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Última actualización: 09/05/2020

  • Las pandemias del capital
  • Frente a la Sagrada Familia del capital, defendamos nuestra vida a través del antagonismo social
  • Covid-19: homicidio del capital
  • Los títeres del capital

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  • The pandemics of capital
  • Against the Holy Family of capital, we defend our lives by means of social antagonism

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  • Les pandémies du capital
  • COVID-19 : L’homicide du capital
  • Les marionnettes du capital

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  • Πανδημίες του Κεφαλαίου
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  • Die Pandemien des Kapitals
  • Im Angesicht der Heiligen Familie des Kapitals, lasst uns unser Leben durch sozialen Antagonismus verteidigen
  • Covid-19: Mord des Kapitals
  • Die Marionetten des Kapitals

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  • As pandemias do capital
  • Os fantoches do capital

Las pandemias del capital

Es difícil escribir un texto como este ahora. En el contexto actual, en el que el coronavirus ha quebrado ―o amenaza con hacerlo pronto― las condiciones de vida de muchos de nosotros, lo único que deseas es salir a la calle y prenderle fuego a todo, con la mascarilla si hace falta. La cosa lo merece. Si la economía está por encima de nuestras vidas, tiene sentido retrasar la contención del virus hasta el último momento, hasta que la pandemia es ya inevitable. También tiene sentido que cuando ya no se puede parar el contagio y hay que perturbar ―lo mínimo imprescindible― la producción y distribución de mercancías, seamos nosotros a los que se despide, a los que se fuerza a trabajar, a los que se sigue confinando en cárceles y CIEs, a los que se les obliga a elegir entre la enfermedad y el contagio de los seres queridos o a morirse de hambre en la cuarentena. Todo esto con los vítores patrios y el llamamiento a la unidad nacional, con la disciplina social como el mantra de los verdugos, con los elogios al buen ciudadano que agacha la cabeza y calla. Lo único que deseas en momentos como este es reventarlo todo.

Y esa rabia es fundamental. Pero también lo es comprender bien por qué está sucediendo todo esto: comprenderlo bien para pelear mejor, para luchar contra la raíz misma del problema. Comprenderlo para cuando todo estalle y la rabia individual se convierta en potencia colectiva, para saber cómo utilizar esa rabia, para terminar realmente, sin cuentos, sin desvíos, con esta sociedad de miseria.

El virus no es sólo un virus

Desde sus comienzos, la relación del capitalismo con la naturaleza (humana y no humana) ha sido la historia de una catástrofe interminable. Ello está en la lógica de una sociedad que se organiza a través del intercambio mercantil. Está en la misma razón de ser de la mercancía, en la que poco importa su aspecto material, natural, sólo la posibilidad de obtener dinero por ella. En una sociedad mercantil, el conjunto de las especies del planeta están subordinadas al funcionamiento de esa máquina ciega y automática que es el capital: la naturaleza no humana no es más que un flujo de materias primas, un medio de producción de mercancías, y la naturaleza humana es la fuente de trabajo que explotar para sacar del dinero más dinero. Todo lo material, todo lo natural, todo lo vivo está al servicio de la producción de una relación social ―el valor, el dinero, el capital― que se ha autonomizado y necesita transgredir los límites de la vida permanentemente.

Pero el capitalismo es un sistema preñado de contradicciones. Cada vez que intenta superarlas, sólo aplaza e intensifica la crisis siguiente. La crisis social y sanitaria creada por la expansión del coronavirus concentra todas ellas y expresa la putrefacción de las relaciones sociales basadas en el valor, en la propiedad privada y en el Estado: su agotamiento histórico.

A medida que este sistema avanza, la competencia entre capitalistas impulsa el desarrollo tecnológico y científico y, con él, una producción cada vez más social. Cada vez lo que producimos depende menos de una persona y más de la sociedad. Depende menos de la producción local, arraigada a un territorio, para ser cada vez más mundial. También depende cada vez menos del esfuerzo individual e inmediato y más del conocimiento acumulado a lo largo de la historia y aplicado eficazmente a la producción. Todo esto lo hace, sin embargo, manteniendo sus propias categorías: aunque la producción es cada vez más social, el producto del trabajo sigue siendo propiedad privada. Y no simplemente: el producto del trabajo es mercancía, es decir, propiedad privada destinada al intercambio con otras mercancías. Dicho intercambio está posibilitado por el hecho de que ambos productos contienen la misma cantidad de trabajo abstracto, de valor. Esta lógica, que constituye las categorías básicas del capital, es puesta en cuestión por el propio desarrollo del capitalismo, que reduce la cantidad de trabajo vivo que requiere cada mercancía. Automatización de la producción, expulsión de trabajo, caída de las ganancias que pueden obtener los capitalistas de la explotación de ese trabajo: crisis del valor.

Esta profunda contradicción entre la producción social y la apropiación privada se concreta en toda una serie de contradicciones derivadas. Una de ellas, que hemos desarrollado más ampliamente en otros momentos, da cuenta del papel de la tierra en el agotamiento del valor como relación social. El desarrollo del capital tiende a crear una demanda cada vez más fuerte del uso del suelo, lo cual hace que su precio ―la renta de la tierra― tienda a aumentar históricamente. Esto es lógico: cuanto más se incrementa la productividad, más desciende la cantidad de valor por unidad de producto y, por tanto, más mercancías hay que producir para obtener las mismas ganancias que antes. Como cada vez hay menos trabajadores en la fábrica y más robots, mayor volumen de materias primas y recursos energéticos requiere la producción. La demanda sobre la tierra, por tanto, se intensifica: megaminería, deforestación, extracción intensiva de combustibles fósiles son las consecuencias lógicas de esta dinámica. Por otro lado, la concentración de capitales conduce a su vez a concentrar grandes masas de fuerza de trabajo en las ciudades, lo que empuja a que la vivienda en las ciudades suba de precio permanentemente. De ahí también las peores condiciones de vida en las metrópolis, el hacinamiento, la contaminación, el alquiler que se come una parte cada vez más grande del salario, la jornada laboral que se prolonga indefinidamente por el transporte.

La agricultura y la ganadería se encuentran de cara a estos dos grandes competidores por el suelo, el sector ligado al aprovechamiento de la renta urbana y el ligado a la extracción de materias primas y energía. Si las explotaciones agrícolas o ganaderas se encuentran en la periferia de la ciudad, quizá su parcela de tierra sea más rentable para la construcción de un edificio de viviendas, o de un polígono industrial al que conviene por logística la proximidad a la metrópoli. Si están más alejadas, pero su trozo de tierra contiene minerales útiles y demandados en la producción de mercancías o, peor aún, alguna reserva de hidrocarburos, tampoco podrán realizarse en ese terreno que el capital destina a fines más suculentos [1]. Si quieren mantenerse en el lugar y seguir pagando la renta, habrán de incrementar la productividad como hacen los capitalistas industriales. Tienen además el aliciente del aumento incesante de bocas urbanas que alimentar. La agroindustria es la consecuencia lógica de esta dinámica: sólo incrementando la productividad, utilizando maquinaria automatizada, produciendo en monocultivos, haciendo un uso cada vez mayor de químicos ―fertilizantes y pesticidas en la agricultura, productos farmacéuticos en la ganadería―, incluso modificando genéticamente plantas y animales, podrán producirse las ganancias suficientes en un contexto en el que la renta de la tierra aumenta sin cesar.

Todo esto es necesario para enmarcar la emergencia de pandemias. Como muy bien explican los compañeros de Chuang, el coronavirus no es un hecho natural ajeno a las relaciones capitalistas. Porque no se trata sólo de la globalización, es decir, de las posibilidades exponenciales de expansión de un virus. Es la propia forma de producir del capital la que fomenta la aparición de pandemias.

En primer lugar, para poder hacer más rentables la agricultura y la ganadería es necesario implantar formas de producción mucho más intensivas, mucho más agresivas para el metabolismo natural. Cuando se hacinan muchos miembros de una misma especie ―los cerdos, pongamos por caso, una de las posibles fuentes del COVID-19 y la fuente segura de la gripe A (H1N1) que apareció en 2009 en Estados Unidos― en granjas industriales, su modo de vida, su alimentación y la aplicación permanente de fármacos sobre sus cuerpos debilita su sistema inmunológico. No hay resiliencia en el pequeño ecosistema que constituye una población muy numerosa de la misma especie, comprometida inmunológicamente y hacinada en espacios reducidos. Más aún, este ecosistema es un campo de entrenamiento, un lugar predilecto para la selección natural de los virus más contagiosos y virulentos. Tanto más si dicha población tiene una alta tasa de mortalidad, como ocurre en los mataderos, puesto que la rapidez con que es capaz de transmitirse el virus determina su posibilidad de sobrevivir. Sólo es cuestión de tiempo que alguno de estos virus consiga transmitirse y persistir en un huésped de otra especie: un ser humano, por ejemplo.

Ahora digamos que este ser humano es un proletario y vive, como los cerdos de nuestro ejemplo, hacinado en una vivienda poco salubre con el resto de su familia, va al trabajo hacinado en un vagón de tren o en un autobús donde cuesta respirar cuando llega la hora punta y tiene un sistema inmunológico debilitado por el cansancio, la mala calidad de la comida, la contaminación del aire y del agua. El ascenso permanente del precio de la vivienda y el transporte, los trabajos cada vez más precarios, la mala alimentación, en definitiva, la ley de la miseria creciente del capital hacen también muy poco resiliente a nuestra especie.

También la búsqueda de una mayor rentabilidad y competitividad de la agricultura en el mercado mundial tiene sus efectos en la proliferación de epidemias. Tenemos un buen ejemplo en la epidemia del Ébola que se extendió por toda el África occidental en 2014-2016, a la que precedió la implantación de monocultivos para el aceite de palma: un tipo de plantación por la que los murciélagos ―la fuente de la cepa que produjo el brote― se sienten muy atraídos. La deforestación de la selva, en virtud no sólo de la explotación agroindustrial sino también de la tala maderera y de la megaminería, fuerza a muchas especies animales ―y a algunas poblaciones humanas― a internarse aún más en la selva o mantenerse en sus proximidades, exponiéndose a portadores del virus como murciélagos (Ébola), mosquitos (Zika) y otros huéspedes reservorio ―es decir, portadores de patógenos― que se adaptan a las nuevas condiciones establecidas por la agroindustria. Además, la deforestación reduce la biodiversidad que hace de la selva una barrera para las cadenas de transmisión de patógenos.

Aunque la fuente más probable del coronavirus se sitúa en la caza y venta de animales salvajes, vendidos en el mercado de Hunan en la ciudad de Wuhan, esto no está desconectado del proceso descrito más arriba. A medida que la ganadería y la agricultura industrial se extienden, empujan a los cazadores de alimentos salvajes a penetrar cada vez más en la selva en busca de su mercancía, lo que aumenta las posibilidades de contagio con nuevos patógenos y por tanto de su propagación en las grandes ciudades.

El rey desnudo

El coronavirus ha desnudado al rey: las contradicciones del capital son vistas y sufridas en toda su brutalidad. Y el capitalismo es incapaz de gestionar la catástrofe que se deriva de estas contradicciones, porque sólo puede escaparse de ellas resolviéndolas momentáneamente para que estallen con mayor virulencia más tarde.

Para identificar esta dinámica, esencial a la historia del capitalismo, podemos fijar la mirada en la tecnología. La aplicación del conocimiento tecnocientífico a la producción es quizá uno de los rasgos que más han caracterizado este sistema. La tecnología es usada para aumentar la productividad con el fin de extraer una ganancia por encima de la media, de tal manera que la empresa que produce más mercancías que sus competidores con el mismo tiempo de trabajo puede elegir entre reducir un poco el precio de las mismas para ganar espacio de mercado o mantenerlo y ganar algo más de dinero. Sin embargo, en cuanto sus competidores aplican mejoras semejantes y todos tienen el mismo nivel de productividad, los capitalistas se encuentran con que en lugar de obtener plusganancias, tienen todavía menos ganancias que antes, porque tienen más mercancías que colocar en el mercado ―lo que en condiciones de competencia baja su precio― y menos trabajadores que explotar en proporción. Es decir, lo que se había presentado en un primer momento como una solución, la aplicación de la tecnología para aumentar la productividad, se convierte rápidamente en el problema. Este movimiento lógico es permanente y estructural en el capitalismo.

El desarrollo de la medicina y de la farmacología sigue ese mismo movimiento. El capitalismo no puede evitar, desde sus más puros comienzos, enfermar a su población. Sólo puede intentar desarrollar el conocimiento médico y farmacológico para comprender y controlar las patologías que él mismo favorece. Sin embargo, en la medida en que las condiciones que nos hacen enfermar no desaparecen, sino que incluso aumentan con la crisis cada vez más pronunciada de este sistema, el papel de la medicina se invierte y puede funcionar como un carburante para la enfermedad. El uso de antibióticos no sólo en la especie humana, sino también en la ganadería, fomenta la resistencia de las bacterias y anima la aparición de cepas cada vez más difíciles de combatir. Ocurre de manera semejante con las vacunas para los virus. Por un lado, suelen llegar tarde y mal en la emergencia de una epidemia, dado que la propia lógica mercantil, las patentes, los secretos industriales y la negociación de las empresas farmacéuticas con el Estado retrasan su pronta aplicación en la población infectada. Por otro lado, la selección natural hará que los virus tengan que estar cada vez más preparados para superar estas barreras, favoreciendo la aparición de nuevas cepas para las que no se conocen todavía vacunas. El problema, por tanto, no está en el desarrollo del conocimiento médico y farmacológico, sino en que mientras se sigan manteniendo unas relaciones sociales que producen permanentemente la enfermedad y facilitan su rápida expansión, este conocimiento sólo animará la aparición de cepas cada vez más contagiosas y virulentas.

De la misma forma que el desarrollo tecnológico y médico encubre una fuerte contradicción con las relaciones sociales capitalistas, así ocurre también con la contradicción entre el plano nacional e internacional del propio capital.

El capitalismo nace ya con un cierto carácter mundial. Durante la Baja Edad Media se fueron desarrollando redes de comercio a larga distancia que, , sumadas al nuevo impulso de la conquista del continente americano, permitieron la acumulación de una enorme masa de capital mercantil y usurario. Ésta serviría de trampolín a las nuevas relaciones que estaban emergiendo con la proletarización del campesinado y la imposición del trabajo asalariado en Europa. La peste negra que asoló el continente europeo en el siglo XIV fue precisamente fruto de esta mundialización del comercio, produciéndose a partir de comerciantes italianos provenientes de China. Lógicamente, el sistema inmunológico de las diferentes poblaciones en aquella época estaba menos preparado para sufrir enfermedades de otras regiones, y la intensificación de los lazos a nivel mundial iba a facilitar una expansión de epidemias tan grande como amplias fueran las redes comerciales. Son un buen ejemplo de ello las epidemias que llevarían los colonos y que acabarían con la mayoría de la población indígena en grandes zonas de América.

Sin embargo, estas redes de comercio mundiales sirvieron, de manera paradójica y contradictoria, para animar la formación de burguesías nacionales. Dicha formación fue pareja al esfuerzo de varios siglos por homogeneizar un solo mercado nacional, una sola lengua nacional, un solo Estado, y con ellos dos siglos en los que se sucedería una guerra tras otra sin cesar, hasta el punto de que no hubo apenas unos años de paz en Europa durante los siglos XVI y XVII. El carácter mundial del capital es inseparable de la emergencia histórica de la nación y, con ella, del imperialismo entre las naciones.

Este doble plano en permanente contradicción, el estrechamiento de los lazos a nivel mundial con el arraigo nacional del capitalismo, se expresa con toda su fuerza en la situación actual con el coronavirus. Por un lado, la globalización permite que patógenos de diversos orígenes puedan migrar desde los reservorios salvajes más aislados a los centros de población de todo el mundo. Así, por ejemplo, el virus del Zika se detectó en 1947 en la selva ugandesa, de donde recibe su nombre, pero no fue hasta que no se desarrolló el mercado mundial de la agricultura y Uganda pasó a ser uno de sus eslabones que el Zika pudo llegar al norte de Brasil en 2015, ayudado sin lugar a dudas por la producción en monocultivo de soja, algodón y maíz en la región. Un virus, por cierto, que el cambio climático ―otra consecuencia de las relaciones sociales capitalistas― está ayudando a extender: el mosquito portador del Zika y del dengue ―el mosquito tigre en sus dos variantes, el Aedes aegypti y el Aedes albopictus― ha llegado ya a zonas como España debido al calentamiento global. Además, la internacionalización de las relaciones capitalistas es exponencial. Desde la epidemia del otro coronavirus, el SARS-CoV, entre 2002 y 2003 en China y el sudeste asiático, la cantidad de vuelos provenientes de estas regiones a todo el mundo se ha multiplicado por diez.

Así pues, el capitalismo promueve la aparición de nuevos patógenos que su carácter internacional extiende con rapidez. Y sin embargo es incapaz de gestionarlos. En la pugna imperialista entre las principales potencias no cabe la coordinación internacional que requieren unas relaciones sociales cada vez más globales y, menos aún, la coordinación que está requiriendo ya esta pandemia. El carácter inherentemente nacional del capital, por muy mundializado que se quiera, implica que los intereses nacionales en el contexto de la lucha imperialista prevalecen frente a todo tipo de consideración internacional para el control del virus. Si China, Italia o España retrasaron hasta el último momento la toma de medidas, como más tarde lo hicieron Francia, Alemania o Estados Unidos, es precisamente porque las medidas necesarias para contener la pandemia consistían en la cuarentena de los infectados y, llegada cierta tasa de contagio, en la paralización parcial de la producción y distribución de mercancías. En un contexto en el que se iba larvando ya desde hacía dos años la crisis económica que estalla ahora, en plena guerra comercial entre China y Estados Unidos y en el curso de una recesión industrial, este parón no se podía permitir. La decisión lógica de los funcionarios del capital fue entonces la de sacrificar la salud y unas cuantas vidas entre el capital variable ―seres humanos, proletarios― para aguantar un poco más el tirón y mantener la competitividad en el mercado mundial. Que se haya revelado no sólo ineficaz sino incluso contraproducente no exime de lógica a esta decisión: a una burguesía nacional, sensible sólo a las subidas y bajadas de su propio PIB, no puede tampoco pedírsele una filantropía internacional. Eso hay que dejárselo a los discursos de la ONU.

Y es que la gran contradicción que ha señalado el coronavirus es esa: la del PIB, la de la riqueza basada en capital ficticio, la de una recesión constantemente postergada a base de inyecciones de liquidez sin ningún fundamento material en el presente.

El coronavirus ha desnudado al rey, y ha mostrado que en realidad nunca salimos de la crisis de 2008. El mínimo crecimiento, el posterior estancamiento y la recensión industrial de los últimos diez años no han sido más que la respuesta apenas sensible de un cuerpo en coma, un cuerpo que sólo ha sobrevivido gracias a la emisión permanente de capital ficticio. Como explicábamos antes, el capitalismo se basa en la explotación del trabajo abstracto, sin el cual no puede obtener ganancias, y sin embargo por su propia dinámica se ve empujado a expulsar trabajo de la producción de manera exponencial. Esta fortísima contradicción, esta contradicción estructural que alcanza sus categorías más fundamentales, no puede ser superada sino agravándola para más tarde mediante el crédito, es decir, el recurso a la expectativa de ganancias futuras para seguir alimentando la máquina en el presente. Las empresas de la «economía real» no tienen otra forma de sobrevivir que huir permanentemente hacia adelante, obtener créditos y mantener altas las acciones en bolsa.

El conoravirus no es la crisis. Simplemente es el detonante de una contradicción estructural que venía expresándose desde hace décadas. La solución que los bancos centrales de las grandes potencias dieron para la crisis de 2008 fue seguir huyendo y utilizar los únicos instrumentos que tiene la burguesía actualmente para afrontar la putrefacción de sus propias relaciones de producción: masivas inyecciones de liquidez, es decir, crédito barato a base de la emisión de capital ficticio. Este instrumento, como es natural, apenas sirvió para mantener la burbuja, puesto que ante la ausencia de una rentabilidad real las empresas utilizaban esa liquidez para recomprar sus propias acciones y seguir endeudándose. Así, hoy en día la deuda en relación al PIB mundial ha aumentado casi un tercio desde 2008. El coronavirus simplemente ha sido el soplo que ha tirado la casa de naipes.

Al contrario de lo que proclama la socialdemocracia, según la cual nos encontraríamos en esta situación porque el neoliberalismo ha dejado vía libre a la avaricia de los especuladores de Wall Street, la emisión de capital ficticio ―es decir, de créditos que se basan en unas ganancias futuras que no llegarán nunca a producirse― es el necesario órgano de respiración artificial de este sistema basado en el trabajo. Un sistema que, sin embargo, por el desarrollo de una altísima productividad, cada vez tiene menos necesidad de trabajo para producir riqueza. Como explicábamos anteriormente, el capitalismo desarrolla una producción social que choca directamente con la propiedad privada en que se basa el intercambio mercantil. Nunca hemos sido tan especie como ahora. Nunca hemos estado tan vinculados mundialmente. Nunca la humanidad se ha reconocido tanto, se ha necesitado tanto a nivel mundial, independientemente de lenguas, culturas y barreras nacionales. Y sin embargo el capitalismo, que ha construido el carácter mundial de nuestras relaciones humanas, sólo puede afrontarlo afirmando la nación y la mercancía y negando nuestra humanidad, sólo puede afrontar la constitución de nuestra comunidad humana mediante su lógica de destrucción: la extinción de la especie.

