Recuerdos de José Domingo Gómez Rojas, por Manuel Rojas

  • Por Manuel Rojas.
  • Texto publicado originalmente en la revista Babel nº 28 (julio-agosto, 1945).
  • Nota: De figuras como el poeta anarquista José Domingo Gómez Rojas (1896-1920), siempre nos gustaría tener más testimonios, sobre todo teniendo en cuenta las horribles circunstancias que lo llevaron a una penosa muerte sumido en la locura tras ser detenido y torturado. Aunque detalles más completos de su vida pueden leerlo en otros lugares (1, 2, y 3), siempre se aprecian los testimonios de quienes lo conocieron, como en este caso, Manuel Rojas. Al final del escrito, podrán encontrar además un breve documental realizado por alumnas y alumnos del Instituto Profesional Santo Tomás llamado Domingo Gomez Rojas «El poeta que venció el olvido», dirigido por Valeska Ugalde.

Cuando apareció en el salón de aquel centro de estudios sociales, Chumingo, como le llamaron después sus amigos, produjo asombro: no era frecuente ver por allí individuos que lucieran cuello de pajarita y corbata negra de lazo de rosa. Menos común era escuchar a alguien declamar, con la desenvoltura y el énfasis con que lo hizo —desenvoltura y énfasis que le valieron, de parte del pintor Gilbert, el sobrenombre de «Poeta cohete»— poesías originales.

Nos hicimos amigos. Debió tener, por ese tiempo, dieciséis años; yo era poco mayor: tenía diecisiete.

A pesar de que llevó una vida agitada y murió de modo dramático, los recuerdos que de él conservo son alegres y tiernos. De su vida familiar y de su vida íntima sólo supe de pasada. Conocí a su padrastro, maestro carpintero, que tosía de modo profundo —murió tuberculoso—; a su madre, señora de suaves maneras y de dulces ojos, y a su hermano menor —Antuco—, que actualmente, si no me equivoco, gana su vida como estucador. Otro hermano pequeño —Mañungo—, a quien también creo haber conocido, murió niño, causando en Chumingo penoso quebranto.

Cuando le conocí vivía por las calles de Esperanza y Ro­mero —calles en que, según Acario Cotapos, ocurren todos los incendios que estallan en Santiago—; yo, por las de Bra­sil y Andes. Muchas noches le acompañé hasta su casa y él me acompañó, en retribución y en esas mismas noches, hasta la mía. Hablábamos hasta cerca del amanecer y varias veces le leí los horribles versos que componía. Sus conocimientos literarios eran muy superiores a los míos y me dio consejos, que me parece no haber aprovechado, animándome a seguir un camino que a él le fue cortado en plena repechada.

Después de aquellos tiempos sólo le vi a ratos. Estudiaba sus códigos y hacía versos, dedicando otras horas a empresas amorosas. Pocas veces estuve en su casa y de esas pocas ve­ces guardo recuerdos que no olvidaré nunca: su madre hacía las más ricas cazuelas que manos maternas han preparado ba­jo el cielo de esta tierra y que estómagos famélicos han devo­rado, más que comido.

De Esperanza y Romero la familia se trasladó a Nataniel, más allá de Avenida Matta. En aquella casa, antigua y am­plia, conocí a Roberto Meza Fuentes, vestido de conscripto, la cabeza como bola de palitroque y un cuerpo adolescente que habría cabido cuatro veces en el que hoy luce ante sus contemporáneos. Vivió allí algún tiempo, como invitado. Allí vivió también, y en la misma condición —sin duda la familia era muy hospitalaria—, José Santos González Vera, a quien Chumingo, aficionado a sorprender a sus amigos, solía proponer enigmas de difícil solución.

—¿Qué haré con tanto talento? —le preguntó cierta vez, tomándose la cabeza de modo que parecía temer que se le ca­yera de puro pesada.

Frunciendo los labios y sacudiendo con el índice la ceniza de su cigarrillo, González Vera contestó, sin vacilar:

—Suicídate.

