Trabajo sexual y violencia perpetrada por extraños, por Chanelle Gallant

Concentración en España contra la violencia a prostitutas. Sacada de https://broadly.vice.com/es/article/prostitutas-asesinatos-violencia-genero.
  • Por Chanelle Gallant, en conversación con Lux.
  • Publicado originalmente en el periódico La Abolicionista (nº 25) bajo el título de Trabajo sexual y violencia perpetrada por extraños. Vigilancia policial, “rescate” y abolición.
  • Nota: Puede que compartir un texto gringo de prostitución se salga un poco de contexto en la realidad latinoamericana (o como queramos llamarle), pero ambas regiones se sostienen sobre los mismos pilares de control estatal y violencia policial. Por esto, puede resultar de especial interés el siguiente texto en el que confluyen la crítica al paternalismo hacia la prostitución y la abolición de la institución policial.

Las trabajadoras sexuales están en todos partes —se estima que el 1% de la población mundial ha vendido sexo. Muchxs otrxs han intercambiado trabajo sexual por algo que quieren, como un lugar donde dormir, drogas, seguridad, u otro tipo de necesidades. Bajo este sistema colonial hetero-patriarcal, la amenaza de violencia es real y presente para muchxs, y es mucho más profunda para las comunidades más marginadas, incluidas las trabajadoras sexuales. Una industria de rescate ha surgido para “salvar” a las trabajadoras sexuales. Pero estos salvadores en realidad han hecho más daño que bien, poniendo en un peligro aún mayor a la gente que ellxs afirman querer ayudar.

La mayoría de las trabajadoras sexuales dicen que una mayor seguridad traería acceso a los recursos que ellas necesitan. Ellas quieren viviendas asequibles y seguras, trabajos decentes, buena educación y comida, haciendo hincapié en la atención de salud física y mental, como el tratamiento contra el abuso de sustancias, trabajo —incluido el trabajo sexual— con salarios mínimos y autodeterminación. Y no quieren a la policía. Una de las objeciones contra la abolición de la policía y las prisiones es que incluso si no las necesitamos para los problemas de cada día, las necesitamos para la violencia realmente intensa, como los asesinos seriales y los violadores. Pero el ejemplo de las trabajadoras sexuales demuestra las falacias de este argumento. Hay algunos segmentos de nuestra sociedad para quienes la violencia perpetrada por extraños es un peligro claro y patente. Las trabajadores sexuales de las comunidades criminalizadas son sistemáticamente acosadas por asesinos y violadores seriales a pesar de que la mayoría del trabajo sexual es completamente banal e intrascendente.

Abordar este problema le ofrece a lxs abolicionistas del complejo industrial penal una oportunidad para aprender sobre cómo lidiar con aquellos pocos individuos que infligen una violencia intencional e interpersonal grave.

Rescatando a las damas de la noche — les guste o no.

“Pero ¿es seguro?” — la mayoría de las trabajadoras sexuales escucha esta pregunta en algún momento. La creencia común es que el peligro para las trabajadoras sexuales viene del sexo mismo, que como mínimo es insalubre y como mucho peligroso (incluso corrosivo para el alma) tratar al sexo como una forma de trabajo y luego intercambiarlo o venderlo. Mucha gente asume que la violencia es un peligro ocupacional inevitable, que por supuesto los hombres malos dirigirán naturalmente su violencia hacia las “mujeres malas”. De cualquier forma, esas “malas mujeres” son todas “traficadas sexualmente”, por lo tanto debemos salvarlas. Con este pensamiento, todas las trabajadoras sexuales son, por definición, victimas en lugar de personas que toman la mejor decisión por sí mismas (incluso entre pocas opciones). Para lxs rescatistas, reducir el daño significa reducir el número de personas en el comercio sexual.

Una solución propuesta comúnmente es sacar a las trabajadoras sexuales de la industria sexual e introducirlas en algo considerado “más seguro” —y por “más seguro” a lo que realmente se refieren es a un trabajo más apropiado de acuerdo al género/raza/clase, como volverse secretaria o estudiante.