Hobbes y nosotros

Una semana antes de que se escribiera este texto, en España decretaron el estado de alarma, la cuarentena y el aislamiento de todos nosotros, salvo si es para vender nuestra fuerza de trabajo. Medidas semejantes se tomaron en China e Italia, y se han tomado ya a estas alturas en Francia. Solos, en nuestra casa, a una distancia de un metro de cada persona que encontramos en la calle, la realidad misma de la sociedad capitalista se hace presente: sólo podemos relacionarnos con los otros como mercancías, no como personas. Quizá la imagen que mejor expresa esto son las fotografías y los vídeos que han circulado por las redes sociales con el comienzo del aislamiento: miles de personas hacinadas en vagones de tren y de metro de camino al trabajo, mientras los parques y las vías públicas están vedadas a toda persona que no pueda presentar una buena excusa a las patrullas policiales. Somos fuerza de trabajo, no personas. El Estado lo tiene muy claro.

En este contexto, hemos visto aparecer una falsa dicotomía basada en los dos polos de la sociedad capitalista: el Estado y el individuo. En primer lugar fue el individuo, la molécula social del capital: las primeras voces que se hicieron oír ante la alerta del contagio fueron las del sálvese quien pueda, las de muéranse los viejos y allá cada uno, las de las culpas de unos a otros por toser, por huir, por trabajar, por no hacerlo. La reacción primera fue la ideología espontánea de esta sociedad: no se puede pedir a una sociedad que se construye sobre individuos aislados que no actúe como tal. Frente a esto y al caos social que estaba produciéndose, hubo un alivio general ante la aparición del Estado. Estado de alarma, militarización de las calles, control de las vías de comunicación y transporte salvo para lo que es fundamental: la circulación de mercancías, incluida en especial la mercancía fuerza de trabajo. Ante la incapacidad de organizarnos colectivamente frente a la catástrofe, el Estado se revela como la herramienta de administración social.

Y no deja de ser eso. Una sociedad atomizada necesita de un Estado que la organice. Pero esto lo hace reproduciendo las causas de nuestra propia atomización: las de la ganancia frente a la vida, las del capital frente a las necesidades de la especie. Los modelos del Imperial College de Londres predicen 250.000 muertes en Reino Unido y hasta 1,2 millones en Estados Unidos. Las predicciones a nivel mundial, contando con el contagio en los países menos desarrollados y con una infraestructura médica mucho más precaria, llegarán previsiblemente a varios millones de personas. La epidemia del coronavirus, sin embargo, podría haberse detenido mucho antes. Los Estados que han sido foco de la pandemia han actuado como tenían que hacerlo: poniendo por encima las ganancias empresariales durante al menos unas semanas más, frente al coste de millones de vidas. En otro tipo de sociedad, en una sociedad regida por las necesidades de la especie, las medidas de cuarentena tomadas a su debido tiempo podrían haber sido puntuales, localizadas y rápidamente superadas. Pero no es así en una sociedad como esta.

El coronavirus está expresando en toda su brutalidad las contradicciones de un sistema moribundo. De todas las que hemos intentado describir aquí, esta es la más esencial: la del capital frente a la vida. Si el capitalismo se está pudriendo por su incapacidad de enfrentar sus propias contradicciones, sólo nosotros como clase, como comunidad internacional, como especie, podemos acabar con él. No es una cuestión cultural, de conciencia, sino una pura necesidad material que nos empuja colectivamente a luchar por la vida, por nuestra vida en común, contra el capital.

Y el momento para hacerlo, si bien sólo es el inicio, ya ha empezado. Muchos estamos ya en cuarentena, pero no estamos aislados, ni solos. Nos estamos preparando. Como los compañeros que se han levantado en Italia y en China, como los que llevan ya un tiempo de pie en Irán, Chile o Hong Kong, nosotros vamos hacia la vida. El capitalismo se está muriendo, pero sólo como clase internacional, como especie, como comunidad humana, podremos enterrarlo. La epidemia del coronavirus ha derribado la casa de naipes, ha desnudado al rey, pero sólo nosotros podemos reducirlo a cenizas.

19 de marzo de 2020

[1] La sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables no resuelve el problema, todo lo contrario: las renovables requieren superficies mucho más grandes para producir niveles inferiores de energía.

Fuente: http://barbaria.net/2020/03/20/las-pandemias-del-capital/

Frente a la Sagrada Familia del capital, defendamos nuestra vida a través del antagonismo social

En este artículo pretendemos afrontar las cuestiones que se desprenden del actual estado de alarma que ha decretado el gobierno de Pedro Sánchez en España, junto a las medidas que ha anunciado el martes 17 de marzo. Vivimos en tiempos de profunda crisis social, una crisis sanitaria que, al mismo tiempo, se combina con una crisis económica, de cambio climático, psicológica, política, etc. En realidad estamos ante la crisis de un mundo que esta empezando a colapsar, que está agotando su tiempo histórico: es el mundo del capital. Es la crisis del capital.

¿Unidad nacional? ¿En defensa de quién?

Se nos dice que la enfermedad y el contagio no conoce de clases, de ideologías, de razas, que ataca a todos por igual y que tenemos que reaccionar juntos, con unión, con disciplina social, como españoles, porque somos miembros de una gran nación. Todos los partidos políticos están unidos. Más allá de las diferencias de matices por necesidades de márketing político, sindicatos, empresarios y bancos defienden las medidas del gobierno. Todos a una, porque estamos en el mismo barco, nuestra patria, contra un enemigo común, el coronavirus. No nos vencerá, nos dicen. Al final de estos meses todo volverá a la presunta normalidad de antes, a la normalidad del capital. Pedro Sánchez repite con obsesión, cada poco tiempo, que esto es solo una crisis coyuntural.

La burguesía está asustada.

Tiene miedo.

Y tiene razones para ello.

Además actúan de modo dividido según los lugares. Hay gobiernos que de modo tardío tomaron decisiones centralizadas, como el capital chino, y otros como Italia o España que tardaron todavía más en reaccionar e imponer el aislamiento parcial de las poblaciones. Están reaccionando con retraso a la difusión de la enfermedad porque lo que les preocupa de verdad, como explicaremos más tarde, es la salud de la economía del capital. En Francia las medidas son mucho más recientes. Ni siquiera pararon las elecciones municipales del domingo 15 de marzo, y en el Reino Unido y Estados Unidos parece que apuestan por una solución malthusiana, o sea, que muera quien tenga que morir (aunque probablemente tengan que dar marcha atrás). Mientras tanto el virus se extiende por todo el mundo, llega a América Latina y a África. El virus se propaga a la velocidad de la circulación de las mercancías y de los capitales.

Todos hemos podido ver las contradicciones en que entra el estado de alarma del gobierno PSOE-Podemos. Se nos dice que lo que les preocupa es la salud de la gente y, sin embargo, millones de personas salen a trabajar cotidianamente. Y es que las necesidades del capital son las que marcan las necesidades de la sociedad en la que vivimos. La utilidad de las cosas viene marcada por su precio, por la rentabilidad económica que genera para las empresas. No hay ninguna utilidad humana en fabricar coches, pero sí una utilidad social que es la que rige en primera instancia, la del capital. Si no se fabrican coches, disminuye el beneficio de estas empresas y se ven obligadas a cerrar. Con eso aumenta el paro y la dificultad de los proletarios obligados a reproducir su fuerza de trabajo y su vida.

¿Qué queremos resaltar con esto? Que vivimos en un mundo dominado por el capital y por el valor. Y esto entra completamente en la forma en que se está afrontando la crisis en curso. Cuando decimos que el capital es la raíz de la crisis no estamos diciendo algo superficial. Lo que afirmamos es que la máquina impersonal que es el valor es la que fomenta con su lógica omnívora el nacimiento de cada vez más virus, por cómo tiende a colonizar cada vez más rincones del planeta y por cómo desarrolla la industria cárnica intensiva. Al mismo tiempo, enfrenta la expansión de estas epidemias desde su lógica, por lo que trata de mantener en lo posible el esqueleto de la producción y reproducción de las actividades económicas.

¿Cuál sería una forma adecuada de preservarnos frente a este tipo de virus? Tratar de reducir drásticamente la producción social, acabar con estas megalópolis sin límite que son hoy las ciudades, un control de los consumos que satisfaga las necesidades humanas básicas, el fin de la escuela como instrumento de adoctrinamiento y disciplina social, el fin del sometimiento de las personas hacia las máquinas, la abolición de las empresas, etc. Estamos enumerando algunas de las medidas que establece el Programa revolucionario inmediato que desarrolló Bordiga en la reunión de Forlí de 1952, medidas a aplicar durante el proceso revolucionario para la transición hacia el comunismo integral. Son las que necesitaríamos aplicar como humanidad para afrontar no solo la crisis del coronavirus, sino más en general la catástrofe cada vez más brutal a la que nos empuja el agotamiento de la sociedad capitalista. Se trata en última instancia de medidas que detengan la movilidad social, es decir, la movilidad de los capitales y de las mercancías. Hace falta un plan en defensa de la especie: este plan, este programa en defensa de la especie, así como el movimiento real que tiende a imponerlo aboliendo el estado de cosas presente, es lo que llamamos comunismo.

El capital es incapaz de ello porque su sustancia social, aquello que le da vida, es el trabajo abstracto, el trabajo asalariado. Esta es otra lección que podemos desprender con seguridad de esta experiencia. Sin trabajo asalariado el funcionamiento de las empresas quiebran, las actividades económicas colapsan, la sociedad se descompone. El capital no es sino valor hinchado de valor, es decir, dinero que se transforma en más dinero por medio de la explotación del trabajo abstracto, que es la sustancia social que iguala a todas las mercancías entre sí. Esta conclusión es también muy importante porque nos ayuda a sacar una nueva conclusión: es imperativa la abolición del trabajo asalariado, la de una sociedad que gira en torna a actividades que, desde un punto de vista humano, carecen de sentido, pero que son necesarias para dar vida a este zombie global e impersonal que es a día de hoy el capital.

A partir de lo dicho podemos tener claro que el virus no es un “cisne negro”, como defienden los estrategas del capital y sus economistas. Es decir, no es un elemento extraño que atenta contra un sistema que gozara de buena salud. Es un virus fomentado por la propia dinámica del capital (como otros que han venido y otros que vendrán) y que se mueve a la velocidad de la circulación de capitales. Esto es muy importante para entender la oposición y el antagonismo firme que tenemos que tener frente a todos los discursos ideológicos que nos venden desde todos los gobiernos, cuando nos dicen que estamos todos en el mismo barco.

Nunca ha sido así y nunca será así. Vivimos en una sociedad atravesada por antagonismos sociales brutales, donde los intereses del capital y su maximización de beneficios se enfrentan con aquellos que vendemos nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir, y que nos encontramos suspendidos en el aire si alguien no “compra” nuestra fuerza de trabajo, siempre reducidos a instrumentos del engranaje capitalista, de su máquina impersonal, cosificados en nuestras necesidades humanas. Entonces, sí, estamos hablando del antagonismo entre proletariado y capital. Es desde este antagonismo desde el que tenemos que defender nuestras necesidades humanas.

No se cansan de decir que se trata de una guerra y que hay que estar unidos. Es la misma estrategia que se utiliza en todas las guerras imperialistas. Es la estrategia de convertirnos al proletariado en carne de cañón para la defensa de sus intereses, de los intereses del capital. En esta crisis se puede ver perfectamente lo que decía Marx: los gobiernos no son sino «el consejo de administración del capital general». Es la función la que determina el órgano y, en este caso, su función es permitir la respiración no de la personas, sino del capital y sus movimientos, movimientos que están dando muestras de una peligrosa parálisis. De ahí que estén asustados.

Como decíamos, su estrategia es convertirnos en carne de cañón, como hicieron con nuestros hermanos proletarios en otras guerras, en nombre de la unidad nacional, de una lucha por un bien mayor (el del capital) y de promesas de victoria frente al presunto enemigo (en este caso el coronavirus).

En nombre de esta Sagrada Familia, de esta unidad nacional, cientos de miles de trabajadores y trabajadoras están trabajando en call centers, en fábricas, en oficinas o supermercados, hacinados en el transporte público, atrapados en autopistas, o en filas de mesas y sillas, sin apenas espacio, desde donde siguen obligados a someterse y ejercer la productividad debida al capital. Y es que ya sabemos que esta sociedad ofrece dos alternativas: o enfermar o ser echados a la calle y volver a estar suspendidos en el aire.

Y qué decir de los CIEs, donde miles de proletarios de otros países se encuentran hacinados por el delito de querer mejorar su vida, o de los presos en las cárceles, que viven un confinamiento de sus vidas (y no durante unas semanas), hacinados a la espera de que se propague el contagio.

O sea que la unidad proclamada no es sino las esposas que nos unen a unos intereses que no son los nuestros y a un barco (el capital) que empieza a hundirse.

Por eso son tan importantes las luchas que han estallado en fábricas como Mercedes de Vitoria, de Iveco o Renault en Valladolid o los motines como en el CIE de Aluche en Madrid, y que suceden a otras luchas que ya habían estallado en otras fábricas italianas. No somos carne de cañón para el capital. Este presupuesto, la defensa de nuestras necesidades humanas, es una premisa fundamental para el futuro. Y es que el futuro que tenemos por delante es el de una catástrofe de dimensiones cada vez más bestiales, provocada por el agotamiento histórico del capitalismo como sistema global y total de dominio.

Algo muy diferente de lo que nos prometen los gobernantes de la izquierda del capital. En uno de sus discursos de estos últimos días, Pedro Sánchez repite mil veces que es solo una crisis coyuntural, es solo una crisis coyuntural, es una crisis coyuntural… Como si repetir ayudase en algo. En realidad esta pandemia global se une a la crisis más general del valor en la sociedad del capital (la expulsión de trabajo vivo por los procesos de automatización y la caída general de la tasa de ganancia), a las revueltas sociales en curso y que han protagonizado el 2019 y a las transformaciones climáticas en marcha. Todo ello tiene un vector común, el capital y sus movimientos un antagonista natural, las revueltas proletarias en curso; y una solución a la que se puede dirigir el curso histórico actual, el comunismo como un plan de vida para la especie, una distribución adecuada que satisfaga las necesidades humanas por fuera de las lógicas homicidas del capital. Vivimos tiempos interesantes, tiempos históricos, de crisis y de catástrofe, de revueltas y pandemias. La revolución se convierte en este horizonte en una necesidad, un instrumento necesario que vincule la defensa inmediata de nuestras necesidades con el objetivo histórico de una comunidad humana que satisfaga el conjunto de sus necesidades, negadas por el capital.

¿Seguridad o nihilismo?

Este tipo de virus, tan contagiosos, se combaten con aislamiento. Ya hemos explicado que este aislamiento va en contra de la esencia del capital, de su movimiento perpetuo e infinito de producción y circulación incesante de mercancías. El Estado pretende realizar esa paralización parcial de la movilidad a través de sus instrumentos: el ejército, la policía, las multas, los castigos y las amenazas. En estos días de estado de alarma vivimos uno de los sueños del capital, el sueño de sus orígenes, que en realidad representa el de su ocaso: la guerra de todos contra todos en el estado de naturaleza, que nos obliga a someternos a un soberano por el vacimiento social y el miedo común, un Leviatán securitario. El aislamiento social, la atomización de moléculas encerradas en hogares separados unos de otros, ese vaciamiento social es colmado por el Estado, que quiere convertirse en el corazón y los vasos sanguíneos que unifican la comunidad. Una comunidad ficticia, sin vida propia más allá de la que le pretende conferir el Estado con sus mecanismos de seguridad y de orden, de disciplina social y de represión.

Nosotros no estamos defendiendo frente al Estado y su orden, frente a su estado de alarma, un nihilismo individualista donde cada cual hace lo que le viene en gana independientemente del bien común de la comunidad. Este nihilismo no es sino la otra cara de la moneda de la comunidad ficticia que es el Estado: átomos individuales y que se mueven en todas las direcciones sin un sentido común, como pollos sin cabeza, y el Estado como el único modo de construir un orden social en el que converjan esos átomos. Por eso es una falsa dicotomía, en el capital, la que opone orden y libertad, como la que opone democracia y totalitarismo, España a China.

La democracia es el ser social del capital. En un mundo en que los seres humanos somos mercancías, en el que tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo individual, competimos unos contra otros para obtener la mayor rentabilidad de nuestra mercancía particular frente a otras mercancías. Nuestro ser en común como proletarios, como clase, como posible partido que nace de la defensa de nuestras necesidades inmediatas e históricas, se desdibuja en la atomización de la competencia capitalista que además nos reduce a ser sujetos jurídicos, ciudadanos, aislados unos de otros, que votan una vez cada cierto tiempo, una vez más, aislados. Este es el ser social del capital, que hace del Estado la única posibilidad de un ser en común ficticio que al mismo tiempo que nos aisla como seres humanos, nos comunica de modo incesante y constante como mercancías. Este es nuevamente el gran problema que tiene el capital, en su agotamiento interno, en crisis como ésta. Nos aisla como personas y seres humanos pero nos comunica en cuanto mercancías. El movimiento del capital es el de las personas subordinadas a los movimientos de las cosas y de las máquinas. Aislados unos de otros solo nos comunicamos a través de ellas, de las cosas, en su forma de mercancía. Esto es a lo que Marx se refería cuando hablaba del fetichismo de la mercancía y del capital.

El coronavirus ha puesto sobre la mesa un debate acerca de las formas políticas de los Estados para afrontar esta crisis, reivindicando, en algunos casos, la gestión de Estados más centralizados como China. Para nosotros son secundarios todos estos debates que diferencian de modo sustancial entre regímenes dictatoriales y democráticos, desde la formalidad política, entre China y los parlamentos occidentales. Todos los regímenes modernos son igualmente democráticos y totalitarios. Vivimos en un totalitarismo democrático que expresa a la perfección el ser social del capital, en su esencia individualista (como átomos aislados) y en la tendencia totalitaria a que la mercancía y el Estado invadan toda nuestra vida. Y eso es universal. Es una lección que el capitalismo y sus democracias aprendieron de los fascismos tras 1945, vencidos militarmente pero victoriosos en algunas de sus lecciones con que pretendían insuflar vida al capital en crisis.

Como dicen los compañeros de Chuang vivimos en medio de una huelga general invertida. A diferencia de una huelga general vivimos aislados, por decisión del estado de alarma, pero todos nos estamos haciendo muchas preguntas, preguntas importantes. Estamos viviendo un momento catártico. ¿Por qué estamos encerrados? ¿Será durante mucho tiempo? ¿Cómo será nuestro futuro? ¿Morirán mis seres queridos? ¿Por qué me mandan a trabajar? ¿Qué será de mí al irme al paro? ¿En qué mundo vivimos? ¿Será algo coyuntural? Podemos contestar a alguna de estas preguntas con contundencia, sobre todo a la última: no, no se trata de una crisis coyuntural. El mundo del capital, lentamente pero de modo irreversible, se derrumba, entra en un colapso que no es el que habían vendido los ecologistas y decrecentistas. El capitalismo no desaparece en su colapso, ni se descomplejiza, sino que en su plena catástrofe nos amenaza con la extinción si no somos capaces de acabar con él y organizar un plan de vida para la especie. Todas las posibilidades están dadas en este sentido. No es una utopía. Y al mismo tiempo, estamos lejos, en las conciencias, de ese objetivo histórico, de un horizonte de posibilidad alternativo al capitalismo. Somos materialistas y no ilustrados, sabemos que es de las luchas de clases, que se han desarrollado en el último período y en las que vendrán seguro en el futuro, de donde nacerá esa necesidad histórica y la posibilidad de invertir la praxis del capital. Su praxis es homicida, homicida de los vivos y de los muertos.

Capital ficticio y planes burgueses

La crisis del coronavirus acelera y se vincula a la crisis más general del capital. Es muy importante entender esto de cara a las políticas fiscales y monetarias que están implementando los diferentes gobiernos europeos para frenar la actual parálisis económica.

La crisis provocada por el conoravirus invade el cuerpo de un paciente, el capital, que no goza precisamente de buena salud, un enfermo crónico que ha ido empeorando su salud en la última década. El origen de la enfermedad es una metástasis irreversible. El destino es seguro y cierto: la muerte del capital por su agotamiento histórico, por el agotamiento del valor y de su sustancia social, el trabajo. Los tratamientos paliativos empleados, la multiplicación del capital ficticio, alargan la vida del enfermo pero estallan en los momentos de crisis, como se pudo ver en la crisis del 2008 o en la actualidad en los movimientos de las bolsas mundiales. Y que no nos llamen exagerados, más bien lo contrario: somos simples anatomistas de la necrológica del capital. Es la OMS y muchos biólogos quienes nos dicen, por ejemplo, que este virus no es el último ni el más virulento que vendrá a amenazar nuestras vidas en el próximo tiempo histórico.

