Recordando la Cicletada Encapuchada del 2013 y la reacción moralista de ciertos grupos

El 19 de abril del 2013, el colectivo Masa Crítica Valparaíso convocó en dicha ciudad a una manifestación biciencapuchada en protesta por la llamada Ley Hinzpeter. En junio del 2013, la actividad fue replicada en Santiago con el nombre Cicletada Encapuchada y juntó a más de 300 participantes apoyando la protesta y movilización social. Pese a que el recorrido fue seguido de cerca por carabineros, algunes incluso entraron en cleta al Costanera Center irrumpiendo la paz de uno de los símbolos consumistas más groseros de la ciudad ante la atónita mirada de clientes y guardias.

La acción también interrumpió el tránsito en algunos lugares y desafió la pasividad de la ciudadanía. Además de algunos rayados y ataques con pintura, la jornada se llevó a cabo pacíficamente. Aún así, diversas organizaciones ciclistas ciudadanistas que al parecer se adjudican la exclusividad del uso de las cletas derramaron lágrimas dieron el grito en el cielo criticando tanto la capucha como la ilegalidad de la jornada.

El patético grupo Happyciclistas incluso publicó un comunicado titulado Repudio a la cicletada de encapuchados y la desinformación periodística, que comenzaba así:

«Sr. Encapuchado, si usted quiere algo diferente para su ciudad, para su país, para las personas, entonces lo invito a sacarse la capucha y ponerse un overol para Trabajar de Verdad por una Vida Digna para los que Usted dice defender.»

A esto le seguían los típicos desaires de «zánganos del sistema» y demás estupideces que tienen por costumbre vomitar la gente fanática de la ley y el orden. Este comunicado fue compartido por el llamado Movimiento Furiosos Ciclistas con un hashtag #corta, sumándose a la histeria del ciclismo zorrón. Haría falta que estas cómodas personas se bajen de la bicicleta alguna vez y den una mirada a la ciudad que les rodea. Quizás entonces dejen de percibir la ciudad como un paisaje fugaz en su camino a casa, sino como una hostil realidad donde quienes usan overoles, forman parte de algunos de los sectores más oprimidos.

Han pasado cinco años, y las lágrimas de estos grupos siguen derramándose. A pesar de que no pocas veces el grupo se han tomado las calles sin mendigar permisos municipales, hoy en día el Movimiento Furiosos Ciclistas llora porque vendedores ambulantes invaden sus ciclovías con carritos y paños para vender. Es curioso como el uso de la bicicleta antes tan marginado y peligroso, ahora se nos presenta como sanitizado «estilo de vida» por este grupo. Y aunque entre sus seguidores hay diferencias entre cómo abordar el uso de los espacios públicos, lo cierto es que sus lineamientos oficiales están bastante claros. Sus actividades se enmarcan cómodamente con el orden de la ciudad totalmente a expensas no sólo de quienes asumen la ilegalidad como un camino de consecuencia, sino por sobre todo a costa de quienes se ven forzados a la ilegalidad por motivos de sobrevivencia.

Después de todo hay que recordar que la cómoda superioridad moralidad de estos grupos es bastante privilegiada. A menudo despliegan autoadhesivos y parches con frases como un auto menos recordándonos de su extrema benevolencia al elegir la bicicleta como medio de transporte. Pero honestamente, ¿alguien que está leyendo estas palabras alguna vez tuvo el «privilegio» de poder elegir entre comprar un auto o una bicicleta? ¿Quién de acá siquiera tiene los medios siquiera para costearse la primera cuota de un auto usado? Sin duda, la minoría; una minoría de acá que forma parte de la mayoría de la población endeudada. Pero bueno, ¿a quién le importa esa gente? Mientras mi ciclovía esté limpia de vendedores ambulantes y aseada por inmigrantes con un salario miserable, todo bien en mi pequeño mundo de activismo blanco.

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