El método Yakarta: La cruzada anticomunista y los asesinatos masivos que moldearon nuestro mundo

Jesús Lara

Indonesia, con más de 270 millones de habitantes, es el cuarto país más poblado del mundo y la cuarta economía más grande de Asia. Y, sin embargo, poco o nada se sabe de esa nación y nunca llega a los titulares de los medios de comunicación. La etiqueta “hecho en Indonesia” en playeras y pantalones es para muchos, el único lugar donde encuentran una referencia a este país del sudeste asiático. Poco se sabe que, después de la Segunda Guerra Mundial, Indonesia conquistó su independencia de los Países Bajos, encabezó el Movimiento de Países No Alineados en la lucha por un nuevo orden mundial, y tuvo al tercer partido comunista más grande del mundo (solo detrás del de la URSS y China), operando legalmente y con gran influencia en la política nacional y vida cotidiana de las masas.

El libro de Vincent Bevins –El Método Yakarta- explica los sucesos que en la década de los años sesenta del siglo pasado marcaron definitivamente el desarrollo de la Guerra Fría en el Tercer Mundo; las luchas socialistas y antiimperialistas en estos países, y el papel de Estados Unidos y las fuerzas armadas en la contrainsurgencia. La clave es que, en poco más de un año, de marzo de 1964 a octubre 1965, los dos países clave en América Latina y Asia, Brasil e Indonesia, se colocaron definitivamente del lado de EEUU en el conflicto con la URSS, y las dictaduras militares que se instalaron abatieron violentamente toda resistencia interna y se convirtieron en aliados fundamentales de Washington en la aplicación de esos mismos métodos en otros países del Tercer Mundo. Bevins explica los paralelismos entre los procesos de estos gigantes poblacionales y la forma en que se reprodujeron en otros países, donde la marea revolucionaria y antiimperialista se tornaba amenazante para las clases dominantes locales e internacionales.

Indonesia conquistó su independencia de los Países Bajos en 1945. Acorde con el clima político en lo que se constituiría como Tercer Mundo, Indonesia abrazó el antiimperialismo como guía ideológica para la construcción de la nueva nación. El líder de este proceso, Sukarno, era el referente nacional y gozaba de gran prestigio y popularidad entre la mayoría de la población. Era, fundamentalmente, un nacionalista que se apoyaba en las principales fuerzas políticas de su país. En 1926, a los 25 años de edad,  publicó un artículo titulado “Nacionalismo, islam y marxismo”, en donde argumentaba que en el contexto indonesio, las tres corrientes podían y debían luchar unidas contra el colonialismo y el imperialismo. El siguiente año fundó el Partido Nacionalista Indonesio (PNI) que, consistente con el artículo anteriormente mencionado, tendría por un largo tiempo al Partido Comunista de Indonesia (PCI) a su izquierda y a los islamistas moderados a su derecha, en una coalición que, pese a las muchas contradicciones, se mantendría durante cuatro décadas.

Tras la conquista de la independencia y durante el proceso de construcción nacional, Indonesia crea el Movimiento de Países no Alineados (existente hasta nuestros días) en la ciudad de Bandung en 1955, con países de Asia y África. La postura fervientemente antiimperialista de Indonesia, sus relaciones de colaboración con la República Popular China y la Unión Soviética, así como la creciente fuerza del PCI (con aproximadamente 3 millones de miembros en 1960 y una fuerza electoral y de masas mucho mayor), colocaron a Indonesia en el blanco de Washington como un objetivo prioritario en su política de contención en Asia.  Así, a finales de la década de los años cincuenta, una proto guerra civil se desató en el país, encabezada por los grupos extremistas anticomunistas locales, pero financiada y apoyada por los Estados Unidos. La escalada llegó a su desenlace cuando en mayo de 1958, la insurrección local bombardeó un mercado en la ciudad de Ambon; tras días de combate, las fuerzas del gobierno lograron derribar a uno de los aviones y así derrotar a la insurgencia. El hecho de que el papel de EEUU en el bombardeo fuera evidente aumentó los sentimientos antiamericanos en Indonesia y representó una derrota importante para los EEUU.