En este difícil contexto, las medidas aprobadas por los gobiernos no son sino paliativos que pretenden comprar algo de tiempo al futuro, un tiempo sin embargo cada vez más corto. Todo ello mientras se repite obsesivamente que esto es solo una crisis coyuntural, una crisis coyuntural, una crisis coyuntural… Como repite machaconamente Pedro Sánchez. Y bien sabemos que no es así, sino que nos encontramos ante una crisis de oferta (como dirían de manera pedante los economistas burgueses), es decir, una crisis debida a la dificultad de valorización del capital a la que se le añade el parón económico de estas semanas, que acelera y amplifica dicha crisis de oferta. Una crisis de la que no se va a salir con una simple inyección de liquidez, a través de los bancos centrales o de políticas de gasto fiscal, porque el problema son los beneficios que no están generando las empresas estas semanas por la parálisis de buena parte del tejido productivo. Obviamente no estamos afirmando el derrumbe inmediato del capital. Al capitalismo, en su ocaso, le queda aún mucho fuelle. Lo que afirmamos es que estamos entrando en una nueva época, la del agotamiento del capital como relación social, una época marcada cada vez más por las revueltas de nuestra clase y la crisis del capital.

Volviendo a las medidas del gobierno de Pedro Sánchez, en realidad no son tan ambiciosas como han presentado. 200.000 mil millones de euros, de los cuales 117.000 públicos y 83.000 privados. De los recursos públicos, en realidad, no se trata de dinero que invierte directamente el Estado, sino que éste se presentará como un mero avalista en caso de que no se cobren los créditos de las empresas privadas, con lo que se pretende evitar su bancarrota. Y ese es el secreto del plan. En buena medida, se pretende movilizar el crédito para financiar este tiempo de parálisis de la actividad económica privada. Al proletariado se le promete una moratoria del pago de las hipotecas y de los recibos para los sectores más vulnerables (en cualquier caso habrá que seguir pagándolos) y, sobre todo, se facilita de un modo masivo el despido de los trabajadores a través del uso de los ERTEs, aunque las empresas tengan ingentes beneficios. En eso ha quedado el reformismo de Podemos, en dedicarse a jalear como una conquista obrera que millones de trabajadores vayan al paro (con el beneplácito, como no podía ser menos, de sindicatos, patronal y bancos) y que vean reducidos de modo sensible sus ingresos.

Y de eso estamos hablando. De un ataque a las condiciones de vida del proletariado. De eso habla Pedro Sánchez cuando reafirma la importancia de la disciplina social. Ese será el contenido de este plan y de todos los «planes extra sociales» que nos prometen, hablando de un quimérico Plan Marshall o de una reconstrucción europea como la de la postguerra. El tiempo no es reversible, el futuro del capitalismo tiende a la catástrofe. Cuando hayamos superado el virus, como nos prometen, nada volverá a ser como antes. O mejor dicho, seguirá siéndolo, continuará la misma catástrofe capitalista pero de modo creciente y más en crisis. Las estrategias actuales de securización serán aprovechadas por la burguesía, y es que saben que el futuro inmediato en todo el mundo será de revueltas sociales y urbanas por doquier, como ya anticipa el 2019. Muchos de los despidos serán permanentes. La precariedad de los trabajos se profundizará. Los recortes sociales tratarán de financiar los incrementos de la deuda pública y privada.

El futuro nos depara una polarización social cada vez más aguda. Se dibujan dos bloques sociales antagónicos que representan dos modos de producción y de vida opuestos: capitalismo y comunismo. A los comunistas nos corresponde defender teórica y prácticamente la perspectiva comunista de abolición de la mercancía y el valor, de los Estados y de las clases, posibilidad que anida con fuerza en la crisis irreversible del capital. La polarización social creciente creará el terreno fértil del que podrá nacer la posibilidad de ese plan para la especie que satisfaga nuestras necesidades humanas y no las de la valorización del capital.

Fuente: http://barbaria.net/2020/03/20/frente-a-la-sagrada-familia-del-capital-defendamos-nuestra-vida-a-traves-del-antagonismo-social/

Covid-19: homicidio del capital

Aquí para difundir por redes sociales

Personas confinadas, hospitales y UCIs que no dan abasto, residencias convertidas en morgues; fábricas de cerveza o de motores de avión abiertas, obras nuevas en calles vacías, jardineros en los parques, transportes públicos llenos de trabajadores; militares que vigilan, guardias civiles que detienen y ponen multas, policías que hacen redadas a inmigrantes en las plazas…

Estos días asistimos a una aceleración de nuestros tiempos históricos. El coronavirus no inventa nada, es una pandemia causada por la lógica del capital, y que a su vez acelera la crisis sistémica del capitalismo. Nos parece importante hacer un pequeño balance de la catástrofe que estamos viviendo.

Lo que preocupa a todos los gobiernos es la salud de la economía nacional y no la de las personas. Por eso al inicio todos banalizaron el virus, decían que en abril todo el mundo se habría olvidado de él, insistían en seguir con la vida normal: la de la producción y circulación mercantil, la de los trabajos y los consumos, la de manifestaciones como el 8M o la de eventos futbolísticos. Todo va bien en el reino de la mercancía, nos decía Ada Colau cuando insistía en celebrar el Mobile World Congress.

Los gobiernos solo toman medidas cuando se encuentran desbordados, desde Pedro Sánchez a Conte, de Xi Jinping a Boris Johnson e incluso Donald Trump. Lo que les mueve no es la salud de las personas sino la preocupación de que la expansión del virus quiebre la producción y circulación de las mercancías. Lo que les preocupa es que arrastre su mundo, el mundo del capital, a un colapso inmediato por la muerte de millones de personas. Por eso el gobierno de España no detiene algunos sectores de la producción hasta que se contabilizan más de 6.000 muertos oficiales (El País, nada sospechoso de anticapitalismo, reconoce que los muertos reales son muy superiores). Y, por supuesto, habrá que devolver la jornada laboral a las empresas hasta la última gota de nuestra sangre.

Gobierne quien gobierne, todos actúan del mismo modo, con las mismas preocupaciones y objetivos: defensa de la economía nacional, presencia policial y militar en las calles para frenar las previsibles revueltas sociales, despidos colectivos, créditos a las empresas y otras medidas en las que todas las facciones políticas coinciden. Reina el estado de alarma, los móviles son geolozalizados para controlar nuestros movimientos, los policías en la calle ponen más de 180.000 multas y hay casi 1.600 detenidos en el Estado español. Todo esto bajo el gobierno democrático del PSOE y Podemos y no de los presuntos fascistas de Vox. No hay mal absoluto dentro del capitalismo: el mal absoluto es el capitalismo. Todos los partidos no son sino gestores de la catástrofe capitalista: no hay mal menor por el que votar.

Es importante entender estas lecciones de cara al futuro. No solo ante la catástrofe humana que estamos sufriendo, mucho más mortífera en Nou Barris que en Sarria, en Vallecas que en La Moraleja, sino a la que está por venir. No estamos todos en el mismo barco. Ensalzan al personal sanitario al mismo tiempo que lo tratan como carne de cañón para que se infecte sin medios de protección. Salvan la economía nacional y el funcionamiento de las empresas a costa de un endeudamiento masivo por parte del Estado. Endeudamiento que se verá acompañado de una caída brutal del PIB en los próximos meses y que habrá que pagar en forma de subidas de impuestos, intereses de la deuda, recortes masivos de salarios y despidos. El futuro inmediato es el de una agudización de la crisis del capitalismo, el de la aceleración de una catástrofe que vendrá de la mano de revueltas y rebeliones masivas como las de 2019. Como las que se intuyen en los trabajadores que se niegan a continuar su producción de muerte en las fábricas italianas, españolas, brasileñas o norteamericanas.

Vivimos tiempos históricos y en tiempos históricos es importante tomar determinaciones históricas. El futuro ya está escrito, y será el de una lucha a vida o muerte, un conflicto de clase, un combate de especie, entre la humanidad y el capital. Preparémonos con claridad y determinación.

29 de marzo de 2020
barbaria.net

Fuente: http://barbaria.net/2020/03/29/covid-19-homicidio-del-capital/

Los títeres del capital

Hay de todo y para todos los gustos. En uno de los extremos están las versiones más espectaculares, en las que Trump habría introducido el coronavirus en China con ánimo de ganar la guerra comercial. O China lo habría hecho para extenderlo a otros países, recuperarse de la crisis sanitaria la primera y dominar el mundo. O habrían sido directamente los gobiernos en sus propios países, preocupados por la cuestión de las pensiones, que habrían aplicado la típica solución maltusiana de quitarse la mayor parte de viejos de encima. El otro de los extremos, más sutil y también mucho más extendido en determinados medios, afirma que la gravedad del coronavirus, si no un invento mediático, al menos sí que está siendo conscientemente exagerada por la burguesía para aumentar su control represivo sobre nosotros. A fin de cuentas, la gripe común mata a más gente. ¿No es sospechoso que los gobiernos estén decretando estados de excepción, llevando al ejército a las calles, aumentando las patrullas policiales y poniendo multas altísimas ante una enfermedad que no llega al número de muertos anuales de la gripe común? Sea como sea, aquí hay algo raro.

Es lógico que en el capitalismo surjan discursos y formas de pensar como estos. Se trata de ideologías que emanan espontáneamente de las relaciones sociales organizadas en torno a la mercancía. Todas ellas se basan, en última instancia, en la idea de que todos nosotros seríamos títeres al albur de las decisiones de un grupo todopoderoso de personas que, conscientemente, dirigen nuestras vidas para su propio interés. Esta idea de fondo, que parecería sólo atribuible a las teorías de la conspiración, en verdad está muy extendida: es la que funda la propia democracia.

Los dos cuerpos del rey

Es una cosa particular la manera en la que nos relacionamos en una sociedad organizada por la mercancía. Inédita en la historia, de hecho. La primera y la última forma de organizar la vida social que nada tiene que ver con las necesidades humanas. Por supuesto, antes del capitalismo había sociedades de clase, pero incluso en ellas la explotación estaba organizada con el fin de satisfacer las necesidades ―en sentido amplio― de la clase dominante. En el capitalismo la burguesía sólo lo es en la medida en que sea una buena funcionaria del capital. Ningún burgués puede seguir siéndolo si no obtiene ganancias no para su consumo, que es un efecto colateral, sino para invertirlas de nuevo como capital: dinero para obtener dinero para obtener dinero. Valor hinchado de valor, en perpetuo movimiento. Cuando hablamos del fetichismo de la mercancía, damos cuenta de una relación impersonal en la que no importa quién la ejerza ―un burgués, un antiguo proletario venido a más, una cooperativa, un Estado―, porque lo importante es que la producción de mercancías persista en una rueda automática que no puede dejar de girar. La pandemia actual está mostrándonos lo que pasa cuando esa rueda amenaza con pararse.

Pero esta dinámica impersonal provoca una curiosa inversión. La relación social básica del capitalismo es esta: dos personas que sólo se reconocen entre sí en la medida en que son portadoras de cosas. Si esa cosa es capital, dinero dispuesto a invertirse en la explotación del trabajo, entonces su poseedor será un capitalista. Si es un trozo de tierra o sus derivados ―un bloque de viviendas, por ejemplo―, su poseedor será un rentista. Si es dinero destinado a la compra de mercancías para el consumo, su poseedor será un respetable consumidor. Si esa cosa es un cuerpo, unas manos, una inteligencia, una actividad en definitiva dispuesta a su venta, se estará en posesión de la mercancía fuerza de trabajo y su poseedor será un proletario. La posición social del poseedor de la mercancía cambia en la medida en que cambie esa misma mercancía. El ser humano viene definido por lo que posee, en la medida en que esto que posee esté destinado al intercambio. Las mercancías crean las relaciones sociales en el capitalismo.

Y sin embargo, la impresión que tiene el poseedor de la mercancía es bien distinta. Desde su plano individual e inmediato, es él quien decide. Propietario absoluto, sujeto consciente y libre, puede vender o no vender, invertir, consumir o echar al mar, si le apetece, la mercancía que tiene entre las manos. Es el fundamento mismo de la propiedad privada: el derecho de uso y abuso sobre aquello que se posee. Y esto le convierte en el soberano todopoderoso de su mercancía. La palabra no está escogida al azar: la soberanía, concepto fundante de la democracia y de la nación, encuentra su base en esta relación material entre productores privados de mercancías. El idealismo, el voluntarismo y la separación radical entre naturaleza y cultura, también. En la relación capitalista, el individuo es el rey. O al menos tiene la impresión de serlo.

Entonces, el capitalismo tiene dos cuerpos. Uno inmortal, impersonal, el de la perpetua producción y reproducción de capital, y otro mortal, pasajero, evanescente: el de los individuos que lo encarnan. El capitalismo siempre es impersonal, aunque esté personalizado. Sus individuos pueden tener la impresión de que lo dirigen ―y es lógico que así sea, la propia relación material que establecen entre sí les induce a pensarlo―, pero sólo lo harán en la medida en que sirvan para alimentar la máquina impersonal del capital. En ello consiste la curiosa inversión que producen las relaciones mercantiles: al mismo tiempo que están dirigidos por una lógica inconsciente, automática, una lógica que sólo pueden obedecer la comprendan o no, los individuos se piensan el sujeto de la historia.

Los títeres

Cuando se nos dice que la burguesía se estaría organizando para promover el pánico con el coronavirus, crear un estado de opinión policíaco dispuesto a aceptar cualquier violación de libertades civiles y poder así aumentar su poder sobre la sociedad, se hace una concesión a esta ideología democrática y se convierte a la burguesía en algo que no es.

En primer lugar, la burguesía no es un cuerpo unitario. Antes bien, la lógica de competencia capitalista no le permite actuar como un solo cuerpo más que en momentos precisos, cuando se ve obligada a ello por la organización en clase del proletariado. Sólo en momentos como esos la burguesía deja de competir entre sí por un mayor trozo del pastel y se enfrenta en bloque a nosotros. Tenemos muchos ejemplos históricos de ello: desde algunos más antiguos, como cuando Prusia detuvo los combates contra la burguesía francesa para que ésta pudiera aplastar la Comuna de París, hasta otros más modernos, como la tregua entre Bush padre y Saddam Hussein durante la Primera Guerra del Golfo para que Saddam pudiera redirigir, momentáneamente, sus bombarderos contra las deserciones masivas, revueltas y consejos obreros en el norte y sur de Irak. El resto del tiempo, la burguesía vive fragmentada y en una pugna permanente, un caos social que sólo puede ser organizado medianamente en el juego de facciones, siempre cambiante, al interior del Estado.

Por otro lado, el principal objetivo de la burguesía como clase dominante no es el control social. Eso es una consecuencia inevitable de su verdadero objetivo: el crecimiento del PIB, por simplificar, que naturalmente conlleva la gestión de una sociedad dividida en clases y la eventual represión del proletariado cuando le da por protestar contra su explotación. El Estado no es un monstruo autoritario que esté al quite de la primera ocasión en que pueda aumentar su poder sobre nosotros. Esa es la visión burguesa y democrática del Estado: de ahí el despliegue de toda una serie de mecanismos de control democrático para que no se exceda en sus funciones, antigua memoria de un Estado absolutista que todavía no estaba plenamente regido por la lógica impersonal del capital. Habida cuenta de la brutal disminución del PIB que se prevé con la crisis sanitaria del coronavirus, podemos suponer que el Estado no está muy contento de tener que desplegar sus fuerzas represivas para garantizar la cuarentena. Nos atrevemos a suponer, de hecho, que la clase dominante era mucho más feliz cuando la gente cumplía libremente con su papel en la circulación de mercancías: el de trabajadores y consumidores, como dios manda.

Y es que el Estado y sus políticos no son más que títeres. Pero no títeres de la burguesía, como muchas veces se dice. Esta idea sólo cambia una gran mano que sujeta los hilos por otra. No: unos y otros no son más que títeres con un papel diferente, pero títeres a fin de cuentas en el teatro del capital. Si no interpretan bien este papel, tendrán que hacer mutis por el foro. Las teorías de la conspiración, a cada cual más original, tienen la misma base que la del juego democrático: la idea de que los individuos determinan la historia, y de que un grupo de individuos debidamente posicionado ―sea el club Bilderberg o el Gabinete de los Estados Unidos― puede hacer uso de su libre arbitrio para dirigir nuestras vidas como le apetezca. De ahí también las infinitas discusiones, largas hasta el bostezo, sobre quién es el mal menor en las siguientes elecciones: por si alguien no había terminado de darse cuenta con la crisis actual, no importa si el partido en el poder es de izquierdas o de derechas. Intentarán hacer alguna medida diferente para justificar la diferencia de siglas, pero en el fondo, en lo fundamental, harán exactamente lo mismo porque la función determina el órgano, y su función está clara: la gestión de la catástrofe capitalista, cada vez más fuerte, cada vez más brutal.

Porque el coronavirus es expresión de eso. No es la crisis, porque la crisis es la del capital y sus categorías estructurales, como hemos explicado en otras ocasiones. Pero tampoco es una gripe común. En los días en que se escribe esto, en Madrid está muriendo cinco veces más gente que en los mismos días del año pasado. En todo el país los hospitales están atestados. Ante la escasez de aparatos respiratorios, se está dejando morir a los enfermos a partir de una determinada edad. Las morgues y los cementerios no dan ya más de sí. No es una gripe común. La crisis sanitaria, económica y social que ha despertado el coronavirus es, de manera más profunda y real, la expresión de unas relaciones sociales que se están pudriendo por dentro y que morirán matando, si no acabamos antes con ellas. Nos hemos hartado de decirlo hasta la saciedad: la disyuntiva real, la única posible, es la revolución comunista o la extinción de la especie. La pandemia por desgracia es una demostración inmejorable.

¿Impotencia?

Ningún individuo, ni siquiera un grupo de ellos, es sujeto de la historia. El individuo no es más que una partícula en el flujo de dos fuerzas sociales contradictorias. Son esas fuerzas las que se mueven y los individuos, lo sepamos o no, nos movemos canalizados por una u otra. Como dos corrientes de agua, o mejor, como dos placas tectónicas: su fricción creciente desemboca, antes o después, en un terremoto.

No es maniqueísmo. Un solo individuo puede moverse en una y después en otra, y convivir en esa contradicción hasta que la polarización social parte las aguas y te encuentras en uno de los lados de la barricada, como suele decirse. Una de esas fuerzas afirma la conservación del orden existente. Es el partido del orden, que describía un compañero. La otra se despliega como un movimiento real que pone en cuestión el estado de cosas presente: es el comunismo, que nada tiene de ideología o de una propuesta deseable para el futuro, sino que es la emergencia de unas relaciones sociales que ya se están desarrollando y que pugnan por imponerse contra la putrefacción del capital.

En estas semanas hemos visto expresarse ambas fuerzas sociales. Por un lado, la unidad nacional y la disciplina social: los aplausos cotidianos desde los balcones al personal sanitario, esos grandes héroes nacionales que, como todos los héroes nacionales, están siendo utilizados como carne de cañón en el juego de peones del capital. También se encuentran aquí el espionaje desde las ventanas, las denuncias a la policía de quien sale más de dos veces a la calle, los abucheos a las personas que van acompañadas, independientemente del motivo. Eso está, aunque tampoco podamos exagerarlo. Visto en perspectiva histórica, mucho más fuerte fue la presión en las potencias occidentales por alistarse en la Primera Guerra Mundial o muchísimo más por luchar contra el fascismo y a favor de la democracia capitalista durante la Segunda Guerra. No estamos en una situación contrarrevolucionaria, como la de la posguerra, en la que la defensa del capital fue asumida por una amplia parte del proletariado.

Por otro lado, vemos surgir expresiones de apoyo mutuo y solidaridad con el desconocido. Los bloques de viviendas, los barrios, incluso las pequeñas ciudades se organizan para hacer la compra, hablar y apoyar emocionalmente a las personas que lo necesitan en las duras condiciones de la cuarentena. Todos lo hemos notado: hay como una necesidad de hablar permanente, de ayudarnos, de compartir lo que está ocurriendo y de reflexionar juntos. Además, las huelgas en Brasil, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Camerún, por no hablar de Italia, donde se suman los saqueos a los supermercados, y los disturbios, como en Hubei, se están multiplicando con una sincronicidad mundial que confirma una dinámica cada vez más internacional de las luchas de nuestra clase. A diferencia de la crisis de 2008, que nos pilló a todos más aislados, presas de la conmoción, en esta nueva crisis no hay una autoculpabilización, un hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, un apretarse el cinturón, que es lo que toca: todo lo contrario, hay una conciencia muy clara de que se nos manda al matadero para preservar el buen funcionamiento de la economía nacional.

No hay nada que pueda decirnos si va a estallar un movimiento de luchas ahora, en unos meses ya pasada la cuarentena o dentro de tres años. Porque no hay una relación mecánica entre la violencia que ejerce el capital contra nosotros y el momento en que nos levantamos como clase. Es imposible prever cuándo caerá la gota que desbordará el vaso, pero hay algo seguro: la cuestión está muy lejos de la acción de algunos individuos, ni de los maléficos que nos dirigen ni de los benevolentes que quieren salvarnos. Simplemente, no se trata de eso. Hay dos placas tectónicas, dos fuerzas contrapuestas que están incrementando la tensión de su empuje. No sabemos cuándo vendrá el terremoto. Lo que es seguro es que la manera de prepararnos cuando llegue pasa por comprender la gravedad del momento histórico que estamos viviendo. De nuevo, una vez más, otra vez: la única elección que vale la pena es la de la disyuntiva entre la revolución o la extinción de la especie. Nosotros ya hemos escogido.