Lxs llamadxs rescatistas varían alrededor del mundo pero por lo general comienzan con redadas y arrestos. En Norteamérica, un rescate es típicamente una combinación de perfiles de la policía, una redada (si es un negocio cerrado, como un salón de masajes), arrestos (una y otra vez si es necesario) detenciones de corto plazo y programas educativos obligatorios dentro de servicios sociales basados en el cristianismo, donde frecuentemente se les pide a las trabajadoras sexuales que se identifiquen como “victimas de trata” y denuncien cualquier futura participación en el comercio sexual para evitar una sentencia y una condena en la cárcel.

Cuando el negocio del trabajo sexual es administrado por inmigrantes racializados, estos arrestos a menudo vienen acompañados por una investigación migratoria —llamada “investigación contra la trata”. En lugar de su incorporación en programas educativos dentro de los servicios sociales obligatorios y fuera de la industria del sexo, las trabajadores sexuales inmigrantes e indocumentadas son detenidas y deportadas. La policía y las organizaciones no gubernamentales (ONG) contaran esto como un rescate y lo utilizarán para justificar el incremento en el financiamiento. El financiamiento para las medidas contra la trata está tan inflado, y la cantidad de los llamados rescates es tan lamentable, que según algunas estadísticas, cada víctima de trata “rescatada” trae aparejada entre $250.000 y $500.000 en financiamiento para la organización. Esto es por esto que llamamos al movimiento contra la trata el «ATM1 de las ONG».

Sálvennos de nuestros salvadores.

Lo que nuestros ángeles de la caridad no saben es que el arresto y los programas educativos son extensiones coercitivas del PIC2. No saben que el contacto con la policía incrementa el peligro para las trabajadoras sexuales, que sus salarios son a menudo robados y que los ataques sexuales por oficiales de policía es algo común. Tampoco saben que por lo general las trabajadoras sexuales, las terceras partes (como gerentes o colegas) y los clientes arrestados son gente de color, y que los patrones de vigilancia policial racista y clasista son reproducidos.

¿Qué hay de la violencia interpersonal de aquellos agresores que se hacen pasar por clientes? ¿Mantiene la vigilancia policial “por su propio bien” a las trabajadoras sexuales a salvo de esta violencia interpersonal? En el modelo de rescate, la violencia de los agresores desaparece porque es la compra del sexo misma la que es considerada como acto violento y criminalizado. En este modelo, los clientes de las trabajadoras sexuales son enviados a “escuelas John” 3 donde son alimentados con desinformación racista y misógina sobre el trabajo sexual y donde son obligados a pagar duras multas que llenan los cofres de la policía. Muy poca o casi ninguna distinción se hace entre la compra de sexo y el abuso. Una trabajadora sexual, sin embargo, no puede ser violada si tan solo la compra de sexo es considerada en sí misma como una forma de violación.

Pero, ¿qué hay de los “chulos” entonces? Lxs colegas de las trabajadoras sexuales son algunxs de los más criminalizadxs —cuando son hombres de color. Los hombres negros en particular son catalogados de esta manera. A menudo no se hace distinción entre el abuso y la administración de un negocio de comercio sexual. En gran parte de la legislación en torno al trabajo sexual, ser una tercera parte está definido como un abuso intrínseco y es agresivamente vigilado. Nos preguntamos nuevamente, ¿cómo puede una trabajadora sexual reportar un abuso sí el solo hecho de “tener un hombre” ya es visto como abuso?

Sabemos, tras haber escuchado a las trabajadoras sexuales, que el riesgo que ellas enfrentan no es el de la venta de sexo. Proviene, primero, de una cultura que simplemente no las valora como integrantes respetables de nuestra sociedad —y que frecuentemente se basa en quien vende el sexo (es decir gente pobre y de clase trabajadora, gente de color, mujeres transgénero, indocumentadxs y LGBTQ).