Estos eventos, sin embargo, provocaron un cambio de enfoque con respecto al problema indonesio: era claro que, mientras el ejército estuviera de lado de Sukarno, derrocarlo sería imposible; al mismo tiempo, el ejército contaba, al menos en parte, con un sector ardientemente anticomunista, presto a detener el proceso revolucionario y la creciente influencia de los comunistas en el país. Así, los esfuerzos de EEUU se redirigieron a crear las condiciones para un golpe de Estado que eliminara -literalmente- la amenaza representada por el PCI. La fuerza del partido residía en su enorme influencia sobre las masas; la confianza de ellas en los miembros del partido, y la disciplina de sus miembros; diversos testimonios confirman que, en diversas ocasiones, de haber habido elecciones libres y limpias, en los años alrededor del golpe, el PCI se hubiera hecho con el gobierno.

El golpe no sucedió sino hasta 1965, tras los eventos del “Movimiento 30 de septiembre” (M30S). La verdadera historia del M30S sigue siendo un misterio, pero puede resumirse de la siguiente forma: la insurrección de un sector del ejército captura a un grupo de seis generales y los asesina; esta insurrección, a su vez, es derrotada; el encargado de esa contraofensiva fue el general Suharto quien, en ese acto, sentó las bases fundamentales para el derrocamiento de Sukarno -tras 22 años en el poder- y para convertirse en dictador de Indonesia hasta 1998. La versión de Suharto, convertida en dogma hasta la fecha en el país, es que el M30S fue una conspiración del PCI para hacerse con el poder político de Indonesia. Bevins documenta la propaganda pro-Suharto, de acuerdo con la cual integrantes de la Gerwani, una organización masiva de mujeres afiliada al PCI, había asesinado a los seis generales después de actos sadistas y sexuales; este mito, claro está, llegó directo al conservadurismo de los anticomunistas indonesios, quienes veían con suspicacia el protagonismo e independencia de las mujeres en la política nacional. Así pues, se fueron creando las condiciones para lo que sería el programa de asesinatos masivos más significativo de la Guerra Fría.

Durante el siguiente año, el PCI fue exterminado: los miembros, e incluso aquellos sospechosos de serlo o siquiera de simpatizar con el comunismo, fueron desaparecidos y asesinados, en lo que es, de acuerdo con Bevins, el primer caso de uso del terror estatal masivo en el contexto de la Guerra Fría. La matanza estuvo vigilada, aprobada y apoyada en todo momento por el gobierno de EEUU y ejecutada por el ejército indonesio en conjunto con los sectores más conservadores de la sociedad. Esto, de acuerdo con Bevins, cambió definitivamente la correlación de fuerzas en Asia del este. Al menos un millón de indonesios fueron asesinados.

Un año antes, EEUU se anotó una victoria fundamental cuando un golpe de estado depuso al presidente brasileño João Goulart, popularmente conocido como Jango. Su gobierno, de orientación nacionalista y socialdemócrata, había iniciado una serie de reformas económicas y políticas -como darle mayor influencia a los rangos menores del ejército- que despertaron la suspicacia acerca de “la amenaza comunista” entre las clases altas brasileñas, particularmente acentuada en Brasil por la extrema polarización social y racial en ese país. El acercamiento de Jango a la URSS lo convirtió en blanco prioritario de la política exterior de EEUU. Así, en marzo del 64, una manifestación masiva anti-Jango en Sao Paulo, la “marcha de la familia con Dios por la libertad”, promovida por la CIA y los altos rangos del ejército, prepararon el terreno  para el golpe militar, que se efectuaría finalmente el 31 de marzo. La dictadura brasileña, que aplicó una represión mucho más selectiva, y menos en masa que la indonesia, fue particularmente importante por el papel activo que desempeñó en el continente en la “lucha contra el comunismo”. Fue el primer país en adoptar la Doctrina de Seguridad Nacional, promovida por Estados Unidos, que redefinió el papel del ejército como fuerza de contención de los movimientos de izquierda en la región; Brasil exportó esta doctrina y se colocó a la cabeza del Plan Cóndor: el plan norteamericano y continental para exterminar al movimiento socialista en América Latina.

Por eso, no es exagerado decir que los años 1964-65 definieron en gran medida el futuro de las luchas de los pueblos de América Latina y Asia del este. En menos de un año, el país más poblado de América Latina y el tercero más poblado de Asia, se colocaron definitivamente del lado de Estados Unidos y ejercieron influencia y actividad directa fundamental en sus respectivas regiones. Los crímenes contra la humanidad cometidos por las dictaduras siguen, hasta la fecha, impunes. En Indonesia, el tema sigue completamente cerrado: el M30S fue – reza la versión oficial- una conspiración comunista heroicamente derrotada por las fuerzas armadas. De las cientos de miles de víctimas, nada. Los sobrevivientes no tienen paz con su pasado.