Fuente: http://barbaria.net/2020/04/01/los-titeres-del-capital/

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Πανδημίες του Κεφαλαίου

Είναι δύσκολο να γράψει κανείς ένα τέτοιο κείμενο. Στο σημερινό πλαίσιο, όπου ο κορωναϊός έχει καταστρέψει –ή απειλεί να το κάνει σύντομα– τις συνθήκες διαβίωσης πολλών από εμάς, το μόνο που θέλει κανείς είναι να βγει έξω και να πυρπολήσει τα πάντα, φορώντας μάσκα αν χρειαστεί. Του αξίζει. Εάν η οικονομία είναι ανώτερη από τη ζωή μας, είναι λογικό να αναβάλλουμε μέχρι την τελευταία στιγμή να λάβουμε μέτρα συγκράτησης του ιού, μέχρις ότου η πανδημία να είναι πλέον αναπόφευκτη. Αναμενόμενο είναι ότι, όταν η μετάδοση δεν μπορεί πλέον να σταματήσει και η παραγωγή και διανομή των αγαθών πρέπει να διαταραχθεί –κατά το ελάχιστο δυνατό–, εμείς θα είμαστε αυτοί που θα απολυθούν, αυτοί που θα αναγκαστούν να εργαστούν, να κλειστούν στις φυλακές και στα κέντρα κράτησης μεταναστών, αυτοί που θα πρέπει να επιλέξουν μεταξύ της ασθένειας και της μόλυνσης των αγαπημένων τους ή του θανάτου από πείνα σε καραντίνα. Σε όλα αυτά προστίθενται οι εθνικές ζητωκραυγές και η έκκληση για εθνική ενότητα, η κοινωνική πειθάρχηση ως μάντρα των δημίων, οι έπαινοι για τον καλό πολίτη ο οποίος σκύβει το κεφάλι και σωπαίνει. Το μόνο που θέλεις σε τέτοιες στιγμές είναι να καούν τα πάντα.

Κι ο θυμός αυτός είναι απαραίτητος. Όμως επίσης είναι απαραίτητη και η καλή κατανόηση του γιατί συμβαίνουν όλ’ αυτά: καλύτερη κατανόηση για να αγωνιστούμε καλύτερα, για να καταπολεμήσουμε την ίδια τη ρίζα του προβλήματος. Έτσι ώστε, όταν τα πάντα εκραγούν και η ατομική οργή γίνει συλλογική δύναμη, να ξέρουμε πώς να χρησιμοποιήσουμε αυτόν τον θυμό, για να τελειώνουμε επιτέλους, χωρίς παραμύθια, χωρίς παρακάμψεις, με τούτη την κοινωνία της δυστυχίας.

Ο ιός δεν είναι απλώς ένας ιός

Εξαρχής, η σχέση του καπιταλισμού με τη φύση (ανθρώπινη και μη) υπήρξε η ιστορία μιας ατελείωτης καταστροφής. Αυτή είναι η λογική της κοινωνίας που οργανώνεται μέσω εμπορικών συναλλαγών. Είναι η υπαρξιακή συνθήκη του εμπορεύματος, όπου οι υλικές και φυσικές του πτυχές δεν έχουν σημασία, παρά μόνο η δυνατότητα απόκτησης κέρδους από αυτό. Σε μια εμπορευματική κοινωνία, όλα τα αγαθά του πλανήτη υποτάσσονται στη λειτουργία αυτής της τυφλής και αυτόματης μηχανής: η μη ανθρώπινη φύση δεν είναι παρά μια συνεχής ροή πρώτων υλών, ένα μέσο παραγωγής αγαθών, και η ανθρώπινη φύση είναι η πηγή της εργασίας που πρέπει να εκμεταλλευτεί για να βγάλει από τα χρήματα περισσότερα χρήματα. Καθετί υλικό, καθετί φυσικό, καθετί έμβιο είναι στην υπηρεσία της παραγωγής μιας κοινωνικής σχέσης –αξίας, χρήματος, κεφαλαίου– που έχει γίνει αυτόνομη και πρέπει διαρκώς να παραβιάζει τα όρια της ζωής.

Αλλά ο καπιταλισμός είναι σύστημα γεμάτο αντιφάσεις. Κάθε φορά που προσπαθεί να τις ξεπεράσει, απλώς αναβάλλει και οξύνει την επόμενη κρίση. Η κοινωνική και υγειονομική κρίση που δημιουργείται από την επέκταση του κορωναϊού συμπυκνώνει όλες τις αντιφάσεις και εκφράζει τη σαπίλα των κοινωνικών σχέσεων που βασίζονται στην αξία, την ατομική ιδιοκτησία και το κράτος: Συμπυκνώνει την ιστορική τους εξάντληση.

Καθώς το σύστημα αυτό εξελίσσεται, ο ανταγωνισμός μεταξύ των καπιταλιστών οδηγεί στην τεχνολογική και επιστημονική ανάπτυξη και σε μια παραγωγή ολοένα και περισσότερο κοινωνική. Η παραγωγή εξαρτάται όλο και λιγότερο από το άτομο και όλο και περισσότερο από την κοινωνία. Εξαρτάται όλο και λιγότερο από την τοπική παραγωγή, που έχει ρίζες σε μια συγκεκριμένη περιοχή, και γίνεται ολοένα και πιο παγκόσμια. Εξαρτάται επίσης όλο και λιγότερο από την ατομική και άμεση προσπάθεια, και περισσότερο από τις γνώσεις που συσσωρεύονται σε όλη την ιστορία και εφαρμόζονται στην παραγωγή. Τα κάνει όλα αυτά, ωστόσο, διατηρώντας παράλληλα και τις δικές της ιδιαίτερες κατηγορίες: Παρ’ όλο που η παραγωγή είναι όλο και πιο κοινωνική, το προϊόν της εργασίας παραμένει ατομική ιδιοκτησία. Και όχι μόνον αυτό: το προϊόν της εργασίας είναι εμπόρευμα, δηλαδή ατομική ιδιοκτησία που προορίζεται για ανταλλαγή με άλλα εμπορεύματα. Η ανταλλαγή αυτή καθίσταται δυνατή από το γεγονός ότι και τα δύο προϊόντα περιέχουν την ίδια αξία, την ίδια ποσότητα αφηρημένης εργασίας. Αυτή η λογική, που διατρέχει τις βασικές κατηγορίες του κεφαλαίου, τίθεται υπό αμφισβήτηση από την ανάπτυξη του ίδιου του καπιταλισμού, ο οποίος μειώνει το ποσό της ζωντανής εργασίας που απαιτείται από κάθε αγαθό. Αυτοματοποίηση της παραγωγής, μείωση της εργασίας, απώλεια κερδών που οι καπιταλιστές μπορούν να αποκτήσουν από την εκμετάλλευση αυτής της εργασίας, όλα αυτά σημαίνουν, πολύ απλά, κρίση της αξίας.

Αυτή η βαθιά αντίφαση ανάμεσα στην κοινωνική παραγωγή και την ιδιωτική οικειοποίηση γίνεται σαφέστερη σε μια σειρά άλλων παράγωγων αντιφάσεων. Μία από αυτές, που αναπτύξαμε εκτενέστερα παλαιότερα, αφορά τον ρόλο της γης στην αποδυνάμωση της αξίας ως κοινωνικής σχέσης. Η ανάπτυξη του Κεφαλαίου τείνει να δημιουργήσει ολοένα και μεγαλύτερη ζήτηση γης, γεγονός που προκαλεί ιστορικά την αύξηση της γαιοπροσόδου. Αυτό είναι λογικό: όσο αυξάνεται η παραγωγικότητα, τόσο περισσότερο μειώνεται η ποσότητα της αξίας ανά μονάδα προϊόντος και επομένως πρέπει να παραχθούν περισσότερα εμπορεύματα για να εξαχθούν τα ίδια κέρδη όπως και πριν. Καθώς υπάρχουν όλο και λιγότεροι εργαζόμενοι στο εργοστάσιο και περισσότερα ρομπότ, πρέπει να παραχθεί μεγαλύτερος όγκος πρώτων υλών και ενεργειακών πόρων. Η ζήτηση για γη, συνεπώς, αυξάνεται: η μεταλλευτική βιομηχανία, η αποδάσωση, η εντατική εξόρυξη ορυκτών καυσίμων είναι οι αναμενόμενες συνέπειες αυτής της δυναμικής. Από την άλλη πλευρά, η συγκέντρωση κεφαλαίου οδηγεί με τη σειρά της σε συγκεντρώσεις μεγάλων μαζών εργατικού δυναμικού στις πόλεις, γεγονός που ωθεί μονίμως στην αύξηση των τιμών στέγασης. Εξού και η επιδείνωση των συνθηκών διαβίωσης στις μητροπόλεις, ο υπερπληθυσμός, η ρύπανση, το ενοίκιο που τρώει όλο και μεγαλύτερο μέρος του μισθού, η εργάσιμη ημέρα που παρατείνεται απεριόριστα με τις μεταφορές.

Η γεωργία και η κτηνοτροφία βρίσκονται επικεφαλής του ανταγωνισμού με τους δύο μεγάλους ανταγωνιστές για τον έλεγχο της γης: τον τομέα που συνδέεται με το αστικό εισόδημα και εκείνον που συνδέεται με την εξόρυξη πρώτων υλών και την ενέργεια. Εάν οι αγροτικές ή κτηνοτροφικές δραστηριότητες βρίσκονται στα περίχωρα της πόλης, ίσως το αγροτεμάχιό τους να είναι πιο επικερδές για την κατασκευή ενός κτιρίου κατοικιών ή μίας βιομηχανικής ζώνης, επειδή μπορεί να εξυπηρετείται λόγω της εγγύτητάς του με τη μητρόπολη. Εάν είναι πιο απομακρυσμένες, αλλά το μερίδιο γης τους περιέχει χρήσιμα και υψηλής ζήτησης ορυκτά για την παραγωγή εμπορευμάτων ή, ακόμα χειρότερα, κάποιο απόθεμα υδρογονανθράκων, δεν θα μπορούν να πραγματοποιηθούν σε εκείνη τη γη που το κεφάλαιο χρησιμοποιεί για πιο επικερδείς σκοπούς. Αν θέλουν να παραμείνουν στη θέση τους και να συνεχίσουν να πληρώνουν το ενοίκιο, θα πρέπει να αυξήσουν την παραγωγικότητα, όπως κάνουν οι βιομηχανικοί καπιταλιστές. Έχουν επίσης το κίνητρο της αδιάλειπτης αύξησης των κατοίκων της μεγαλούπολης που πρέπει να θρέψουν. Η αγροβιομηχανία είναι η λογική συνέπεια αυτής της δυναμικής: Μόνον η αύξηση της παραγωγικότητας, η χρήση αυτόματων μηχανών, οι μονοκαλλιέργειες, η αυξανόμενη χρήση χημικών ουσιών –λιπασμάτων και φυτοφαρμάκων στη γεωργία, φαρμάκων για τα ζώα– ακόμη και η γενετική τροποποίηση φυτών και ζώων, μπορεί να παράγει αρκετό κέρδος σε ένα ευρύτερο πλαίσιο στο οποίο το ενοίκιο της γης αυξάνεται συνεχώς.

Όλα αυτά είναι απαραίτητα για να αντιληφθούμε το πλαίσιο του συναγερμού της πανδημίας. Όπως εξηγούν πολύ καλά οι σύντροφοι της συλλογικότητας Chuang, ο κορωναϊός δεν είναι φυσικό γεγονός ξένο προς τις καπιταλιστικές σχέσεις. Επειδή δεν αφορά μόνο την παγκοσμιοποίηση, δηλαδή τις εκθετικές δυνατότητες εξάπλωσης ενός ιού. Ο ίδιος ο τρόπος με τον οποίο παράγεται το Κεφάλαιο ενθαρρύνει την εμφάνιση πανδημιών.

Πρώτον, προκειμένου να καταστούν η γεωργία και η κτηνοτροφία πιο κερδοφόρες, είναι απαραίτητο να εφαρμοστούν πολύ πιο εντατικές, πολύ πιο επιθετικές για τον φυσικό μεταβολισμό μορφές παραγωγής. Το ότι στοιβάζονται πολλά μέλη του ίδιου είδους –χοίροι, για παράδειγμα, μία από τις πιθανές πηγές του COVID-19 και αποδεδειγμένα η πηγή της γρίπης Α (H1N1) που εμφανίστηκε το 2009 στις Ηνωμένες Πολιτείες– σε μεγάλες βιομηχανικές μονάδες, ο τρόπος ζωής τους, η τροφή τους και η μόνιμη χορήγηση φαρμάκων, όλ’ αυτά εξασθενούν το ανοσοποιητικό τους σύστημα. Δεν υπάρχει αντοχή στο μικρό οικοσύστημα που συγκροτεί ένας πολύ μεγάλος πληθυσμός του ίδιου είδους, ανοσολογικώς υπονομευμένος και στοιβαγμένος σε περιορισμένο χώρο. Επιπλέον, το οικοσύστημα αυτό αποτελεί πρόσφορο έδαφος για τη φυσική επιλογή των πιο μεταδοτικών και μολυσματικών ιών. Ακόμη περισσότερο, όταν ο εν λόγω πληθυσμός έχει υψηλό ποσοστό θνησιμότητας, όπως συμβαίνει στα σφαγεία, και με δεδομένο επίσης ότι η ταχύτητα με την οποία μπορεί να μεταδοθεί ο ιός καθορίζει τη δυνατότητα επιβίωσής του. Είναι θέμα χρόνου ένας από αυτούς τους ιούς να μεταδοθεί και να επιβιώσει σε ξενιστές άλλων ειδών: ένα ανθρώπινο ον για παράδειγμα.

Τώρα ας υποθέσουμε ότι αυτό το ανθρώπινο ον είναι προλετάριος και ζει, όπως οι χοίροι στο παράδειγμά μας, σε ένα ανθυγιεινό σπίτι με την υπόλοιπη οικογένειά του, στοιβάζεται σε ένα τρένο ή ένα λεωφορείο για να πάει στη δουλειά όπου εν ώρα αιχμής δυσκολεύεται να αναπνεύσει, και έχει ανοσοποιητικό σύστημα εξασθενημένο από την κόπωση, την κακή ποιότητα τροφίμων, τη ρύπανση του αέρα και των υδάτων. Η συνεχής αύξηση των τιμών των κατοικιών και των μεταφορών, η ολοένα και πιο επισφαλής εργασία, η κακή διατροφή, με άλλα λόγια ο νόμος της αυξανόμενης δυστυχίας που προκαλεί το κεφάλαιο, καθιστούν το είδος μας ελάχιστα ανθεκτικό.

Επίσης, η αναζήτηση μεγαλύτερης κερδοφορίας και ανταγωνιστικότητας της αγροβιομηχανίας στην παγκόσμια αγορά έχει τις συνέπειές της στη διάδοση των επιδημιών. Για παράδειγμα, η επιδημία Ebola που εξαπλώθηκε σε ολόκληρη τη Δυτική Αφρική το 2014-2016, η οποία ακολούθησε την εισαγωγή μονοκαλλιέργειας για την παραγωγή φοινικέλαιου: ένα είδος φυτείας πολύ ελκυστικό για τις νυχτερίδες – την πηγή του στελέχους που προκάλεσε την επιδημία. Η αποψίλωση της ζούγκλας, χάρη όχι μόνο στην αγροβιομηχανική εκμετάλλευση αλλά και στην υλοτομία και τις μεγάλης κλίμακας εξορύξεις, αναγκάζει πολλά ζωικά είδη –και μερικούς ανθρώπινους πληθυσμούς– να προχωρήσουν βαθύτερα στη ζούγκλα ή να μετακινηθούν στις παρυφές της, εκθέτοντας τον εαυτό τους σε φορείς του ιού όπως νυχτερίδες (Ebola), κουνούπια (Zika) και άλλους φορείς των παθογόνων που προσαρμόζονται στις νέες συνθήκες που επιβάλλει η αγροβιομηχανία. Επιπλέον, η αποδάσωση μειώνει τη βιοποικιλότητα που καθιστά τη ζούγκλα εμπόδιο στις αλυσίδες μεταφοράς παθογόνων οργανισμών.

Αν και η πιο πιθανή πηγή του κορωναϊού είναι το κυνήγι και η αγοραπωλησία άγριων ζώων στην αγορά Χουνάν της πόλης Γουχάν, αυτό δεν είναι ασύνδετο από τη διαδικασία που περιγράφεται παραπάνω. Καθώς η κτηνοτροφία και η βιομηχανική γεωργία εξαπλώνονται, ωθούν τους εμπόρους-κυνηγούς άγριας τροφής να διεισδύσουν βαθύτερα στη ζούγκλα για να εξασφαλίσουν τα εμπορεύματά τους, αυξάνοντας τις πιθανότητες μόλυνσης με νέους παθογόνους οργανισμούς και, ως εκ τούτου, τις πιθανότητες εξάπλωσής τους στις μεγάλες πόλεις.

Ο γυμνός βασιλιάς

Ο βασιλιάς είναι γυμνός – τον αποκάλυψε ο κορωναϊός: Οι αντιφάσεις του κεφαλαίου φανερώνονται (και τις υφιστάμεθα) σε όλη τους τη βιαιότητα. Και ο καπιταλισμός είναι ανίκανος να διαχειριστεί την καταστροφή που προκύπτει από αυτές τις αντιφάσεις, επειδή μπορεί μόνο να τις αποφύγει προσωρινά, για να επανέλθουν δριμύτερες.

Για να διακρίνουμε αυτή τη δυναμική, εγγενή στην ιστορία του καπιταλισμού, ας στρέψουμε το βλέμμα μας στην τεχνολογία. Οι εφαρμογές της τεχνοεπιστημονικής γνώσης στην παραγωγή είναι ίσως το πιο κρίσιμο χαρακτηριστικό του συστήματος. Η τεχνολογία χρησιμοποιείται για την αύξηση της παραγωγικότητας, προκειμένου να αποκομίσει κέρδος άνω του εκάστοτε μέσου όρου, έτσι ώστε η εταιρεία που παράγει περισσότερα αγαθά από ό,τι οι ανταγωνιστές της στον ίδιο χρόνο εργασίας μπορεί να επιλέξει μεταξύ της ελαφράς μείωσης της τιμής των αγαθών για να κερδίσει μερίδιο στην αγορά ή της διατήρησης της τιμής για να κερδίσει λίγο περισσότερα χρήματα.

Αναμφίβολα, μόλις οι ανταγωνιστές τους εφαρμόσουν παρόμοιες βελτιώσεις και όλοι έχουν το ίδιο επίπεδο παραγωγικότητας, οι καπιταλιστές θεωρούν ότι, αντί να αποκομίζουν κέρδη, έχουν ακόμα λιγότερα κέρδη από πριν, επειδή έχουν περισσότερα αγαθά για να διαθέσουν στην αγορά –αφού ο ανταγωνισμός μειώνει τις τιμές– και αναλογικά λιγότερους εργαζόμενους να εκμεταλλευτούν. Με άλλα λόγια, αυτό που είχε αρχικά παρουσιαστεί ως λύση, η εφαρμογή της τεχνολογίας για την αύξηση της παραγωγικότητας, γρήγορα έγινε το πρόβλημα. Αυτή είναι η εγγενής, δομική λογική του καπιταλισμού.

Η ανάπτυξη της ιατρικής και της φαρμακολογίας ακολουθεί την ίδια πορεία. Από τις απαρχές του, ο καπιταλισμός δεν μπορεί να αποφύγει να αρρωσταίνει τον πληθυσμό. Μπορεί μόνο να προσπαθήσει να αναπτύξει ιατρική και φαρμακολογική γνώση για να κατανοήσει και να ελέγξει τις παθολογίες που ευνοεί. Ωστόσο, στο βαθμό που οι συνθήκες που μας κάνουν άρρωστους δεν εξαφανίζονται, αλλά επιπλέον αυξάνονται με την ολοένα και εντεινόμενη κρίση αυτού του συστήματος, ο ρόλος της ιατρικής αντιστρέφεται και μπορεί να λειτουργήσει και ως καύσιμο για νέες ασθένειες. Η χρήση αντιβιοτικών, όχι μόνο στο ανθρώπινο είδος αλλά και στην κτηνοτροφία, ενθαρρύνει την αντοχή των βακτηρίων και την εμφάνιση στελεχών που είναι όλο και πιο δύσκολο να καταπολεμηθούν. Το ίδιο ισχύει και με τα αντιϊικά εμβόλια. Από τη μια πλευρά, τείνουν να εμφανίζονται καθυστερημένα και αναποτελεσματικά σε σχέση με την εμφάνιση των επιδημιών, δεδομένου ότι η ίδια η εμπορική λογική, τα διπλώματα ευρεσιτεχνίας, τα βιομηχανικά μυστικά και οι διαπραγματεύσεις των φαρμακευτικών εταιρειών με το κράτος καθυστερούν την άμεση εφαρμογή τους στον μολυσμένο πληθυσμό. Από την άλλη πλευρά, η φυσική επιλογή προετοιμάζει τους ιούς να ξεπεράσουν αυτά τα εμπόδια, ευνοώντας την εμφάνιση νέων στελεχών για τα οποία δεν υπάρχουν ακόμη εμβόλια. Το πρόβλημα, συνεπώς, δεν βρίσκεται στην ανάπτυξη ιατρικών και φαρμακολογικών γνώσεων, αλλά στο ότι όσο εξακολουθούν να κυριαρχούν κοινωνικές σχέσεις που παράγουν μονίμως ασθένειες και διευκολύνουν την ταχεία ανάπτυξή τους, η γνώση αυτή θα ενθαρρύνει μόνο την εμφάνιση ολοένα και πιο μεταδοτικών μολυσματικών ιικών στελεχών.