Pocos años después de la publicación de su primero y único libro, Rebeldías líricas, el tono poético de Gómez Rojas cam­bió de modo rotundo: su revolucionarismo se transformó en un fuerte aunque un tanto vago misticismo y el poeta de los conventillos escribió Miserere y otros poemas en que hablaba de asuntos y emociones que no habrían interesado a los audi­tores de sus primeros versos, aquellos honrados y duros carpinteros, pintores, zapateros, albañiles o talabarteros que no tenían tiempo ni ganas de pensar en otra cosa que no fuese la revolución social. El «Poeta cohete» había muerto.

Dándose cuenta de ello y no queriendo quizá aparecer, de buenas a primeras, con aquel tono de voz tan diverso ante sus auditores o lectores, Chumingo inventó un poeta: Daniel Vásquez, a quien adjudicó la paternidad de las poesías que fue escribiendo. Las leía por ahí o las recitaba, causando sensación; era en realidad, una voz interesante en la poesía de ese tiempo.

—¿Quién es este poeta? —le preguntaban.
—Un muchacho tuberculoso.
—¿Dónde vive?
—Muy lejos y en una casa muy pobre.
—Queremos conocerle.
—Prefiere no ser conocido.

Mantuvo el secreto —que sólo era a medias— hasta que la revista Los Diez, con gran disgusto suyo, publicó uno de esos poemas bajo la firma de su verdadero autor. El poeta tuberculoso siguió al «Poeta cohete». Sólo quedó, entonces, José Domingo Gómez Rojas.

Era moreno, delgado, de estatura mediana, bigotito negro, boca bien dibujada, voz de buen timbre, réplica pronta y hábil. Era difícil dejarle callado. Creo que por esos tiempos pero­raba en reuniones estudiantiles y políticas (¿había ingresado al partido radical?) y trozos de sus escritos y discursos de esa época son conservados aún y leídos en las veladas que anualmente los estudiantes celebran en su memoria. Por mi parte, jamás le oí en esos trances, quizá si premeditadamente: ya es bastante desgracia que existan políticos. Si además son poetas y amigos míos, la desgracia tiene caracteres de irreparable.

El año 1920 fue un duro año: nevó en Santiago y muchos postes telefónicos, abrumados por el peso de la nieve, cayeron sobre las casas. Sonaron tiros en la Plaza de Armas y un mozo cayó también. La imprenta en que trabajaba, «Númen», fue destrozada por una turbamulta. Entré a El Mercurio a trabajar como linotipista, en un turno que terminaba a las tres de la mañana. Gracias a ello no tenía tiempo (ni ganas) de asistir a reuniones políticas o de otro orden. Por otra parte, la candidatura Alessandri me era tan indiferente como el lucero del alba: aquellos honrados carpinteros, pintores, zapateros, albañiles y talabarteros me habían inmunizado para siempre contra esa clase de contagios. Mi salud, además, no era bue­na: Juan Gandulfo, atemorizado por mi delgadez y por algunos dolorcillos que se me hacían presente en la espalda, me había recomendado todo lo que un médico amigo puede recomendar a un linotipista amigo que trabaja de noche. Me enteraba de lo que ocurría por los sueltos que componía en mi máquina. No supe, sin embargo, cómo y por qué tomaron preso a Chumingo y aún lo ignoro. Por esos días, al encontrarme con un amigo común, éste me dijo:

—Ayer fui a la penitenciaría a ver a Chumingo. Le llevé azúcar, cigarrillos, café…
—¿Cómo está?
—No lo vi: con el gendarme me mandó decir que hacía mucho frío y que se había quedado en cama; no pensaba levantarse.

A pesar de todo, llegó la primavera y, como todos los años, sentí que el sur me llamaba. Dejé mi máquina y me uní a un grupo de cómicos que partía con rumbo al Estrecho de Magallanes. En Puerto Montt, poco antes de embarcar, leí en los diarios la noticia de su muerte. Era aún un niño —no contaría más de veinticuatro años—, era inocente y era, además, poeta. Ninguna de esas condiciones le señalaba para víctima de una reacción, por inmunda que ella pudiera ser.

Supe, en cierta ocasión, que me buscaba; le busqué a mi vez. Me dijo:
—Necesito que me hagas un favor. Me voy a presentar a un concurso teatral abierto por el Club de Señoras. Tengo la obra terminada, pero no puedo pasarla a máquina: debo preparar mis exámenes. ¿Podrías tú… ?

