compartir lo que está ocurriendo y de reflexionar juntos. Además, las huelgas en Brasil, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Camerún, por no hablar de Italia, donde se suman los saqueos a los supermercados, y los disturbios, como en Hubei, se están multiplicando con una sincronicidad mundial que confirma una dinámica cada vez más internacional de las luchas de nuestra clase. A diferencia de la crisis de 2008, que nos pilló a todos más aislados, presas de la conmoción, en esta nueva crisis no hay una autoculpabilización, un hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, un apretarse el cinturón, que es lo que toca: todo lo contrario, hay una conciencia muy clara de que se nos manda al matadero para preservar el buen funcionamiento de la economía nacional.

No hay nada que pueda decirnos si va a estallar un movimiento de luchas ahora, en unos meses ya pasada la cuarentena o dentro de tres años. Porque no hay una relación mecánica entre la violencia que ejerce el capital contra nosotros y el momento en que nos levantamos como clase. Es imposible prever cuándo caerá la gota que desbordará el vaso, pero hay algo seguro: la cuestión está muy lejos de la acción de algunos individuos, ni de los maléficos que nos dirigen ni de los benevolentes que quieren salvarnos. Simplemente, no se trata de eso. Hay dos placas tectónicas, dos fuerzas contrapuestas que están incrementando la tensión de su empuje. No sabemos cuándo vendrá el terremoto. Lo que es seguro es que la manera de prepararnos cuando llegue pasa por comprender la gravedad del momento histórico que estamos viviendo. De nuevo, una vez más, otra vez: la única elección que vale la pena es la de la disyuntiva entre la revolución o la extinción de la especie. Nosotros ya hemos escogido.

Fuente: http://barbaria.net/2020/04/01/los-titeres-del-capital/

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