Όπως ακριβώς με την τεχνολογική και ιατρική ανάπτυξη συγκαλύπτεται μια ισχυρή αντίφαση των καπιταλιστικών κοινωνικών σχέσεων, έτσι συγκαλύπτεται και η αντίφαση μεταξύ του εθνικού και του διεθνούς επιπέδου του ίδιου του κεφαλαίου.

Ο καπιταλισμός γεννήθηκε με πραγματικά παγκόσμιο χαρακτήρα. Κατά τα τέλη του Μεσαίωνα αναπτύχθηκαν εμπορικά δίκτυα μεγάλων αποστάσεων, που μαζί με τη νέα ώθηση που πρόσφερε η κατάκτηση της αμερικανικής ηπείρου, επέτρεψαν τη συσσώρευση τεράστιας μάζας εμπορικού και τοκογλυφικού κεφαλαίου. Αυτό θα χρησίμευε ως εφαλτήριο για τις νέες σχέσεις που αναδύθηκαν με την προλεταριοποίηση της αγροτιάς και την επιβολή μισθωτής εργασίας στην Ευρώπη. Η πανούκλα που κατέστρεψε την ευρωπαϊκή ήπειρο τον 14ο αιώνα ήταν ακριβώς το αποτέλεσμα αυτής της παγκοσμιοποίησης του εμπορίου, αποτέλεσμα που έφεραν Ιταλοί έμποροι από την Κίνα. Λογικά, το ανοσοποιητικό σύστημα των πληθυσμών εκείνης της εποχής ήταν λιγότερο προετοιμασμένο να αντιμετωπίσει ασθένειες από άλλες περιοχές, και η εντατικοποίηση των δεσμών σε όλο τον κόσμο διευκόλυνε την επέκταση των επιδημιών σε τόση έκταση όση κάλυπταν τα εμπορικά δίκτυα. Χαρακτηριστικό παράδειγμα οι επιδημίες που έφεραν οι άποικοι και ξεπάστρεψαν την πλειοψηφία του ιθαγενούς πληθυσμού σε μεγάλο μέρος της Αμερικής.

Αναμφίβολα, αυτά τα δίκτυα παγκόσμιου εμπορίου εξυπηρέτησαν, με τρόπο παράδοξο και αντιφατικό, τον σχηματισμό εθνικών αστικών τάξεων. Ο σχηματισμός αυτός ήταν παράλληλος με τη μακραίωνη προσπάθεια να δημιουργηθεί ενιαία εθνική αγορά, ενιαία εθνική γλώσσα, ένα μόνο κράτος – και μαζί με όλ’ αυτά δύο αιώνες, όπου ο ένας πόλεμος διαδεχόταν τον άλλον, σε βαθμό μάλιστα που δεν υπήρξε καιρός ειρήνης στην Ευρώπη κατά τον 16ο και τον 17ο αιώνα. Ο παγκόσμιος χαρακτήρας του κεφαλαίου είναι αδιαχώριστος από την ιστορική εμφάνιση του έθνους και συγχρόνως από τον ιμπεριαλιστικό ανταγωνισμό μεταξύ των εθνών.

Αυτό το διπλό ταμπλό της μόνιμης αντίφασης, η σύσφιξη των δεσμών σε όλο τον κόσμο και οι εθνικές ρίζες του καπιταλισμού, εμφανίζεται σε όλη του τη μεγαλοπρέπεια στην παρούσα κατάσταση με τον κορωναϊό. Αφενός, η παγκοσμιοποίηση επιτρέπει σε παθογόνους παράγοντες διαφορετικής προέλευσης να μεταναστεύσουν από τις πιο απομονωμένες άγριες περιοχές σε πληθυσμιακά κέντρα σε όλο τον κόσμο. Έτσι, για παράδειγμα, ο ιός Zika ανιχνεύθηκε το 1947 στη ζούγκλα της Ουγκάντας, από όπου πήρε το όνομά του, αλλά δεν εξαπλώθηκε μέχρι να αναπτυχθεί η παγκόσμια αγορά αγροτικών προϊόντων και να γίνει η Ουγκάντα ένας από τους βασικούς κρίκους της. Έτσι ο Zika έφτασε στα βόρεια της Βραζιλίας το 2015, όπου τη διάδοσή του βοήθησε χωρίς αμφιβολία η μονοκαλλιέργεια σόγιας, βαμβακιού και καλαμποκιού. Τη διάδοση του ιού βοηθά, παρεμπιπτόντως, και η κλιματική αλλαγή, άλλη μια συνέπεια των καπιταλιστικών κοινωνικών σχέσεων: το κουνούπι που μεταφέρει τον Zika και τον δάγκειο πυρετό –το κουνούπι-τίγρης στις δύο παραλλαγές του, Aedes aegypti και Aedes albopictus– έχει ήδη φτάσει σε περιοχές όπως η Ισπανία λόγω της υπερθέρμανσης του πλανήτη. Επιπλέον, η διεθνοποίηση των καπιταλιστικών σχέσεων είναι εκθετική. Από την επιδημία του άλλου κορωναϊού, του SARS-CoV, από το 2002 έως το 2003 στην Κίνα και τη Νοτιοανατολική Ασία, ο αριθμός των πτήσεων από αυτές τις περιοχές σε ολόκληρο τον κόσμο έχει αυξηθεί δέκα φορές.

Έτσι, ο καπιταλισμός προωθεί την εμφάνιση νέων παθογόνων παραγόντων και ο διεθνής χαρακτήρας του τους εξαπλώνει γρήγορα. Και όμως δεν είναι σε θέση να τους διαχειριστεί. Στον ιμπεριαλιστικό ανταγωνισμό μεταξύ των κυρίαρχων δυνάμεων, δεν υπάρχει περιθώριο για διεθνή συντονισμό, αυτό που θα απαιτούσαν οι παγκόσμιες κοινωνικές σχέσεις, και ακόμη λιγότερο για συντονισμό που ήδη απαιτεί αυτή η πανδημία. Ο εγγενώς εθνικός χαρακτήρας του κεφαλαίου, όσο παγκοσμιοποιημένος και να είναι, σημαίνει ότι τα εθνικά συμφέροντα στο πλαίσιο του ιμπεριαλιστικού ανταγωνισμού επικρατούν έναντι κάθε είδους διεθνούς αντίληψης για τον έλεγχο του ιού. Το ότι η Κίνα, η Ιταλία ή η Ισπανία καθυστέρησαν τη λήψη μέτρων έως την τελευταία στιγμή, όπως αργότερα και η Γαλλία, η Γερμανία ή οι Ηνωμένες Πολιτείες, οφείλεται ακριβώς στο ότι τα μέτρα που είναι απαραίτητα για την καταπολέμηση της πανδημίας συνίστανται στην καραντίνα των προσβεβλημένων και στη μερική διακοπή της παραγωγής και της διανομής αγαθών. Εν μέσω μιας οικονομικής κρίσης που μόλις ξέσπασε, εν μέσω ενός εμπορικού πολέμου μεταξύ Κίνας και Ηνωμένων Πολιτειών και κατά τη διάρκεια μιας βιομηχανικής ύφεσης εδώ και δύο χρόνια, η διακοπή της παραγωγής είναι ανεπίτρεπτη. Η λογική απόφαση των αξιωματούχων του κεφαλαίου ήταν να θυσιάσουν την υγεία και κάποιες ζωές από το μεταβλητό κεφάλαιο –ανθρώπινες υπάρξεις, προλετάριους– προκειμένου να αντισταθούν στην οικονομική πίεση λίγο περισσότερο και να διατηρήσουν την ανταγωνιστικότητά τους στην παγκόσμια αγορά. Το γεγονός ότι αυτό τελικά αποδείχθηκε όχι μόνο αναποτελεσματικό αλλά και αντιπαραγωγικό δεν ακυρώνει τη λογική της αρχικής αυτής απόφασης: δεν μπορούμε να περιμένουμε διεθνή φιλανθρωπία από μια εθνική αστική τάξη που ενδιαφέρεται μόνο για τα σκαμπανεβάσματα του δικού της ΑΕΠ. Τη φιλανθρωπία ας την αναλάβουν οι αγορεύσεις των εκπροσώπων των Ηνωμένων Εθνών.

Και η μεγάλη αντίφαση που έχει αναδείξει ο κορωναϊός είναι αυτή του ΑΕΠ, του πλούτου που βασίζεται σε πλασματικό κεφάλαιο, μιας ύφεσης που συνεχώς αναβάλλεται χάρη στις ενέσεις ρευστότητας χωρίς κανένα υλικό υπόβαθρο στο παρόν.

Ο κορωναϊός έχει δείξει ότι ο βασιλιάς είναι γυμνός και έχει αποδείξει ότι ποτέ δεν βγήκαμε πραγματικά από την κρίση του 2008. Η ελάχιστη ανάπτυξη, η επακόλουθη στασιμότητα και η βιομηχανική ύφεση των τελευταίων δέκα ετών δεν ήταν τίποτα περισσότερο από τη μόλις αντιληπτή απόκριση ενός σώματος σε κώμα, ενός σώματος που επιζούσε μόνον χάρη στη διαρκή δημιουργία πλασματικού κεφαλαίου. Όπως εξηγήσαμε προηγουμένως, ο καπιταλισμός βασίζεται στην εκμετάλλευση της αφηρημένης εργασίας, χωρίς την οποία δεν μπορεί να αποκομίσει κέρδη, αλλά την ίδια στιγμή, λόγω της ίδιας του της δυναμικής, ωθείται όλο και περισσότερο να ελαχιστοποιήσει την εργασία στην παραγωγική διαδικασία. Αυτή η πολύ ισχυρή αντίφαση, αυτή η διαρθρωτική αντίφαση που διαπερνά τις πιο θεμελιώδεις κατηγορίες του καπιταλισμού, δεν μπορεί να ξεπεραστεί παρά μόνο με τη μετάθεσή της για αργότερα (που χειροτερεύει τα πράγματα) μέσω της πίστωσης, δηλαδή με την προσδοκία πως η μηχανή θα συνεχίσει να τροφοδοτείται στο παρόν από τα μελλοντικά κέρδη. Οι εταιρείες της «πραγματικής οικονομίας» δεν έχουν άλλο τρόπο επιβίωσης παρά μόνο τη συνεχή φυγή προς τα εμπρός, την εξασφάλιση πίστωσης και τη διατήρηση των χρηματιστηριακών μετοχών σε υψηλές τιμές.

Ο κορωναϊός δεν είναι η κρίση. Είναι απλά ο πυροκροτητής μιας δομικής αντίφασης που έχει αναδυθεί εδώ και δεκαετίες. Η λύση που έδωσαν οι κεντρικές τράπεζες των μεγάλων δυνάμεων για την κρίση του 2008 ήταν να συνεχίσουν τη φυγή προς τα εμπρός, χρησιμοποιώντας τα μόνα μέσα που διαθέτει σήμερα η αστική τάξη προκειμένου να αντιμετωπίσει την αποσύνθεση των ίδιων της των παραγωγικών σχέσεων: μαζικές εισροές ρευστότητας, δηλαδή φτηνή πίστωση βασισμένη σε πλασματικά κεφάλαια. Αυτό, βεβαίως, μόλις μετά δυσκολίας κατάφερε να διατηρήσει τη φούσκα, καθώς οι εταιρείες, ελλείψει πραγματικής κερδοφορίας, χρησιμοποίησαν τη ρευστότητα για να αγοράσουν τις δικές τους μετοχές προκειμένου να συνεχίσουν να δανείζονται. Έτσι, σήμερα το χρέος σε σχέση με το παγκόσμιο Ακαθάριστο Εγχώριο Προϊόν έχει αυξηθεί σχεδόν κατά το ένα τρίτο από το 2008. Ο κορωναϊός απλώς ήταν το χτύπημα που γκρέμισε ένα σπίτι από τραπουλόχαρτα.

Αντίθετα με ό,τι διακηρύσσει η σοσιαλδημοκρατία, σύμφωνα με την οποία βρεθήκαμε σε αυτήν την κατάσταση επειδή ο νεοφιλελευθερισμός άνοιξε τον δρόμο για την απληστία των κερδοσκόπων της Wall Street, η έκδοση πλασματικού κεφαλαίου –δηλαδή πιστώσεων που βασίζονται σε μελλοντικά κέρδη τα οποία ποτέ δεν θα έρθουν– είναι το απαραίτητο μέσο τεχνητής αναπνοής ενός συστήματος βασισμένου στην εργασία. Ενός συστήματος όμως, το οποίο ταυτοχρόνως, εξαιτίας της ανάπτυξης εξαιρετικά υψηλής παραγωγικότητας, έχει όλο και λιγότερη ανάγκη την εργασία για να παράγει πλούτο. Όπως εξηγήσαμε προηγουμένως, ο καπιταλισμός αναπτύσσει μια κοινωνική παραγωγή που συγκρούεται άμεσα με την ατομική ιδιοκτησία στην οποία βασίζεται η ανταλλαγή εμπορευμάτων. Ποτέ δεν ήμασταν τόσο μοναδικοί όσο τώρα. Ποτέ δεν ήμασταν τόσο συνδεδεμένοι όσο τώρα. Ποτέ η ανθρωπιά δεν είχε εκτιμηθεί τόσο ως τέτοια, δεν είχε καταστεί τόσο αναγκαία σε όλον τον κόσμο, ανεξάρτητα από γλώσσες, πολιτισμούς και εθνικά εμπόδια. Και αναμφίβολα ο καπιταλισμός, ο οποίος έχει οικοδομήσει τον παγκόσμιο χαρακτήρα των ανθρώπινων σχέσεών μας, μπορεί να τον αντιμετωπίσει μόνον επιβεβαιώνοντας το έθνος και το εμπόρευμα και αρνούμενος την ανθρωπινότητά μας – μπορεί να προσεγγίσει τη συγκρότηση της ανθρώπινης κοινότητάς μας μόνον μέσω της λογικής της καταστροφής: της καταστροφής μας ως είδους.

Εμείς και ο Hobbes

Μια εβδομάδα πριν από τη συγγραφή αυτού του κειμένου, ανακοινώθηκε στην Ισπανία η κατάσταση συναγερμού, καραντίνας και απομόνωσης όλων μας, με εξαίρεση αυτούς που πρόκειται να πουλήσουμε την εργασιακή μας δύναμη. Παρόμοια μέτρα είχαν ληφθεί στην Κίνα και την Ιταλία και τώρα λαμβάνονται και στη Γαλλία. Μόνοι, στο σπίτι μας, σε απόσταση ενός μέτρου από κάθε άτομο που συναντάμε στο δρόμο – η πραγματικότητα της καπιταλιστικής κοινωνίας καθίσταται ορατή: Μπορούμε να συσχετιστούμε με τους άλλους μόνο ως εμπορεύματα, όχι ως άνθρωποι. Ίσως η πιο χαρακτηριστική εικόνα είναι αυτή που αποτυπώνουν φωτογραφίες και βίντεο που κυκλοφόρησαν στα κοινωνικά δίκτυα στην αρχή της απομόνωσης: χιλιάδες άνθρωποι συσσωρευμένοι σε βαγόνια τρένων και μετρό μετακινούνται προς την εργασία τους, ενώ τα πάρκα και οι δρόμοι είναι κλειστοί σε όποιον δεν μπορεί να επιδείξει στα αστυνομικά περίπολα ένα έγγραφο με μια καλή δικαιολογία. Είμαστε εργαζόμενοι, όχι άνθρωποι – το κράτος είναι πολύ σαφές.

Σε αυτό το πλαίσιο, έχουμε δει να εμφανίζεται μια ψευδής διχοτόμηση με βάση τους δύο πόλους της καπιταλιστικής κοινωνίας: το κράτος και το άτομο. Πρώτα ήταν το άτομο, η μοριακή κοινωνική μονάδα του κεφαλαίου: Οι πρώτες φωνές που υψώθηκαν ενάντια στα μέτρα για την πανδημία ήταν του τύπου «ο σώζων εαυτόν σωθήτω», «ας σωθούν όσοι μπορούν» και «ας πεθάνουν οι γέροι», οι φωνές όσων κατηγορούσαν κάποιον επειδή έβηξε, επειδή έτρεξε, επειδή δούλεψε, επειδή δεν δούλεψε. Η πρώτη αντίδραση ήταν η αυθόρμητη ιδεολογία αυτής της κοινωνίας: Δεν μπορεί να ζητηθεί από μια κοινωνία που βασίζεται σε μεμονωμένα άτομα να μην ενεργούν ως τέτοια. Μπροστά στο χάος που επικράτησε στην κοινωνία, η εμφάνιση του κράτους προκάλεσε ανακούφιση. Κατάσταση συναγερμού, στρατιωτικοποίηση των δρόμων, έλεγχος των οδών επικοινωνίας και μεταφοράς, εκτός από αυτές που είναι απαραίτητες για την κυκλοφορία του εμπορεύματος – και ιδίως του εμπορεύματος εργασιακή δύναμη. Βλέποντας την αδυναμία του κόσμου να οργανωθεί συλλογικά ενώπιον της καταστροφής, το κράτος αποκαλύπτεται ως εργαλείο κοινωνικής διαχείρισης.

Και δεν σταματάει εκεί. Μια κοινωνία απομονωμένων ατόμων χρειάζεται ένα κράτος για να την οργανώσει. Αλλά την οργανώνει αναπαράγοντας τις αιτίες της εξατομίκευσής μας: Αναπαράγει το κέρδος αντί για τη ζωή, το κεφάλαιο αντί για τις ανάγκες μας ως είδους. Επιστημονικά μοντέλα του Imperial College του Λονδίνου προβλέπουν 250.000 θανάτους στο Ηνωμένο Βασίλειο και έως 1,2 εκατομμύρια στις Ηνωμένες Πολιτείες. Οι προβλέψεις σε παγκόσμιο επίπεδο, αν η πανδημία επεκταθεί στις λιγότερο ανεπτυγμένες χώρες, με πολύ πιο επισφαλείς ιατρικές υποδομές, μιλούν για θανάτους πολλών εκατομμυρίων. Η επιδημία του κορωναϊού, ωστόσο, θα μπορούσε να είχε σταματήσει πολύ νωρίτερα. Αν τα κράτη που αποτέλεσαν το αρχικό επίκεντρο της πανδημίας είχαν ενεργήσει όπως έπρεπε: Αν για λίγες τουλάχιστον εβδομάδες είχαν βάλει τα κέρδη των επιχειρήσεων σε δεύτερη μοίρα, έναντι του κόστους εκατομμυρίων ζωών. Σε μια άλλη κοινωνία, που θα καθοριζόταν από τις ανάγκες μας, θα μπορούσαν να είχαν ληφθεί τα μέτρα χωρίς χρονοτριβή, θα μπορούσαν να ήταν ακριβή, προσαρμοσμένα στην κάθε περιοχή και με σύντομο χρονικό ορίζοντα. Αλλά αυτό δεν μπορεί να συμβεί στην κοινωνία που ζούμε.

Ο κορωναϊός εκφράζει σε όλη τους την ωμότητα τις αντιφάσεις ενός συστήματος θανάτου. Από όλα αυτά που προσπαθήσαμε να περιγράψουμε εδώ, αυτό είναι το πιο σημαντικό: η αντιπαλότητα κεφαλαίου και ζωής. Αν ο καπιταλισμός αποσυντίθεται λόγω της ανικανότητάς του να αντιμετωπίσει τις δικές του αντιφάσεις, μόνο εμείς ως τάξη, ως διεθνής κοινότητα, ως είδος, μπορούμε να την τερματίσουμε. Δεν είναι θέμα πολιτισμού, συνείδησης, αλλά μια καθαρή υλική ανάγκη που μας ωθεί συλλογικά να αγωνιζόμαστε για τη ζωή, για τη ζωή μας μαζί, ενάντια στο κεφάλαιο.

Και ο χρόνος για να γίνει αυτό, αν και είναι μόνο η αρχή, έχει ήδη αρχίσει να μετράει. Πολλοί από εμάς βρισκόμαστε ήδη σε καραντίνα, αλλά δεν είμαστε απομονωμένοι, ούτε μόνοι. Προετοιμαζόμαστε. Όπως και οι σύντροφοι που έχουν ξεσηκωθεί στην Ιταλία και την Κίνα, όπως εκείνοι που αγωνίζονται εδώ και αρκετό καιρό στο Ιράν, στη Χιλή ή στο Χονγκ Κονγκ, πηγαίνουμε προς τη ΖΩΗ. Ο καπιταλισμός πεθαίνει, αλλά μόνο ως διεθνής τάξη, ως είδος, ως ανθρώπινη κοινότητα, μπορούμε να τον θάψουμε. Η επιδημία του κορωναϊού έχει γκρεμίσει τον χάρτινο πύργο, έχει αποκαλύψει τη γύμνια του βασιλιά, αλλά μόνον εμείς μπορούμε να τον κάνουμε στάχτη.