No tenía nada que hacer y le contesté que sí. Añadió:

—Si me dan el premio, te daré el veinte por ciento. ¿Qué te parece?

No era un negocio en que se pudiera regatear, y si me hubiera ofrecido el medio, en vez del veinte por ciento, le habría dicho igualmente que me parecía bien, tan seguro estaba de que jamás vería un céntimo: Chumingo llevaba una vida agitada y la experiencia me había enseñado que si hay algo con que no se debe especular, ese algo es un concurso literario.

Me entregó la obra y me puse a copiarla de inmediato, pues el plazo de entrega se venía encima. Se titulaba La Gioconda, o simplemente Gioconda y me parece, si mis recuerdos no me engañan, que olía a D’Annunzio a cuatro cuadras. Cuando la hube terminado de copiar, se la entregué. Me agradeció y desapareció con ella en dirección al centro. Dos, tres, cua­tro meses después, llegó a mi casa y con toda sangre fría, sin que se le moviera un solo músculo de la cara, contó ante mis ojos doce billetes de a diez: era el veinte por ciento ofrecido. Al día siguiente partí para unas vacaciones en Valparaíso, menos pesimista respecto de los concursos literarios y más optimista respecto del sentido de amistad y lealtad entre los hombres.

Durante un tiempo se aficionó al juego. Me dijo un día:

—Los garitos son un gran negocio y sería estupendo mon­tar uno; pero completo, elegante, cómodo.
—Sí —le dije, pesimista también respecto de los garitos—, pero hay que tener gran capital. No todos los jugadores pierden.
—Es cierto —contestó—, pero nos arreglaríamos de modo que nadie saliera de allí con dinero.
—¿Cómo?
—Por ejemplo: anexos a las salas de juego tendríamos salones de baile, con mujeres, ¿entiendes?, y allí…

Hizo el ademán de guillotinar a alguien. No me di por sa­tisfecho.

—¿Y si al tipo no le gustan las mujeres? Hay casos así.
—Pero le gustará la bebida.
—Vaya uno a saber… Hay gente tan rara. Suponte que no le gustaran ni las bebidas ni las mujeres. Se iría con toda la plata.

Me miró, ya impaciente, y me dijo, en voz baja, como si te­miera que le oyesen los futuros clientes del garito:

—No nos quedaría más remedio que tener también algunos atracadores. Cuando salieran, a la vuelta de la esquina…

Mi pesimismo triunfó esa vez. No siempre me la iba a ganar.

Nos encontrábamos, a veces, en la Avenida Matta, y cierta noche, acompañados de dos muchachos judíos, estudiantes de medicina, fuimos a dar al almacén que otro judío, bajo y gordo, dijo poseer en la calle Coquimbo. Allí, con un entusiasmo absurdo, armamos una partida de póker. El almacén aquel aparecía pobrísimo y la pieza en que jugamos, que estaba inmediatamente detrás del mostrador y de la mísera estante­ría —en realidad todo no era sino una sola pieza—, me parece ahora algo así como la celda que el Conde de Montecristo ocupó en el Castillo de If: de una desolación sollozante. Las latas de conservas que se veían en los estantes eran muy pocas y estaban muy separadas unas de otras, dando la impresión de que eran menos de las que había. No se veía allí, como en otros almacenes, cajones o sacos llenos de mercaderías: nada, y todavía me pregunto qué es lo que aquel almacenero vendía allí. Con el tiempo se me ha ocurrido que aquel negocio había sido rematado o se iba a rematar y que las escasísimas mercaderías que se veían era lo que sobrara del remate o lo que el dueño dejaba para que se rematara. El almacenero, por su parte, parecía estar, como nosotros, en casa ajena: no nos dijo una sola palabra respecto de cómo debíamos arreglarnos; se sentó y dejó que cada cual obrara por propio impulso. No había luz eléctrica, pero en los estantes quedaban tres velas —nada más que tres (los paquetes contienen cuatro)—: pusimos dos en unas botellas, dejando la otra como reserva, y sentándonos en unos cajones vacíos, pues no había sillas, dimos comienzo a la timbirimba.