En segundo lugar, nos dicen que el problema no es que ellas no sepan cómo defenderse de la violencia perpetrada por desconocidos —ellas saben muy bien cómo hacerlo. Aún cuando han sido dejadas completamente vulnerables por el sistema legal criminal, ellas han desarrollado sus propias estrategias efectivas basadas en su comunidad a fin de protegerse a sí mismas de los policías, de las autoridades migratorias, ordenanzas municipales, agresores que se hacen pasar por clientes, vigilantes, compañeros-esposos y trabajadores sociales. El problema es que para ellas es ilegal hacer la mayoría de las cosas que protegerían sus vidas de aquellas personas que las ven como indignas.

Ilegalización de la seguridad.

En muchas jurisdicciones, incluidas Canadá y los Estados Unidos, es ilegal para las trabajadoras sexuales vivir y trabajar juntas, cruzar fronteras nacionales/estatales para trabajar, cuidarse entre sí en el trabajo, compartir información sobre malas citas, contratar a alguien para filtrar a los clientes, filtrar a los clientes por teléfono o internet, promocionar o discutir servicios de manera explícita (incluido el sexo seguro) y negociar el pago de tarifas, administrar su propio negocio, contratar a alguien para manejar su negocio, llevarlas a trabajar y ofrecerles seguridad, trabajar a la luz del día o en áreas públicas bien iluminadas, organizar sindicatos o asociaciones, ser incluidas en lo que respecta a protecciones laborales. Es ilegal pagar a un traficante para que las ayude a emigrar, pero a su vez es imposible cruzar la frontera en búsqueda de trabajo sin ayuda. Es ilegal alquilar un apartamento o un cuarto de hotel o alojar un sitio de internet para una trabajadora sexual. Es ilegal trabajar puertas adentro pero también lo es trabajar fuera. Es ilegal trabajar mientras seas VIH positivo pero también es ilegal llevar condones. Es ilegal ser un vagabundo pero también lo es buscar clientes para sobrevivir. Es ilegal no entregar a un/a joven del comercio sexual a las autoridades, pero esto implica que las organizaciones de apoyo a lxs jóvenes en el comercio sexual terminan clausuradas.

Esto se suma al hecho de que para las trabajadoras sexuales más criminalizadas toda su existencia queda también efectivamente bajo sospecha legal. Tanto las mujeres transgénero negras (como es el caso de Monica Jones y tantxs otrxs), lxs jóvenes de color inconformistas de género, como así también las mujeres indígenas pobres, todas son catalogadas como trabajadoras sexuales y fuera del orden legal simplemente por existir.

Comprendamos la situación: está todo arreglado. El complejo industrial penal ha tendido una trampa donde las trabajadoras sexuales son aisladas sistemáticamente y convertidas en presas. Como cucarachas, los depredadores son atraídos a esa trampa. Algunos de esos depredadores son los propios policías. Cuando el oficial de policía Daniel Holtzclaw aterrorizaba y atacaba sexualmente a las mujeres negras en Oklahoma City, estuvo impune durante años hasta que agredió sexualmente a una mujer que no tenía cargos de drogas ni de trabajo sexual. Cuando los fiscales expusieron su caso contra Holtzclaw, le recordaron a la gente que Holtzclaw finalmente había cometido un error. Su error, según lo describieron, no fue violar mujeres, sino “realizar el perfil de la mujer equivocada”.4 Nuestra sociedad ha fabricado la epidemia de violencia contra las trabajadoras sexuales y responde a ello mediante la presentación de los mismos depredadores sexuales (policías y el PIC) como la solución.

La vigilancia policial del trabajo sexual, bajo el concepto de “rescate”, no está diseñada para apoyar la seguridad, la salud y la autodeterminación de las trabajadoras sexuales y nunca lo ha sido.

De la legalización a la despenalización y a la abolición.

La gente que se preocupa por la vida de las personas en el comercio sexual a menudo ha exigido regímenes legales que respeten el derecho del pueblo a vender o comerciar sexo con seguridad y dignidad.