19 Μάρτιος 2020

Traducción espontánea de Εκδόσεις των ξένων

Πηγή: http://barbaria.net/2020/03/26/pandimies-toy-kefalaioy/

Οι μαριονέτες του κεφαλαίου

Υπάρχει κάτι για όλα τα γούστα. Στο ένα άκρο είναι οι πιο θεαματικές εκδοχές, σύμφωνα με τις οποίες ο Τραμπ εισήγαγε τον κορωνοϊό στην Κίνα με στόχο να κερδίσει τον εμπορικό πόλεμο. Ή το έκανε η Κίνα προκειμένου να εξαπλωθεί ο ιός στις άλλες χώρες, να ανακάμψει αυτή πρώτη από την υγειονομική κρίση και έτσι να κυριαρχήσει στον κόσμο. Ή το έκαναν οι κυβερνήσεις στις ίδιες τους τις χώρες, προκειμένου να εφαρμόσουν, λόγω του προβλήματος του συνταξιοδοτικού, μια τυπική Μαλθουσιανή λύση βγάζοντας από τη μέση το μεγαλύτερο κομμάτι του ηλικιωμένου πληθυσμού. Το άλλο άκρο, που είναι πιο εκλεπτυσμένο και πολύ πιο διαδεδομένο σε συγκεκριμένα μέσα, ισχυρίζεται ότι η σοβαρότητα του κορωνοϊού, εάν δεν την έχουν κατασκευάσει τα μέσα ενημέρωσης, τουλάχιστον έχει συνειδητά μεγεθυνθεί από την αστική τάξη προκειμένου να ενισχύσει τον κατασταλτικό της έλεγχο επάνω μας. Σε τελική ανάλυση, η κοινή γρίπη σκοτώνει περισσότερους ανθρώπους. Δεν είναι ύποπτο το γεγονός ότι οι κυβερνήσεις κηρύσσουν κατάσταση έκτακτης ανάγκης, κατεβάζουν τον στρατό στους δρόμους, αυξάνουν τις αστυνομικές περιπολίες και επιβάλλουν τεράστια πρόστιμα για μια ασθένεια που δεν αγγίζει καν τον ετήσιο αριθμό θανάτων από την κοινή γρίπη; Όπως και να ‘χει, κάτι παράξενο υπάρχει εδώ.

Είναι λογικό να προκύπτουν τέτοιες συζητήσεις και τέτοιου είδους σκέψεις μέσα στον καπιταλισμό. Πρόκειται για ιδεολογίες που απορρέουν αυθόρμητα από κοινωνικές σχέσεις που οργανώνονται γύρω από το εμπόρευμα. Όλες βασίζονται εν τέλει στην ιδέα ότι είμαστε όλοι μαριονέτες που κινούνται σύμφωνα με τα καπρίτσια και τις αποφάσεις μιας παντοδύναμης ομάδας ανθρώπων, οι οποίοι διευθύνουν συνειδητά τις ζωές μας εξυπηρετώντας τα δικά τους συμφέροντα. Αυτή η υποβόσκουσα ιδέα, που φαίνεται ότι χαρακτηρίζει μόνο τις θεωρίες συνωμοσίας, είναι στην πραγματικότητα πολύ διαδεδομένη: είναι το θεμέλιο της ίδιας της δημοκρατίας.

Τα δύο σώματα του βασιλιά

Ο τρόπος με τον οποίο σχετιζόμαστε μέσα σε μια κοινωνία που οργανώνεται από το εμπόρευμα είναι ένα ιδιαίτερο πράγμα. Πρωτόγνωρο στην ιστορία. Ο πρώτος και τελευταίος [1] τρόπος οργάνωσης της κοινωνικής ζωής που δεν έχει καμία σχέση με τις ανθρώπινες ανάγκες. Φυσικά και πριν τον καπιταλισμό υπήρχαν ταξικές κοινωνίες, αλλά ακόμα και σε εκείνες τις κοινωνίες, η οργάνωση της εκμετάλλευσης είχε ως στόχο την ικανοποίηση των αναγκών –με την ευρεία έννοια– της άρχουσας τάξης. Αντίθετα, κανένας αστός δεν μπορεί να διατηρήσει τη θέση του χωρίς κέρδη, όχι για τη δική του κατανάλωση, η οποία είναι απλώς ένα παράπλευρο γεγονός, αλλά για να τα επενδύσει ξανά ως κεφάλαιο: χρήμα που παράγει χρήμα που παράγει χρήμα. Διογκούμενη αξία σε συνεχή κίνηση. Όταν μιλάμε για τον φετιχισμό του εμπορεύματος, είμαστε μάρτυρες μιας απρόσωπης σχέσης που δεν έχει σημασία ποιος την ασκεί –ένας αστός, ένας πρώην προλετάριος που κατάφερε να ανέβει, ένας συνεταιρισμός, ένα κράτος– διότι το σημαντικό είναι η ασταμάτητη και διαρκής παραγωγή εμπορευμάτων. Η τρέχουσα πανδημία μας δείχνει τι συμβαίνει όταν απειλείται με διακοπή η διαρκής παραγωγή εμπορευμάτων.

Αυτή όμως η απρόσωπη δυναμική προκαλεί μια παράξενη αντιστροφή. Στον καπιταλισμό, η βασική κοινωνική σχέση είναι η εξής: δύο άνθρωποι που αναγνωρίζουν ο ένας τον άλλο μόνο στον βαθμό που είναι φορείς πραγμάτων. Εάν αυτό το πράγμα είναι κεφάλαιο, χρήμα που πρόκειται να επενδυθεί στην εκμετάλλευση της εργασίας, τότε ο κάτοχος είναι καπιταλιστής. Εάν είναι ένα κομμάτι γης ή τα παράγωγά της –ένα συγκρότημα κατοικιών, για παράδειγμα–, τότε ο κάτοχος είναι ραντιέρης. Εάν είναι χρήμα για την αγορά προϊόντων κατανάλωσης, τότε ο κάτοχος είναι ευυπόληπτος καταναλωτής. Εάν αυτό το πράγμα είναι σώμα, χέρια, διάνοια, μια δραστηριότητα που προορίζεται για πώληση, τότε αυτά τα αγαθά βρίσκονται υπό την κατοχή του εργατικού δυναμικού και ο κάτοχός τους είναι προλετάριος. Η κοινωνική θέση του κατόχου του εμπορεύματος αλλάζει στον βαθμό που αλλάζει το ίδιο το εμπόρευμα. Ο άνθρωπος καθορίζεται από αυτό που κατέχει, εφόσον αυτό που κατέχει προορίζεται για την ανταλλαγή. Οι κοινωνικές σχέσεις στον καπιταλισμό δημιουργούνται από τα εμπορεύματα.

Ωστόσο, η εντύπωση που έχει ο κάτοχος των εμπορευμάτων είναι αρκετά διαφορετική. Από τη δική του ατομική, άμεση σκοπιά, αυτός είναι που αποφασίζει. Ο απόλυτος ιδιοκτήτης, ένα συνειδητό και ελεύθερο υποκείμενο, μπορεί να πουλήσει ή να μην πουλήσει, να επενδύσει, να καταναλώσει ή, εάν θέλει, να πετάξει στη θάλασσα το εμπόρευμα που έχει στα χέρια του. Αυτό ακριβώς είναι το θεμέλιο της ατομικής ιδιοκτησίας: το δικαίωμα χρήσης και κατάχρησης αυτού που σου ανήκει. Και αυτό σε κάνει παντοδύναμο κυρίαρχο αυτού του εμπορεύματος. Δεν επιλέξαμε τυχαία τη λέξη: κυριαρχία, η θεμελιώδης ιδέα της δημοκρατίας και του έθνους βρίσκει τη βάση της σε αυτή την υλική σχέση μεταξύ ιδιωτών παραγωγών εμπορευμάτων. Όπως και ο ιδεαλισμός, ο βολονταρισμός και ο ριζικός διαχωρισμός μεταξύ φύσης και πολιτισμού. Στην καπιταλιστική σχέση, το άτομο είναι βασιλιάς. Ή τουλάχιστον έχει την εντύπωση ότι είναι.

Έτσι, λοιπόν, ο καπιταλισμός έχει δύο σώματα. Ένα αθάνατο, απρόσωπο, εκείνο της ατέρμονης παραγωγής και αναπαραγωγής του κεφαλαίου, και ένα θνητό, εφήμερο, παροδικό: εκείνο των ατόμων που το ενσαρκώνουν. Ο καπιταλισμός είναι πάντα απρόσωπος, ακόμα και αν είναι προσωποποιημένος. Τα άτομα μπορεί να έχουν την εντύπωση ότι τον διαχειρίζονται –και είναι λογικό αυτό, αφού η ίδια η υλική σχέση που αναπτύσσουν μεταξύ τους, τους υποβάλλει να σκέφτονται έτσι– αλλά το κάνουν μόνο στον βαθμό που εξυπηρετούν την τροφοδοσία του απρόσωπου μηχανισμού του κεφαλαίου. Αυτή είναι η παράξενη αντιστροφή που παράγεται από τις εμπορευματικές σχέσεις: την ίδια στιγμή που τα άτομα καθοδηγούνται από μια ασυνείδητη, αυτόματη λογική, μια λογική που τηρείται από μόνη της είτε την κατανοούν είτε όχι, τα ίδια θεωρούν ότι ο εαυτός τους είναι το υποκείμενο της ιστορίας.

Οι μαριονέτες

Όταν λέμε ότι η αστική τάξη οργανώνει την προώθηση του πανικού για τον κορωνοϊό και τη δημιουργία μιας αστυνομικής κατάστασης ώστε να δεχτούμε κάθε παραβίαση των πολιτικών ελευθεριών, ενισχύοντας έτσι την εξουσία της επί της κοινωνίας, παραχωρούμε έδαφος στη δημοκρατική ιδεολογία και μετατρέπουμε την αστική τάξη σε κάτι που δεν είναι.

Κατ’ αρχάς, η αστική τάξη δεν είναι ένα ενιαίο σώμα. Αντίθετα, η λογική του καπιταλιστικού ανταγωνισμού επιτρέπει στην αστική τάξη να δρα ως ενιαίο σώμα μόνο σε συγκεκριμένες στιγμές: όταν αναγκάζεται να το κάνει λόγω της ταξικής οργάνωσης του προλεταριάτου. Μόνο σε τέτοιες στιγμές σταματά η αστική τάξη τον ενδοταξικό της ανταγωνισμό για την απόκτηση ενός μεγαλύτερου κομματιού από την πίτα και μας αντιμετωπίζει σαν ενιαίο σώμα. Υπάρχουν πολλά ιστορικά παραδείγματα για αυτό: από πιο παλιά, όταν η Πρωσία σταμάτησε να πολεμά εναντίον της γαλλικής αστικής τάξης ώστε αυτή να συντρίψει την Παρισινή Κομμούνα, μέχρι πιο πρόσφατα, όπως η ανακωχή μεταξύ του Μπους και του Σαντάμ Χουσεΐν κατά τον Πρώτο Πόλεμο του Κόλπου, ώστε ο Σαντάμ να ανακατευθύνει, προσωρινά, τις βόμβες του εναντίον της μαζικής λιποταξίας, των εξεγέρσεων και των εργατικών συμβουλίων στο βόρειο και στο νότιο Ιράκ. Τον υπόλοιπο καιρό, η αστική τάξη ζει κατακερματισμένη και σε συνεχή αγώνα, ένα κοινωνικό χάος που μπορεί να οργανωθεί μόνο μερικώς στο συνεχώς μεταβαλλόμενο παιχνίδι των διαφόρων φραξιών εντός του κράτους.

Από την άλλη, ο βασικός σκοπός της αστικής τάξης ως άρχουσας τάξης δεν είναι ο κοινωνικός έλεγχος. Αυτό είναι μια αναπόφευκτη συνέπεια του πραγματικού της σκοπού: η αύξηση του ΑΕΠ, για να το πούμε απλά, η οποία φυσικά συνεπάγεται τη διαχείριση μιας κοινωνίας που είναι χωρισμένη σε τάξεις και την προσωρινή καταστολή του προλεταριάτου όταν διαμαρτύρεται ενάντια στην εκμετάλλευσή του. Το Κράτος δεν είναι ένα εξουσιαστικό τέρας που περιμένει την πρώτη ευκαιρία για να ενισχύσει την εξουσία του επάνω μας. Αυτή είναι η αστική και δημοκρατική εικόνα για το Κράτος, εξ ου και η ανάπτυξη μιας ολόκληρης σειράς μηχανισμών δημοκρατικού ελέγχου προκειμένου να το αποτρέψει να υπερβεί τις λειτουργίες του, κατάλοιπο από την ανάμνηση ενός απολυταρχικού Κράτους που δεν διευθυνόταν ακόμα πλήρως από την απρόσωπη λογική του κεφαλαίου. Δεδομένης της ραγδαίας μείωσης του ΑΕΠ που αναμένεται από την υγειονομική κρίση του κορωνοϊού, μπορούμε να υποθέσουμε ότι το Κράτος δεν χαίρεται ιδιαιτέρως που πρέπει να αναπτύξει τις κατασταλτικές του δυνάμεις προκειμένου να περιφρουρήσει την καραντίνα. Τολμούμε μάλιστα να υποθέσουμε ότι, στην πραγματικότητα, η άρχουσα τάξη ήταν πολύ πιο χαρούμενη όταν οι άνθρωποι έπαιζαν ελεύθερα τον ρόλο τους στην κίνηση των εμπορευμάτων: τον ρόλο των εργατών και των καταναλωτών, σύμφωνα με το θέλημα του Θεού.

Το κράτος και οι πολιτικοί του δεν είναι τίποτε άλλο από μαριονέτες. Αλλά όχι μαριονέτες της αστικής τάξης, όπως λέγεται συχνά. Αυτή η ιδέα απλώς αλλάζει το μεγάλο χέρι που κινεί τα νήματα. Όχι, τόσο το κράτος όσο και οι πολιτικοί δεν είναι τίποτε άλλο από μαριονέτες με διαφορετικό ρόλο, αλλά μαριονέτες στο θέατρο του κεφαλαίου. Αν δεν παίξουν σωστά τον ρόλο, θα πρέπει να φύγουν από τη σκηνή. Οι θεωρίες συνομωσίας, η καθεμία πιο ευρηματική από την άλλη, έχουν την ίδια βάση με αυτή του δημοκρατικού παιχνιδιού: την ιδέα ότι τα άτομα καθορίζουν την ιστορία και ότι μια ομάδα ατόμων στην κατάλληλη θέση, π.χ. η λέσχη Bilderberg ή το Υπουργικό Συμβούλιο των ΗΠΑ, μπορεί να χρησιμοποιήσει την ελεύθερη βούλησή της για να κατευθύνει τις ζωές μας όπως της αρέσει. Εξ ου και οι ατέλειωτες, βαρετές συζητήσεις σχετικά με το ποιο είναι το μικρότερο κακό στις επόμενες εκλογές: σε περίπτωση που κάποιος δεν έχει συνειδητοποιήσει πλήρως την τρέχουσα κρίση, δεν έχει καμία σημασία εάν το κυβερνόν κόμμα είναι αριστερό ή δεξιό. Θα προσπαθήσουν να κάνουν κάτι διαφορετικό για να δικαιολογήσουν τα διαφορετικά ακρωνύμια, αλλά κατά βάση θα κάνουν ακριβώς το ίδιο πράγμα διότι η λειτουργία καθορίζει το σώμα, [2] και η λειτουργία τους είναι ξεκάθαρη: η διαχείριση της καπιταλιστικής καταστροφής, που γίνεται όλο και πιο σφοδρή, όλο και πιο άγρια.

Διότι ο κορωνοϊός είναι μια έκφραση αυτού. Δεν είναι η κρίση, διότι η κρίση είναι η κρίση του κεφαλαίου και των δομικών κατηγοριών του, όπως έχουμε εξηγήσει αλλού. [3] Αλλά δεν είναι ούτε κοινή γρίπη. Τις ημέρες που γράφεται αυτό το κείμενο, πεθαίνουν στη Μαδρίτη πέντε φορές περισσότεροι άνθρωποι σε σχέση με τις ίδιες μέρες πέρσι. Σε ολόκληρη τη χώρα τα νοσοκομεία είναι υπερπλήρη. Λόγω της έλλειψης αναπνευστήρων, άνθρωποι από κάποια ηλικία και πάνω αφήνονται να πεθάνουν. Τα νεκροτομεία και τα νεκροταφεία δεν είναι πλέον επαρκή. Δεν είναι μια κοινή γρίπη. Η υγειονομική, οικονομική και κοινωνική κρίση που έχει προκαλέσει ο κορωνοϊός είναι, με έναν βαθύτερο και πιο πραγματικό τρόπο, η έκφραση κοινωνικών σχέσεων που σαπίζουν εσωτερικά και θα πεθάνουν σκοτώνοντας εάν δεν τις τελειώσουμε εμείς πρώτα. Δεν θα κουραστούμε ποτέ να το λέμε: το πραγματικό δίλημμα, το μόνο εφικτό, είναι η κομμουνιστική επανάσταση ή η εξαφάνιση του ανθρώπινου είδους. Η πανδημία είναι δυστυχώς μια ανυπέρβλητη απόδειξη.

Ανικανότητα;

Κανένα άτομο, ούτε καν μια ομάδα ατόμων, δεν είναι υποκείμενο της ιστορίας. Το άτομο δεν είναι τίποτε άλλο από ένα μόριο στη ροή δύο αντιθετικών κοινωνικών δυνάμεων. Αυτές είναι οι δυνάμεις που κινούνται, και τα άτομα, είτε το γνωρίζουν είτε όχι, κινούνται μέσω της μίας ή της άλλης δύναμης. Σαν δύο ρεύματα νερού ή, ακόμα καλύτερα, σαν δύο τεκτονικές πλάκες: η αυξανόμενη τριβή μεταξύ τους θα οδηγήσει, αργά ή γρήγορα, σε σεισμό.

Δεν πρόκειται για Μανιχαϊσμό. Ένα μεμονωμένο άτομο μπορεί να κινείται στο ένα ρεύμα και μετά στο άλλο, και να συνυπάρχει με αυτή την αντίφαση μέχρι η κοινωνική πόλωση να διαχωρίσει τα νερά και να βρεθεί στη μια πλευρά του οδοφράγματος, όπως λένε. Η μία από αυτές τις δυνάμεις υποστηρίζει τη διατήρηση της υφιστάμενης τάξης. Είναι το κόμμα της τάξης, όπως το είχε περιγράψει ένας σύντροφος. Η άλλη δύναμη ξεδιπλώνεται, ως το πραγματικό κίνημα που αμφισβητεί την υφιστάμενη τάξη πραγμάτων: ο κομμουνισμός, που δεν έχει καμία σχέση με την ιδεολογία ή με κάποια επιθυμητή πρόταση για το μέλλον, αλλά είναι η ανάδυση κοινωνικών σχέσεων που αναπτύσσονται ήδη και αγωνίζονται να επιβληθούν ενάντια στη σήψη του κεφαλαίου.

Αυτές τις εβδομάδες έχουμε δει και τις δύο κοινωνικές δυνάμεις να εκφράζονται. Από τη μια, εθνική ενότητα και κοινωνική πειθαρχία: το καθημερινό χειροκρότημα από τα μπαλκόνια προς το υγειονομικό προσωπικό, αυτούς τους μεγάλους εθνικούς ήρωες που, όπως όλοι οι εθνικοί ήρωες, χρησιμοποιούνται ως τροφή για τα κανόνια στην παρτίδα σκακιού του κεφαλαίου. Εδώ επίσης συγκαταλέγεται η κατασκοπία από τα παράθυρα, οι καταγγελίες στην αστυνομία για τον γείτονα που βγήκε δύο φορές από το σπίτι του, το κράξιμο ανθρώπων που κυκλοφορούν με παρέα στον δρόμο, ανεξάρτητα από το ποιο είναι το κίνητρο πίσω από αυτές τις ενέργειες. Υπάρχουν αυτά, αλλά ας μην είμαστε υπερβολικοί. Από ιστορική άποψη, στις χώρες της Δύσης ασκείτο πολύ μεγαλύτερη πίεση στον κόσμο να καταταγεί στον στρατό κατά τον Πρώτο Παγκόσμιο Πόλεμο και ακόμα μεγαλύτερη για να πολεμήσει ενάντια στον φασισμό και υπέρ της καπιταλιστικής δημοκρατίας κατά τη διάρκεια του Δεύτερου Παγκοσμίου Πολέμου. Δεν βρισκόμαστε σε μια κατάσταση αντεπανάστασης, [4] όπως στη μεταπολεμική περίοδο όπου το έργο της υπεράσπισης του κεφαλαίου αναλήφθηκε από ένα μεγάλο κομμάτι του προλεταριάτου.