El juego tuvo variadas alternativas: el chip fue de cinco centavos —unidad monetaria más pequeña de la época—, con resubida absoluta de veinte, reglas que nadie se atrevió a transgredir, ni siquiera el almacenero, quien, a pesar de aquel almacén vacío, aparecía como el capitalista de la partida (años después volví a ver a este hombre: era propietario de un vehículo de transporte colectivo, una góndola, cuya carro­cería parecía hecha con las tablas de aquel mostrador y de aquella estantería, más algunos de los melancólicos cajones que nos sivieron de asiento). Las menudas monedas pasaron de mano en mano, interminablemente, hasta que, al fin, cansadas, empezaron a inmovilizarse aquí y allá. La partida terminó a las cinco de la mañana. Nos despedimos del almacenero, dejándole abandonado a su horrible soledad, y tomamos en dirección a la calle San Diego.

Teníamos un hambre espantosa, pues no habíamos comido en toda la noche (nadie había tenido el valor de proponer que se abriera una de las latas de conservas) y Chumingo, que había perdido todo su capital, unos sesenta centavos, propuso que tomáramos desayuno. Aceptamos la idea y entramos a una cafetería.Invité a Chumingo —tenía el dinero justo para ha­cerlo : cuarenta centavos— y uno de los estudiantes invitó al otro, que también estaba de pérdida. Desgraciadamente, la taza era muy grande y muy chico el trozo de pan que la acom­pañaba; de este modo, desapareció apenas habíamos humede­cido los labios en el caliente y aromático líquido.

—Se acabó el pan —dijo Chumingo, desconsolado.

El estudiante ganancioso guardó un imponente silencio. Mi amigo, sin embargo, no era hombre a quien los silencios de ninguna índole amedrentasen. Se levantó de donde estába­mos sentados, fue hacia él y repitió, mirándole:

—Se acabó el pan.
—Sí — dijo el otro, sin pestañear.
—Tú eres el único que ha ganado. Préstame cuarenta centavos. Al frente hay una panadería.
—Mira —respondió el muchacho, con franqueza conmovedora—: tengo catorce pesos justos y pienso ir a las carreras: diez para jugar, dos para la entrada y dos para gastos y movilización. Toma este billete de a dos pesos y compra pan; pero, por tu madre, no gastes más de cuarenta centavos.

Salió Chumingo y allí quedamos, esperando. Desfilaban por San Diego otros trasnochadores: algunos, borrachos; otros, nada más que alegres; muchos silenciosos y pálidos. La noche habido sido buena sólo para muy pocos. El café se enfriaba rápidamente. Por fin, cuando ya pensábamos que lo mejor sería tomarlo como estaba e irnos, José Domingo reapareció: traía recogidas con las manos las faldas de su sobretodo y de aquel hueco, como de una canasta fué sacando, mientras se estremecía de risa, kilos de pan. Finalmente, desabotonándo­se el sobretodo, sacó, de entre el chaleco y la camisa, una hallulla de veinte por treinta centímetros. Había comprado dos pesos de pan.

Durante mucho tiempo fue famoso, entre sus amigos y admiradores, un dístico que compusiera en circunstancias dra­máticas: a la salida de una velada de confraternidad chileno-peruana, realizada en el salón de honor de la Universidad de Chile, estalló un tumulto, y Chumingo, cogido en medio de él, adquirió un garrotazo y un empujón que lo lanzó entre las patas de los caballos de una victoria. Magullado, se levantó, el sombrero hasta las orejas y el sobretodo arrollado al cuello a modo de bufanda, y aulló, indignado:

—¡Qué modo de practicar la fraternidad! ¡A palos con la humanidad!

Desenfadado, de gran sensibilidad, respetuoso en su lenguaje cuando se hablaba de personas que no estaban presentes, gran amigo, José Domingo Gómez Rojas no alcanzó, sin embargo, a madurar plenamente; pero si se consideran las virtudes y las condiciones que poseía, se ve, con dolor, que pudo haber llegado a ser un excelente hombre y un buen escritor.

Santiago, 1° de Agosto de 1945.

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