La legalización y despenalización de la prostitución por lo general han sido el principal objetivo de ese trabajo. Con la legalización, el poder queda en manos del Estado y los jefes. El Estado puede hacer cosas como forzar el trabajo sexual en zonas industriales alejadas, imponer toques de queda a las trabajadoras, permitir que la policía irrumpa y acose a la gente. Crear una categoría de trabajo sexual “legal” además significa siempre que algunos trabajadores permanecen “ilegales”. De modo que cualquiera que no pueda obtener una licencia de trabajo sexual (por ejemplo, porque no tienen un permiso de trabajo o una identificación o tienen una condena) se ve obligadx a trabajar de manera ilegal — y reiteramos, con muy poca protección, pero con mucha vigilancia policial.

Con la despenalización, el trabajo sexual se saca del código penal en su totalidad y se ve regulado mediante ordenanzas municipales, códigos de trabajo, etc. Nueva Zelanda es el único país que ha despenalizado completamente el trabajo sexual y, como se esperaba, no ha experimentado un sólo caso de trata en más de 10 años.

La despenalización es una victoria, ya que al quitar el trabajo sexual fuera del alcance de las leyes penales reduce masivamente el daño, el VIH, los traumas asociados con el encarcelamiento, etc. Por estas razones, cientos de organizaciones de trabajo sexual en todo el mundo, las cuales representan a cientos de miles de personas en la industria del sexo, se unen en su llamado por la despenalización de la prostitución. Más allá de esto, muchxs activistas del trabajo sexual también quieren ver la plena aplicación de las leyes contra la violencia utilizada para imputar a aquellas personas que lastiman a las trabajadoras sexuales. Es comprensible que muchos quieran ver que se castigue a los hombres que violan y matan a trabajadoras sexuales y que las vidas de las trabajadoras sexuales sean valoradas. Nosotrxs también. Pero no es casualidad que las trabajadoras sexuales sean empujadas hacia caminos dañinos y terminen abandonadas a manos de depredadores. La despenalización del trabajo sexual por si sola deja en marcha sistemas de vigilancia policial y encarcelamiento diseñados para controlar y herir muchas de nuestras comunidades y aún lo hacen. Si la policía no viene por las trabajadoras sexuales armada con leyes en contra de la prostitución, lo harán con otros cargos. La despenalización del trabajo sexual es algo que esperamos ver en nuestras vidas—y siempre será parte de una estrategia más amplia para eliminar esta parte del Estado.

Las trabajadoras sexuales no necesitan el rescate de nadie, mucho menos de la policía. Ellas ya tienen todas las estrategias de seguridad que necesitan—sólo necesitan que nadie se interponga en su camino.

Chanelle Gallant es codirectora del Proyecto de Trabajadores Sexuales Migrantes y coeditora del blog por la abolición de la cárcel y la vigilancia policial www.everydayabolition.com. Ha sido organizadora, escritora, educadora y trabajadora comunitaria en la comunidad feminista y de trabajadores sexuales por más de una década en Canadá, los Estados Unidos y Tailandia — desde su primera redada policial en 2000. Channelle también responde a los nombres de: agitadora, mujer caída, compañera y hermana. La puedes encontrar en www.chanellegallant.com.

Lux es madre, activista, ex presa juvenil y adulta y ex trabajadora sexual con experiencia en diversos sectores de la industria, incluidos los desnudos y una experiencia trabajando/consiguiendo dinero en la calle durante su juventud. Ha publicado escritos sobre temas como la elitización (“aburguesamiento”), el complejo industrial penal, el trabajo sexual y temas relacionados con la juventud. Recientemente, luego de cinco años de trabajo comunitario de primera línea se ha movido hacia el ámbito legal y planea trabajar conjugando ambos con el objetivo de continuar trabajando y apoyando a las comunidades que ama y hacia las cuales se siente conectada.

Notas

  1. Nota de Difusión Claustrofobia: ATM son las siglas con las que se denomina en los países angloparlantes a los cajeros automáticos
  2. Nota de Difusión Claustrofobia: PIC son las siglas para Prison-industrial Complex (Complejo Industrial-penitenciario).
  3. Nota de la traductora: “John” es el nombre genérico dado a los clientes de trabajadoras sexuales. Estas escuelas forman parte de los programas de diversión para estos individuos
  4. Nota de la traductora: Holtzclaw ha sido finalmente condenado a 263 años en prisión
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