Από την άλλη, καθώς αναδύεται το άγνωστο, βλέπουμε εκφράσεις αμοιβαίας στήριξης και αλληλεγγύης. Συγκροτήματα κατοικιών, γειτονιές, ακόμα και μικρές πόλεις οργανώνονται για να ψωνίσουν, να συζητήσουν και για να στηρίξουν συναισθηματικά ανθρώπους που έχουν ανάγκη μέσα στις σκληρές συνθήκες της καραντίνας. Όλοι το έχουμε παρατηρήσει: υπάρχει συνεχώς η ανάγκη να μιλήσουμε, να βοηθήσουμε ο ένας τον άλλον, να μοιραστούμε τις σκέψεις μας για αυτό που συμβαίνει και να αναστοχαστούμε μαζί. Επιπλέον, οι απεργίες στη Βραζιλία, [5] τις ΗΠΑ, [6] τη Νέα Ζηλανδία, [7] το Καμερούν, [8] για να μην αναφερθούμε στην Ιταλία όπου γίνονται λεηλασίες στα σούπερ μάρκετ, [9] και οι ταραχές, όπως στη Χουμπέι, [10] πολλαπλασιάζονται και συγχρονίζονται σε παγκόσμιο επίπεδο, γεγονός που επιβεβαιώνει μια αυξανόμενη διεθνή δυναμική των ταξικών μας αγώνων. Σε αντίθεση με την κρίση του 2008, που μας βρήκε όλους πιο απομονωμένους, επιρρεπείς στο σοκ, σε αυτή τη νέα κρίση δεν υπάρχει αυτοενοχοποίηση, ότι ζούμε πέρα από τις δυνάμεις μας, ότι πρέπει να σφίξουμε το ζωνάρι, ότι αυτό ήταν που έφταιγε: το αντίθετο, υπάρχει μια πολύ σαφής επίγνωση ότι μας στέλνουν στο σφαγείο για να διατηρηθεί η σωστή λειτουργία της εθνικής οικονομίας.

Δεν υπάρχει τίποτα που να μας λέει ότι κάποιο μαχητικό κίνημα θα ξεσπάσει τώρα, σε μερικούς μήνες μετά την καραντίνα ή σε τρία χρόνια. Διότι δεν υπάρχει κάποια μηχανιστική σχέση μεταξύ της βίας που ασκεί εναντίον μας το κεφάλαιο και της στιγμής που θα ξεσηκωθούμε ως τάξη. Είναι αδύνατο να προβλέψεις πότε η σταγόνα θα ξεχειλίσει το ποτήρι, αλλά ένα πράγμα είναι σίγουρο: το ζήτημα δεν έχει να κάνει με τη δράση κάποιων ατόμων, ούτε με τους εγκληματίες που μας χειραγωγούν ούτε με τους καλοπροαίρετους που θέλουν να μας σώσουν. Δεν έχει καμία σχέση με κάτι τέτοιο. Υπάρχουν δύο τεκτονικές πλάκες, δύο αντίθετες δυνάμεις που αυξάνουν την ένταση της πίεσης που ασκούν. Δεν γνωρίζουμε πότε θα συμβεί ο σεισμός. Το σίγουρο είναι ότι για να είμαστε προετοιμασμένοι όταν συμβεί πρέπει να κατανοήσουμε τη βαρύτητα της ιστορικής στιγμής που ζούμε. Ξανά, για μία ακόμα φορά, για μία ακόμα φορά: η μόνη επιλογή που αξίζει κανείς να κάνει είναι μεταξύ της επανάστασης και της εξαφάνισης του ανθρώπινου είδους. Εμείς έχουμε κάνει ήδη την επιλογή μας.

Μετάφραση: Stella Polaris

[1] http://barbaria.net/2019/11/04/una-critica-al-concepto-de-colapso/

[2] http://barbaria.net/2018/05/27/podemos-quien-asalta-a-quien-iii/

[3] https://hotel.espivblogs.net/

[4] http://barbaria.net/2019/10/14/diez-notas-sobre-la-perspectiva-revolucionaria/

[5] https://passapalavra.info/2020/03/130296/

[6] https://www.businessinsider.com/coronavirus-instacart-workers-plan-strike-demand-hazard-pay-safety-gear-2020-3?IR=T

[7] https://www.stuff.co.nz/business/120613060/coronavirus-walkout-works-as-sistems-workers-get-time-off

[8] https://www.237online.com/cameroun-coronavirus-les-transporteurs-sur-le-pied-de-guerre/

[9] https://www.blitzquotidiano.it/cronaca-italia/palermo-assalto-supermercato-spesa-3167098/

[10] https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=2803592243072976&id=345110412254517?sfnsn=scwspwa&d=w&vh=e&extid=acDj9Txsl3xQQoqU&d=w&vh=e

Traducción espontánea de Antithesi

Πηγή: http://barbaria.net/2020/04/07/titeres-capital-griego/

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As pandemias do capital

É difícil escrever um texto como esse agora. No contexto atual, no qual o coronavírus tem quebrado – ou ameaçado fazer isso em breve – as condições de vida de muitos de nós, o único que você deseja é sair pra rua e tocar fogo em tudo, com a máscara se for preciso. A situação o merece. Se a economia está por cima de nossas vidas, tem sentido retrasar a contenção do vírus até o último momento, até que a pandemia seja inevitável. Também tem sentido que quando já não se possa parar o contágio e tenha que perturbar – o mínimo imprescindível – a produção e distribuição de mercadorias, sejamos nós os que somos demitidos, os que somos forçados a trabalhar e os que somos confinados em cárceres e centros de internamento de estrangeiros, os que somos obrigados a eleger entre a doença e o contágio dos seres queridos ou a morrer de fome na quarentena. Tudo isso, com aclamações patrióticas e chamadas a unidade nacional, com a disciplina social como o mantra dos verdugos, com elogios ao bom cidadão que abaixa a cabeça e cala. O único que desejamos em momentos como estes é arrebentar tudo.

E essa raiva é fundamental. Mas também o é compreender bem por que está acontecendo tudo isto: compreendê-lo bem para pelejar melhor, para lutar contra a própria raiz do problema. Compreendê-lo para que quando tudo estoure a raiva individual se converta em potência coletiva, para saber como utilizar essa raiva, para terminar realmente, sem contos, sem desvios, com esta sociedade de miséria.

O vírus não é só um vírus

Desde seu início, a relação do capitalismo com a natureza (humana e não humana) tem sido a história de uma catástrofe interminável. Isso está na lógica de uma sociedade que se organiza através do intercambio mercantil. Está na mesma razão de ser da mercadoria, na qual pouco importa seu aspecto material, natural, somente importa a possibilidade de obter dinheiro por ela. Em uma sociedade mercantil, o conjunto das espécies do planeta, está subordinado ao funcionamento dessa máquina cega e automática que é o capital: a natureza não humana não é mais que um fluxo de matérias-primas, um meio de produção de mercadorias, e a natureza humana é a fonte de trabalho a explorar para tirar do dinheiro mais dinheiro. Todo o material, todo o natural, todo o vivo está a serviço da produção de uma relação social – o valor, o dinheiro, o capital – que se tem autonomizado e precisa transgredir os limites da vida permanentemente.

Mas o capitalismo é um sistema prenhe de contradições. Cada vez que tenta superá-las, somente adia e intensifica a crise seguinte. A crise social e sanitária criada pela expansão do coronavírus concentra todas elas y expressa a putrefação das relações sociais baseadas no valor, na propriedade privada e no Estado: seu esgotamento histórico.

A medida que este sistema avança, a concorrência entre capitalistas impulsiona o desenvolvimento tecnológico e científico e, com ele, uma produção cada vez mais social. Cada vez o que produzimos depende menos de uma pessoa e mais da sociedade. Depende menos da produção local, arraigada a um território, para ser cada vez mais mundial. Também depende cada vez menos do esforço individual imediato e mais do conhecimento acumulado ao longo da história e aplicado eficazmente na produção. Mas tudo isso é feito, mantendo suas próprias categorias: embora a produção é cada vez mais social, o produto do trabalho segue sendo propriedade privada. E não simplesmente: o produto do trabalho é mercadoria, ou seja, propriedade privada destinada ao intercambio com outras mercadorias. Este intercambio é possível pelo fato de que ambos produtos contem a mesma quantidade de trabalho abstrato, de valor. Essa lógica, que constitui as categorias básicas do capital, é posta em questão pelo próprio desenvolvimento do capitalismo, que reduz a quantidade de trabalho vivo que requer cada mercadoria. Automatização da produção, expulsão do trabalho, queda dos lucros que podem obter os capitalistas da exploração desse trabalho: crise do valor.

Esta profunda contradição entre a produção social e a apropriação privada se concretiza em toda uma série de contradições derivadas. Uma delas, que temos desenvolvido mais amplamente em outros momentos, é o papel da terra no esgotamento do valor como relação social. O desenvolvimento do capital tende a criar uma demanda cada vez mais forte do uso do solo, o qual faz que seu preço – a renda da terra – tenda a aumentar historicamente. Isto é lógico: quanto mais se incrementa a produtividade, mais descende a quantidade de valor por unidade de produto e, por tanto, tem que produzir mais mercadorias para obter os mesmos lucros que antes. Como cada vez tem menos trabalhadores na fábrica e mais robôs, maior volume de matérias-primas e recursos energéticos requer a produção. A demanda sobre a terra, por tanto, se intensifica: mega mineração, desmatamento, extração intensiva de combustíveis fosseis são as consequências lógicas desta dinâmica. Por outro lado, a concentração de capitais conduz por sua vez a concentrar grandes massas de força de trabalho nas cidades, o que empurra a que o preço da moradia nas cidades aumente permanentemente. Daí também as piores condições de vida nas metrópoles, a superlotação, a poluição, o aluguel e a moradia que consome uma parte cada vez maior do salário e a jornada de trabalho que se prolonga indefinidamente pelo transporte.

A agricultura e a pecuária se encontram de cara com estes dois grandes competidores pelo solo, o setor ligado ao aproveitamento da renda urbana e o ligado a extração de matérias primas e energia. Se as explorações agrícolas ou pecuárias se encontram na periferia da cidade, talvez seu lote de terra seja mais rentável para a construção de um prédio, de um condomínio ou de um polo industrial ao que convêm por logística a proximidade da metrópole. Se estiverem mais afastadas, mas seu pedaço de terra contem minerais uteis e demandados na produção de mercadorias ou, pior ainda, alguma reserva de combustíveis fosseis, também não poderão realizar-se nesse terreno que o capital destina a fins mais suculentos [1]. Se querem se manter no mesmo lugar e continuar pagando a renda, haverão de incrementar a produtividade como o fazem os capitalistas industriais. Além disso, tem o estímulo do aumento incessante de bocas urbanas para alimentar. A agroindústria e a consequência lógica dessa dinâmica: só incrementando a produtividade, utilizando maquinaria automatizada, produzindo em monocultivos, fazendo um uso cada vez maior de químicos – fertilizantes e agrotóxicos na agricultura, produtos farmacêuticos na pecuária –, inclusive modificando geneticamente plantas e animais, é possível produzir os ganhos suficientes num contexto no qual a renda da terra aumenta sem parar.

Tudo isto é necessário para contextualizar a emergência das pandemias. Como muito bem explicam os companheiros de Chuang, el coronavírus não é um fato natural alheio as relações capitalistas. Porque não se trata somente da globalização, ou seja, das possibilidades exponenciais de expansão de um vírus. É a própria forma de produzir do capital a que fomenta a aparição de pandemias.

Em primeiro lugar, para poder fazer mais rentáveis a agricultura e a pecuária é necessário implantar formas de produção muito mais intensivas, muito mais agressivas para o metabolismo natural. Quando se amontoam muitos membros de uma mesma espécie – os porcos por exemplo, uma das possíveis fontes de COVID-19 e a fonte segura da gripe A (H1N1) que apareceu em 2009 nos EUA – em granjas industriais, seu modo de vida, sua alimentação e a aplicação permanente de fármacos sobre seus corpos debilita seu sistema imunológico. Não há resiliência no pequeno ecossistema que constitui uma população muito numerosa da mesma espécie, comprometida imunologicamente e amontoada em espaços reduzidos. Ainda mais, esse ecossistema é um campo de treinamento, um lugar predileto para a seleção natural dos vírus mais contagiosos e virulentos. Tanto mais, se esta população tem uma alta taxa de mortalidade, como acontece nos matadouros, já que a rapidez com que esta é capaz de transmitir o vírus determina sua possibilidade de sobreviver. Só é questão de tempo que algum desses vírus consiga ser transmitido e que persista em um hóspede de outra espécie: um ser humano, por exemplo.

Agora, digamos que esse ser humano seja um proletário e viva, como os porcos do exemplo anterior, amontoado numa moradia pouco salubre com o resto da sua família, vá ao trabalho amontoado num vagão de trem, de metrô, ou num ônibus onde é difícil respirar no horário de pico e tenha o sistema imunológico debilitado pelo cansaço, a má qualidade da comida, a poluição do ar e da água. O aumento permanente do preço da moradia, do transporte, os trabalhos cada vez mais precários, a má alimentação, definitivamente a lei da miséria crescente do capital fazem também, muito pouco resiliente a nossa espécie.

A busca de uma maior rentabilidade e competitividade da agricultura no mercado mundial também tem seus efeitos na proliferação de epidemias. Temos o bom exemplo da epidemia do Ebola que se estendeu por toda a África ocidental em 2014-2016, a que precedeu a implantação de monocultivos para o óleo de palma: um tipo de plantação pela qual morcegos – a fonte da cepa que produz o brote – se sentem muito atraídos. O desmatamento da floresta, em virtude não só da exploração agroindustrial, mas também da indústria madeireira, da mega mineração, força muitas espécies de animais – e a algumas populações humanas – a adentrar-se cada vez mais na floresta ou a manter-se nas suas proximidades, expondo-se a portadores do vírus como morcegos (Ebola), mosquitos (Zika) e outros hóspedes reservatório – ou seja, portadores de patógenos – que se adaptam as novas condições estabelecidas pela agroindústria. Além disso, o desmatamento da floresta, reduz a biodiversidade que faz da floresta uma barreira para as cadeias de transmissão de patógenos.

Embora a fonte mais provável do coronavírus seja a caça e a venda de animais selvagens, vendidos no mercado de Hunan na cidade de Wuhan, isto não está desconectado do processo descrito acima. A medida que a pecuária e a agricultura industrial se estendem, empurram aos caçadores de alimentos selvagens a penetrar cada vez mais na floresta em busca da sua mercadoria, o que aumenta as possibilidades de contágio com novos patógenos e portanto a sua propagação nas grandes cidades.

O rei nu

O coronavírus deixou o rei nu: as contradições do capital são enxergadas e sofridas em toda a sua brutalidade. O capitalismo é incapaz de gestionar a catástrofe que se deriva destas contradições, por que só pode escapar delas resolvendo-as momentaneamente para que estourem com maior virulência mais tarde.

Para identificar esta dinâmica, essencial para a história do capitalismo, podemos fixar a mirada na tecnologia. A aplicação do conhecimento tecnocientífico à produção é talvez um dos elementos que mais tem caraterizado este sistema. A tecnologia é usada para aumentar a produtividade com o fim de extrair um ganho acima da media, de tal maneira que a empresa que produz mais mercadorias que seus competidores com o mesmo tempo de trabalho pode escolher entre reduzir um pouco o preço das mesmas para ganhar espaço no mercado ou mantê-lo e ganhar algo mais de dinheiro. No entanto, enquanto seus competidores aplicam melhoras semelhantes e todos tem o mesmo nível de produtividade, os capitalistas se deparam com o fato de que no lugar de obter mais ganhos, tem ainda menos do que antes, por que tem mais mercadorias que colocar no mercado – o que em condições de concorrência baixará seu preço – e proporcionalmente menos trabalhadores para explorar. Isto quer dizer, que o que tinha se presentado num primeiro momento como uma solução, a aplicação de tecnologia para aumentar a produtividade, se converte rapidamente no problema. Esse movimento lógico é permanente e estrutural no capitalismo.

O desenvolvimento da medicina e da farmacologia segue esse mesmo movimento. O capitalismo não pode evitar, desde seus mais puros começos, enfermar a sua população. Só pode tentar desenvolver o conhecimento médico e farmacológico para compreender e controlar as patologias que ele mesmo favorece. Em troca, na medida em que as condições que nos fazem adoecer não desaparecem, senão que inclusive aumentam com a crise cada vez mais pronunciada deste sistema, o papel da medicina se inverte e pode funcionar como um combustível para a doença. O uso de antibióticos não somente na espécie humana, senão também na pecuária, fomenta a resistência das bactérias e anima a aparição de cepas cada vez mais difíceis de combater. Ocorre de forma semelhante com as vacinas para os vírus. Por um lado, acostumam chegar tarde e mal na emergência de uma epidemia, visto que a própria lógica mercantil, as patentes e os segredos industriais, assim como e a negociação das empresas farmacêuticas com o Estado retrasam sua pronta aplicação na população infectada. Por outro lado, a seleção natural faz com que os vírus tenham que estar cada vez mais preparados para superar essas barreiras, favorecendo a aparição das novas cepas Para as quais ainda não se conhecem vacinas. O problema, portanto, não está no desenvolvimento do conhecimento médico e farmacológico, mas na medida em que se mantêm umas relações sociais que produzem permanentemente a doença e facilitam sua rápida expansão, este conhecimento somente animará a aparição de cepas cada vez mais contagiosas e virulentas.

Da mesma forma que o desenvolvimento tecnológico e médico encobre uma forte contradição com as relações sociais capitalistas, assim ocorre também com a contradição entre o plano nacional e internacional do próprio capital.

O capitalismo nasce já com um certo caráter mundial. Durante a Baixa Idade Média foram se desenvolvendo redes de comércio a longa distância que, somadas ao novo impulso da conquista do continente americano, permitiram a acumulação de uma enorme massa de capital mercantil e usurário. Esta serviria de trampolim para as novas relações que estavam emergindo com a proletarização do campesinato e a imposição do trabalho assalariado na Europa. A peste negra que assolou o continente europeu no século XIV foi precisamente fruto dessa mundialização do comércio, produzindo-se a partir de comerciantes italianos provenientes da China. Logicamente, o sistema imunológico das diferentes populações naquela época estava menos preparado para sofrer doenças de outras regiões, e a intensificação dos laços a nível mundial facilitou uma expansão das epidemias tão grande quanto amplas foram as redes comerciais. São um bom exemplo disso, as epidemias que levaram os colonizadores e que acabaram com a maior parte da população indígena em grandes zonas de América.

Estas redes de comércio mundiais serviram, paradoxal e contraditoriamente, para animar a formação de burguesias nacionais. Dita formação foi aparelhada ao esforço de vários séculos para homogeneizar um só mercado nacional, uma só língua nacional, um só Estado e, com eles, dois séculos nos quais se sucederia uma guerra atrás da outra sem cessar, até o ponto de que não houve apenas uns anos de paz na Europa durante os séculos XVI e XVII. O caráter mundial do capital é inseparável da emergência histórica da nação e, com ela, do imperialismo entre as nações.

Esse duplo plano em permanente contradição, o estreitamento dos laços a nível mundial com o enraizamento nacional do capitalismo, se expressa com toda a sua força na situação atual com o coronavírus. Por um lado, a globalização permite que patógenos de diversas origens possam migrar desde os reservatórios selvagens mais isolados aos centros de população do mundo todo. Por exemplo, o vírus da Zika foi detectado em 1947 na floresta da Uganda, onde recebeu seu nome, mas somente se desenvolveu quando o mercado mundial da agricultura e Uganda passou a ser um dos seus eslabões que o Zika conseguiu chegar ao Norte de Brasil em 2015, ajudado, sem dúvida, pelos monocultivos de soja, algodão e milho na região. Um vírus, que diga-se de passagem, o câmbio climático – outra consequência das relações sociais capitalistas – está ajudando a estender: o mosquito portador do Zica e da dengue – o mosquito tigre nas suas duas variações, o Aedes aegypti e o Aedes albopictus – tem chegado a zonas como a Espanha devido ao aquecimento global. Além disso, a internacionalização das relações capitalistas é exponencial. Desde a epidemia do outro coronavírus, o SARS-CoV, entre 2002 e 2003 na China e no sudeste asiático, a quantidade de vôos provenientes destas regiões por todo o mundo tem se multiplicado por dez.

Assim, o capitalismo promove a aparição de novos patógenos que seu caráter internacional expande com rapidez. No entanto, é incapaz de gestioná-los. Na disputa imperialista entre as principais potências não cabe a coordenação internacional que requerem umas relações sociais cada vez mais globais e, menos ainda, a coordenação que já está requerendo esta pandemia. O caráter inerentemente nacional do capital, por muito mundializado que se queira, implica que os interesses nacionais no contexto da luta imperialista prevalecem frente a todo tipo de consideração internacional para o controle do vírus. Se China, Itália ou Espanha, retrasaram até o último momento a tomada de medidas, como mais tarde o fizeram França, Alemanha ou os EUA, é precisamente porque as medidas necessárias para conter a pandemia consistiam na quarentena dos infectados e, chegada certa taxa de contágio, na paralisação parcial da produção e distribuição de mercadorias. Num contexto no qual havia já dos anos que ia se larvando a crise econômica que estourou agora, em plena guerra comercial entre China e os EUA e no curso de uma recessão industrial, esse tipo de paralisação não se podia permitir. A decisão lógica dos funcionários do capital foi então a de sacrificar a saúde e umas quantas vidas entre o capital variável – seres humanos, proletários – para aguentar um pouco mais o rojão e manter a competitividade no mercado mundial. Que tenha se revelado não somente ineficaz, senão inclusive contraproducente não exime de lógica essa decisão: a uma burguesia nacional, sensível somente as subidas e quedas do seu próprio PIB, não pode ser exigida uma filantropia internacional. Isso tem que deixá-lo para os discursos da ONU.