Las implicaciones de los sucesos  del 64 y 65 en Brasil e Indonesia, sin embargo, van mucho más allá del destino inmediato de estos países. Bevins lo resume de la siguiente forma: en primer lugar, el desenlace de las luchas populares de la década de los años 60 y 70 selló el destino, al menos inmediato, de la mayoría de los países del Tercer Mundo; y éste, en la sociedad globalizada y post-Guerra Fría, ha sido, salvo muy pocas excepciones, el de la continuidad en la posición periférica de nuestros países en el sistema mundial y las consecuencias asociadas en términos de subdesarrollo y paupérrimas condiciones de vida de las masas populares. Las aspiraciones de un “Nuevo Orden Mundial”, verdaderamente justo para los países del Sur Global, causa defendida por el Movimiento de los países no alineados, se difuminó del imaginario colectivo y de cualquier programa político con opciones reales de éxito.

En el terreno de la acción política y los movimientos socialistas latinoamericanos, estos eventos tuvieron implicaciones trascendentales. Los revolucionarios del continente no pasaron desapercibida ninguna de las intervenciones de EEUU y los ejércitos nacionales, desde Guatemala en 1953, hasta Yakarta, Indonesia, en 1965. El dilema que se planteó persiguió a la izquierda durante décadas: seguir la vía armada, y la lucha guerrillera en particular, o apostar por la actividad política masiva, ya sea participando en las elecciones, o no. Bevins narra el encuentro de Amat, secretario general del PCI, con Mao en la República Popular China. El consejo de este último fue claro: el PCI debía armarse y estar preparado para una ofensiva militar en su contra. Cuando el PCI trabajaba en conjunto con el gobierno de Sukarno, parecía no haber motivos suficientes para ello. El desarrollo de los hechos confirmó, al menos en apariencia, la validez del consejo de Mao, y los movimientos latinoamericanos, en parte en respuesta a esos sucesos, y en parte por la influencia de la Revolución Cubana de 1959 y su realidad nacional, lo asumieron de igual forma.

En efecto, Bevins muestra cómo en Chile, durante el gobierno de Salvador Allende, la derecha anticomunista utilizaba lo sucedido en Indonesia como método de intimidación a la izquierda previo al golpe de estado de Pinochet. “Yakarta”, “Yakarta viene”, “Ya viene Yakarta”, se pintaba en las bardas del país o llegaba en cartas a los militantes de izquierda. El debate y divergencias entre el Movimiento Izquierda Revolucionaria (MIR), partidario de la vía armada, y el Partido Comunista de Chile, partidario de la vía legal, se reprodujo en el continente, antes y después, condicionando el desarrollo político en estos países. Fuerzas políticas que distaban mucho de ser comunistas, incluso, asumieron el camino de la guerrilla en respuesta a la amenaza de exterminio, potencial o consumada, que inició en Indonesia y se expandía en América Latina y Asia. No está de más preguntarse qué habría sucedido en el continente si los movimientos socialistas hubieran tomado caminos de acción con mayor probabilidad de éxito. Pero no es claro que un derrotero diferente fuera verdaderamente posible.

La conclusión de la investigación de Bevins es que  “en los años 1945 – 1990, emergió una red de programas anticomunistas de exterminio apoyada por EEUU alrededor del mundo, y ejecutaron asesinatos en masa en al menos 22 países… No había un plan maestro … pero los programas de exterminio […] deben entenderse como interconectados, y una parte fundamental de la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría […].

Esta parte de la historia rara vez llega a los libros de texto o a los análisis de periodistas e intelectuales en los medios de comunicación dominantes. Cuando se habla de Guerra Fría, todo se reduce a Moscú y Washington; Jruschev y Kennedy, Reagan y Gorbachov, etcétera. Pero en el fondo, fueron las masas populares del Sur Global quienes, con su valiente militancia antiimperialista y socialista, pusieron en jaque en varias ocasiones al orden capitalista mundial y quienes, finalmente, sufrieron las consecuencias y la represión de la Guerra, que, en esos lugares, no tuvo nada de fría.

El libro de Vincent Bevins es lectura obligada para entender este periodo histórico, y permite sacar valiosas lecciones acerca del papel de las fuerzas armadas, el imperialismo estadounidense y las luchas socialistas y de liberación nacional que siguen, a pesar de los tropiezos, abriendo el camino para una profunda transformación del mundo.

Fuentes:

El método Yakarta: La cruzada anticomunista y los asesinatos masivos que moldearon nuestro mundo. Reseña del libro de Vincent Bevins

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