A grande contradição que tem sinalizado o coronavírus é essa: a do PIB, a da riqueza baseada no capital fictício, a de uma recessão constantemente postergada a base de injeções de liquidez sem nenhum fundamento material no presente.

O coronavírus tem deixado nu o rei, e tem mostrado que em realidade nunca saímos da crise de 2008. O mínimo crescimento, o posterior estancamento e a recessão industrial dos últimos dez anos não tem sido mais que a resposta apenas sensível de um corpo em coma, um corpo que só tem sobrevivido graças a emissão permanente de capital fictício. Como explicávamos antes, o capitalismo é baseado na exploração do trabalho abstrato, sem o qual não pode obter ganhos, e apesar disso pela sua própria dinâmica se vê empurrado a expulsar trabalho da produção de maneira exponencial. Esta fortíssima contradição, esta contradição estrutural que atinge suas categorias mais fundamentais, não pode ser superada senão, agravando-a para mais tarde mediante o crédito, ou seja, o recurso a expectativa de ganhos futuros para seguir alimentando a máquina no presente. As empresas da “economia real” não tem outra forma de sobreviver que não seja fugindo permanentemente para frente, obtendo créditos e mantendo altas as ações na bolsa de valores.

O coronavírus não é a crise. Simplesmente é o detonante de uma contradição estrutural que vinha se expressando há décadas. A solução que os bancos centrais das grandes potências deram para a crise de 2008 foi continuar fugindo e utilizar os únicos instrumentos que tem a burguesia atualmente para afrontar a putrefacção das suas próprias relações de produção: massivas injeções de liquidez, ou seja, crédito barato a base de emissão de capital fictício. Esse instrumento, como é natural, apenas serviu para manter a bolha, posto que ante a ausência de uma rentabilidade real as empresas utilizavam essa liquidez para recomprar suas próprias ações e continuar aumentando a dívida. Assim, hoje em dia a dívida em relação ao PIB mundial tem aumentado quase um terço desde 2008. O coronavírus simplesmente tem sido o sopro que derruba o castelo de areia.

Ao contrário do que proclama a social-democracia, segundo a qual nos encontraríamos nesta situação por que o neoliberalismo tem deixado via livre, a cobiça dos especuladores de Wall Street, a emissão de capital fictício – ou seja, de créditos que se baseiam em ganhos futuros que nunca chegaram a produzir-se – é o necessário órgão de respiração artificial deste sistema baseado no trabalho. Um sistema que pelo desenvolvimento de uma altíssima produtividade, cada vez tem menos necessidade do trabalho para produzir riqueza. Como explicávamos anteriormente, o capitalismo desenvolve uma produção social que se choca diretamente com a propriedade privada na qual se baseia o intercambio mercantil. Nunca temos sido tão espécie como agora. Nunca estivemos tão vinculados mundialmente. Nunca a humanidade se reconheceu tanto, e se necessitado tanto a nível mundial, independentemente de línguas, culturas e barreiras nacionais. E apesar disso o capitalismo, que tem construído o caráter mundial das nossas relações humanas, somente pode afrontá-lo afirmando a nação e a mercadoria, e negando nossa humanidade, somente pode afrontar a constituição da nossa comunidade humana mediante sua lógica de destruição: a extinção da espécie.

Hobbes e nós

Uma semana antes de que este texto fosse escrito, na Espanha decretaram o estado de alarma, a quarentena e o isolamento de todos nós, salvo se é para vender nossa força de trabalho. Medidas semelhantes foram tomadas na China, na Itália, e tem se tomado já nessa altura na França. Sozinhos, nas nossas casas, a uma distância de um metro de cada pessoa que encontramos na rua, a realidade da sociedade capitalista se faz presente: só podemos nos relacionar com os outros como mercadorias, não como pessoas. Talvez, a imagem que melhor expressa isto são as fotografias e os vídeos que tem circulado pelas redes sociais desde o início do isolamento: milhares de pessoas amontoadas em vagões de trem e de metrô, de caminho ao trabalho, enquanto os parques e as vias públicas estão fechados a qualquer pessoa que não possa apresentar uma boa desculpa as patrulhas policiais. Somos força de trabalho, não pessoas. O Estado tem isso muito claro.

Neste contexto, temos visto aparecer uma falsa dicotomia baseada nos dois polos da sociedade capitalista: o Estado e o indivíduo. Em primeiro lugar foi o indivíduo, a molécula social do capital: as primeiras vozes que se fizeram ouvir ante o alerta de contágio foram as de “salve-se quem puder”, as de “morram os velhos e cada um que faça o que puder”, e as das culpas de uns aos outros por tossir, por fugir, por trabalhar, por não fazê-lo. A reação primeira foi a ideologia espontânea desta sociedade: não se pode pedir a uma sociedade que se constrói sobre indivíduos isolados que não atue como tal. Frente a isto e ao caos social que estava se produzindo, houve um alívio geral ante a aparição do Estado. Estado de alarme, militarização das ruas, controle das vias de comunicação e trasporte, salvo para o que é fundamental: a circulação de mercadorias, incluída em especial a mercadoria força de trabalho. Diante da incapacidade de organizar-nos coletivamente frente a catástrofe, o Estado se revela como ferramenta de administração social.

E não deixa de ser isso. Uma sociedade atomizada precisa de um Estado que a organize. Mas isto o faz reproduzindo as causas da nossa própria atomização: a do ganho frente a vida, as do capital frente as necessidades da espécie. Os modelos do Imperial College de Londres preveem 250.000 mortes no Reino Unido e até 1,2 nos EUA. As previsões a nível mundial, contando com o contágio dos países menos desenvolvidos e com uma infraestrutura médica muito mais precária, chegaram previsivelmente a milhões de pessoas. Contudo, a epidemia do coronavírus poderia ter sido detida muito antes. Os Estados que tem sido o foco da pandemia tem atuado como tinham que fazê-lo: colocando por cima os lucros empresariais durante ao menos mais umas semanas, frente ao custo de milhões de vidas. Em outro tipo de sociedade, em uma sociedade regida pelas necessidades da espécie humana, as medidas de quarentena tomadas ao seu devido tempo poderiam ter sido pontuais, localizadas e rapidamente superadas. Mas não é assim numa sociedade como esta.

O coronavírus está expressando em toda sua brutalidade as contradições de um sistema moribundo. De todas as que tentamos descrever aqui, esta é a mais essencial: a do capital frente a vida. Se o capitalismo está apodrecendo pela sua incapacidade de enfrentar suas próprias contradições, somente nós como classe, como comunidade internacional, como espécie humana, podemos acabar com ele. Não é uma questão cultural, de consciência, mas uma pura necessidade material que nos empurra coletivamente a lutar pela vida, por nossa vida em comum contra o capital.

E o momento para fazê-lo, mesmo sendo só o início, já tem começado. Muitos estamos já em quarentena, mas não estamos isolados, nem sozinhos. Estamos nos preparando. Como os companheiros que tem se levantado na Itália e na China, como os que já levam um tempo de pé no Irã, no Chile e em Hong Kong, nós vamos em direção a vida. O capitalismo está morrendo, mas somente como classe internacional, como espécie, como comunidade humana, poderemos enterrá-lo. A epidemia do coronavírus tem derrubado o castelo de areia, tem deixado o rei nu, mas somente nós podemos reduzi-lo a cinzas.

[1] A substituição dos combustíveis fosseis por energias renováveis não resolve o problema, muito ao contrário: as energias renováveis requerem superfícies muito maiores para produzir níveis inferiores de energia.

Fuente: http://barbaria.net/2020/04/16/as-pandemias-do-capital/

Os fantoches do capital

Há de tudo para todos os gostos. Num dos extremos, estão as versões mais espectaculares, em que Trump terá introduzido o coronavírus na China, de forma a ganhar a guerra comercial. Ou que terá sido a China a fazê-lo para que se propagasse nos restantes países, ser o primeiro país a recuperar desta crise e dominar o mundo. Ou que terão sido directamente os governos dos seus próprios países, preocupados com a questão das pensões, que aplicaram a típica solução malthusiana para se verem livres da maioria dos velhos. O outro extremo, mais subtil e também muito mais generalizado em certos meios de comunicação social, afirma que a gravidade do coronavírus, se não é uma invenção mediática, pelo menos está a ser conscientemente exagerada pela burguesia para aumentar o seu controlo repressivo sobre nós. Afinal, a gripe comum mata mais pessoas. Não será suspeito que os governos declarem estados de emergência, levem o exército para a rua, aumentem as patrulhas policiais e emitam enormes multas por uma doença que não atinge o número anual de mortos da gripe comum? Seja como for, há aqui qualquer coisa de estranho.

É lógico que no capitalismo surjam discursos e formas de pensar como estas. São ideologias que emanam espontaneamente das relações sociais organizadas em torno da mercadoria. Todas elas se baseiam, numa última análise, na ideia de que todos nós seríamos marionetas subjugadas às decisões de um grupo todo-poderoso que, conscientemente, gerem as nossas vidas em prol do seu próprio interesse. Esta ideia subjacente, que parece ser apenas atribuída a teorias de conspiração, está de facto generalizada: é o fundamento da própria democracia.

Os dois corpos do rei

A forma como nos relacionamos numa sociedade organizada pela mercadoria é algo muito particular. Inédito na história, aliás. É a primeira e última forma de organizar a vida social que nada tem que ver com as necessidades humanas. É claro que antes do capitalismo havia sociedades de classe porém, mesmo nessas, a exploração era organizada de modo a satisfazer as necessidades – no seu sentido lato – da classe dominante. No capitalismo, a burguesia apenas se mantém como classe dominante enquanto for uma boa funcionária do capital. Nenhum burguês poderá sê-lo se não obtiver lucros não só para o seu consumo, que é um efeito colateral, mas para os voltar a investir como capital: dinheiro que gera dinheiro que gera dinheiro. Valor inchado de valor, em constante movimento. Quando falamos do fetichismo da mercadoria, assistimos a uma relação impessoal em que não importa quem a exerce – um burguês, um antigo proletário que vingou, uma cooperativa, um Estado – porque o importante é que a produção de mercadorias persista numa roda automática que não pode parar de girar. A actual pandemia mostra-nos o que acontece quando se ameaça parar a roda.

Contudo, esta dinâmica impessoal provoca uma curiosa inversão. A relação social básica do capitalismo é a seguinte: duas pessoas só se reconhecem uma à outra na medida em que são proprietárias de coisas. Se essa coisa é capital, dinheiro disposto a ser investido na exploração de mão-de-obra, então o seu possuidor será um capitalista. Se se tratar de um terreno ou dos seus derivados – uma urbanização, por exemplo -, o seu proprietário será um rentista. Se for dinheiro destinado à compra de bens para consumo, então o seu detentor será um consumidor respeitável. Se essa coisa for um corpo, mãos, inteligência, uma actividade finalmente pronta para ser vendida, os bens estarão na posse da mão-de-obra e o possuidor será um proletário. A posição social do detentor da mercadoria muda consoante o tipo de mercadoria. Assim, o ser humano é definido pelo que possui, no sentido em que o que a sua propriedade está destinada à troca. Os bens criam as relações sociais no capitalismo.

E, no entanto, a impressão que o detentor da mercadoria tem é bastante diferente. Na sua perspectiva individual e imediata, é ele quem decide. O proprietário absoluto, um sujeito consciente e livre, se quiser pode vender ou não vender, investir, consumir ou atirar ao mar a mercadoria que tem nas suas mãos. É o próprio fundamento da propriedade privada: o direito de usar e abusar do que se possui. E isto faz dele o soberano todo-poderoso dos seus bens. A palavra não é escolhida ao acaso: a soberania, conceito fundador da democracia e da nação, tem como base esta relação material entre produtores privados de bens. Também o idealismo, voluntarismo e a separação radical entre natureza e cultura. Na relação capitalista, o indivíduo é rei. Ou, pelo menos, assim ele o crê.

Portanto, o capitalismo tem dois órgãos. Um imortal, impessoal, o das perpétuas produção e reprodução do capital, e o outro mortal, fugaz, efémero: o dos indivíduos que o encarnam. O capitalismo é sempre impessoal, mesmo que personalizado. Os seus indivíduos podem crer que o gerem – e é lógico que o façam, já que a própria relação material que estabelecem entre si leva-os a pensar assim -, mas só o farão na medida em que sirvam para alimentar a máquina impessoal do capital. Esta é a curiosa inversão produzida pelas relações mercantis: ao mesmo tempo que são geridas por uma lógica inconsciente e automática, lógica esta que obedecem quer a entendam quer não, os indivíduos pensam em si próprios como o sujeito da História.

As Marionetas

Quando nos dizem que a burguesia estaria a organizar-se para promover o pânico com o coronavírus; para criar um estado de opinião policial disposto a aceitar qualquer violação das liberdades civis e assim aumentar o seu poder sobre a sociedade, é feita uma concessão a esta ideologia democrática e a burguesia é transformada em algo que não é.

Antes de mais, a burguesia não é um organismo unitário. Pelo contrário, a lógica da concorrência capitalista só lhe permite agir como um só corpo em momentos específicos, quando se vê obrigada a fazê-lo pela organização da classe do proletariado. Só em momentos como este é que a burguesia deixa de competir entre si pela maior fatia e nos confronta em bloco. Há muitos exemplos históricos disso: desde os mais antigos, como quando a Prússia deixou de combater a burguesia francesa para poder esmagar a Comuna de Paris; aos mais modernos, como as tréguas entre Bush e Saddam Hussein, durante a Primeira Guerra do Golfo, para que Saddam pudesse reorientar momentaneamente os seus bombardeiros contra deserções maciças, revoltas e agrupamentos de trabalhadores no Norte e no Sul do Iraque. Na maioria do seu tempo, a burguesia vive fragmentada e em luta permanente, um caos social que só moderadamente pode ser organizado no jogo de facções em constante mudança dentro do Estado.

Por outro lado, o principal objectivo da burguesia enquanto classe dominante não é o controlo social. Esta é uma consequência inevitável do seu verdadeiro objectivo: o crescimento do PIB, o que implica naturalmente a gestão de uma sociedade dividida em classes e a eventual repressão do proletariado quando este protesta contra a sua exploração. O Estado não é um monstro autoritário que esteja à caça da primeira oportunidade para aumentar o seu poder sobre nós. Esta é a visão burguesa e democrática do Estado: daí vem a implementação de toda uma série de mecanismos de controlo democrático para o impedir de exceder as suas funções, uma memória antiga de um Estado absolutista que ainda não era totalmente governado pela lógica impessoal do capital.  Face o declínio brutal do PIB que se espera com a crise sanitária do coronavírus, podemos assumir que o Estado não está muito satisfeito por ter de mobilizar as suas forças repressivas para garantir a quarentena. Ousamos, de facto, assumir que a classe dominante era muito mais feliz quando as pessoas desempenhavam livremente o seu papel na circulação de bens – o dos trabalhadores e consumidores, como Deus manda.

É que o Estado e os seus políticos não passam de fantoches. Não marionetas da burguesia, como se tem dito, já que isso seria trocar um marionetista por outro. Não: ambos não passam de fantoches com diferente papéis, que contudo não deixam de participar no teatro do capital. Se não o desempenharem bem, terão de fazer mutis para o fórum. As teorias da conspiração, cada uma mais original do que a anterior, têm a mesma base que a do jogo democrático: a ideia de que os indivíduos determinam a História e que um grupo de indivíduos devidamente posicionados – seja o Clube Bilderberg ou o Gabinete dos Estados Unidos – pode usar o seu livre arbítrio para gerirem as nossas vidas como bem entenderem. Daí também as discussões intermináveis sobre quem será o mal menor nas próximas eleições: na eventualidade de alguém não se aperceber da crise actual, não importa se o partido no poder é de esquerda ou de direita. Tentarão fazer algo distinto para justificar a diferença de acrónimos, mas farão exactamente o mesmo porque a função determina o órgão, e a sua função é clara: a gestão da catástrofe capitalista, que se está a tornar cada vez mais forte, cada vez mais brutal.

Porque o coronavírus é uma expressão disso mesmo. Não é a crise, porque a crise é a do capital e as suas categorias estruturais, como já explicámos noutras ocasiões. Mas também não se trata de uma gripe comum. Na altura em que se escreve este texto, morrem cinco vezes mais pessoas em Madrid do que nos dias respectivos do ano passado. Os hospitais estão sobrelotados em todo o país. Perante a escassez de equipamento respiratório, vai-se deixando morrer pessoas a partir de determinada idade. As morgues e os cemitérios já não são adequados. Não se trata de uma gripe comum. A crise de saúde, económica e social que o coronavírus despertou é, de uma forma mais profunda e real, a expressão de relações sociais que vão apodrecendo por dentro e que continuarão matando se não lhes pusermos fim. Estamos fartos de o dizer: o verdadeiro dilema, o único possível, é a revolução comunista ou a extinção da espécie. A pandemia é, infelizmente, uma demonstração inigualável.

Impotência?

Nenhum indivíduo, nem mesmo um grupo deles, é o sujeito da História. O indivíduo é apenas uma partícula no fluxo de duas forças sociais contraditórias. São elas que se movem, e os indivíduos, quer saibamos ou não, movem-se segundo uma ou outra. São duas correntes de água, ou melhor, como duas placas tectónicas: a sua fricção crescente levará, mais cedo ou mais tarde, a um terramoto.

Não será maniqueísmo. Um único indivíduo pode mover-se num e depois no outro, e viver nessa contradição até a polarização social dividir as águas e se encontrar de um lado da barricada. Uma destas forças afirma a preservação da ordem existente. É o partido da ordem, como descrito por um companheiro. O outro desdobra-se como um verdadeiro movimento que questiona o presente estado das coisas: é o comunismo, que nada tem que ver com ideologia ou com uma proposta desejável para o futuro, apenas é a emergência de relações sociais que já se estão a desenvolver e a lutar para se imporem contra a podridão do capital.

Nestas semanas, vimos ambas as forças sociais expressarem-se. Por um lado, a unidade nacional e a disciplina social: os aplausos diários das varandas aos trabalhadores da saúde, esses grandes heróis nacionais que, como todos os heróis nacionais, estão a ser usados como carne para canhão no jogo dos peões do capital. Também se vê espionagem pelas janelas, relatando à polícia aqueles que saem à rua mais de duas vezes, apupando pessoas que estão acompanhadas, independentemente do motivo. Isto acontece, embora também não possamos exagerar. Numa perspectiva histórica, muito mais forte foi a pressão sobre as potências ocidentais para se alistarem na Primeira Guerra Mundial ou muito mais para lutarem contra o fascismo e pela democracia capitalista durante a Segunda Guerra Mundial. Não nos encontramos numa situação contra-revolucionária como a do pós-guerra, em que a defesa do capital foi assumida por grande parte do proletariado.

Por outro lado, vemos surgir expressões de apoio mútuo e de solidariedade para com outrém. Urbanizações, os bairros, mesmo as pequenas cidades organizam-se para fazer compras, conversar e apoiar emocionalmente pessoas que necessitam nestas duras condições de quarentena. Todos nós o percebemos: existe a constante necessidade de falar, de nos ajudarmos uns aos outros, de partilharmos o que está a acontecer e de reflectirmos juntos. Além disso, as greves no Brasil, nos Estados Unidos, na Nova Zelândia, nos Camarões, para não falar de Itália, onde se verificam pilhagens aos supermercados, e os tumultos, como em Hubei, multiplicam-se com uma sincronicidade global que confirma uma dinâmica cada vez mais internacional das nossas lutas de classe. Ao contrário da crise de 2008, que nos apanhou a todos mais isolados, presos ao choque, nesta nova crise não há autoculpabilização, um termos vivido além das nossas possibilidades, um aperto do cinto, que é o que está em causa: pelo contrário, há uma consciência muito clara de que estamos a ser enviados para o matadouro para preservar o bom funcionamento da economia nacional.

Não há nada que nos possa dizer se um movimento de luta irá surgir agora, após a quarentena ou dentro de três anos. Porque não existe uma relação mecânica entre a violência exercida pelo capital e o momento em que nos levantamos como classe. É impossível prever quando será a gota de água, mas uma coisa é certa: a questão está longe de ser uma acção individual, nem dos maléficos que nos lideram, nem dos benevolentes que nos querem salvar. Não se trata simplesmente disso. Existem duas placas tectónicas, duas forças opostas que estão a aumentar a tensão do seu impulso. Não sabemos quando virá o terramoto. O que é certo é que para nos prepararmos quando ecluda passa por compreender a gravidade do momento histórico que estamos a viver. De novo, uma vez mais e outra vez: a única escolha que vale a pena fazer é entre a revolução e a extinção da espécie. E a nossa escolha já está feita.

Fuente: http://barbaria.net/2020/04/28/os-fantoches-do-capital/

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